Relatos Eroticos

16 Enero 2010

Jennifer: Mi vida.

Me llamo Jennifer y soy alta, de cabello rubio y constitución normal. Nací hace cuarenta y ocho años en Gales, en concreto en la ciudad de Swansea, en donde mi padre, llamado Isidro y de nacionalidad española, trabajaba en un colegio privado de renombre. Mis amistades siempre me dicen que me conservo de maravilla puesto que no aparento mi edad y parezco una autentica cría y que, al ser atractiva, “estoy para mojar pan”. Me encuentro dotada de una delantera bastante voluminosa; de un apetitoso y redondo culo “tragón” y de una raja vaginal abierta y amplia con el clítoris y los labios ligeramente abultados.

Mi padre, que siempre fue un mujeriego, acababa de cumplir cuarenta años. Después de haber estado casado dos veces, separándose en ambas y dejando que la custodia de los tres hijos que tuvo con la primera y del que la hizo a la segunda quedara en manos de sus respectivas madres, no había acabado con los trámites para separarse legalmente de su última esposa cuándo comenzó a mantener relaciones sentimentales con una joven y esbelta estudiante, de padre francés y madre belga, llamada Marie. Aunque decían que tomaban precauciones para evitar que la chica quedara preñada algo debió de fallarles ya que mi progenitor la hizo un “bombo”. Marie, desde el primer momento, pretendía abortar pero mi padre la convenció para que me engendrara con el compromiso de que, desde el mismo momento en que me pariera, no volvería a saber nada más de él ni de mí. Cuándo nací mi progenitor lo tenía todo preparado puesto que se había liado con otra guapa estudiante que, aunque había nacido en Gales, era descendiente de españoles, se llamaba Valvanera y estaba de lo más deseable. La joven me aceptó como si hubiera sido hija suya. Año y medio más tarde mi progenitor se quedó sin trabajo al ser sorprendido “in fraganti” cuándo se estaba cepillando a una profesora, que había contraído matrimonio unas semanas antes y lucía un buen “bombo”, del centro escolar en el que trabajaba sin que la dirección dudara un momento a la hora de echarles del colegio. Su carácter cambió y aparte de tratarnos con mucha más brusquedad y en ocasiones hasta con desprecio, comenzó a dominar a la joven mostrándose especialmente sádico y violento con ella y aparte de follársela y con verdadera saña de dos a tres veces diarias, terminó por convertirla en una autentica “coneja” al dejarla varias veces preñada de manera que, a los pocos meses de haber parido, la hacía otro “bombo” lo que ocasionaba que todos los años tuviera descendencia y se juntara con una familia numerosa. Aunque desde corta edad aprendí a cambiar pañales y a limpiar el culo a mis hermanos e intentaba ayudarla lo más posible, Valvanera, que se vio obligada a abandonar sus estudios universitarios para ponerse a trabajar, dejó de atendernos como debía puesto que no daba a basto para atender a su ocupación laboral, que era la única fuente de ingresos de la familia, a los quehaceres domésticos y a su numerosa prole por lo que comenzó a sufrir depresiones y problemas nerviosos viendo que mi padre no la ayudaba en nada y que lo único que le preocupaba era poder echarla leche y más leche dentro de la almeja y engendrarla más hijos. Cuándo mi progenitor encontró trabajo en una multinacional situada en territorio español, el estado mental de la chica, que estaba de nuevo preñada, era deplorable por lo que decidió internarla en un centro psiquiátrico mientras que a todos los hijos que había tenido con ella los entregó a un centro de acogida de menores para que pudieran ser adoptados por lo que fui la única que le acompañó en esa nueva vida que pensaba llevar a cabo en España.

Isidro no tardó en encontrar consuelo en brazos de una fémina, llamada Milagros, que era diez años más joven que él y su superior inmediato en el trabajo, con la que decidió casarse medio año después. Cuándo esto sucedió tenía nueve años y estaba demasiado desarrollada para mi edad. Mi padre, esta vez, no pudo dominar a la hembra como a él le gustaba hacerlo y fue Milagros la que, poco a poco, le fue sometiendo para que hiciera todo aquello que la complacía hasta llegar a humillarle en público al mismo tiempo que mi nueva madrastra demostraba no sentir demasiadas simpatías por mi y no hacía otra cosa que castigarme sin motivo. Un día que me llevó al pediatra para que me pusiera una vacuna, creo que para la rubéola, el médico la indicó que convenía hacerme un estudio para determinar si era conveniente frenar mi rápido crecimiento con un tratamiento hormonal. Milagros permitió que me hicieran unas radiografías para determinar mi edad ósea; una ecografía para ver el estado de mis ovarios y que me hurgaran en el raja vaginal estando ella presente, cosa que me dio la impresión de que la “ponía”, pero, al acabar de hacerme las pruebas, le dijo al pediatra que no quería continuar con aquello ya que consideraba que el tratarme con hormonas sería ir en contra de la naturaleza. Cuándo tenía diez años y medio me bajó por primera vez la regla y desde entonces Milagros me obligó a permanecer totalmente desnuda en casa para poder tocarme; mamarme mis ya espléndidas tetas; masturbarme y verme mear. Ella disfrutaba “haciéndome unos dedos” y hurgándome en el ojete con sus dedos ó con un vibrador con el que conseguía provocarme unas monumentales defecaciones pero, a pesar de que las masturbaciones eran exhaustivas y largas, me costaba mucho “romper” y nunca llegué a alcanzar más de un orgasmo. Un año más tarde comenzó a penetrarme vaginalmente, echándose sobre mí ó haciendo que me colocara a cuatro patas, poniéndose una braga-pene provista de un “instrumento” de unas dimensiones más que considerables mientras me decía:

“Disfruta y mójate, perrita, que así es como me jode tu padre”.

Pero aquel no fue el único agravio sexual que sufrí puesto que en el colegio también me sentía acosada. Por un lado, un grupo bastante nutrido de chicas me obligaba casi todos los días a quitarme la ropa delante de ellas para poder tocarme y masturbarme antes de que algunas de ellas se hicieran pis en mis tetas y otras me forzaran a comerlas el chocho hasta que se hartaban y por otro, uno de mis profesores, entrado en años, me hacía quedarme al acabar las clases para que permaneciera en braga durante varios minutos con el propósito de tocarme y mamarme las tetas antes de que le hiciera una cubana ó una paja mientras él metía su mano por mi prenda íntima y me tocaba el culo. Como mi padre siempre estaba muy ocupado y cuándo llegaba a casa lo único que quería era que le dejáramos en paz, permanecer tumbado en el sofá y encontrar a Milagros de buen humor para poder tirársela por la noche, tuve que comentar mi situación con mi madrastra que, al tener su mente centrada en mi padre viendo que se empezaba a cansar de ella y de su cada día más posesivo carácter y no dejaba de dar vueltas a la posibilidad de que estuviera buscando satisfacción sexual fuera de casa, me dijo que me aguantara puesto que así aprendería a defenderme en la vida. Milagros decidió atar aún más a mi progenitor dejando que la hiciera un “bombo”. La faltaba algo más de mes y medio para parir cuándo mi padre, que llevaba mucho tiempo con la tensión arterial alta, falleció repentinamente. Me convertí en su única heredera pero, como aún era menor de edad, mi madrastra se encargó de administrar los bienes por lo que, aunque acabé por hacerme a la practica sexual lesbica con mis compañeras, seguí sufriendo el acoso por parte del profesor y de varios de mis compañeros masculinos que, además de sobarme el culo en cuanto me descuidaba diciéndome que lo tenía tan perfecto que no podían evitar tocármelo, me solían obligar a enseñarles las tetas siendo habitual que más de uno procediera a “cascársela” delante de mí mientras otros me retenían con la intención de que los primeros pudieran mantener su vista fija en mis “peras” mientras soltaban su lefa. La situación llegó a resultar tan estresante que, al final, me decidí a poner los hechos en conocimiento de la dirección del centro escolar recibiendo buenas palabras pero sin que se molestaran en hacer nada por solucionar el problema ya que allí todo el mundo tenía algún lío sexual y hasta los días de climatología más adversa no era difícil encontrarse en algunas de las instalaciones del colegio a ciertas madres, con el culo y las tetas al aire, efectuando una mamada ó una paja a algún padre ó profesor. Aunque tuve que ocuparme de todo, conseguí cambiar de centro escolar y en el nuevo, que era más estricto y había una mayor disciplina a pesar de que también existía un evidente puterío entre madres y padres, pude recuperar el sosiego sexual.

Al convertirme en mayor de edad, descubrí que Milagros, que desde que había parido a la cría que la engendró mi padre se mostraba completamente indiferente conmigo, se había ocupado de que buena parte de los bienes de mi progenitor, entre ellos el piso en el que residíamos y otro que llevaba un par de años alquilado, pasaran a ser de su propiedad. Pero lo que no pudo tocar fue una importante cantidad de dinero que mi padre había dejado a mi nombre por lo que, al terminar de cursar mis estudios colegiales y antes de iniciar los universitarios, decidí independizarme compartiendo el alquiler de una vivienda antigua que había sido reformada íntegramente con otras tres compañeras que, aunque estaban a punto de comenzar el tercer curso de su carrera, no sé si llegaban a estudiar puesto que, además de vestirse de una manera un tanto estrafalaria con el propósito de llamar la atención, lo único que hacían era pensar a todas horas en chicos y en sexo por lo que era de lo más normal que, al llegar a casa y entrar en el water con intención de hacer pis, me encontrara a alguna de ellas que, con la disculpa de tener cerca el papel higiénico para el momento en que se produjera la eyaculación, estaba efectuando una cabalgada a un chico que permanecía sentado en el “trono” ó que al acceder a mi habitación me topara con mi compañera, casi siempre colocada a cuatro patas, permitiendo que uno de sus amigos se la cepillara. Aquello hizo que el PREDICTOR siempre estuviera muy presente; que para estudiar tuviera que irme a alguna biblioteca y que más de una noche la pasara en el sofá del salón para permitir que mi compañera de cuarto y su pareja de turno pudieran disponer libremente de la habitación para su actividad sexual.

Aunque no me apetecía mucho ir, mis compañeras de piso me animaron a acudir a la que se iba a convertir en mi primera y última fiesta universitaria. Decidí ir acompañada por dos de mis amigas, Agata y Virginia. Al principio lo pasamos muy bien puesto que se nos unió un nutrido grupos de chicos que, aunque hubo momentos en que nos parecieron auténticos pulpos deseosos de “meternos mano” por todos los lados, se encargaron de hacernos amena la velada. Pero, a pesar de que estaba expresamente prohibido, alguien debió de meter bebidas alcohólicas y droga en el local y nuestros acompañantes, viendo que no estábamos acostumbradas, nos obligaron a beber más de la cuenta y además de cambiarnos continuamente de mezcla, seguramente nos echaron algún tipo de estupefaciente en la bebida. Lo cierto es que llegó un momento en que las tres nos encontrábamos con un “pedo” impresionante y que empezamos a tener lagunas en nuestra memoria.

Recuerdo que, bastante avanzada la noche, estaba un tanto mareada rodeada de chicos que no dejaban de hablarme mientras intentaba localizar con la vista a mis amigas. De lo siguiente que me acuerdo es que me encontré en el water, entre un montón de parejas follando, con las piernas abiertas y el pantalón y la braga en las rodillas, que por lo visto me había bajado yo misma, teniendo situados en cuclillas delante de mí a un chico y a un hombre calvo de mediana edad. Mientras el joven me mantenía bien abiertos los labios vaginales, el de más edad me pasaba una y otra vez varios de sus dedos por la raja comentando que la tenía muy “caldosa”. Como había bebido demasiado sentí unas imperiosas ganas de mear y sin poder hacer nada por evitarlo, me hice pis al más puro estilo fuente delante de ellos empapando el pantalón y la braga. En cuánto terminé, el hombre que no dejaba de pasarme sus dedos por la raja vaginal dijo:

“La muy guarra se ha meado de las ganas que tiene de que la jodan”.

Desconozco el tiempo que pasé con el pantalón y la braga bajados luciendo el coño y el culo pero debió de ser bastante ya que tengo vagos recuerdos de que aquel water fue visitado por muchas personas del sexo masculino; de haber sido objeto de varios tocamientos vaginales; de que dos jóvenes me masturbaron consiguiendo que, aunque no llegué al orgasmo, me mojara y que otro me metió en el culo uno de sus dedos con el que me hurgó durante un buen rato. Lo siguiente que recuerdo es que, sin permitirme que me pondría bien la ropa, a empujones y dándome cachetes en la masa glútea, tres chicos me hicieron salir del local y entrar en un coche en el que, a pesar de que mis acompañantes se mostraban especialmente interesados en dejarme las tetas al descubierto, me debí de quedar dormida.

Me desperté en una especie de chabola donde, totalmente desnuda, me encontré rodeada por cuatro chicos y el hombre de más edad que, anteriormente, me había estado pasando repetidamente sus dedos por la seta. Dos de ellos me masturbaban, según dijeron con el propósito de ponerme muy “mojadita”, mientras el resto les miraban. Uno de los chicos no hacía más que oprimirme con sus dedos la vejiga urinaria que aún estaba repleta de pis por lo que no le resultó difícil que la vaciara soltando una meada de las que hacen época con lo que me resultó evidente que aquellos cerdos disfrutaban con semejante espectáculo aunque mi mayor deseo en aquellos momentos era no seguir facilitándoles semejante gustazo.

Aún estaba meando cuándo escuché al lado opuesto de la chabola la voz de mis amigas de las que me había olvidado por completo. Agata no hacia más que chillar y a pesar de que no me dejaron incorporarme, me dio la impresión de que estaba al borde de la desesperación y que la estaban propinando una soberana paliza, seguramente al no acceder de buen grado a las pretensiones sexuales de sus agresores, mientras que a Virginia no dejaban de insultarla y la chica les rogaba que dejaran de escupirla en la cara. Como los dos jóvenes me continuaron masturbando creo que llegué al clímax pero estaba tan sumamente revuelta que, en el momento en que otro de aquellos cabrones me metió a la fuerza su chorra en la boca para que se la chupara y me llegó a la garganta, vomité. Me hicieron ponerme boca abajo y uno de ellos aprovechó para abrirme con sus dedos el ojete y echarme dentro el contenido de un tubo, que me imagino sería vaselina, que surtió un efecto laxante inmediato puesto que me provocó la defecación. Los jóvenes, bastante complacidos, esperaron a que acabara de vomitar y de cagar para, tratándome como si fuera un animal, proceder a penetrarme primero por detrás de una manera bastante brusca que me hizo gritar de dolor para, agarrándome con fuerza de la cintura, obligarme a girar en redondo y colocarme boca arriba con el propósito de ponerme unas pinzas en los pezones y facilitar que otro chico me introdujera su cipote hasta el fondo por delante con lo que me desvirgaron al mismo tiempo la almeja y el culo. El joven que permanecía tumbado sobre mí, además de darme unos buenos envites vaginales, no dejaba de apretarme las tetas; de insultarme y de decirme que me moviera para acrecentar su gusto cosa en la que, aunque hubiera querido, no podía complacerle al encontrarme emparedada entre ellos. Mientras seguía oyendo los gritos desgarradores de Agata y algunas quejas de Virginia, que al igual que yo no opuso mucha resistencia al temer por su integridad física, notaba perfectamente como sus nabos, que eran de un tamaño bastante normal, aumentaban de grosor y largura en mi interior hasta que, primero, el que me “trajinaba” vaginalmente, que continuó tirándome y unos minutos más tarde el que me enculaba, “descargaron” y me mojaron abundantemente. En cuanto me sacaron su pene y aprovechando que había quedado tumbada boca abajo, se mearon en el exterior de mi trasero. Como tenía el ojete muy abierto buena parte de su pis me cayó dentro del culo haciendo que me tirara varios pedos y que volviera a defecar en escasa cantidad.

No había tenido tiempo para recuperarme cuándo noté que otro chico y el hombre de mediana edad procedían, de nuevo, a penetrarme al mismo tiempo por delante y por detrás y que este último, que se había decidido a ocuparse de mi culo, estaba dotado de una picha de unas dimensiones considerables. Pero estaba rota y aunque me hizo muchísimo daño al “clavármela” por el trasero ya no me quedaban fuerzas ni para gritar por lo que me cepillaron, me echaron su leche y me hicieron todo lo que quisieron, incluso intercambiar sus posiciones después de eyacular hasta que al cabo de varios minutos decidieron mearse en mi boca para que tuviera que beberme su pis, tomando por primera vez contacto con la micción masculina, con lo que volví a devolver. De nuevo, terminé acostada boca abajo y el hombre que me había enculado, después de escuchar que uno de los chicos le decía que las otras dos putitas no daban para más y de quejarse del poco aguante que tenían, procedió a insultarme mientras me introducía sin la menor delicadeza su puño en el trasero. No sé el tiempo que duró aquel fisting pero lo que sí que recuerdo es que chillé todo lo que quise puesto que me hacía muchísimo daño; que sintiéndome totalmente descompuesta volví a vomitar y a que, al final y a cuenta del dolor, llegué a perder el conocimiento.

Cuándo lo recobré estaba muy mareada y llena de mierda puesto que aquellos guarros, además de haberme forzado al máximo para sacarme hasta el último gramo de mis excrementos, se habían cagado encima de mí. Al lado opuesto observé a Virginia que, totalmente despatarrada, lloraba a lágrima viva. Me limpié un poco, me acerqué como pude hasta ella y la abracé. Me dijo que la habían echado tantos polvos que, al encontrarse en sus días fértiles, estaba casi segura de que la habían dejado preñada. Intenté consolarla y fue entonces cuándo me di cuenta de que Agata no estaba en el interior de la chabola. Salí casi a rastras al exterior y la vi inconsciente atada a un árbol llena de hematomas a cuenta de la paliza recibida y sangrando por la boca. Al acercarme pude observar que los muy cabrones habían sido tan sádicos con ella que la habían quemado los pelos púbicos lo que, sin duda, había sido lo más desagradable de todo. La desaté y me costó conseguir que recobrara la conciencia y que comenzara a recordar lo que había sucedido con lo que no tardó en vomitar y al verla, volví a sentir un montón de náuseas. Como la temperatura era bastante fresca, tras intentar aliviarla las quemaduras sufridas en el pubis con mi saliva, la arrastré poco a poco hasta el interior de la chabola donde nos pusimos las tres juntas con la intención de darnos mutuamente calor mientras Agata que, era un cúmulo de dolores sobre todo vaginales, no dejaba de quejarse. Al irnos recuperando empezamos a buscar nuestra ropa encontrándonos con la sorpresa de que nuestros agresores sexuales, además de haber hecho con nosotras todo lo que les había dado la gana, se habían llevado hasta nuestros bolsos y que, sin saber donde estábamos, no podíamos hacer otra cosa que no fuera esperar, totalmente desnudas, a que alguien acudiera en nuestra ayuda.

Aparte de que las tres sufríamos unas “descargas” diarreicas de consideración que agudizaban aún más el escozor y las molestias anales que padecíamos y una importante incontinencia urinaria que nos hizo llegar a pensar que nos hubieran trasmitido alguna enfermedad venérea, al mediodía teníamos mucho frío, hambre y sed. Por la tarde llegamos a rezar pidiendo que alguien nos encontrara antes de que anocheciera puesto que cada vez la temperatura era más gélida y si teníamos que pasar la noche allí nos íbamos a congelar. Nuestra desmoralización había llegado al máximo cuándo empezó a anochecer. De repente, oímos el motor de un coche y salimos rápidamente al exterior para no tardar en encontrarnos con los progenitores de Virginia a los que uno de nuestros agresores había tenido la consideración de llamar para indicarles el lugar en el que podían encontrarnos. Aún nos quedaba el pasar la vergüenza de desplazarnos desde el coche hasta nuestras respectivas viviendas envueltas en una manta y el contar lo sucedido con todo lujo de detalles a la Policía después de que los padres de Agata y Virginia decidieran denunciarlos aunque en la Comisaría nos indicaron que la posibilidad de detenerles era remota ya que todo parecía indicar que se trataba de personas ajenas a la universidad que se dedicaban a actuar en este tipo de celebraciones eligiendo a sus victimas entre las jóvenes más novatas y que esas lagunas existentes en nuestras memorias a cuenta de nuestras borracheras podían llegar a perjudicarnos en el caso de que les cogieran y se les juzgara.

Agata y Virginia, temiendo que los agresores las buscaran para tomar represalias por haberlos denunciado, decidieron cambiar de facultad lo que me hizo perder todo contacto con ellas mientras que yo tardé más de un año en superar el trauma que aquello me ocasionó y como mi debut sexual con penetración no había sido, precisamente, como para tirar cohetes, me mostraba sumamente retraída a la hora de dejarme follar por los chicos que me gustaban y me lo proponían aunque no voy a negar que, al final y durante el resto de mi etapa universitaria, mantuve relaciones sexuales, exigiendo el uso de condón para poder penetrarme, pero siempre fueron mucho más discretas y esporádicas que las que llevaban a cabo mis compañeras de piso puesto que, ante todo, quería evitar que el sexo se convirtiera en algo rutinario y que cuándo me dejara tirar fuera porque verdaderamente lo deseaba y lo necesitaba. Durante este periodo me percaté de que entre el sexo masculino había mucho “fantasma” que alardeaba de disponer de una pilila de grandes dimensiones y de una potencia sexual más que notable pero que, a la hora de la verdad, estaban provistos de un miembro viril de lo más normalito que, en algunos casos, costaba que se les pusiera tieso y en otros, sufrían un “gatillazo” tras otro. Pero como el sexo no llegaba a interesarme demasiado me centré en temas deportivos. Desde mi etapa colegial y a cuenta de mi altura, siempre me había atraído el baloncesto y el balonvolea. Después de estar dos años jugando al fútbol en un equipo femenino aficionado conseguí entrar a formar parte de uno de baloncesto semi profesional que participaba en una liga regular por lo que entre los estudios, los entrenamientos, los desplazamientos y los partidos estaba lo suficientemente liada como para acordarme del sexo.

Al acabar mis estudios universitarios tuve que dejar de practicar el baloncesto a cuenta de una lesión en la rodilla derecha de la que, como no quise operarme, no he llegado a recuperarme y que, aunque no impide que haga una vida totalmente normal, me imposibilitó para seguir con el deporte. Después de buscar, sin éxito, un trabajo digno decidí preparar unas oposiciones con la intención de entrar a formar parte del personal fijo de cierta entidad financiera y tras aprobar las pruebas selectivas y someterme a un exhaustivo examen médico, me dieron un destino en otra ciudad distinta a la de mi residencia por lo que tuve que abandonar el piso que seguía compartiendo con las estudiantes universitarias, que aún tenían algunas asignaturas pendientes para poder terminar su carrera e irme a vivir a mi lugar de trabajo donde logré hacerme con una vivienda que, aunque no era de nueva construcción, nadie había ocupado y que, al formar parte de una herencia, sus dueños tenían demasiada prisa por vender para repartirse el dinero. Como el piso me agradó desde que lo vi por primera vez, el trabajar en una entidad financiera y su excesiva prisa por deshacerse de él me ayudaron a conseguir aquella vivienda a un precio muy razonable.

En menos de un año llegué a ocupar el cargo de subdirectora de sucursal y en ello me estanqué. Acababa de estrenar mi cargo cuándo conocí a un nuevo cliente, llamado José Enrique, por el que me sentí atraída. Era seis años mayor que yo, de complexión y estatura normal y estaba prácticamente calvo lo que, según había oído, era signo de virilidad. El que no demostrara mucho interés por obtener una mayor rentabilidad de sus inversiones hizo que me decidiera a ocuparme personalmente de ello lo que originó que surgiera entre nosotros una amistad que nos llevó, en principio, a salir juntos con bastante regularidad para terminar haciéndonos novios y casarnos dos años más tarde el mismo día en que cumplí treinta años. Como durante nuestro noviazgo no habíamos pasado de sobarnos y José Enrique se había resignado a que le aliviara sus frecuentes “calentones” haciéndole pajas, el día de nuestra boda me cogió con ganas. Para entonces estaba casi convencida de que era un bulo el que hubiera hombres dotados de una pirula de grandes dimensiones y que lo que existían, con ciertas excepciones, eran pitos normales y pequeños por lo que me sentí complacida de que la polla de mi marido fuera normalita, se le pusiera erecta con suma facilidad y “descargara” con bastante rapidez. La noche de bodas y las de nuestra luna de miel se portó como un autentico jabato echándome tres ó cuatro polvos diarios pero, una vez que pasó el furor inicial, me percaté de que, aunque me agradaba que me cepillara, no llegaba a alcanzar el ansiado orgasmo ya que, aunque solía recuperarse con rapidez, era de eyaculación precoz por lo que siempre me dejaba a medias y una vez que “descargaba”, quedaba satisfecho y no le importaba lo más mínimo el estado en el que me dejara por lo que la mayor parte de las noches y mientras él dormía, tenía que “hacerme unos dedos” para llegar al clímax y quedar un tanto complacida. A pesar de que era una magnífica persona y siempre me trató con cariño y respeto, con el transcurrir del tiempo pasaba más tiempo en su trabajo y con sus amigos, con los que echaba una partida de cartas en un bar después de comer y una de dominó en otro al acabar de trabajar por la tarde, que conmigo. Cuándo llegaba a casa al mediodía era para comer y en cuanto acababa se iba mientras que por la noche, cenaba, veía un rato la televisión y nos íbamos a la cama para no tardar en echarse sobre mi, meterme el rabo en el chocho y follarme para, en tres minutos, echarme su leche, darme unos envites más mientras perdía la erección, sacarme la verga y buscar la posición adecuada para dormir. Aunque no me daba tiempo a otra cosa que no fuera el empezar a mojarme vaginalmente, me dejó preñada en dos ocasiones pero en ambas perdí el feto a las pocas semanas al no conseguir asentarse en el útero lo que me provocaba hemorragias. Aunque no le importaba metérmela cuándo estaba con la regla, le encantaba que mientras me encontraba en pleno ciclo menstrual, que nunca duraba más de tres días, me tumbara entre sus abiertas piernas y le hiciera mamadas ó pajas al igual que solía hacer durante los periodos de obligada abstinencia sexual que tuve que pasar cada vez que se malograba uno de los fetos. Después de perder al segundo, los médicos nos aconsejaron que durante un periodo de, al menos, tres meses evitáramos la penetración vaginal si queríamos tener alguna posibilidad de engendrar un embrión que quedara debidamente “agarrado” al útero. José Enrique, a pesar de mi oposición inicial, aprovechó esa época para conseguir que casi todas las noches le ofreciera mi culo para que me pudiera meter la chorra analmente. A pesar de que era de unas dimensiones muy normales, me hacía bastante daño al introducírmela y como le gustaba hacerlo de una manera cada día más brusca, hasta que me terminé acostumbrando al sexo anal, me resultó bastante doloroso y penoso. Además, el hombre tardaba bastante más tiempo en “descargar” en el interior de mi trasero y la presión que ejercía su cipote sobre mi vejiga urinaria y el continuo golpear de sus cojones en mi raja vaginal, hacían que durante el proceso no pudiera evitar hacerme pis y que empapara la sábana de la cama, lo que a José Enrique, que me solía llamar cerda, no le agradaba demasiado. Una vez que me sacaba el nabo, no tardaba en defecar por lo que tenía que apresurarme en ir al water donde cagaba en cantidad y un par de veces seguidas. Después llegaban las molestias y los escozores anales, sobre todo cuándo volvía a defecar y con el roce de la braga. Creo que José Enrique acabó por hartarse de darme por el culo por lo que volvió a penetrarme vaginalmente. Lo que más le gustaba era el poder tirarme echado sobre mí ó a estilo perro, colocada a cuatro patas.

Al cabo de bastante tiempo comencé a echar en falta varias prendas íntimas que había usado en días anteriores. No tardé en descubrir que era José Enrique el que las recogía del cesto en el que depositaba la ropa que había que lavar para intercambiarlas con las que usaban las mujeres de sus amigos. Un día y antes de que pudiera esconderlos, descubrí en el bolso de su chaqueta tres tangas con muy poca tela, llenos de transparencias y bastante “olorosos”. Consideré que aquello era un entretenimiento bastante infantil por lo que opté por no decirle nada ni prohibirle que continuara intercambiando mi ropa interior. A pesar de que no solía beber, una noche llegó a casa bastante “entonado” y con tantas prisas por poseerme que casi no me dejó ni desnudarme. Acostándose sobre mí, me metió el pene por vía vaginal, me pegó unos envites y en poco más de un minuto “descargó” echándome una cantidad de leche superior a la habitual. Enseguida me sacó la picha y me sorprendió que, siendo normal que tras su eyaculación no buscara más sexo, me hiciera ponerme a cuatro patas y que me la “clavara” por el culo poseyéndome durante más de medía hora. Estaba tan excitado que pensó que iba a ser capaz de echarme dos polvos en una misma sesión pero, aunque sintió mucho gusto, se quedó con las ganas. Cuándo me la sacó acudí al water para defecar y en cuanto me volví a acostar me puso la pilila ya “fofa” en la raja del culo y me acarició el coño mientras me comentaba que aquella noche había estado viendo en el domicilio de uno de sus amigos las masturbaciones que se realiza su pareja durante sus ausencias que, sin que ella lo sepa, graba para su disfrute personal y que nunca había observado echar tantísima “baba” vaginal como soltaba aquella fémina llegando, incluso, a mearse de autentico gusto en pleno orgasmo. A pesar de que le indiqué que no me agradaba que viera aquellas cintas conociendo a sus protagonistas, lógicamente no me hizo caso por lo que cada noche llegaba más excitado a casa y nuestra actividad sexual nocturna resultaba cada vez de mayor duración hasta que, al final, logró echarme dos polvos en la misma sesión. A cuenta de ello estaba eufórico y aquella noche me indicó que era el responsable de la “extraña desaparición” de mis prendas íntimas que cambiaba por otras usadas por las hembras de sus amigos ó como medio de pago para poder disfrutar de aquellos visionados de alto contenido sexual. Le agradecí su sinceridad y no quise reprocharle nada.

Al despertarme a la mañana siguiente José Enrique estaba empapado en sudor y respiraba con mucha dificultad. Me asusté, cuándo pocos minutos después, vi que no reaccionaba al llamarlo por lo que, aunque las asistencias médicas no tardaron en llegar e hicieron todo lo humanamente posible por reanimarlo, al final, sólo les fue posible certificar su muerte. José Enrique, que aunque bebía con moderación fumaba demasiado, tenía algunos problemas coronarios y vasculares y unos altísimos niveles de colesterol que nunca le preocuparon lo que, unido a aquel periodo de máxima excitación sexual que estaba atravesando, acabaron con su vida dejándome viuda tras algo más de siete años de matrimonio.

Si me había convertido en mujer a muy temprana edad, a los pocos meses de enviudar comencé con lo que los médicos denominaron una menopausia precoz que me producía un calor sofocante a todas horas y me obligó a tener mucho cuidado con las comidas para mantenerme en mi peso puesto que, según me indicaron, era una época muy propicia para que las féminas engordáramos desmesuradamente. Aquel proceso duró prácticamente tres años y mientras los médicos me advertían de que se trataba de un periodo bastante favorable para quedar preñada, tan pronto me pasaba tres ó cuatro meses sin bajarme la regla como, cuándo menos me lo esperaba, me encontraba con un ciclo menstrual bastante más molesto y largo de lo habitual. Aparte de que consideraba que José Enrique me había dejado suficientemente servida, perdí buena parte de mi deseo sexual y aunque pude mantener relaciones con varios hombres, las evité y sólo accedí a que me cepillaran y cuándo verdaderamente lo necesitaba, aquellos que demostraron ser persistentes y persuasivos y obligándoles a usar condón puesto que lo que menos deseaba en mis circunstancias era que me dejaran en estado.

Hice amistad con una vecina, llamada Ana Isabel (Isa), que era una hembra alta, muy delgada, de cabello moreno, dotada de unas bonitas y largas piernas y que estaba tan apetecible que ciertos compañeros de su trabajo la apodaban “la guapa”, con la que coincidía muchos días en un supermercado cercano a nuestro domicilio. Era cinco años más joven que yo y llevaba algo más de uno separada. No tenía hijos puesto que, según me indicó, su marido echaba unas cantidades tan mínimas de leche que era imposible que la dejara preñada. Algunas personas que la conocían me indicaron que tenía una clara tendencia lesbica pero no tardé en comprobar que no solía poner pegas cada vez que se la presentaba la oportunidad de poder retozar con un hombre que la agradara. En varias ocasiones me invitó tanto a participar como a estar presente en tales sesiones sexuales pero siempre decliné hacerlo y a lo más que llegué fue a complacerla en intercambiar con relativa frecuencia nuestros tangas y que, cuándo estábamos solas, cada vez que tenía necesidad de mear lo hiciera colocándome en cuclillas sobre el inodoro y delante de ella que solía mantenerme bien abiertos los labios vaginales mientras salía el pis para, después, limpiarme la seta con su mano extendida.

Desde que un año una amiga la dejó colgada y antes de perder el importe del viaje, me brindó la posibilidad de acompañarla, solíamos hacer todo lo posible para poder compaginar nuestros periodos vacacionales y disfrutarlos juntas. Nos gustaba pasar dos ó tres semanas en la costa donde, además de tostarnos, intentábamos encontrar alguna playa nudista para ver un montón de pirulas y ligar con un par de varones bien dotados con los que pasar la noche en la habitación de nuestro hotel ó del suyo por lo que, al volver, se habían ocupado de nuestro “arco del triunfo” hombres de diversas nacionalidades siendo los más potentes los alemanes. Después de desmelenarnos durante nuestra estancia en la playa nos gustaba pasar unos días en el pueblo natal de Isa, descansando en un plan muy relajado.

Pero, para variar un poco, un año decidimos apuntarnos a un viaje en autobús recorriendo parte de la costa francesa e Italia. El recorrido lo efectuamos en un vehículo muy moderno y con un conductor, llamado Pedro, de unos treinta y cinco años, que a Isa y a mí nos pareció el ideal para cualquier mujer puesto que era alto, agradable en el trato, atractivo, delgado y por el “bulto” que se le marcaba en el pantalón, dedujimos que muy bien dotado. Pero no tardamos en darnos cuenta de que nos habíamos hecho ilusiones demasiado deprisa al ver que se “entendía” demasiado bien con Laura, la joven rubia y con un físico realmente sugerente que nos acompañaba como guía. Para colmo, la primera noche y al hacer el reparto de las habitaciones, nos dimos cuenta que Laura había sido la primera en adjudicarse una para compartirla con Pedro pero lo que desconocíamos es que era la contigua a la nuestra. Después de cenar Isa y yo nos fuimos a dar un paseo. Al regresar tomamos un refresco en la cafetería y en cuanto entramos en la habitación oímos toda clase de gemidos femeninos y de insultos y juramentos masculinos sin tardar en reconocer la voz de la guía y del conductor.

Nos desnudamos, nos acostamos e intentamos centrar nuestras mentes en otras cosas para no escucharles pero Laura gritaba al alcanzar sus orgasmos y Pedro, que la debía de estar dando por el culo, no dejaba de insultarla y de tratarla como una autentica golfa. Un buen rato después nos pareció que se habían decidido a descansar. Estábamos a punto de conciliar el sueño cuándo oímos que la chica, con la respiración muy agitada, decía:

“Así, así, fuérzame con tu dedo gordo que me falta muy poco para jiñarme”.

Un poco después llegó, una vez más, al clímax y acto seguido dijo:

“No puedo aguantarme más y me voy a jiñar”.

El hombre la dio unos cuantos cachetes en la masa glútea y debió de extraerla de golpe el dedo haciendo que por su ojete apareciera un buen follete de mierda. Pedro, por lo visto, puso su boca para recibirlo y Laura le dijo:

“Cómetela toda que me pone mucho que lo hagas”.

Su defecación debió de ser bastante rápida puesto que Pedro no tardó en volverla a “clavar” el pito por el ano para proceder a darla unos buenos envites. Laura le dijo:

“Me encanta que me hagas jiñar y que, después, me vuelvas a dar por el culo con esa polla tan gorda y larga que tienes. Estoy a punto de mearme de gusto”.

Los gemidos de la fémina cada vez eran mayores mientras Pedro debía de estar recreándose en su labor puesto que la sacaba el rabo con relativa frecuencia y se la follaba analmente con movimientos muy lentos para hacer que aquello durara más. Incluso, cuándo notaba que la eyaculación era eminente, la extraía la verga para que Laura se apresurara a cortarle la corrida y después de ocuparse durante unos minutos de sobarla las tetas y la almeja, volvía a darla por el culo repitiendo una y otra vez el proceso hasta que, casi a las dos de la mañana, se la sacó del trasero con las protestas de la joven, la penetró vaginalmente y enseguida, la soltó dentro del chocho lo que debió de ser un polvazo memorable puesto que Laura le comentó que nunca la habían echado tanta leche en su interior. Su actividad sexual, con una larga masturbación que Pedro la efectuó sin dejar de insultarla, se prolongó hasta bien avanzada la noche lo que ocasionó que Isa y yo acabáramos completamente desveladas y no pudiéramos dormir absolutamente nada. Pero estábamos tan cachondas que mi amiga acabó acostándose conmigo para “hacerme unos dedos” al mismo tiempo que nos besábamos para, acto seguido, comernos mutuamente el coño durante un buen rato hasta que, al igual que había hecho Laura, nos meamos de autentico gusto con lo que empapamos la sábana de la cama.

Durante el resto del viaje no tuvimos más noches a Pedro y a Laura alojados en la habitación contigua por lo que nos pudimos recuperar de la que habíamos pasado en vela, dormir lo suficiente para descansar y encontrarnos en las condiciones más idóneas a la mañana siguiente. No obstante, se hizo habitual que, por la noche, nos acostáramos más temprano con la intención de masturbarnos y comernos la seta hasta que nos meábamos al más puro estilo fuente en la boca de la otra por lo que ambas nos hicimos con relativa facilidad a bebernos el pis con lo que evitábamos que, aunque siempre caía algo, se mojaran las sabanas de la cama. En un sex shop de Génova decidimos adquirir un vibrador anal a pilas que nos gustaba usar por la mañana al despertarnos para provocarnos una masiva defecación y una braga-pene dotada de un “instrumento” de unas dimensiones de ensueño para cualquier hembra con la que nos penetrábamos vaginalmente y durante bastante tiempo por la noche y seguimos haciéndolo después del viaje.

Pero tanto Pedro como Laura, aparte de continuar inmersos en su “rollo” sexual que resultaba bastante evidente para todos los viajeros, nos trataron de maravilla llevándonos a conocer varios lugares que no formaban parte de la programación del viaje y brindándonos la posibilidad de ir a algún cabaret, discoteca ó sala de fiestas la noche de los viernes y los sábados. Una de las tardes que tuvimos libres Pedro se ofreció a acompañarnos de tiendas. Nos llevó a varias que conocía fuera de la zona más turística en donde pudimos adquirir regalos y ropa a un precio bastante más asequible. La última noche de nuestra estancia nos animamos a acompañar a Pedro y a Laura a una boite que se asemejaba a un puticlub en cuyo interior era obligatorio que las mujeres permaneciéramos con las tetas al aire. Isa me había comentado por la tarde que la parecía que la relación entre el conductor y la guía se había enturbiado durante el viaje y aquella noche observé que Pedro, que no dejaba de mirarnos las “peras”, parecía pensar que nuestras tetas merecían mucho más la pena que las de Laura que, aunque juguetonas, eran más pequeñas. Después del espectáculo que nos tocó en suerte dedicado a Mozart, Pedro nos sacó a bailar y al hacerlo conmigo, además de abrirse la camisa para poder frotar su torso con mis “peras”, me pidió que le facilitara los números de teléfono de mi amiga y mío puesto que le agradaría que siguiéramos en contacto al acabar el viaje. Una vez que se lo comenté a Isa y esta se mostró de acuerdo, aproveché una de mis visitas al water con el propósito de mear, para escribirle en un papel nuestros nombres y los números que teníamos asignados en nuestros respectivos domicilios y se lo di aprovechando una de las ausencias de Laura, que también era muy asidua a visitar el water, a la que Pedro no dudó en calificar como una perrita fácil a la que la encantaba que la dieran por el culo y la realizaran todo tipo de cerdadas.

El hombre esperó casi un mes para ponerse en contacto con nosotras. Quedamos en vernos en una cafetería e Isa y yo nos mostramos encantadas de poder convertirnos, de momento, en amigas suyas pero a lo largo de la semana siempre me encontraba lo suficientemente liada con mis ocupaciones laborales y domésticas y cuándo podía quedar con él, que era el sábado y el domingo, Pedro solía estar de viaje y cuando dispuso de tres días seguidos libres, se dio la casualidad de que me trasladaron de la oficina urbana en la que llevaba trabajando muchos años a la central y aquello me tuvo de lo más ocupada. Isa aprovechó perfectamente aquellas contingencias para que Pedro pudiera desahogarse sexualmente con ella hasta el momento en que el hombre decidió aceptar la oferta de la empresa para modificar su turno de trabajo de forma que, a cambio de poder librar la tarde del sábado y todo el domingo, estuviera disponible de lunes a sábado desde las cinco y medía de la mañana a las cuatro de la tarde lo que, sin llegar a sobrepasar ocho horas diarias de conducción efectiva, le permitía tener una mayor dedicación a servicios de tipo urbano como el transporte escolar ó laboral.

Aquello facilitó que comenzáramos a salir juntos los sábados y los domingos por la tarde al igual que hizo que empezara a tener toda clase de enfrentamientos y disputas con Isa que no dejaba de echarme en cara que, con aquella actitud, estaba demostrando que pretendía quedarme con Pedro en exclusiva. La verdad, es que me cabreaba mucho que me dijera tal cosa puesto que sabía que la noche del sábado y del domingo las pasaba con ella y que, al tener una mayor disponibilidad horaria que yo a lo largo de la semana, solía aprovechar algunas tardes de los días laborables para acostarse con él. Al final, nos terminamos enfadando por lo que dejamos que fuera Pedro, que durante una buena temporada siguió tirándose a Isa y saliendo conmigo, el que decidiera con cual de las dos quería continuar manteniendo relaciones.

Me supuse que el hombre acabaría eligiendo a Isa ya que le había dado muchas más facilidades para relacionarse sexualmente pero me animaba el hecho de ver que se encontraba a gusto en mi compañía cada vez que dábamos un paseo ó nos tomábamos un refresco sentados en la terraza de una cafetería. Una tarde me decidí a preguntarle por su vida sexual suponiendo que, a cuenta de su profesión, sería muy activa y variada. Pedro no tuvo ningún reparo en comentarme que, en su juventud, le gustaba subir la falda a las chicas para poder verlas los muslos y la braga lo que, más de una vez, le había supuesto llevarse una sonora bofetada y que durante una temporada le había atraído mucho el poder ver desnudas y tocar, sobre todo su órgano genital, a crías bastante jóvenes pero que se olvidó de ello después de estar a punto de verse involucrado en un buen follón a cuenta de la indiscreción de una de ellas para comenzar a sentirse más motivado con las féminas “maduritas” que, al tener más experiencia, sabían darle más gusto. Me indicó que se había follado a varias mujeres en el interior de los distintos autobuses que había conducido y que, en tres ocasiones, dejó al resto de los viajeros esperándole mientras se tiraba en un descampado a una joven, que viajaba con él los viernes para ir a su pueblo y los lunes para regresar a la capital; que había llegado a hacerse pajas para no dormirse en los viajes largos; que había dado por el culo a cuatro hombres y que se había cepillado a un buen número de guías durante sus viajes pero que las relaciones más largas y serias las mantuvo con una joven que trabajaba en una panadería a la que, a pesar de que tenía novio formal, llegó a follarse casi a diario durante tres años en el local en el que desarrollaba su actividad laboral una vez que lo cerraba puesto que la chica decía que así iba adquiriendo experiencia y que el sexo la servía para relajarse y con guapa funcionaria casada y con un hijo, que sabía darle mucho gusto y vaciarle bien los huevos, a la que se la metió regularmente durante más de dos años hasta que la dejó preñada y la fémina, que se encontraba a punto de irse a vivir a una zona residencial, decidió romper aquella relación antes de que acabara con su matrimonio puesto que su marido no estaba demasiado convencido de que el crío que esperaba fuera suyo.

Pedro terminó decantándose por mí alegando que, por una vez y sin que sirviera de precedente, iba a elegir a una hembra que no se lo estaba poniendo demasiado fácil a la hora de mantener relaciones sexuales y para celebrarlo, el sábado siguiente por la noche al terminar de cenar, nos fuimos a bailar a una discoteca. El local se encontraba repleto de gente y Pedro intentó, como siempre, que la velada me resultara muy agradable. Bailamos mucho y aunque como había tenido ocasión de comprobar la última noche de nuestro viaje vacacional, no sabía bailar agarrado, se empeñó en que saliéramos a la pista cuándo pusieron música lenta. Al principio y entre beso y beso, se dejó llevar hasta que llegó un momento en que, poniéndome las manos en la masa glútea por encima de la falda de mi vestido, me apretó con fuerza contra él. Noté perfectamente que estaba totalmente empalmado y que con el baile y el roce de nuestros cuerpos, la chorra llegaba a adquirir una dureza y largura impresionantes. Me había fijado en múltiples ocasiones en el soberbio “paquete” que se le marcaba en el pantalón pero no me imaginaba que pudiera ser de aquellas dimensiones, cosa que me agradó tanto que llegué a mojar el tanga.

Cuándo salimos de la discoteca era bastante tarde por lo que, al igual que había hecho en otras ocasiones, me acompañó hasta el portal. Entramos en él con intención de darnos el último beso pero Pedro me llevó a un rincón y mientras nos besábamos, me levantó la falda y tras ponerme sus manos en la masa glútea me apretó contra él para volver a restregar su miembro viril, que de nuevo adquirió con rapidez unas dimensiones increíbles, contra mi entrepierna mientras tiraba del tanga haciendo que con el roce me volviera a mojar. En unos segundos me puse al borde del orgasmo y como aquello me estaba pareciendo realmente delicioso y placentero, le dije:

“Sácate el cipote y métemelo”.

Pedro, tras separarme la húmeda parte textil del tanga de la raja vaginal, se bajó la cremallera del pantalón y a través de la bragueta, sacó al exterior su gran nabo. Apenas pude vérselo puesto que estábamos a oscuras y sus movimientos fueron bastante rápidos pero sí que lo noté y perfectamente en mi interior ya que me lo “clavó hasta los huevos” atravesándome por completo el útero y llegando a rozarme con la punta los ovarios lo que hizo que llegara al orgasmo en cuanto me introdujo el pene. Mis contracciones vaginales debieron de excitarle ya que, agarrándome con más fuerza de la masa glútea, me apretó contra él y con movimientos rápidos de mete y saca, cuándo llegaba por segunda vez al clímax, noté que me estaba mojando con una espléndida y larga cantidad de leche que, en copiosos y calientes chorros, fueron cayendo dentro de mi almeja dándome un gusto increíble. Al acabar de “descargar”, me lo sacó y permitió que se lo tocara dándome cuenta de sus excepcionales dimensiones. Me animé a movérsela lentamente mientras él me acariciaba el chocho con la mano derecha extendida notando que me había echado tanta lefa que mi coño no era capaz de absorberla y que devolvía una parte cuándo empecé a sentir ganas de mear por lo que le invité a subir a mi domicilio pero Pedro, dejándome de tocar para que no me hiciera pis allí y volviendo a poner su picha dentro del calzoncillo y del pantalón, me contestó:

“Mejor otro día”.

Y dándome un beso en la boca salió del portal. Me coloqué bien el tanga, subí a mi vivienda, me dirigí directamente al water donde solté una abundante, agradable y larga meada, me desnudé lentamente y me tumbé en la cama donde me pasé buena parte de la noche “haciéndome unos dedos” y pasándome repetidamente el mojado tanga por la seta lo que hizo que tuviera que levantarme otras dos veces ya que llegaba a alcanzar tal grado de excitación que, enseguida, volvía a sentir una imperiosa necesidad de hacer pis.

Pasaron varias semanas y lo más que pude lograr de Pedro fue que me comentara que en el sexo le agradaba ser dominante y guarro y aunque le contesté que me gustaría que me sometiera llegando a convertirme en una golfa muy cerda, no conseguí que volviéramos a tener un nuevo contacto sexual hasta que una tarde, próxima a la Navidad, se decidió a acompañarme a comprar ropa. Sabía perfectamente que aquello era un autentico suplicio para el sexo masculino pero, al acabar, quería pedirle que pasáramos juntos las próximas fiestas por lo que intenté hacérselo un poco más agradable permitiéndole compartir conmigo los probadores para que pudiera verme en ropa interior e incluso, en una ocasión, me quité el sujetador para probarme un vestido muy escotado y Pedro aprovechó para verme y sobarme durante unos momentos las tetas antes de dedicarse a morderme los pezones mientras me reprimía para no chillar. Finalmente y haciendo que las mantuviera levantadas con mis manos las sacó unas cuantas fotografías con su móvil. Después de dejar todas las compras en mi domicilio, fuimos a cenar y al acabar, decidimos irnos a la “sesión golfa” de un cine. Elegimos una película claramente infantil suponiendo, como así fue, que no habría apenas gente en la sala y nos acomodamos en la última fila. En cuanto la proyección comenzó, Pedro, entre beso y beso, se las ingenió para dejarme las tetas al aire con la intención de tocármelas y mamármelas hasta la saciedad haciendo que me calentara lo suficiente como para llegar a mojar el tanga. Después se encargó de que los pezones se me pusieran en orbita apretándomelos con sus dedos y finalmente, me movió enérgicamente las “peras” como si pretendiera ordeñarme. Cuándo se cansó me hizo poner los pies encima de la butaca y abriéndome bien las piernas, se dedicó a acariciarme la parte interna de las piernas desde la rodilla hasta la zona vaginal. Al llegar al tanga me lo separó de la almeja que me acarició repetidamente antes de meterme muy profundos dos dedos y masturbarme. “Rompí” con una celeridad impresionante mientras notaba como con la palma de su mano me acariciara el “bosque pélvico” y me golpeaba el clítoris, echando una gran cantidad de “baba” vaginal. Pedro siguió con su cometido varios minutos más haciendo que llegara a perder la cuenta de mis orgasmos mientras la salida de mi flujo era mayor y las contracciones pélvicas más notables. Aparte de que el sonido de mi copiosa “baba” vaginal resultaba cada vez más perceptible, me vi obligada a hacer verdaderos esfuerzos para que las pocas personas que había en la sala no se percataran de mis gemidos de placer, de mi agitada respiración y de mis orgasmos. No se exactamente las veces en que había llegado al clímax cuándo sentí que me venía un orgasmo especialmente fuerte e intenso. Pedro debió de darse cuenta de ello puesto que, además de intentar introducirme aún más profundos sus dedos, me masturbó con movimientos muy rápidos por lo que, en pocos segundos, llegué al clímax sintiendo un gusto intenso y largo. Después de aquello estaba exhausta pero el hombre continuó con sus dedos en el interior de mi chocho. Pocos segundos más tarde volví a sentir un gustazo indescriptible y sin poder hacer nada por evitarlo, me meé al más puro estilo fuente en pleno orgasmo echando chorros y más chorros de pis con los que lo puse la butaca y el suelo perdidos. Pedro, que no se perdió detalle, me dijo:

“Así me gusta que seas muy guarra pero tienes que acostumbrarte a no retener tanto tu pis y avisarme cuándo lo vayas a echar”.

El hombre, inclinándose, se bebió una pequeña cantidad de la meada que estaba expulsando y tras decirme que estaba deliciosa y sin sacarme los dedos, acercó su cabeza a mi coño para lamérmelo y meterme su lengua dentro haciendo que me sintiera en la gloría y alcanzara dos nuevos orgasmos casi consecutivos. Le dije que no podía más puesto que no me había dejado líquido dentro. Pedro me besó, me extrajo los dedos que se llevó a la boca, me acarició la seta con la mano extendida y me indicó que ansiaba beberse todo el pis que echara.

No tardó en metérmelos, bien humedecidos en mi “baba” vaginal, muy profundos en el ojete con lo que me sorprendió. Me empezó a hurgar analmente con bastante fuerza en todas las direcciones al mismo tiempo que me pedía que apretara. Entre sus hurgamientos y mis apretones no tardé demasiado en liberar el esfínter y defecar. Pedro, complacido, siguió escarbando unos minutos más en mi trasero mientras me veía obligada a hacer verdaderos esfuerzos por retener la salida de mi mierda.

“¿Que tal sienta que te haya provocado la cagada así?” me preguntó.

Le contesté que había sido bastante agradable pero que mi mierda quería salir al exterior; que no podía hacerlo si seguía hurgándome y no me sacaba los dedos y que, al final y de la misma forma que cuándo me había meado, me lo iba a hacer allí. Pedro, sonriéndome, no tardó en extraerme los dedos bien impregnados en mi caca por lo que me apresuré a salir de la sala para dirigirme al water donde defequé masivamente, sintiendo unas placenteras sensaciones, durante varios minutos y echando un montón de folletes. Cuándo acabé y me dirigí a la sala para volver a reunirme con Pedro, la película había acabado y el hombre me esperaba en el exterior donde, después de darme un beso en la boca, se interesó por conocer si había expulsado mucha mierda y al decirle que había sido bastante y bien sólida, lamentó no haberme acompañado para haberla degustado y comido lo que me pareció de lo más asqueroso y repugnante.

Después de salir del cine, Pedro, que sólo bebía agua y refrescos, me invitó a tomar un par de consumiciones lo que aproveché para mencionarle la posibilidad de que pasáramos juntos las fiestas navideñas en mi domicilio. El hombre me dijo que le parecía una idea acertada pero que, antes, deberíamos de comprobar si nuestra compenetración en la cama era lo suficientemente buena como para que fuera factible nuestra relación sexual a lo que le contesté que para ello teníamos el resto de aquella noche y todo el domingo. Como seguía sin habituarme al alcohol, tras haberme tomado un par de cubalibres llegué un tanto “entonada” al edificio en el que residía. Pedro, en el portal, me volvió a subir la falda y empezó a restregarse contra mi entrepierna. Una vez más noté las tremendas dimensiones que iba adquiriendo su pilila y cada momento que pasaba me encontraba más caliente y deseosa de que me poseyera pero continuó frotándose contra mí durante varios minutos hasta que sintió que su eyaculación estaba bastante próxima por lo que paró y sacándome las tetas al exterior, me las tocó un buen rato sin dejar de alabar su tersura y volumen. Al final, entré medio desnuda en la vivienda y nos dirigimos al water. Pedro me dejó sostenerle su gorda y larga pirula mientras meaba lo que me permitió vérsela por primera vez para, después, obligarme a que, sin bajarme el tanga, permaneciendo de pie y bien abierta de piernas, hiciera pis mientras él me pasaba dos dedos por la almeja lo que hizo que mi micción cayera al inodoro a través de su mano y de mi prenda íntima, experiencia que me encantó a pesar de que la consideré como una autentica cerdada y de que, en cuanto acabé, Pedro dijo que era una nueva meada que se perdía.

Nos fuimos a mi habitación y nos desnudamos rápidamente. Estaba de lo más cachonda por lo que deseaba que me metiera de inmediato el pito y que me “trajinara” durante el resto de la noche pero Pedro me dijo que deseaba que le hiciera una paja lenta con el tanga que, empapado en mi pis, me acababa de quitar. A pesar de que mi chocho estaba sumamente húmedo, le complací y cogiéndolo del suelo se lo puse alrededor de su erecta polla y lo mantuve así mientras le acariciaba los cojones con lo que su miembro terminó de ponerse a tope. Le bajé la piel y me recreé viéndole el rabo en todo su esplendor antes de decidirme a pasarle la lengua varias veces por el capullo, besarle la abertura y comenzar a movérselo muy despacio en busca de su lefa. Al cabo de varios minutos me pidió que se la “cascara” más deprisa y que, en vez de acariciarle los huevos, le hurgara con ganas en el culo con un par de dedos. Se los introduje hasta el fondo y procedí a moverlos como si me lo estuviera tirando analmente e intentando forzarle lo más posible. De repente, sus piernas comenzaron a temblar y por la abertura de la verga aparecieron las gotas previas de lubricación que denotaban que su eyaculación iba a ser inmediata. Le hurgué con fuerza en el trasero y moviéndole lo más rápido que pude la chorra Pedro tardó escasos segundos en deleitarme con una espectacular y espléndida corrida. Nunca había llegado a pensar que un hombre fuera capaz de echar tanta leche y en tan abundantes y largos chorros como él soltaba para depositarse en todos los sitios pero mayormente en la sabana de la cama y en mis tetas. Pensé, asimismo, que cualquier mujer se sentiría satisfecha con poder verle y tocarle el cipote pero que si, además, podía movérselo y sacarle la leche, se empaparía de la misma manera que yo. Se lo seguí meneando mientras Pedro me extendía la lefa por las “peras”. El nabo se mantuvo tieso, gordo y largo y pasaron más de diez minutos hasta que me dijo:

“Ahora chúpamelo”.

Exceptuando las que le efectué a José Enrique, no había realizado demasiadas mamadas pero me encontraba tan salida que hubiera hecho cualquier cosa que me hubiera pedido así que me puse de rodillas a su lado y me fui introduciendo el pene a medida que se lo iba chupando. Intenté esmerarme pero el grosor y la largura de la picha me hacían echarle una gran cantidad de saliva en los pelos púbicos mientras notaba que me atravesaba por completo la garganta y me llegaba hasta el gaznate. Al cabo de unos minutos Pedro, que estaba masturbándome, me agarró con fuerza de la cabeza haciendo que mis labios llegaran hasta sus gordos cojones y me soltó una larga meada en la boca diciéndome:

“Quiero que te la bebas íntegra”.

A pesar de que me había bebido varias meadas femeninas sólo había ingerido pis masculino en unas circunstancias que no habían sido demasiado agradables para mí por lo que, al notar salir su micción, intenté separar mi boca de la pilila pero Pedro me obligó a mantenerla completamente introducida en mi orificio bucal y a recibir su meada que, aunque fuera sintiendo verdadero asco, no tuve más remedio que beberme puesto que me caía en el gaznate y a pesar de que no quisiera, debía de ingerir. La verdad es que, a pesar de mi oposición inicial, cuándo terminó de hacerse pis en mi boca, me encontraba de lo más complacida, al borde del orgasmo y deseando que esa experiencia se repitiera con frecuencia.

En cuanto acabé de beberme su gran meada llena de espuma, me permitió dejar de mamársela. Mientras recuperaba mi respiración habitual observé que, después de aquella descomunal meada, la pirula empezaba a perder muy despacio su erección pero, a pesar de que me apetecía, no pude recrearme con ello puesto que Pedro me obligó a tumbarme boca arriba en la cama y abriéndome bien las piernas, me metió dos dedos en el coño y sin dejar de moverlos constantemente, procedió a comerme la seta apretando su nariz contra mi clítoris con el claro propósito de incrementar mi placer. No sé el tiempo que empleó en ello ni las veces que llegué al clímax pero lo que sí que recuerdo es que, tras el último orgasmo, me meé al más puro estilo fuente y que Pedro se bebió mi pis sin que se desperdiciara una sola gota. Después me besó en la boca con la suya oliendo a mi micción y mientras le acariciaba la cara le pregunté que si no le había causado repugnancia que me meara en su boca a lo que me respondió que el pis femenino era delicioso y exquisito y que deseaba beberse el mío cada vez que tuviera necesidad de soltarlo. Pedro sabía como llegar a satisfacer a una fémina sin necesidad de penetrarla por lo que, abriéndome con sus dedos los labios vaginales, me introdujo vaginalmente su puño derecho para efectuarme un exhaustivo fisting. Era la primera vez que me lo metían por la almeja y como estaba muy excitada, me resultó de lo más placentero y gratificante que, al mismo tiempo que me “vaciaba” con una rapidez impresionante echando unas ingentes cantidades de flujo y de pis que llegaron a mojar a Pedro hasta el codo de su brazo, este me insultara llamándome cerda, golfa, guarra, fulana, puta, ramera, zorra y otros apelativos no demasiado cariñosos y no dejara de alabar el encontrarse con una vejiga urinaria amplía y de gran capacidad, que daba origen a que fuera tan meona. Llegué a alcanzar un par de orgasmos secos antes de que me sacara el puño y cuándo lo tuvo fuera, aprovechó que mi chocho se había convertido en una inmensa cueva para, con la ayuda de una linterna, sacarme varias fotografías de su interior. Lo que más me llamó la atención fue observar que la vejiga urinaria femenina tiene cierta semejanza con un pito masculino sin piel. Aunque seguía deseando que me penetrara vaginalmente y estoy segura de que Pedro me hubiera “clavado” muy a gusto su polla en aquellos momentos, estaba tan satisfecha como exhausta y aunque la sábana se encontraba empapada, me di media vuelta y me debí de quedar dormida.

Estaba amaneciendo cuándo me desperté al notar que Pedro me estaba pasando repetidamente su erecto rabo por la raja del culo resultándome evidente que lo tenía en perfectas condiciones para darme mucha más “marcha” al cuerpo. Al encontrarme de lado hice intención de ponerme boca arriba pero el hombre me obligó a permanecer tal y como estaba adelantando la pierna izquierda y colocándose en una posición un tanto extraña, casi cruzado entre mis extremidades inferiores, procedió a introducirme su gran verga en el coño al mismo tiempo que me perforaba el culo con uno de sus dedos gordos. Me pegó unos buenos envites y enseguida se meó dentro de mí con lo que sentí un gusto increíble que propició que iniciara el día llegando por primera vez al clímax antes de que acabara de echarme su larga meada. Después procedió a cepillarme alternando movimientos lentos con otros mucho más rápidos para detenerse con frecuencia dándome la impresión de que pretendía descansar mientras le empapaba la chorra en mi “baba” vaginal y todo ello, sin dejar de hurgarme en el culo con su dedo. Me encantaba la manera en que me estaba follando y que su eyaculación tardara lo suficiente como para que, al producirse, estuviera a punto de llegar al clímax por cuarta vez. La salida masiva de su leche y el notarla caer en calientes chorros dentro de mí hizo que disfrutara de un orgasmo apoteósico. Pedro, después de echarme una espléndida cantidad de lefa continuó tirándome y hurgándome en el culo. Al cabo de varios minutos y diciéndome que se encontraba lo suficientemente excitado como para echarme un nuevo polvo, me sacó el cipote que se mantenía totalmente tieso, me hizo ponerme a cuatro patas con el culo en pompa y me lo volvió a “clavar” vaginalmente para, en esta ocasión, darme unos envites impresionantes. Unos diez minutos después tuvo su segunda eyaculación que resultó memorable al mojarme con una nueva y abundante ración de leche para, acto seguido, volverse a mear en mi interior. Llegué, con ello, por enésima vez al clímax con lo que, al disfrutar del orgasmo, las contracciones pélvicas favorecieron que apretara y liberara el esfínter dando lugar a mi defecación por lo que, en cuanto acabó de echarme su pis y me sacó el dedo del culo, me tuve que apresurar para levantarme e ir al water donde cagué copiosamente y de una manera realmente placentera.

Cuándo regresé a la cama nos estuvimos sobando durante un buen rato. Pedro me indicó que se recuperaba con rapidez por lo que en media hora estaría en condiciones de volverme a cepillar y echarme una ó dos veces más la leche. Le respondí que un solo polvazo suyo y todo el tiempo que había tenido el nabo bien erecto en mi interior me gratificaba y llenaba mucho más que cinco de otros hombres. Al final y sin haber vuelto a penetrarme, nos quedamos otra vez dormidos. Cuándo nos despertamos era la hora de comer pero, antes de levantarnos, le hice una nueva y esmerada mamada hasta que me soltó su leche y unos segundos más tarde, su tercera larga meada del día en la garganta.

Por la tarde y después de comer, de fregar y de recoger la cocina, contando para esto último con la inestimable ayuda de Pedro, el hombre se empeñó en colocarse muy abierto de piernas, doblado y apoyado en la mesa del comedor y me pidió que le hurgara en el culo hasta lograr provocarle la defecación. Aunque me pareció que sentía una especial predilección por todo aquello que tuviera relación con el trasero, aquello iba a ser una nueva experiencia para mí por lo que, tomando asiento detrás de él, procedí a acariciarle los huevos antes de ensalivarme dos dedos e metérselos bien profundos en el culo hurgándole con todas mis ganas mientras notaba perfectamente como apretaba sus paredes réctales. Su pene estaba, una vez más, totalmente erecto por lo que, tras acariciarle los cojones durante un buen rato, me decidí a movérselo lentamente con mi mano al mismo tiempo que le pasaba un dedo por la abertura. Pedro no tardó en indicarme que le forzara con más ganas puesto que, de otra forma, no iba a conseguir que defecara. Mientras me iba ajustando a sus deseos, su picha soltó otra gran lechada que fue cayendo por toda la mesa y un poco después, noté que su caca entraba en contacto con mis dedos. Pedro, que aún estaba echando lefa, me indicó que le forzara con todas mis fuerzas al mismo tiempo que él apretaba sus paredes réctales contra mis dedos que no tardaron en impregnarse en la mierda. A pesar de que se estaba cagando me hizo seguir hurgándole en el culo hasta que me dijo:

“Sácame los dedos y prepara tu boca para recibir mi caca”.

Le saqué despacio los dedos llenos de mierda y en cuestión de segundos apareció por su ojete un gordo follete. Sentí algunas náuseas al verlo y el pensar que Pedro quería que me lo comiera me causó verdadera repugnancia hasta llegar a encontrarme ligeramente revuelta pero cada momento que pasaba aquel largo “chorizo” salía más al exterior y Pedro me apremió a poner mi boca para que la caca pusiera depositarse directamente en ella. Coloqué mi orificio bucal, cerré los ojos y esperé a que me cayera el primer follete. Era grandísimo y como por el ano aparecía otro no tuve más remedio que morderlo. A pesar del asco y de la repugnancia que sentí y que su sabor era un tanto amargo, según lo iba masticando no me pareció tan desagradable por lo que me di prisa a ingerirlo para coger el siguiente que era tan gordo y largo como el anterior y un tercero bastante más estrecho aunque, asimismo, tan interminable como los dos anteriores. Al final, me comí los tres “chorizos” y quedé tan gratificada que le lamí el ano para limpiárselo y dispuse de tiempo para meterme la pilila en la boca antes de que, en cuanto comenzó a perder la erección, se meara. Me bebí todo su pis lo que me permitió digerir mucho mejor la mierda. Después y mientras Pedro me pellizcaba la masa glútea, fui recogiendo con mi lengua la lefa que había caído en la mesa.

No tardé en ocupar el lugar de Pedro que después de lamerme el ojete durante varios minutos introduciendo lo más posible su lengua, cosa que me encantó, procedió a meterme un par de dedos, que había estado pasando por la raja vaginal para empaparlos en mi flujo, en el trasero y al mismo tiempo que me forzaba con ellos en todas las direcciones, me comió la seta. Me encontraba muy a gusto por lo que no tardé en mearme en su boca y le eché, al más puro estilo fuente, una copiosa cantidad de pis. En cuanto terminé de mear se limitó a acariciarme la raja vaginal para centrarse en mi ano recordándome con frecuencia que debía de apretar mis paredes réctales y el intestino con fuerza para favorecer la defecación. Le indiqué que era bastante estreñida y que ya me había hecho cagar dos veces en las últimas horas pero él siguió y siguió hasta que, tras sacarme los dedos y abrirme y cerrarme varias veces el ojete haciendo que me tirara una buena colección de pedos, me perforó otra vez el ano y enseguida, volví a defecar. Mi caca, esta vez, no resultó ser tan sólida pero aquello no pareció importarle demasiado y a pesar de que empezó a salir al exterior entre sus dedos, me continuó hurgando hasta que estos y buena parte de su mano quedaron bien impregnados en la mierda. En cuanto me los sacó de golpe, mi caca comenzó a salir al exterior para ir cayendo en la boca de Pedro que la fue “degustando” e ingiriendo según la iba recibiendo mientras me asombraba de que pudiera tener tanta cantidad de mierda retenida en mi interior. En cuanto acabé de defecar Pedro me volvió a meter los dedos hasta el fondo y me forzó unos minutos más consiguiendo que echara un poco más de caca. Una vez más repitió la operación y me hurgó durante un buen rato pero no logró sacarme más. Me limpió meticulosamente con su lengua y me apretó con fuerza la almeja, que estaba completamente empapada, extrayéndome algo de flujo y unos cortos chorros de pis que, asimismo, acabaron en su orificio bucal. Me interesé por conocer si mi caca le había agradado y satisfecho y me respondió que estaba realmente deliciosa y que ya estaba deseando poder dar debida cuenta de otra buena cantidad. Después se dedicó a mantenerme bien abierto el ano para hacerme un meticuloso examen táctil de su interior con un dedo; me hizo tumbarme en la mesa totalmente despatarrada e hizo lo propio con mi chocho diciéndome que tenía que grabarme con la vejiga urinaria repleta de pis para finalizar su exhaustivo reconocimiento visual y táctil con mis tetas. Cuándo menos me lo esperaba procedió a meterme el puño dentro del coño para efectuarme otro fisting forzándome con mucha más ansiedad y ganas que la noche anterior. Mientras mi flujo y mi pis salían al exterior con fuerza y le empapaban todo el brazo, el hecho de realizármelo de una manera tan seguida junto a la brusquedad y excesiva fuerza con las que me forzó en esta segunda ocasión, hizo que llegara a provocarme algunas pequeñas molestias que se juntaron con un par de orgasmos secos que me dejaron para el arrastre. A pesar de ello y sin dejar de insultarme, siguió con su puño dentro de mi seta durante otros diez minutos hasta que se percató de que estaba sufriendo una importante incontinencia urinaria y que me estaba dejando como una autentica braga.

Me tuve que acostar en la cama y me dejó reponerme mientras se encargaba de preparar una cena bastante ligera de la que no tardamos en dar cuenta para acostarnos temprano con la intención de que me volviera a follar introduciéndome su pirula vaginalmente colocada a estilo perro y con el culo en pompa. Esta vez no dudó en introducirme dos dedos en el ojete y “trajinarme” de la misma forma que lo había hecho por la mañana con movimientos unas veces rápidos y otras lentos sacándome con frecuencia el pito para comprobar que la humedad de mi almeja iba en aumento y volver a penetrarme. No sé la cantidad de orgasmos que había alcanzado cuándo sentí que me estaba echando su leche que, una vez más, me mojaba interiormente en abundantes, calientes, espesos y largos chorros dándome tanto gusto que me meé. Pedro me la extrajo un par de minutos más tarde para hacer que me tumbara, muy abierta de piernas, boca arriba para poder echarse sobre mi, “clavarme” su gran polla y proceder a tirarme mientras le apretara con fuerza contra mi poniéndole mis manos en la masa glútea intentando que me la metiera hasta los huevos. Alcancé otro buen número de orgasmos y llegué a desear que me llenara de lefa el chocho pero parecía que Pedro la estaba reteniendo a costa hasta que, al final, “explotó” y la leche se juntó con una nueva meada lo que hizo que, a medida que sentía caer tantísima cantidad de lefa y pis en mis entrañas, fuera alcanzando unos descomunales orgasmos prácticamente seguidos hasta que, tras mearme de nuevo, acabé exhausta. A pesar de que mi colaboración era mínima continuó cepillándome durante varios minutos más y cuándo me extrajo el rabo pude ver que lo tenía “a media asta”. Me hizo acostarme de lado y me lo colocó en la raja del culo, con lo que volvió a adquirir un grosor y largura estimables, mientras con sus manos me apretaba una de las tetas y me sobaba el coño. Estaba agotada por lo que me quedé enseguida dormida pero no sin antes percatarme de la gran cantidad de veces en que había llegado al clímax en las últimas horas.

Cuándo sonó el despertador para ir a trabajar, Pedro ya no se encontraba a mi lado. Se había levantado dos horas antes para llegar a tiempo a su ocupación laboral y me había dejado una nota diciéndome:

“Ha sido maravilloso. Eres una golfa preciosa y en cuanto te acostumbres a ser una hembra más guarra te vas a convertir en la mujer perfecta”.

Aquella semana se me hizo eterna. Aunque hablaba con frecuencia con Pedro y estaba bastante liada con los preparativos para las fiestas navideñas que, definitivamente, habíamos decidido pasar en mi domicilio, estaba deseando que llegara la Nochebuena para volver a estar con él. Al recordarle me prodigué en “hacerme unos dedos” varias veces al día e incluso, en el water de mi centro de trabajo. Me pasé toda la semana haciendo pruebas con el maquillaje para ver cual me favorecía más y el día anterior por la tarde fui a la peluquería para cambiar por completo mi peinado. Aunque desde que hice amistad con Isa, esta había logrado que me olvidara de las bragas y me acostumbrara a usar tangas y sujetadores bastante menguados de tela, siempre me ha agradado vestir en un plan moderno y juvenil sintiendo una especial predilección por los vestidos puesto que con pantalones y desde que usaba tangas muy finos se me marcaba, muy al estilo de las fulanas, demasiado la raja vaginal y la del culo obligándome a ponerme los días en que los usaba, que solían ser los más gélidos puesto que prefería pasar un poco de frío a pesar de ser propensa a sufrir cistitis e incontinencia urinaria, jerséis largos que me cubrían lo suficiente por delante y por detrás, me decidí a lucir un poco más mi delantera y mis piernas poniéndome prendas más ajustadas, escotadas y cortas e incluso hubo días en que llegué a prescindir del tanga, a pesar de que a Pedro le encantaba quedarse con los que usaba sobre todo si estaban bien empapados en pis, para favorecer que, en cuanto se presentaba la ocasión y en los sitios más insospechados, me pudiera echar uno de sus polvos.

Como quedé encantada de nuestra primera vez, no quería que nuestra actividad sexual variara mucho por lo que el día de Nochebuena, en cuanto Pedro llegó a mi domicilio, lo primero que hice fue efectuarle una paja bastante lenta para recrearme viéndole echar la lefa y poder movérsela un buen rato más antes de chuparle la verga para que me soltara en la boca su segundo polvo y al empezar a perder la erección, su pis. Pedro se encargó, acto seguido, de “sumergirme en una nube” al comerme la seta hasta que, tras alcanzar varios orgasmos, me meé “a todo trapo” en su boca para más tarde forzarme al máximo con un buen fisting vaginal con el que logró “vaciarme” con rapidez y dejarme exhausta. Pude descansar un rato mientras él se ocupaba de poner la mesa y de los últimos preparativos para la cena. Por primera vez en mi vida, cené, al igual que Pedro, completamente desnuda y sin dejar de notar que iba recuperando mi humedad vaginal y que me “ponía” que, de vez en cuando, me insultara. Nos fuimos a la cama pronto y Pedro me penetró por la almeja, sin que se olvidara de sus hurgamientos anales, para echarme a lo largo de la noche cuatro soberbios polvos, el primero tumbado sobre mí y “descargando” con la chorra “metida hasta los huevos”; el segundo y el cuarto, en unión a sus correspondientes meadas, colocada a cuatro patas y con el culo en pompa dándome unos buenos envites y el tercero acostada a lo ancho de la cama mientras Pedro permanecía de pie lo que me permitió incorporarme un poco para poder observar como me la “·clavaba” y me follaba mientras me apretaba las tetas. Como el cipote no perdió su erección después de haberme echado su cuarto polvo, me decidí a cabalgarle vaginalmente en busca del quinto pero, a pesar de que acabé echada sobre él con las piernas cerradas, mis fuerzas se agotaron antes de que llegara a producirse la eyaculación. Aunque me tuve que levantar varias veces para mear puesto que, una vez más, terminé afectada por una incontinencia urinaria, dormimos hasta el mediodía.

El día de Navidad decidí iniciarlo haciéndole una cubana lo que me supuso acabar con las tetas, la cara, el cuello y los hombros llenos de lefa cuyos chorros salieron con tanta fuerza que, asimismo, cayeron en la sábana y en el suelo. No tuvimos problemas para preparar la comida puesto que la noche anterior había sobrado más que suficiente y al igual que la cena de la Nochebuena, celebré mi primera comida de Navidad totalmente desnuda. Por la tarde nos dedicamos a masturbarnos y a hurgarnos mutuamente en nuestros anos hasta llegar a provocarnos la defecación que nos comimos al igual que nos bebimos nuestras meadas. Pedro utilizó por primera vez conmigo un consolador de rosca y unas bolas chinas que me regaló en un día tan señalado con lo que comencé a olvidarme de mi estreñimiento para volver a ser bastante regular en mis defecaciones. Por la noche, me volvió a penetrar a estilo perro para, después de eyacular, permitirme que le hiciera una buena cabalgada vaginal que, esta vez, sí que culminó echándome una gran cantidad de lefa y una nueva meada dentro del chocho.

Volvimos a cenar juntos el día de los Santos Inocentes con el propósito de mantener una nueva sesión sexual en la que me volvió a echar dos nuevos polvos el primero acostada a lo ancho de la cama y el segundo tirándome permaneciendo ambos de pie manteniendo una de mis piernas más elevada que la otra.

La Nochevieja comenzó a desarrollarse de una forma similar a la Nochebuena con la salvedad de que, en cuanto nos comimos las uvas, nos acostamos para mantener nuestra primera sesión sexual del nuevo año. Aquella noche me dio la impresión de que Pedro estaba demasiado salido puesto que se comportó como un autentico semental. Me echó, en primer lugar, dos polvos y tras el segundo una larga meada, cepillándome durante algo más de medía hora colocada a cuatro patas y con el culo en pompa. Después de descansar durante una hora, le hice soltar el tercer polvo efectuándole una cabalgada mientras que el cuarto y su segunda meada lo echó mientras permanecía acostada sobre él con las piernas cerradas y permitiendo que me hurgara en el culo con sus dedos al mismo tiempo que mis tetas se restregaban contra su torso. Eran las cinco de la mañana, cuándo después de un nuevo descanso y de haberme metido vaginalmente las bolas chinas logrando que llegara dos ó tres veces al clímax, Pedro procedió a follarme, de nuevo, permaneciendo los dos de pie y con mi pierna izquierda más elevada que la derecha. Hizo todo lo posible por retrasar al máximo su eyaculación y después de mojarme por quinta vez con otra grandiosa cantidad de lefa, decidió que me tumbara en la cama boca abajo para iniciar el año dándome por el culo. La verdad es que José Enrique, mi marido, me había enculado un montón de veces pero me daba mucho miedo que llegara aquel momento ya que el nabo de Pedro era de excepcionales dimensiones y temía que pudiera desgarrarme el ojete al penetrarme ó causarme alguna lesión interna a cuenta de su largura al encularme. El hombre me lamió el ano y me lo abrió y cerró con sus dedos infinidad de veces consiguiendo que me tirara una amplia y sonora colección de pedos antes de que procediera a “clavarme” el pene analmente sin muchas contemplaciones al ponerme la punta en el ojete y echarse bruscamente sobre mi haciendo que el ano dilatara a lo bestia y me entrara entero. Mientras me daba unos envites impresionantes me sentí como una autentica puta a su servicio y a pesar de que, al principio, me hizo mucho daño y no pude evitar chillar de dolor no tardé en hacerme a las dimensiones de su picha por lo que comencé a colaborar para intentar incrementar su placer y el número de mis orgasmos anales mientras al golpearme continuamente en la raja vaginal con sus gordos cojones me hacía llegar al clímax y mearme, en mayor ó menor cantidad, durante todo el proceso ya que, para ese momento, el “fuelle” de mi vejiga urinaria hacía tiempo que no controlaba. Cuándo, después de bastantes minutos dándome por el culo, me soltó su polvo en el interior del trasero me encantó y más, cuándo unos segundos más tarde, lo completó echándome su micción. Me siguió enculando durante algo más de medía hora entre profusión de insultos; volvió a mearse y se percató de que la punta de su pilila había quedado encajada en mi intestino por lo que, a pesar de que me puse un poco histérica, tuvimos que esperar a que perdiera su erección para que me la pudiera sacar momento en el que mi esfínter decidió “aliviarse” por lo que, sin tener que apretar, defequé dos veces seguidas con una suavidad impresionante y sintiendo unas sensaciones realmente placenteras mientras mi caca, mayormente líquida, se iba depositando en la boca de Pedro. A continuación, llegaron las múltiples molestias y los escozores anales que el hombre intentó reducir dándome una gran cantidad de crema hidratante en el ojete en cuanto acabé de vaciar mi intestino y una persistente diarrea que me tuvo en vilo durante todo el día de Año Nuevo permitiendo que Pedro se diera un verdadero atracón de mierda líquida.

Desde la noche mágica de Reyes, en la que me regaló dos estuches de colonia, un picardías, un conjunto de ropa interior prácticamente transparente y un precioso, aunque sumamente minifaldero, vestido lleno de encajes y lentejuelas, se hizo habitual que Pedro me echara al menos un polvo diario dentro del culo con lo que consiguió que superara definitivamente mi estreñimiento para, en su lugar, verme afectada con bastante frecuencia por procesos diarreicos e incontinencias urinarias que solían durarme bastante puesto que solían complicarse con mis cistitis y no llegaba a recuperarme de una cuándo me encontraba inmersa en otra. Pero a Pedro le gustaba que expulsara mi pis y mi caca con relativa frecuencia y se mostraba encantado de relacionarse conmigo ya que, según me decía, había encontrado en mí una golfa muy cerda y podía “descargar” libremente dentro de mi coño sin tener que preocuparse de usar condones para no dejarme preñada. Unos meses después, decidimos vivir juntos de manera continúa en mi domicilio para que por la noche que, era cuándo coincidíamos, me echara dos de sus abundantes y largos polvos. Lo que más le gustaba era tirarme colocada a estilo perro; los dos levantados y elevando una de mis piernas más que la otra ó que le cabalgara para echarme sobre él en el momento en que su eyaculación era eminente con la intención de que su pirula me entrara por completo y recibiera su lefa directamente en los ovarios mientras me mantenía el ojete bien abierto con sus dedos, restregaba mis tetas contra su torso y permanecía así hasta que me mojaba el interior de la seta con su pis.

Llevábamos casi un año viviendo juntos y manteniendo una actividad sexual frecuente, intensa y cerda, cuándo una tarde que nos encontrábamos de compras alimentarías en un centro comercial nos cruzamos con una joven de tez ligeramente morena, cabello castaño, menuda y delgada que iba acompañada por un hombre alto y corpulento y un niño. La fémina llevaba escandalosamente abierta su blusa enseñando la parte superior y lateral de sus grandes tetas y un sujetador de color negro lleno de encajes. En cuanto la vi me pareció una autentica fulana pero al pasar por nuestro lado se quedó parada mirando fijamente a Pedro y primero se pasó varias veces la lengua por los labios y después los cerró como si quisiera besarlo. Además de puta, me pareció que era una hembra de lo más descarada. Le pregunté a Pedro que si la conocía y me respondió que no por lo que no lo di mayor importancia. Pero unos minutos más tarde y mientras el crío que les acompañaba jugaba en un parque infantil existente dentro del centro comercial volví a ver a tal pareja que permanecía semi escondida en un rincón detrás de una columna y en una actitud un tanto comprometida aunque a la chica no parecía importarla demasiado ya que con sus tetas al aire le estaba haciendo una paja al hombre que la acompañaba que tenía el pantalón y el calzoncillo en las rodillas. A pesar de que la altura del hombre era considerable, observé que su pito dejaba bastante que desear y aunque no quitaba su vista de las tetas de la joven, que se movían constantemente a cuenta del “ordeño” que le estaba efectuando, la costó conseguir que la polla se le pusiera tiesa y a la hora de eyacular soltó una cantidad mínima de leche. Pedro no demostró el menor interés por presenciar aquel espectáculo y dejándome sola, se fue a comprar algunas cosas que necesitaba para su aseo personal mientras mi curiosidad femenina me obligaba a permanecer allí mirándoles casi sin respirar para no delatar mi presencia y con evidentes ganas de saber como terminaba aquello. Después de limpiarse la leche que se había depositado en su mano en el calzoncillo del varón, la joven se dio la vuelta en el momento en que Pedro, casualmente, pasaba cerca de ella y agarrándose con las dos manos las tetas y haciéndole unos gestos un tanto significativos, pareció ofrecérselas antes de que las introdujera en el sujetador y las cubriera con la blusa al mismo tiempo que, sin apartar su mirada de Pedro, volvía a pasar su lengua por los labios y a cerrarlos para enviarle besos. Aquella actitud me hizo reaccionar. Su acompañante aún se estaba limpiando con el rabo al aire cuándo me acerqué a ella y la dije:

“¿Se puede saber que es lo que quieres, so zorra?”.

La mujer me miró de arriba abajo y sacando más sus pectorales como queriendo señalar que sus tetas eran más voluminosas que las mías, me contestó:

“Que tu hombre me joda igual que a ti”.

Me esperaba cualquier cosa de una desvergonzada como ella pero aquello, precisamente, no había pasado por mi cabeza. No me había repuesto aún de su contestación, cuándo me agarró del brazo y me pidió que fuera con ella al water dejando al crío al cuidado del hombretón. Como no lograba localizar a Pedro con mi vista y ella no dejaba de tirar de mi brazo, la tuve que acompañar. En cuanto entramos en un compartimento se bajó su ceñido pantalón y el minúsculo tanga de color negro y acomodándose en el inodoro soltó una buena meada mientras me comentaba que ella había sido unas de las primeras chicas que permitió que Pedro la sobara mientras le chupaba la verga para recibir la leche en su boca. La miré muy sorprendida y ella, limpiándose, me indicó que el hombre solía realizar una de las rutas de transporte escolar de su colegio y que siempre que se presentaba la ocasión, la tocaba sintiendo una especial predilección por aquella almeja abierta, amplia y jugosa que estaba viendo, por hurgarla en el culo y por sus tetas para ponerse muy cachondo y pedirla que le hiciera una mamada ya que, aunque tocaba a varias de las alumnas que transportaba, era de las pocas que accedía a chuparle la chorra; a recibir sus polvos en la boca y a tragarse la lefa sin rechistar. Me indicó, asimismo, que Pedro había intentado penetrarla en múltiples ocasiones pero que ella siempre se había opuesto al decirle que, para ello, tendría que usar condón cosa de la que el hombre nunca había sido partidario. En cuanto se vistió bien, salimos del water y me indicó que se llamaba Elsa y que tenía veintitrés años. No llegaba a entender que es lo que pretendía al hacerme aquellas confesiones que, por otro lado, conocía desde hacía bastante tiempo de labios de Pedro y me interesé por saber lo que, en el supuesto caso de que accediera a que tomara parte activa en nuestra actividad sexual, obtendría a cambio y la joven, pensándoselo, me respondió que podía ocuparse tres días a la semana de ciertos quehaceres domésticos de mi vivienda como el lavar y planchar la ropa. Después y cogiéndome de nuevo del brazo, me hizo ir con ella hasta el lugar donde se encontraba su acompañante del que se deshizo fácilmente al decirle que con aquella mierda de cipote que tenía no la servía de nada puesto que, si la penetraba, no la iba a dar el más mínimo gusto. Recogiendo al crío, que era su hijo y tenía tres años, decidimos localizar a Pedro. Cuándo dimos con él, Elsa no se lo pensó y bajándose en público ligeramente el pantalón y el tanga le dijo que estaba deseando que la volviera a sobar el chocho. Pedro, poniéndose en cuclillas, se lo miró e instintivamente introdujo su mano entre sus piernas y se lo tocó delante de mí mientras la joven soltaba un corto chorro de pis y le dijo:

“¿Te gusta así ó la prefieres más mojada?”.

Me pareció que, de no haber estado delante, Pedro se la hubiera cepillado allí mismo sin que le hubiera importado mucho que le viera la gente pero la actitud de Elsa era tan descarada y escandalosa que no tardó en aparecer el personal de seguridad que, después de pedir a la joven que se vistiera, nos “aconsejaron” abandonar lo antes posible el establecimiento. Después de pagar las compras efectuadas, nos fuimos a una cafetería cercana sentándonos en una mesa donde Pedro se limitó a decirme que, después de casi siete años, la chica había cambiado mucho por lo que, al principio, no la había reconocido y lógicamente, no negó los hechos que Elsa me había indicado en el water llegando a reconocer que no le importaría que le volviera a chupar el nabo; poder sobarla todo lo que quisiera y llegar a follársela puesto que, según dijo, en aquel momento “estaba aún más buena” que hacía unos años. La chica nos explicó que, tras haberse prostituido en un night club durante dos años hasta que uno de sus clientes la engendró a su hijo, había trabajado en una peluquería de señoras en donde había conocido a Estrella, otra chica a la que Pedro conocía ya que se la había estado tirando, incluso después de casarse de “penalti” sin estar muy segura de si el padre de la criatura que esperaba era su novio ó Pedro, hasta hacía algo menos de dos años, con la que había decidido montar un negocio con cabinas de rayos UVA de la que se ocupaba Estrella y una sala de masajes eróticos de la que se encargaba ella. Aunque el comienzo fue difícil, estaban obteniendo bastante éxito puesto que a muchas clientes, antes de tostarse para conservar su piel morena, les gustaba ponerse en manos de Elsa para que las depilara la ingle y al terminar, acostarse, inicialmente, boca abajo en una camilla con el propósito de que las diera el mayor placer posible buscándolas y explotando al máximo el “punto g” de cada una de ellas por lo que, dando por hecho que pretendíamos realizar tríos, nos comentó que podía quedar con nosotros la tarde de los sábados y los domingos puesto que era cuándo no trabajaba y su hermana podía quedarse al cuidado de su hijo. Aunque un tanto contrariada porque no me gustara la idea de tener que compartir a Pedro con ella, la tuve que facilitar mi dirección y mi número de teléfono para estar en contacto. Para evitar dejarles solos había retenido al máximo la salida de mi pis por lo que, hasta que no me vi muy apurada, no les indiqué que necesitaba ir al water. Elsa no me dejó dirigirme hacía él y en su lugar, nos fuimos con bastantes premuras puesto que la micción se me salía y acababa de mojar el tanga hasta el garaje del centro comercial donde Elsa y Pedro se dieron prisa en buscar un lugar lo más apropiado posible para que, sin que ser vistos con demasiada facilidad, la chica se apresurara a despojarme, ante mi sorpresa, de mi prenda íntima para introducir su cabeza debajo de mi falda y beberse mi pis que fui incapaz de retener en cuanto noté su lengua dentro de mi coño. En cuanto acabé, Pedro se desnudó por completo y Elsa se quedó en tanga para efectuarle delante de mí una larga mamada con la que terminó de demostrarme lo sumamente golfa que era.

Aunque me suponía que con la incorporación de Elsa y hasta que pasara el furor inicial, me iba a ver relegada a un segundo plano en la actividad sexual que manteníamos los sábados y los domingos, logré animarme pensando que durante el resto de la semana disponía de Pedro para mí sola y que había dado con una “chacha” muy económica puesto que, aunque solía hacerla regalos, no me cobraba nada y durante dos horas tres días a la semana se ocupaba de determinados quehaceres domésticos que a mi nunca me habían gustado como era el planchar la ropa. Poco a poco, me fui haciendo a que Elsa participara en nuestra actividad sexual e incluso, me llegó a agradar ya que, aparte de que aprendí muchas cosas de ella, me “ponía” el verla hacerle sus exhaustivas mamadas ó el cabalgarle de la misma forma que me excitaba ver como Pedro se la cepillaba prodigándose en darla por el culo. Pero lo que más me gustaba era poder ver como se ensañaba con ella ya que, además de insultarla a todas horas, la amenazaba, la zarandeaba e incluso, alguna vez la llegó a pegar mientras Elsa parecía encantada de sentirse poseída de aquella forma por un hombre. Los domingos por la tarde la joven se encargaba de darnos placer y provocarnos una masiva defecación a Pedro y a mí, comiéndose Elsa toda la mierda que expulsábamos, con una exhaustiva sesión de masajes en la que, hasta cagarnos, permanecíamos boca abajo restregando, en mi caso, la seta y las tetas contra la sabana y “poniéndome” al máximo antes de darme la vuelta para que me realizara un fisting vaginal, que me agradaba que me efectuara otra fémina, hasta que me “vaciaba” por completo. No tardé en sentirme plenamente integrada en aquella relación un tanto sádica y me empezó a gustar el tener la posibilidad de forzar a la chica al mismo tiempo que Pedro la obligaba a chuparle sin descanso el pene, se la follaba tanto por delante como por detrás ó la hacíamos multitud de cerdadas como sacarla con nuestros dedos la caca; provocarla la defecación poniéndola enemas ó con la ayuda de un embudo, la metíamos nuestro pis dentro del ojete con un efecto laxante inmediato. Pedro la obligó a conseguir unos fórceps con los que nos abría al máximo la almeja y el culo para, primero, a Elsa y más tarde, a mí, grabarnos con todo lujo de detalles las tetas y el exterior e interior de nuestros chochos y culos demostrando un especial interés por las vejigas urinarias que, le encantaba que tuviéramos bastante llenas, por lo que en cuanto hacía una ligera presión sobre ellas con sus dedos nos obligaba a soltar unas apoteósicas meadas que grababa integras.

Han pasado casi nueve meses desde la incorporación de Elsa. Han cambiado algunas cosas como el permitir que Pedro nos depile regularmente nuestro “bosque” pélvico cuyos pelos conserva; el haber dejado que Elsa me inyectara con éxito en las tetas para, a mi edad, llenármelas de leche materna artificial con lo que Pedro se da unos buenos atracones aunque cada veinte días tiene que repetir la operación para que no me quede sin ella ó que nos “trajine” a ambas después de meternos dentro el tanga, pero mi convivencia con él y nuestra actividad sexual tanto en pareja como en trío funciona de maravilla. Elsa lleva casi medio año sin el DIU, que se la desprendió a cuenta del trato despectivo que recibe de Pedro y algo más de dos meses sin tomar anticonceptivos deseando que el hombre, que está obteniendo unos buenos beneficios económicos con la venta de nuestra ropa interior usada en la trastienda de un comercio de telefonía móvil, la haga un buen “bombo” aunque sea a mí a quien más mete la picha por vía vaginal y la joven, a cuenta de la intensa vida sexual que ha llevado, padezca bastantes desarreglos con sus reglas haciendo que unas veces la bajen muy seguidas y que otras se pase varios meses sin ella.

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