Relatos Eroticos

21 Mayo 2011

En el transporte publico III (1).

Archivado en: Relatos de Alba — Etiquetas:, , , , , , — Txema @ 12:42

Desde muy joven me ha agradado permanecer bastante tiempo sentado delante de la pantalla del ordenador mirando y la mayoría de las veces “cascándome” la chorra mientras lo hacía, ciertos vídeos en los que féminas asiáticas, generalmente japonesas muy jóvenes, mantenían relaciones sexuales en el transporte público y sobre todo en el Metro, ante la total indiferencia del resto de los viajeros que lo veían como algo normal. Había chavalas que decidían entretenerse durante su desplazamiento sacando al exterior y moviendo ó comiendo el cipote al varón ó varones que consideraban como más atractivos entre los que se encontraban a su alrededor logrando que, delante de todo el mundo, se les pusiera bien tieso y echaran una aceptable cantidad de leche. Recuerdo que uno de los vídeos que más me gustaba ver era el de un joven que, tras soltarla los chorros de lefa en la cara a la chica que le había estado chupando el nabo, se meaba con tanta fuerza que el pis la caía encima a una hembra madura que se encontraba sentada y que se subía la falda para que la micción la mojara las piernas. Aunque en buena parte de ellos se biselaba la imagen al mostrar el órgano sexual tanto masculino como femenino podía apreciar que, mientras la mayoría de las mujeres se encontraban dotadas de una abierta, apetitosa y jugosa almeja y de un poblado “bosque” pélvico, los hombres disponían de un pene de menor grosor y largura que el mío y que, a pesar de ser muy intensas, sus eyaculaciones resultaban poco abundantes. En otros vídeos observaba como una ó varias jóvenes, vistiendo su uniforme colegial, eran sobadas hasta la saciedad por un grupo de hombres que más tarde procedían a masturbarlas y a penetrarlas tanto por delante como por detrás para extraerlas la picha cuándo estaban a punto de eyacular de forma que, aunque muchas veces hubiera que suponérselo por la desfiguración que sufrían las imágenes, la cámara pudiera captar la salida de su leche y como las mojaban con ella las piernas, los pelos púbicos, los glúteos, las tetas ó la cara. Lo que más me agradaba era ver a varios varones forzando a dos ó tres jóvenes y como, tras hacerlas de todo, las ponían varias lavativas, tanto vaginales como anales, para hacer que se retorcieran mientras las mantenían bien cerrado el chocho ó el ojete durante unos minutos antes de permitir que se vaciaran y de que manera, de pis y de caca delante de ellos y del resto de los pasajeros.

Mientras viví en el domicilio de mis padres pude desahogarme con Alma, una criada externa que permanecía en casa desde las diez de la mañana hasta las seis y medía ó siete de la tarde. Era una fémina de origen sudamericano de cabello moreno, altura y complexión normal, que estaba separada, no tenía hijos y andaba en torno a los cuarenta años. Alma descubrió mi afición una tarde al entrar en mi habitación cuándo me estaba deleitando viendo uno de aquellos vídeos y me la movía con los pantalones y el calzoncillo en los tobillos. Poniéndose delante de mí observó que estaba dotado de una buen tranca y me dijo que era un sacrilegio desaprovechar de aquella manera las excepcionales dimensiones de mi “salchicha” y mi leche por lo que me propuso que cuándo ella no tuviera que planchar ni yo acudir a la facultad, lo que sucedía dos ó tres días cada semana, al terminar de comer me desnudara y me colocara delante del ordenador para irme calentando viendo uno ó dos de esos vídeos. En cuanto mis padres se iban para reintegrarse a sus respectivas ocupaciones laborales y Alma acababa de fregar y de recoger la cocina, se unía a mí y quedándose en ropa interior, se acomodaba en una de mis piernas. Pero más que centrar su mirada en las imágenes lo que la gustaba era acariciarme los cojones e ir observando como la pilila se me iba poniendo totalmente dura, larga y tiesa. La encantaba ver que sólo con aquel estímulo y sin necesidad de tocármela ni de movérmela, la mayoría de los días las gotas previas de lubricación hacían su aparición por la “boca” de la tranca momento en el que procedía a cortarme la eyaculación presionándome con fuerza la base de la pirula con sus dedos en forma de tijera. En cuanto los vídeos finalizaban retozábamos en mi cama agradándola que la demostrara que, además de estar muy bien dotado, disponía de una potencia sexual encomiable. Me acostaba boca arriba y con las piernas abiertas y Alma se despojaba del sujetador y de la braga para tumbarse entre mis extremidades. La encantaba perforarme el ojete con un par de dedos y hurgarme con ganas en su interior mientras me sacaba el primer polvo, que solía producirse con bastante rapidez, comiéndomela hasta que la echaba la leche en la boca ó “cascándomela” lentamente al mismo tiempo que me chupaba y de que manera, las bolas para que, acto seguido, procediera a “clavársela” vaginalmente a estilo perro; echado sobre ella; tumbada a lo ancho de la cama con las piernas dobladas sobre ella misma, que era la posición en que más la gustaba que la jodiera ó cabalgándome, la diera unos buenos envites, la soltara dos polvos y que, un poco después de echar por segunda vez la leche, me meara dentro de su coño.

Me animaba a que la insultara mientras me la cepillaba; a que la hiciera dilatar a tope para que intentara meterla dentro los huevos y a que, al terminar, la fuera apretando suavemente la vejiga urinaria desde el exterior hasta que conseguía provocarla la meada y manteniéndola bien abiertos los labios vaginales, podía beberme prácticamente íntegra su abundante micción. Me comentaba que la encantaba como me la follaba y que tardara en eyacular puesto que, con ello, la permitía disfrutar de varios orgasmos antes de sentirse bien mojada por mi leche. Lo que más me preocupaba era el llegar a complicarme la vida si la hacía un “bombo” puesto que aún se encontrara en edad de engendrar pero Alma me tranquilizó al explicarme que, aunque nunca había tenido en su interior un pito tan sumamente duro, gordo y largo como el mío y que nadie la había echado tanta lefa y tan profunda, sufría una malformación congénita en sus ovarios por lo que apenas ovulaba y que si con todo el semen que la habían echado dentro a lo largo de su vida no habían conseguido dejarla preñada sería un autentico milagro que fuera yo quien lo lograra. La hembra resultó ser una excelente “yegua”, cerda y muy golfa y a lo único que se opuso fue a dejarme forzarla vaginalmente con mi puño ya que se vaciaba con mucha celeridad y después alcanzaba orgasmos muy secos que la resultaban bastante dolorosos y a que la diera por el culo puesto que, según me explicó, consideraba que ya había sido suficientemente ultrajada por detrás durante su matrimonio al ser habitual que la mayoría de las veces que su marido se la tiraba lo hiciera en presencia y con la colaboración de uno de sus hermanos ó de sus amigos con lo que podían penetrarla al mismo tiempo por delante y por detrás; darla repetidamente por el trasero y obligarla a que les chupara la “salchicha” durante un montón de tiempo. Aunque no la hacía ninguna gracia que su culo primara sobre su seta lo soportó hasta que un día descubrió que, además de cepillársela a ella, su marido se estaba follando a otras dos mujeres que eran hermanas y que, a cambio de seguir disfrutando de sus favores sexuales, le obligaban a, delante de ellas, dar regularmente por el culo a la pareja de la que estaba casada. Pero, a pesar de su manifiesta oposición a que se la “clavara” por detrás, la encantaba colocarse a cuatro patas para que me hartara de lamerla el ojete y que se lo forzara con mis dedos hasta llegar a provocarla la defecación y verla cagar al mismo tiempo que la apretaba la vejiga urinaria para vaciársela haciéndola echar dos ó tres micciones prácticamente consecutivas que solía beberme casi íntegras puesto que su pis, siempre bien concentrado, estaba realmente exquisito y que, a pesar de que Alma lo consideraba como algo asqueroso y repugnante, me habituara a comer parte de su caca sólida según iba apareciendo por su ano. Algunos días en que se encontraba colocada a cuatro patas ó acostada a lo ancho de la cama me permitía que la abriera el ojete con mis manos, la metiera la polla por el trasero, la perforara el intestino y la realizara un breve “mete y saca” con lo que pude comprobar lo magníficamente bien que “tragaba” por el culo y lo delicioso que me llegaba a resultar el tenerla dentro de su trasero. En otras ocasiones me realizaba una cubana pero, a pesar de estar dotada de una buena “delantera”, no se prodigaba demasiado en ello puesto que, aunque la agradaba que la empapara las tetas con mi leche y que se la extendiera lentamente con mis manos, no la hacía demasiada gracia que, al echarla con tanta fuerza, la lefa llegara a depositarse en su pelo de donde, según me dijo, era costoso eliminarla.

En vez de salir con mis amigos y a pesar de que la mayoría de los días habíamos mantenido una sesión sexual por la tarde, me acostumbré a visitarla en su domicilio los viernes por la noche con intención de poder trajinármela a conciencia. Aquellas veladas nocturnas, sumamente intensas y largas, resultaron inolvidables puesto que queríamos saber hasta donde podía llegar nuestra respectiva potencia sexual y cuándo amanecía, terminábamos exhaustos y sin tener la menor certeza del número de orgasmos que Alma había alcanzado ni la cantidad de polvos que la había echado. Intentamos repetir la experiencia con una nueva velada nocturna los sábados pero el desgaste sufrido la noche anterior nos obligaba a rendir por debajo de nuestras posibilidades por lo que decidimos dedicar esa noche a descansar y mantener un nuevo contacto la tarde del domingo aunque en un plan mucho más relajado y tranquilo.

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