Relatos Eroticos

8 Agosto 2009

Acabe convertido en un semental.

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Me llamo Diego y tengo actualmente treinta y cinco años. Me considero un hombre normal en casi todo puesto que tengo el pelo moreno y los ojos marrones, uso gafas y mi complexión y estatura son de lo más convencional. Físicamente lo más negativo es mi dentadura que se encuentra en un estado bastante deplorable a cuenta del pánico que, tras un par de malas experiencias, siempre he sentido a la hora de acudir a la consulta de un odontólogo mientras que, en el lado positivo, debo de destacar que estoy dotado de un miembro viril de dimensiones más que considerables. Para bien ó para mal siempre que he follado y sin importarme tirarme a las féminas durante sus ciclos menstruales, lo he hecho a pelo contando, para ello, con la inestimable colaboración de las empresas de profilácticos ya que, hasta hace poco tiempo en que se incrementó tanto el surtido como la variedad, no tomaron en consideración el que pudieran existir “instrumentos” del grosor y largura del mío quizás por no resultarles rentable su fabricación al no existir la suficiente demanda. Aunque hasta hace unos años me gustaba vestir, sobre todo para ir a trabajar, con traje y corbata en la actualidad prefiero utilizar ropa más juvenil e informal. Soy una persona agradable en el trato, educada, elegante, extrovertida y sencilla al que los avatares de la vida han ido convirtiendo en un autentico semental.

Como lo que pretendo es hacer una amplia referencia a mi agitada y variada vida sexual voy a empezar indicando que siempre he sentido una especial predilección por las mujeres altas y delgadas y que, a pesar de estar dotado de una buena chorra y de intentarlo una y otra vez, no tuve mucha suerte en este terreno durante mi pubertad y el inicio de mi juventud por lo que no pasé de ver y tocar bragas. En mis ratos de ocio con mis amigos una de nuestras diversiones era la de realizar apuestas sobre el color de la prenda más íntima que llevaba puesta alguna chavala que nos gustaba y para poder comprobar quien era el ganador debíamos de poner a prueba nuestro ingenio llegando un par de amigos a tumbarnos en el suelo mientras el resto del grupo la entretenía para que no se diera cuenta de nuestras intenciones ó la subíamos la falda para verla la braga y echábamos a correr mientras nos llamaba de todo. Como no me apetecía verme inmerso en la actividad homosexual que parte de mis amigos llevaban a cabo y aunque a un compañero del instituto, provisto de un pequeño cipote y con serios problemas de erección, le encantaba lamerme el ano y los huevos antes de proceder, mientras me dedicaba a hojear revistas pornográficas, a chuparme el nabo hasta que me “sacaba la leche”, lo más normal era que me consolara haciéndome pajas en solitario, sobre todo por la noche en la cama, acostado boca abajo, con las piernas abiertas y restregando mi pene contra la sábana hasta un poco después de que, tras sentir un intenso gusto previo, echara unas abundantes cantidades de lefa. A pesar de las manchas que quedaban en la sabana ni mi madre ni Amelia, la asistenta, que era una hembra muy estrecha que se encontraba casada y tenía dos hijos, nunca me dijeron nada y se limitaron a preservar el colchón cubriéndole con protectores plásticos.

Mi padre falleció cuándo tenía diecisiete años por lo que, al terminar de cursar los estudios de bachillerato y superar la reválida, no dudé en aceptar la primera oferta de trabajo que recibí. Sabiendo que me gustaba todo aquello que tuviera relación con los números me asignaron un puesto en la administración en la que mi superior más inmediato era una atractiva mujer, llamada Maria Cristina (Cristina), de estatura normal, pelo rubio a media melena, delgada y con un semblante serio que, a pesar de que se acercaba a los cincuenta años, no aparentaba su edad y aún estaba de lo más potable. La fémina se encargó de irme presentando a los que se iban a convertir en mis compañeros antes de que comenzara a desarrollar mi actividad laboral y me indicó que siempre que deseara algo no dudara en acudir a ella.

Así lo hice y dos semanas más tarde me entendía a la perfección con ella, que siempre vestía de una manera sumamente elegante, a pesar de que el resto de mis compañeros la consideraban como una especie de ogro con un carácter difícil. Mantuvimos conversaciones distendidas en las que se mostró especialmente interesada por conocer y con detalle el desarrollo de mi vida sexual por lo que la dije que todavía no había logrado “comerme una rosca” ya que las mujeres eran unas creídas y estrechas. Cristina me indicó que no existían hembras fáciles ni difíciles y que lo importante, teniendo en cuenta que la mentalidad femenina es diferente a la masculina, era saber encontrar sus puntos flacos para, a través de ellos, poder llegar al sexo. Pero no se conformó con aquello y no cejó en su empeño de sonsacarme hasta que consiguió saber que, desde muy joven, la picha se me ponía totalmente tiesa, sobre todo durante el verano en que las féminas van mucho más “ligeritas” de ropa, al cruzarme por la calle con una hembra medianamente sugerente, a la que desnudaba con la mirada y que, por la noche, tenía fantasías sexuales relacionadas con las chavalas a las que había visto a lo largo del día “cascándomela” ó restregándome con la sabana de la cama hasta que eyaculaba. Sonriendo me dijo que, seguramente, el resultado habría sido más satisfactorio si hubiera recurrido a alguna prostituta para “desahogarme” y la contesté que, sin haber trabajado hasta entonces, no disponía de dinero para hacer frente a tal gasto y que siempre había pensado que existiendo tantas mujeres más pronto ó más tarde encontraría a alguna en disposición de relacionarse sexualmente conmigo.

Pocos días después acudí a su despacho con intención de comentarla varios asuntos y al verme entrar, se levantó de su sillón y me dijo:

“Deja los papeles encima de la mesa y acompáñame, por favor”.

La seguí como un corderito pero al ver que entraba en el aseo de señoras me paré y me dispuse a esperarla. Cristina, abriendo la puerta y mostrándose más seria de lo normal, me hizo señas con su mano para que pasara. Dubitativo, hice lo que me indicaba y tras cerrar la puerta en cuanto estuve dentro, me comentó:

“Entra sin miedo que estamos solos”.

Cristina, viéndome muy indeciso, me cogió la mano derecha y casi me arrastró hasta uno de los compartimentos que cerró con pestillo. Después se sentó encima de la tabla del inodoro y me dijo:

“Enséñame la pilila”.

Aquello me pareció más una orden que un ruego y cada momento que pasaba me encontraba más asombrado y sorprendido por lo que me quedé parado y sin tener la menor certeza de lo que debía de hacer. Pero a Cristina no la gustaba nada perder el tiempo por lo que, después de aflojarme el cinturón, bajarme la cremallera y desabrocharme el pantalón, tardó pocos segundos en lograr que tal prenda y el calzoncillo descendieran hasta mis tobillos.

“Menuda pedazo de pirula tienes; es casi tan grande como la de un buey” me indicó mientras mantenía sus ojos fijos en mi miembro.

Me la palpó detenidamente con su mano derecha antes de bajarme toda la piel y mientras me pasaba el dedo gordo por la abertura me dijo:

“Si además de tenerla dura, gorda y larga echas mucha lefa al correrte puedes estar seguro de que me encargaré de ordeñarte todos los días”.

Cristina me la movió enérgicamente haciendo breves descansos para poder bajarme toda la piel y contemplarla en todo su esplendor. De repente y con su mirada fija en el pito, me indicó:

“Nunca había visto una polla tan descomunal como la tuya y eso que he tenido ocasión de palpar, ver y catar muchas y algunas de hombres de raza negra que la tienen muy gorda”.

Estaba sumamente excitado puesto que era la primera vez que me la movía una mujer por lo que enseguida salió el líquido lubricador que Cristina me extendió cuidadosamente con dos de sus dedos por la abertura. Aún estaba en ello cuando sentí un gusto increíble y empecé a echar, en abundantes, espesos y largos chorros, una gran cantidad de leche que fue cayendo en la ropa de la hembra mientras esta me decía:

“Me encanta ver como sale la blanca, concentrada y copiosa lefa que echas; escúpela toda”.

Después de mi excepcional y placentera corrida la fémina me la siguió moviendo durante un par de minutos más manteniéndome la piel bajada y sin dejar de pasarme uno de sus dedos por la abertura hasta que el rabo empezó a perder su erección. Un tanto contrariada por ello me limpió con papel higiénico y me indicó que me vistiera. En cuanto lo hice, se aseguró de que sabía cual era su coche y tras decirme que tenía las llaves dentro de su bolso que se encontraba en uno de los cajones de la mesa de su despacho, me pidió que me acercara a él y que sacara del maletero una bolsa de deporte en la que tenía ropa para poder cambiarse ya que la que llevaba puesta se la había impregnado con mi leche. No tardé en volver con la bolsa y Cristina se cambió delante de mí para ponerse un chándal de color rosa lo que me permitió verla en ropa interior. Llevaba sujetador y braga de color blanco con varias transparencias y en la prenda más íntima, que me pareció que estaba ligeramente humedecida, se la marcaba perfectamente la raja vaginal lo que ocasionó que la verga se me volviera a empinar y que desde aquel momento comenzara a desearla. Se cambió con mucha calma como queriendo que me recreara viéndola lucir su ropa interior y al terminar recogió la blusa y el pantalón que se había quitado y los metió en la bolsa. Cuándo salimos del aseo nos dirigimos a su coche para volver a dejar en el maletero la bolsa de deporte y unos minutos después, en su despacho, me apretó y tocó varias veces la chorra a través del pantalón y me dijo que quería disfrutar a diario de mi cipote y ocuparse de “ordeñarme” por la mañana en cuanto llegara a trabajar. Aquella noche y muchas más, me la “casqué” con ganas pensando en Cristina y dedicándola mi abundante eyaculación.

Cada día, en cuanto fichaba al llegar al trabajo, iba a su despacho. Cristina, al verme entrar, se levantaba de su asiento y se dirigía conmigo al aseo pero de caballeros ya que, según me indicó, la daba mucho más morbo hacérmelo allí. De lunes a viernes me efectuaba una paja, siempre enérgica, ante un urinario colgado de la pared en el que, cuándo eyaculaba, se depositaba la lefa. Era bastante evidente que la gustaba moverme el nabo y que la encantaba no perderse el menor detalle de cómo soltaba mi abundante leche pero lo que la disgustaba era que me corriera con tanta rapidez sin que fuera capaz de repetir en la misma sesión. Lo cierto es que no me dejaba de “cascar” el pene ni durante la eyaculación y que continuaba con su labor hasta que empezaba a perder la erección momento en el que, sin poder ocultar su contrariedad por no lograr que se me mantuviera tieso y en disposición de echar otro buen polvo, dejaba que me vistiera para que me reintegrara a mi trabajo diciéndome:

“Venga, Diego, que después de un buen ordeño se trabaja mucho más relajado”.

Aunque Cristina intentó en varias ocasiones que eyaculara más de una vez, era de corrida única y sin poder hacer nada por evitarlo, perdía la erección un par de minutos después de soltar la lefa. A pesar de que el tiempo iba pasando y que aquella relación sexual se consolidaba, continuaba siendo demasiado rápido en echar la leche y cada día deseaba más poder tocar a la fémina que decidió hacerme una nueva paja a primera hora de la tarde para “aliviarme el calentón”. Viendo que la deseaba con todas mis ganas una tarde, tras realizarme el habitual “ordeño”, me hizo acompañarla a su despacho donde me explicó que había tenido varios problemas con sus ovarios y que, después de pasar por el quirófano para que la hicieran un vaciado vaginal, había perdido buena parte de su deseo sexual y que, aunque la gustaba poder disfrutar de una picha del grosor y largura de la mía, no había llegado a plantearse el que pudiera penetrarla vaginalmente. Pocos días más tarde volvió a sincerarse al contarme que José Ramón, su marido, estaba involucrado en una red de pederastas que, aunque nunca llegaban a follarse a los críos, si que les tocaban y masturbaban hasta la saciedad fotografiándoles en los momentos, empleando su propia expresión, de “mayor placer sexual” y no dudando en usar todo tipo de “juguetes” con las chavalas antes de que, con la almeja bien húmeda y la promesa de que volverían a masturbarlas si lo hacían convenientemente, las obligaran a efectuar mamadas y pajas a los varones mientras ellos les hurgaban a ambos en el culo. Aunque no se había podido comprobar que ninguno de los miembros de aquel grupo, del que formaban parte varias féminas tres de las cuales eran las profesoras de algunos de los críos que se prodigaban en realizar felaciones a los varones, hubiera tomado parte en semejante actividad, en la que participaban jóvenes de ambos sexos con edades comprendidas entre los once y los quince años, ya que las fotografías que les hacían eran para su uso personal y no las difundían a través de ningún medio y los jóvenes, aunque al principio se vieran forzados y ultrajados, acababan sometiéndose por propia voluntad y se encontraban a gusto inmersos en ello, estaba totalmente segura de que su marido era uno de los cabecillas por lo que, al enterarse, terminó de secársela el chocho. Me interesé por conocer si tenía hijos y me dijo que dos, un varón y una hembra, que hubieran sido muchos más si no hubiera decidido hacerse la ligadura de trompas tras parir a la niña.

A través de mis compañeros pude ampliar la información que había recibido de Cristina puesto que me comentaron que, tras enterarse de la supuesta vinculación de su marido a una actividad sexual con menores, había decidido continuar al lado de José Ramón para evitar que sus hijos tuvieran que pagar las consecuencias de una separación pero haciendo vidas independientes; durmiendo en habitaciones separadas y teniendo plena libertad para poder relacionarse sexualmente con quien quisieran. La fémina, a la que la cambió completamente el carácter para volverse mucho más agrio y posesivo, empezó a sentirse muy atraída por los miembros viriles masculinos sobre todo si eran de unas dimensiones que superaran lo normal y echaban mucha leche al mismo tiempo que presionaba a José Ramón hasta que logró dominarle y humillarle haciendo que cada uno de sus amantes se lo follara por el culo delante de ella.

Unas semanas más tarde conseguí el compromiso de la mujer de que los días en que soltara una mayor cantidad de lefa ó me meara delante de ella tras eyacular, me permitiría sobarla durante un rato. Aquello se convirtió en un nuevo aliciente que originó que muchos días retuviera en exceso mi meada matinal para soltarla en su presencia y que, incluso, volviera a hojear revistas de alto contenido pornográfico para intentar excitarme aún más mientras Cristina me hacía la oportuna paja y echar una mayor cantidad de leche. De esta manera logré poder apretarla y mamarla las tetas; acariciarla la raja vaginal metiendo mi mano derecha por su braga y hurgarla en el culo con dos dedos hasta que la fémina tenía que bajarse apresuradamente la prenda íntima para defecar delante de mi. Mientras su mierda se iba depositando en el inodoro la gustaba tocarme la pilila para intentar, sin éxito, que me volviera a empalmar.

Cada vez que acudía a su despacho la hembra se acercaba a mí y con su seriedad habitual, me apretaba y tocaba la pirula a través del pantalón mientras me decía:

“Hay que ver que cosita tan rica y tiesa tienes aquí dentro y lo bien que te corres, cabronazo”.

Con aquellos comentarios lo que conseguía era que se incrementaran mis deseos por penetrarla mientras Cristina parecía disfrutar negándose e incluso, se enfadaba cada vez que lo intentaba y me decía:

“Confórmate con acariciarme y tocarme. Lo que pretendes es, de momento, demasiado para ti y sólo lo conseguirás cuándo tu gran pito suelte dos ó tres polvos consecutivos”.

Una tarde Cristina se hizo pis mientras la sobaba el coño y desde aquel momento, se convirtió en habitual que se meara cada vez que se lo tocaba. Al principio me gustaba verla con las piernas abiertas mientras su pis pasaba a través de la fina braga para depositarse en el suelo formando un gran charco pero, más adelante y con la intención de no perderme ningún detalle de su micción, logré que me dejara quitarla su prenda íntima para que no la mojara lo que me permitió ver salir sus excepcionales meadas y que su raja vaginal era realmente amplia. Un día, tras indicarme que estaba a punto de mearse para que me apresurara a despojarla de la braga, me hizo ponerme de rodillas delante de ella y agarrándome con fuerza la cabeza, me apretó contra su seta diciéndome:

“Bébete toda mi meada, marrano”.

Lo que pretendía me pareció de lo más asqueroso y repugnante pero la tremenda presión que ejercía sobre mi cabeza ocasionó que, a pesar de que hice todo lo humanamente posible por evitarlo, en cuanto abrí la boca para poder respirar, puesto que la nariz la tenía aprisionada contra sus pelos púbicos, me tragara un buen chorro de su copioso pis y debo de reconocer que ni el sabor ni la experiencia me desagradaron por lo que me hice a ello con mucha rapidez y me gustaba ingerir íntegras sus meadas de tres a cuatro veces al día.

En cuanto consiguió que me bebiera su micción y que aprendiera a ingerirla al mismo tiempo que movía mi lengua en el interior de su almeja, una tarde al salir de trabajar se hizo la encontradiza y me pidió que la acompañara en su coche. En cuanto entramos en el vehículo se apresuró a apretarme la polla a través del pantalón por lo que pensé que, por fin, había llegado el tan ansiado momento de poder cepillármela por lo que permití que me la sacara al exterior y me la moviera con su mano. Cuándo apareció el líquido lubricador la fémina me bajó toda la piel de golpe y la contempló en todo su esplendor diciéndome:

“Nunca había tenido ocasión de estar con un hombre al que le pusiera tan tiesa y en condiciones de echar la lefa con tanta rapidez”.

La mujer, mirándome de reojo el rabo, me dio unos golpes secos en los huevos con la palma de su mano hasta que empezó a perder la erección. Cuándo se encontraba a “media asta” me lo soltó. Bastante molesto por haber dejado de movérmelo cuándo estaba a punto de eyacular, lo introduje dentro del calzoncillo y me subí la cremallera del pantalón mientras Cristina arrancaba el coche. Durante el corto desplazamiento que realizamos me indicó que no me llevaba a su casa ya que estarían sus hijos para, acto seguido, volverme a sorprender al decirme que pretendía que diera por el culo al maricón de su marido delante de ella. Recordé lo que me habían indicado mis compañeros de trabajo al respecto y me hubiera gustado obtener más información sobre lo que verdaderamente quería pero sabía que se enfadaría si la hacía determinadas preguntas que pudiera considerar como inapropiadas y que, por las buenas ó por las malas, conseguiría que hiciera todo lo aquello que se propusiera por lo que tampoco me molesté en protestar.

Me llevó a un piso de reducidas dimensiones que, aunque se encontraba totalmente amueblado, estaba deshabitado y me indicó que, después de haber sido el domicilio de una de sus hermanas, en los últimos años lo utilizaba como “picadero” personal donde un buen número de vergas habían atravesado su “arco del triunfo”. Me hizo acompañarla a la habitación donde me desnudó; me hizo tumbarme boca arriba en la cama abierto de piernas y me puso unas gomas elásticas en los huevos con lo que adquirieron un volumen inusual mientras la presión originaba que me empalmara por completo. Durante un buen rato Cristina me acarició y apretó los huevos al mismo tiempo que me pasaba su lengua por la abertura de la chorra con lo que me pareció que se excitó tanto que llegó a mojar su braga. Después procedió a hacerme una paja muy lenta como queriendo disfrutar durante el mayor tiempo posible de mi cipote sin dejar de indicarme que intentara demorar lo más posible la eyaculación. A cuenta de la presión que ejercían las gomas en mis huevos tardé bastante en echar la leche y cuándo lo hice, sentí un intenso gusto previo y salió en mayor cantidad de la habitual. Como con la presión de las gomas no perdía la erección, Cristina, a la que la encantaba recrearse extendiéndome por todo el cuerpo la abundante lefa que había echado, disfrutaba durante mucho más tiempo de mi nabo moviéndomelo y haciéndome unas breves mamadas al mismo tiempo que me hurgaba en el culo con sus dedos con lo que, aunque no era capaz de volver a eyacular, sentía bastante gusto y sensaciones realmente placenteras. De esta manera se hizo habitual que la fémina se encargara de que echara mi tercer polvo del día mientras ella se recreaba y se mojaba en cantidad manteniendo su mirada fija en mi pene, que se mantenía totalmente tieso hasta que me quitaba las gomas elásticas de los huevos al mismo tiempo que intentaba que cada día tardara un poco más en echar la lefa y en algunas ocasiones, me dejaba a punto de “explotar” para obligarme a ponerme a cuatro patas con la intención de hurgarme a conciencia con sus dedos en el culo hasta que me provocaba la defecación momento en el que me extraía los dedos y me dejaba ir al cuarto de baño para que cagara mientras ella me “cascaba” la picha y tengo que reconocer que, de esta forma, llegué a expulsar la mierda inmerso en un gran placer. A cuenta de que todos los días laborables me “ordeñaba” por tercera vez en su “picadero” y de la relajación con la que me lo hacía para poder disfrutar durante más tiempo de mi pilila, ningún día llegaba a casa antes de las once de la noche.

Habíamos pasado más de dos meses así cuándo una tarde al llegar a la vivienda nos encontramos en su interior con un hombre desnudo y luciendo un diminuto y flácido miembro viril. Cristina, sin mirarle, me indicó que era el maricón de su marido y sin dirigirle la palabra, me hizo acompañarla a la habitación en la que, delante del hombre que estuvo muy pendiente de que mi pirula quedara al descubierto, me desnudó para hacer que me acostara boca arriba en la cama con las piernas abiertas y me puso las gomas elásticas en los huevos. Una vez que la fémina me la movió un poco con su mano y a una indicación suya, José Ramón se situó boca abajo entre mis piernas y me empezó a chupar el pito con esmero y ganas. Aquello me pareció todavía más repugnante que el beberme la primera meada de Cristina que no dejaba de dar cachetes a su marido en la masa glútea al mismo tiempo que le decía:

“Chúpaselo, mariconazo, con las mismas ganas que se lo haces a los críos del instituto”.

Aquellas palabras me hicieron suponer que José Ramón, que trabajaba en la administración de un centro docente, seguía inmerso en actividades pederastas y que Cristina me estaba utilizando, como antes había hecho con otros, para poder vengarse de él. Aunque no me sentía especialmente halagado a cuenta de que me usara para aquello noté que, con la intensa mamada de José Ramón y la presión de las gomas, mi polla llegaba a su erección más completa y estoy seguro de que si el hombre hubiera continuado chupándomela un poco más le habría echado la leche en la boca pero Cristina, que lo tenía todo muy controlado y después de ponerle el culo como un tomate con sus cachetes le estaba hurgando en el ano con dos dedos, le obligó a abandonar aquel cometido y tras comprobar que mi rabo se encontraba en las debidas condiciones, me hizo ponerme a cuatro patas y le dijo:

“Ahora lámele los cojones y el culo”.

El que otro hombre me lamiera los huevos y el ano me resultó mucho más placentero de lo que pensaba pero Cristina no permitió que aquello durara demasiado y al cabo de unos minutos fue José Ramón el que se puso a cuatro patas para dejar que su mujer le volviera a hurgar en el ojete con rabia y saña, primero con sus dedos y más tarde con un vibrador de gran tamaño, hasta que consiguió que el ano dilatara bastante y se convirtiera en un gran boquete. Cuándo consideró que le había preparado adecuadamente el trasero, me hizo ponerme detrás de José Ramón y cogiéndome la verga con su mano me la movió enérgicamente con lo que logró que, en escasos segundos, se me pusiera a tope para, a continuación, ayudarme a introducírsela a su marido casi entera por el culo diciéndome:

“Ahora aprieta y se la metes hasta el fondo”.

Mi escasa experiencia sexual me hizo pensar que iba a resultar bastante costoso y complicado conseguir que la chorra entrara por completo dentro del ojete de José Ramón pero, en cuanto le cogí por la cintura y apreté, le perforé el trasero con relativa facilidad y en pocos días pude metérsela directamente sin necesidad de que Cristina me ayudara. Mientras la fémina no dejaba de insultarle y le movía enérgicamente el pequeño cipote con su mano derecha al mismo tiempo que, con dos dedos de la izquierda, me hurgaba en todas las direcciones en el ano intentando incrementar aún más la cantidad de lefa que iba a echar, la colaboración de José Ramón, que permanecía callado, fue total desde el primer momento a pesar de que las dimensiones de mi nabo causaban estragos dentro de su culo y que tardaba bastante más tiempo en eyacular que cuándo Cristina me la “cascaba” hasta el punto de que solía ser habitual que, cuándo me corría en el interior de su trasero, José Ramón, muy excitado, hubiera soltado su más bien escasa leche en la mano de su mujer que, tras recibirla, procedía a extendérsela por los huevos y el pene que, a pesar de la eyaculación, seguía siendo de pequeñas dimensiones. Cuándo Cristina me dejaba que le extrajera la picha del culo, José Ramón se encaminaba hacía el cuarto de baño con intención de cagar mientras la fémina me la chupaba como si en ello la fuera la vida, la mayoría de los días bien impregnada en la defecación de su marido y sin importarla encontrarse con mi meada que, después de haber enculado a su marido, la agradaba que la soltara en su boca para bebérsela íntegra. Poco a poco, la hembra, con la ayuda de las gomas elásticas, fue consiguiendo que mi erección se mantuviera durante más tiempo por lo que, a pesar de que continuaba siendo incapaz de eyacular por segunda vez, muchos días podía volver a dar por el culo a José Ramón durante un rato más.

Semanas más tarde fue Cristina, que me había indicado que no podía hablar de haber poseído a una mujer hasta que la hubiera dado por el culo y que el encularlas regularmente era la mejor manera de dominar y poseer a las féminas por lo que me aconsejó que el sexo anal estuviera presente desde mi primer contacto con cada una de las hembras a las que me follara, la que puso su trasero a mi disposición por lo que los lunes y jueves me tiraba analmente a José Ramón delante de la hembra y los martes y viernes a Cristina sin que su marido estuviera presente. Aprovechando que el ojete la dilataba perfectamente la mujer me indicó que deseaba que la enculara en plan bestia y sin la menor contemplación y a pesar de que sentía mucho dolor sobre todo cuándo la penetraba de una forma bastante bárbara y que el capullo de la pilila solía quedarse encajado en su intestino por lo que había que esperar pacientemente a que, tras “descargar” dentro de su “pandero”, perdiera parte de su erección para poder sacársela, colaboraba de una manera tan adecuada como José Ramón y sin dejar de animarme a llenarla el culo de lefa. Además, aguantaba perfectamente aunque, en cuanto se la extraía, solía darse prisa para ir al cuarto de baño con intención de defecar copiosamente varias veces seguidas.

Pero, aparte de que no me encontraba cómodo dando regularmente por el culo a una persona de mi mismo sexo, empecé a lamentar que hubiera llegado antes a practicar el sexo anal que el vaginal. Lo comenté con Cristina que, a cambio de que continuara con la actividad sexual anal, decidió que, a primera hora de la mañana y en vez de la habitual paja, se la “clavara” por el chocho, en el que al ser tan amplio mi pirula entraba con holgura, dos veces por semana que solían ser los lunes y jueves, es decir los días en que por la tarde debía de dar por el culo a su marido. Siempre lo hicimos en su despacho donde, tras cerrar la puerta con llave, se desnudaba y se tumbaba bien abierta de piernas encima de la mesa animándome a que cepillármela y poseerla echándola toda la leche que quisiera ya que a su edad y con la ligadura de trompas no había posibilidad de embarazos. Pero como Cristina tenía un cuerpo de lo más sensual y sugerente, me excitaba mucho al follármela y mis corridas volvieron a ser bastante rápidas por lo que, tras echarla la lefa, me hacía seguir moviéndome con mi pito en su interior. Aunque la erección se mantenía durante bastante tiempo, por más que lo intenté no logré volver a eyacular dentro de su coño mientras la fémina no llegaba al clímax en más de dos ó tres ocasiones que, según me dijo, era el límite que pretendía superar conmigo.

Me gustaba correrme dentro de su seta; darla por el culo; que me hiciera dos pajas diarias, una a primera ó última hora de la mañana dependiendo de si tenía que follármela vaginalmente ó no y otra por la tarde; que me chupara la polla y sobarla todo lo que me apeteciera pero su carácter autoritario junto a su despotismo; sus continuas exigencias y el obligarme a seguir enculando a su marido para humillarlo a pesar de que sabía que no me gustaba hacerlo, acabaron por cansarme y aprovechándome de que no la hizo ninguna gracia que me enfrentara a ella al recriminarla que cierta tarde estuviera a punto de ahogar a José Ramón al obligarle a mantener la cabeza introducida durante mucho tiempo en un inodoro lleno de pis, que Cristina había retenido allí varios días, mientras le daba patadas en el culo lo que originó que entráramos en un periodo en el que dejó de demostrar tanto interés por disfrutar de mis encantos, decidí convertir mi actividad laboral en una especie de lanzadera que, en escasas semanas, me permitió abandonar aquel trabajo para hacerme con otro un poco mejor remunerado en la oficina de una agencia inmobiliaria.

En mi nueva ocupación laboral me tuve que ocupar de las funciones administrativas junto a mis dos guapas compañeras, María y Ursula, unas féminas provistas de un físico muy mono y sugerente que tenían mejor carácter y eran más jóvenes y agradables en el trato que Cristina, a la que no tardé en olvidar. Ambas llevaban algo más de dos meses trabajando en la inmobiliaria y María, que acababa de cumplir treinta años, tenía el pelo claro y los ojos negros, era de altura y complexión normal y una hembra tan sumamente apetecible, atractiva y “macizorra” que la llegué a considerar como el anhelo sexual de cualquier hombre. Además, al encontrarse dotada de una raja vaginal muy abierta y tener el clítoris un poco abultado, se excitaba con el simple roce de su braga. Ursula, por su parte, tenía un año menos que María y además de sensual, era alta, delgada y morena con el pelo ligeramente rizado. Lo malo es que estaban casadas y mientras María en cuatro años de matrimonio se había juntado con tres hijos, el mayor de tres años y el pequeño de pocos meses, Ursula era madre de otros dos de tres y un año. Ambas tenían las tetas llenas de leche materna y vestían con ropa muy sugerente, María vaporosa y Ursula ceñida, por lo que si algo me resultó bastante evidente desde el primer día fue que las iba la marcha por lo que, además de demostrarme que eran unas golfas, sabían mantenerme empalmado todo el día. Para que me pusiera aún más a tono era verano y muchos días los rayos del sol lograban que, cuándo estaban de pie y especialmente a María, se las transparentara todo a través de sus finos vestidos y para colmo hablaban de cualquier tema en mi presencia por lo que tan pronto hacían mención al último conjunto de ropa interior ó “modelito” que se habían comprado como María demostraba no tener ningún reparo en comentar con Ursula el desarrollo de las mamadas que, con la intención de evitar que se la “clavara” por vía vaginal con tanta asiduidad, realizaba la mayoría de los días a su marido y como este, sumamente excitado, eyaculaba con todas sus ganas en su boca pretendiendo que la joven, que solía escupir la leche, continuara chupándosela. Me costó decidirme a pesar de que estaba totalmente seguro de que iba a encontrar en ellas unas “yeguas” excepcionales hasta que una tarde, a punto de acabar nuestra jornada laboral, cerré la puerta de acceso al local y me decidí a abordarlas en el aseo al que habían ido juntas con intención de mear. Cuándo entré observé que Ursula, que se había quitado la braga, se estaba colocando en cuclillas sobre el inodoro abierta de piernas pidiéndola a María que la acariciara la almeja mientras hacía pis. Me apresuré a arrodillarme delante de Ursula y la metí mi lengua lo más profunda que pude en el interior del chocho. La chica se mostró más que sorprendida pero al no poder retener por más tiempo su meada me deleitó con una gran cantidad de pis que, en medio del asombro de las dos hembras, me bebí casi íntegro. Después hice lo propio con María que, cogiéndome con fuerza de la cabeza, me apretó contra ella y me dijo:

“Bébetelo todo y dame gusto”.

Debí de dárselo puesto que llegó al clímax mientras me echaba los últimos chorros de su meada en la boca. Después las lamí y toqué la raja vaginal hasta la saciedad y más tarde las apreté y mamé las tetas con lo que me di un gran festín de leche materna ya que ambas las tenían bien llenas. Acabaron tan cachondas que cuándo decidí enseñarlas el rabo se abalanzaron sobre mí y se turnaron para hacerme una soberbia mamada que culminó al echarlas mi lefa en la cara y el pelo. Desde aquel día todas las mañanas las dos hembras se turnaban para que una de las dos me hiciera una mamada muy lenta a primera hora y la otra una paja media hora antes de que saliéramos al mediodía a cambio de que, por la tarde, las tocara; masturbara; comiera el coño; vaciara las tetas y me bebiera sus meadas que, al ser lo más novedoso para ellas, era lo que más las complacía junto a que las lamiera durante bastante tiempo la seta y el ano antes de hurgarlas con mis dedos en el ojete buscando su defecación que la mayoría de los días se producía a pesar de que me indicaron que eran bastante estreñidas. Como los propietarios de la inmobiliaria estaban centrados en su actividad comercial y siempre aparecían por la agencia fuera de nuestro horario laboral, una de las dos féminas se quedaba en la oficina mientras me encerraba con la otra en el archivo ó en el aseo e incluso, llegamos a cerrar la puerta de acceso al establecimiento para que las dos pudieran participar en la misma sesión sexual. En pocas semanas y tras hacerlas perder su virginidad anal, pude darlas por el culo a días alternos y permitir que pudieran deleitarse mientras me meaba en su boca, obligándolas a beberse mi pis y haciendo que la que no recibía la micción masturbara a la otra. A María se la “clavé” por la almeja varias semanas antes que a Ursula que pretendió dar largas alegando que siempre había sido muy legal con la penetración vaginal como para permitir que la metiera la verga sólo por gusto pero, al final, sintió envidia de los orgasmos de su compañera y puso su chocho a mi disposición. María quería que me la follara provisto de condón pero no tardó en comprobar que los que ella adquiría no servían puesto que la chorra se me ponía enseguida totalmente erecta y era imposible colocarme el preservativo, que se quedaba pequeño, por lo que decidió que me la cepillara vaginalmente a pelo dos días a la semana, los martes y jueves, mientras los lunes, miércoles y viernes la daba por el culo y que “descargara” libremente en el interior de su coño y su trasero. Lo que más la gustaba era “ordeñarme” mediante unas intensas cabalgadas; acostada sobre mí ó que me la follara colocado detrás de ella haciendo que mantuviera una de sus piernas ligeramente más elevada que la otra. A Ursula me la tiraba por vía vaginal los lunes, miércoles y viernes y la enculaba los martes y jueves sin que llegara a mencionarme la conveniencia de usar condón. Lo que más placer la daba era que me la follara colocada a cuatro patas; tumbado sobre ella ó acostada boca arriba en una mesa y con las piernas dobladas sobre si misma. El lograr acostumbrarse al sexo anal fue lo que más las costó puesto que ambas eran de defecación fácil y al liberar el esfínter con rapidez, cada vez que las daba por el culo se sentían reventar al notar que su mierda no encontraba el camino de salida al exterior hasta que, al sacarlas el cipote, las permitía defecar de manera abundante y continua. Como a la mayor parte de las hembras, la práctica regular del sexo anal ocasionó que, hasta que se hicieron a ello y aparte de sentir los habituales escozores y molestias anales y de tener serios problemas para poder sentarse de una manera adecuada, sufrieran unos procesos diarreicos totalmente líquidos durante varias horas. Durante más de medio año estuve dando por el culo, dependiendo del día de la semana que fuera, a una de ellas cuándo llegaba por la mañana a la oficina; un poco antes de salir al mediodía la otra me hacía una paja con la intención de que dos horas y medía más tarde, al reintegrarnos a nuestro trabajo, me la tirara vaginalmente sin eyacular con demasiada rapidez para terminar la jornada laboral efectuándome una mamada lenta la hembra a la que por la mañana había enculado mientras la otra me acariciaba los huevos y me hurgaba en el culo.

Pero viendo que la inmobiliaria no tenía mucho porvenir ya que aunque disponía de un montón de locales y viviendas cada vez se vendían menos, María, Ursula y yo decidimos preparar juntos unas oposiciones para ingresar como funcionarios en la administración con el propósito de disponer de un puesto de trabajo fijo y seguro. María y Ursula no tardaron en abandonar aquel proyecto puesto que entre el trabajo; los quehaceres domésticos y el cuidado de sus hijos apenas disponían de tiempo libre para estudiar. Cuándo se convocaron los exámenes nuestra relación pasaba por un periodo un tanto delicado ya que el marido de María, que sospechaba algo desde que se dio cuenta de que la fémina tenía siempre la seta “muy sabrosa” y que en sus bragas se acumulaba más humedad vaginal de la normal, la visitaba varias veces al día limitando el desarrollo de nuestra actividad sexual mientras Ursula, tras un importante retraso con su ciclo menstrual, confirmaba que habían fallado los anticonceptivos orales que, al igual que María, tomaba desde que comencé a penetrarla vaginalmente y estaba preñada y probablemente, por partida doble. Aunque la chica no se encontraba totalmente segura contaba con el mayor número de posibilidades de ser el padre. Aquel era mi primer embarazo y dudaba sobre lo que tenía que hacer pero Ursula optó por no atribuírselo a nadie y como no quería tener más descendencia, sobre todo sabiendo que si continuaba adelante acabaría perdiendo aquel trabajo que necesitaba para poder pagar la hipoteca del piso en el que residía con su pareja, decidió abortar para evitar verse envuelta en más problemas. La chica, que era muy decidida, se puso en contacto con la industria fabricante de los anticonceptivos y tras presionarles con ponerles una demanda, logró que reconocieran que algunos lotes se habían comercializado con deficiencias en su fabricación por lo que llegaron al acuerdo amistoso de que, además de pagarla todos los gastos que ocasionara la interrupción voluntaria del embarazo, la darían una buena gratificación económica. El aborto se desarrolló sin ningún contratiempo una mañana y al día siguiente Ursula, que no sufrió la menor secuela ni física ni psíquica aunque tuvo que guardar un periodo de abstinencia sexual, volvió al trabajo.

Aprobé las oposiciones y un par de meses más tarde me comunicaron que en diez días tenía que tomar posesión de mi destino que se encontraba situado a muchos kilómetros de mi lugar de residencia por lo que tuve que dejar mi domicilio, a mi madre y muy a mi pesar, a María y Ursula con las que me encontraba muy a gusto a pesar de que sabía que no podía llegar mucho más lejos con ellas sin destrozar sus respectivas familias, cosa que en ningún momento pretendí.

En la nueva ciudad y después de dar muchas vueltas, logré alquilar algo parecido a un estudio de unas dimensiones reducidas pero emplazado en un lugar céntrico. Como, con la excepción de los lunes, disponía de las tardes libres y sin amigos ni sexo me aburría a pesar de las largas conversaciones telefónicas que mantenía con María y Ursula, me decidí a comprar un ordenador para entretenerme con las páginas de juegos que pensaba ir encontrando aunque, finalmente, en lo que me prodigué fue en chatear. Como le ha ocurrido a todo el mundo y más siendo novato, me llevé un montón de chascos viendo que el engaño y la mentira eran demasiado habituales en este tipo de comunicación aunque conseguí hacer amistad con tres chicas que, por fin, eran poco más ó menos de mi edad y estaban solteras con las que, sabiendo la hora en que se solían conectar, me pasaba mucho tiempo hablando por la tarde y algunas noches. Aunque todavía no existía el Messenger ni las cámaras Web empecé a practicar con ellas el sexo virtual y me lograban excitar para que me la “cascara” con ganas y echara mucha leche. En pocas semanas me empecé a decantar por una chica, llamada María Dolores (Loli), que tenía casi tres años más que yo y desarrollaba una frenética actividad laboral trabajando por la mañana como personal de seguridad en un centro comercial; por la tarde en un centro especializado en dar placer al sexo masculino por medio de masajes anales y genitales y cuándo surgía la ocasión, como modelo publicitario. Nos entendíamos bastante bien y una noche me hice varias fotografías con el nabo totalmente tieso y se las envié. Loli, después de verlas con detenimiento, se apresuró a contestarme diciéndome:

“No pensaba que pudieran existir penes de ese grosor y largura y siempre que las entre, debes de reventar de gusto a las mujeres cuándo te las follas y las echas la lefa”.

Al día siguiente recibí una amplía colección de imágenes suyas con primeros planos de sus tetas y de su almeja con los labios vaginales bien abiertos que completó con varias instantáneas “haciéndose unos dedos” y un comentario en la parte inferior de la primera indicando:

“Esto me lo hice a tu salud después de ponerme a mil viendo una y otra vez las fotografías de tu gran picha y puedo asegurarte que no paré hasta que acabé meándome de autentico gusto”.

Aquello fue más que suficiente para que decidiéramos quedar dos días más tarde, sábado, a las doce de la noche en una zona de copas para poder conocernos personalmente. Loli era una joven rubia, desenvuelta, risueña, de estatura normal, con un tipo fino y atractivo que iba vestida con una blusa de color fucsia y una ceñida y corta falda negra. Dos horas más tarde me la cepillaba por primera vez en plena calle, en la puerta de acceso a las obras de un edificio en construcción. Haciendo que Loli se apoyara en la puerta, la subí con algún que otro problema la ajustada falda mientras ella se separaba la parte textil de su fino tanga de color rosa de la raja vaginal. Acto seguido, procedí a abrirme el pantalón y sacando la pilila y los huevos del calzoncillo se la “clavé” con ganas mientras ella se encargaba de que, aunque luciera el “gayumbo”, el pantalón no descendiera por debajo de mi culo. A pesar de que estábamos a la vista de todo el mundo, la chica me dijo que el follármela así la daba mucho más morbo y se movió como deseando que la llenara de leche lo que hizo que eyaculara con suma rapidez.

“Que abundante y caliente es tu lefa y que gustazo me estás dando” me dijo mientras la notaba caer dentro de su chocho.

Me la seguí follando durante un buen rato hasta que estuve totalmente seguro de que la chica, a la que a pesar de la posición había logrado atravesar por completo el útero, había llegado al clímax en un par de ocasiones prácticamente consecutivas. Cuándo la saqué la pirula se puso en cuclillas delante de mí y me la chupó con ganas al mismo tiempo que, con las piernas muy abiertas, se “hacía unos dedos” muy rápidos devolviendo parte de la leche que la había echado. Sentí muchísimo gusto con su mamada y aunque en más de ocasión me pareció que iba a lograr correrme por segunda vez, no fue así y Loli, tras dejar de chupármela y alcanzar un nuevo orgasmo mientras restregaba su peluda entrepierna contra mi pito, se empezó a mear abundantemente. Cuándo me percaté de ello y viendo que se estaba mojando las piernas con el pis, me puse en cuclillas delante de ella y ante su asombro, la abrí los labios vaginales con mis manos y procedí a ingerir los últimos chorros de su meada al mismo tiempo que mantenía mi lengua dentro de su coño. El que me bebiera su pis la resultó tan agradable y novedoso que, a base de ingerir agua, me facilitó el que pudiera repetirlo otras dos veces a lo largo de la noche que, de común acuerdo, decidimos terminar en una zona, situada a las afueras de la ciudad, a la que suelen ir parejas jóvenes para follar y en la que abundan las putas baratas.

Allí pudimos ver de todo y estaba amaneciendo cuándo Loli me dijo:

“Hemos visto un montón de pollas pero ninguna como la tuya y ningún tío ha soltado tantísima lefa como la que me has echado hace unas horas”.

Loli no tardó en reconocer que tenía muchas ganas de que me la volviera a follar, tantas como yo de echarla otro polvo, por lo que buscamos un lugar en el que hacerlo con un mínimo de intimidad. Vimos salir de entre dos coches aparcados a una pareja de jóvenes. La chica iba poniéndose bien la ropa mientras el joven se daba prisa en meter su rabo aún erecto y mojado dentro del calzoncillo. Decidimos ocupar aquel sitio y en cuanto Loli se quitó el tanga y se subió su ceñida falda, me bebí íntegra su última meada y dejé que mi pantalón y el calzoncillo descendieran hasta mis tobillos. Haciendo que abriera más las piernas y se doblara ligeramente hacía adelante se la “clavé” hasta el fondo por vía vaginal. Loli estaba tan sumamente mojada que enseguida me “puse a cien” y noté la subida del líquido lubricador. Pocos segundos más tarde empecé a sentir un intenso y largo gusto y aunque intenté retener un poco más la salida de mi leche, al notar que la hembra estaba llegando al orgasmo se la solté en copiosos, espesos y largos chorros que recibió entusiasmada diciéndome:

“No pares hasta que vacíes tus huevos dentro de mi y me eches toda tu lefa”.

Una vez más, seguí tirándomela pero, a pesar de que volvía a sentir mucho gusto y la presencia de lo que me pareció una eyaculación eminente, no volvió a producirse. Pero era tal el placer del que disfrutaba al cepillármela que, poco a poco, noté una imperiosa necesidad de mear y como con el gusto no pude retener mi pis, se lo solté en el interior de la seta. Loli, sin dejar de moverse, la recibió con grandes muestras de placer y me dijo:

“Que bien, lléname ahora la almeja con tu caliente y copiosa meada”.

Como llevaba mucho tiempo sin hacer pis, la micción resultó abundante y larga lo que la permitió llegar al clímax en dos ocasiones prácticamente consecutivas por lo que cuándo terminé, además de cansada, estaba sumamente complacida y satisfecha. Cuándo la saqué la verga la dejé reponerse un poco mientras se la pasaba por la raja del culo y después de vestirnos, recogí su tanga del suelo para depositarlo en un bolso del pantalón con el propósito de quedármelo como recuerdo y emprendimos el camino de regreso.

Me estaba comentando que llegaría a darla el máximo placer si fuera capaz de poder retener la eyaculación unos segundos más cuándo nos detuvimos delante de un coche en cuyo interior una cría efectuaba una mamada a un hombre con barba de unos cuarenta años provisto de una buena chorra. La posición, bastante rara, que había adoptado la chavala la obligaba a sacar sus piernas por la ventanilla lo que nos permitió verla su húmedo y depilado chocho y su abierto culo con el ojete dilatado con todo detenimiento. El hombre, al darse cuenta de que les estábamos mirando, nos indicó que la cría estaba intentando “ordeñarle” por segunda vez después de que se la hubiera follado vaginal y analmente echándola la leche dentro de su redondo trasero lo que explicaba que tuviera el ano tan abierto. Después de asegurarnos que no le importaba que continuáramos mirándoles desde nuestra posición, nos animó a aprovechar el espectáculo. Loli no se lo pensó y se apresuró a sacarme el cipote al exterior para poder movérmelo lentamente mientras yo aprovechaba para meter mi mano derecha por debajo de su ajustada falda y tocarla la masa glútea antes de que la pasara dos dedos por la raja del culo con una especial atención a su ano al mismo tiempo que veía aumentar la humedad vaginal de la chavala que estaba mamando con verdadero deleite el nabo al hombre que, viéndome con el pene totalmente tieso, me dijo:

“Vaya instrumento más descomunal que tienes; no sé lo que pensará tu amiga pero te aseguro que a esta zorrita la gustaría que te la follaras para poder tenerlo en su interior”.

El hombre “descargó” enseguida y con ganas en la boca de la cría. Cuándo la fémina se extrajo la picha del orificio bucal me di cuenta de que se le mantenía como un autentico poste después de haber eyaculado dos veces en pocos minutos y cuándo me comentó que, aunque empleaba bastante tiempo para echar el primer polvo los demás solían ser bastante más rápidos, llegué a lamentar no disponer de una potencia sexual tan excepcional como la suya. La cría, después de tragarse toda la lefa que la había echado, se colocó en cuclillas sobre el hombre e introduciéndose hasta el fondo la pilila en su húmedo coño le efectuó una magnifica cabalgada diciéndole:

“Si eres capaz de echar más leche te voy a dejar que me mojes el interior de la seta”.

Pasaron varios minutos hasta que, cuándo la cabalgada vaginal de la chavala era más intensa, el hombre culminó con una soberbia corrida que pudimos presenciar perfectamente puesto que la joven, al notar que su pareja eyaculaba en el interior de su almeja, le dejó echarla los primeros chorros y se incorporó para sacarse la pirula mientras la lefa salía a borbotones en todas direcciones y el hombre se echaba hacía atrás con la intención de comerla el chocho para que la cría, que acababa de disfrutar de un orgasmo, pudiera llegar, de nuevo, al clímax. Había centrado mi mirada en el bonito culo de la chavala y estaba hurgando a Loli con dos dedos introducidos en su ojete cuándo, casi al mismo tiempo que entre intensos jadeos la cría alcanzaba un nuevo, intenso y largo orgasmo, sentí un enorme gusto y solté una espléndida ración de leche que, ante la desesperación de Loli, se fue depositando en el suelo y la puerta del coche en cuyo interior se encontraba la pareja. Mi amiga, sin dejar de menearme el pito, me recriminó que no la hubiera avisado al sentir el gusto previo a la corrida y aunque la expliqué que pensaba que no era capaz de echar otro “casquete” sin que mi polla permaneciera inactiva durante un par de horas y que no estuve completamente seguro de que me corría hasta el momento de mayor placer en el que el semen salió en tromba, se mostró bastante contrariada por ello diciéndome que, antes de desperdiciarlo de aquella manera, podía habérselo echado en la boca, en las tetas e incluso, en el interior del culo a pesar de que, según me dijo, todavía nadie se lo había desvirgado. En cuanto conseguí colocar el rabo dentro del calzoncillo y me subí la cremallera del pantalón, nos despedimos de la pareja mientras el hombre, totalmente empalmado, continuaba comiendo el coño a la chavala que, entre convulsiones de su cuerpo, le pedía que la sacara todo el flujo que aún la quedaba dentro para emprender el camino de vuelta en el que pude comprobar que Loli era muy rencorosa y que no me perdonaba lo que, para ella, había sido un “gran desperdicio de lefa”. Al llegar al portal de su domicilio nuestra despedida fue bastante fría ya que se limitó a darme un breve beso en la boca y a decirme que se pondría en contacto conmigo a través del chat ó del teléfono.

Los días fueron pasando y al no recibir ninguna noticia suya ni coincidir en el chat, comencé a inquietarme y como Loli me gustaba, decidí no esperar más tiempo y el jueves siguiente por la tarde me desplacé al local de masajes en el que trabajaba sin tener la menor idea de que era necesario pedir cita previa por lo que en la recepción me indicaron que, si quería esperar, quizás pudiera atenderme al terminar con el resto de su clientela. Cuándo entré en la amplia y luminosa sala de espera me encontré con media docena de hombres de edad intermedia, a los que más tarde se unieron cuatro más jóvenes, pendientes de ser atendidos por Loli y según pude comprobar empleaba con cada uno de veinte a treinta minutos lo que me obligó a pasar toda la tarde allí. Casi a las nueve, que era su hora de salir, me llegó el turno y al entrar en lo que podríamos llamar su “consulta” la encontré sudorosa y sin más ropa que una corta y escotada bata blanca llena de chorros de leche, pis y mierda que más que taparlo dejaba al descubierto un menguado tanga mientras, con las manos resguardadas en unos guantes de látex, limpiaba algunos excrementos de una especie de camilla. Al verme me dijo:

“¿Se puede saber que haces tu aquí?”.

La contesté que, como los demás, quería disfrutar de sus masajes. Loli sonrió y sin acercarse mucho para no mancharme me dio un beso en la boca y la pregunté que si continuaba molesta a cuenta de mi nefasta “eyaculación perdida” y sin contestarme, me indicó que la esperara mientras se duchaba y se cambiaba de ropa ya que quería hacerme en exclusiva uno de sus masajes eróticos en la intimidad de mi casa.

Hacía allí nos dirigimos en cuanto salió. Al llegar me hizo desnudarme por completo y ponerme a cuatro patas encima de la cama mientras ella se quitaba la ropa para quedarse en tanga. Me echó un líquido viscoso en el ano y me introdujo de golpe y sin demasiadas contemplaciones tres dedos en el ojete para forzarme con todas sus ganas en todas las direcciones mientras me decía:

“¿A que te agrada que te hurgue así en el culo?”.

Por supuesto que me gustaba. Nunca me habían hecho nada parecido y en un plan tan salvaje por lo que la verga se me puso totalmente tiesa. Al verlo, Loli me hizo abrir más las piernas e introduciendo su mano izquierda, que era la que tenía libre, por ellas me agarró la chorra y me la giró bruscamente ciento ochenta grados de forma que el capullo quedó mirando hacía ella y los huevos, aprisionados contra mi cuerpo, adquirieron un grosor impresionante. Pensé que me iba a romper el cipote pero Loli me tranquilizó diciéndome que sabía lo que hacia y que era una práctica bastante habitual en el centro de masajes donde la efectuaba varias veces cada día. Manteniendo su mirada fija en mi nabo, me bajó toda la piel y lo contempló en todo su esplendor durante unos instantes antes de que empezara a “cascármela” lentamente con su mano mientras me hurgaba con más fuerza en el culo.

“Venga, cabrón, disfruta que vas a saber lo que es recibir gusto al mismo tiempo por delante y por detrás y quiero que te cagues, te corras y te mees delante de mí”.

Los hurgamientos anales de Loli fueron haciendo su efecto ya que no tardó en conseguir que me tirara una buena colección de pedos mientras me decía:

“Cuanto más sonoros sean mejor, que estoy acostumbrada”.

Enseguida sentí que había dejado de controlar mi esfínter y que empezaba a defecar pero los dedos de Loli impedían que la mierda pudiera encontrar el camino para salir al exterior. En aquellos momentos me acordé de María y Ursula y me di cuenta de lo que habían pasado al encontrarse en la misma situación cada vez que las daba por el culo. Loli, viendo que por la abertura del pene aparecía un buen chorro de líquido lubricador, me dijo:

“Veo que, una vez más, te vas a correr con rapidez, cerdo”.

Aún me lo estaba diciendo cuándo sentí un intensísimo gusto previo y empecé a soltar a chorros una cantidad excepcional de leche que, aunque no pude verla, noté que la iba cayendo a Loli por todo el cuerpo. La fémina dejo de moverme despacio la picha para hacerlo de una forma más enérgica y rápida mientras sentía que la caca se acumulaba dentro de mi culo. La chica me dijo:

“Eres un puto guarro y noto perfectamente que te estás cagando pero no voy a permitir que sueltes tu mierda hasta que tu pilila me deleite con otro polvazo”.

Sabía que Loli era capaz de lograr que me volviera a correr por lo que, haciendo todo lo posible por retener la salida de mi mierda, dejé que me volviera a “ordeñar” manteniendo el capullo hacía ella y efectuando unos breves descansos en sus enérgicos movimientos manuales para pasarme su lengua por la abertura y verme la pirula en todo su esplendor. Me indicó que no dejara de moverme para que colaborara con ella y con el propósito de excitarme aún más pensé en la excepcional cabalgada vaginal que la chavala había efectuado al hombre dentro del coche en la madrugada del domingo anterior. En unos minutos volví a sentir el gusto previo, más intenso y largo que nunca y acto seguido, salió leche y más leche que Loli intentó que se depositara en su tanga y en la parte superior de sus piernas aunque algunos chorros cayeron en la cama y otros llegaron hasta el suelo. Aún estaba expulsando la lefa cuándo sentí que, sin poder hacer nada por evitarlo, me iba a mear. Loli, al ver salir mi primer chorro, me chupó el pito para que la echara todo el pis dentro de la boca y poder bebérselo. Después me liberó de una forma un tanto despectiva la polla que, con una erección excepcional, volvió lentamente a su posición normal mientras, sin sacarme los dedos del culo, Loli me introdujo en el ano la larga canalización de una pera laxante y empezó a vaciarla de aire en el interior de mi trasero hasta hacerme sentir que iba a explotar si mi mierda no salía de inmediato al exterior. Cuándo menos me lo esperaba me extrajo los dedos de golpe manteniendo la canalización de la pera laxante en mi interior con la que continuó echándome aire hasta que apareció el primer follete. Pensaba que la mierda iba a salir completamente liquida pero fue sólida y Loli se comió toda lo que eché comentando que estaba exquisita. Después me bombeó más aire haciendo que se produjera otra cagada mayormente líquida que, sin darme tiempo a reaccionar, se fue depositando en la cama entre las carcajadas de Loli que, acostumbrada a aquello, se reía de mi asombro y sorpresa al ver que había sido capaz de provocarme una nueva defecación y además líquida.

La chica me limpió y me ayudó a asear todo antes de que me entregara como recuerdo su tanga empapado en mi lefa y se vistiera para dirigirse a su domicilio tras decirme que, si me había gustado, lo podíamos repetir a días alternos para que echara un par de polvos, una meada y dos ó tres defecaciones que me permitieran vaciar completamente mi intestino con la condición de que la noche de los viernes y sábados me la cepillara en los lugares que, por considerarlos morbosos, ella eligiera.

Desde aquel día y de lunes a jueves, empezamos a prodigarnos en una actividad sexual en la que el provocarnos la cagada llegó a ser fundamental. Dos días a la semana Loli me lo hacía a mí casi siempre colocado a cuatro patas y sin que variara mucho en la forma de efectuármelo en relación con la primera vez y los otros dos se lo realizaba a ella lamiéndola el ano durante un rato antes de proceder a masturbarla con dos y tres dedos al mismo tiempo que la hurgaba con otros en el culo en busca de su mierda. Era una chica de defecación bastante fácil por lo que no me costaba demasiado provocarla la cagada que, al principio, recogía en un orinal para más tarde desecharla pero no tardé en sentirme atraído por su caca sólida y empecé a degustarla. Aunque, de inicio, me pareció bastante amarga me terminé acostumbrando a su sabor a pesar de que me costó hacerme a ella algo más que al pis femenino. Cuándo Loli se hartó de que la provocara la defecación con mis dedos, la puse enemas y peras laxantes e incluso, llegué a usar un consolador de rosca y un largo vibrador anal que, además de abrirla el intestino para que lo vaciara por completo, la dilataba mucho el ojete lo que me permitió que, tras su cagada, la hiciera perder su virginidad anal y la diera por el culo con bastante regularidad echándola dos copiosas raciones de leche y una larga meada dentro del trasero. Poco a poco, nuestras sesiones sexuales llegaron al máximo cuándo, después de provocarla la cagada y encularla, al principio sólo vaginalmente y después forzándola al mismo tiempo por delante y por detrás, la efectué un fisting con el que conseguía que se “vaciara” totalmente y con bastante rapidez aunque la seguía “exprimiendo” hasta que, inmersa en orgasmos secos, acababa exhausta y con un buen surtido de escozores y molestias vaginales y anales.

La noche de los viernes y sábados salíamos juntos y la gustaba que la echara el primer polvo en sitios que la daban un morbo especial por lo que se la llegué a “clavar” por vía vaginal en aparcamientos, ascensores, aseos públicos, parques y rellanos de escaleras. Cuándo íbamos a la “sesión golfa” de algún cine, buscábamos el acomodo más idóneo para poder sobarnos hasta la saciedad antes de que Loli me cabalgara con la intención de que la echara mi leche primero dentro de la seta y más tarde del culo donde, asimismo, solía mearme. Después íbamos a alguna zona de alterne y copas para pasar un rato con su grupo de amigos, sin que ninguno de los dos abusara del alcohol, para la madrugada del sábado terminar la velada en alguno de los lugares a los que solían acudir los jóvenes en busca de chicas fáciles con la intención de “calentarnos” mientras pasábamos un rato muy agradable viendo como se las follaban sin que Loli desaprovechara la ocasión para moverme lentamente el rabo, pero sin dejar que llegara a eyacular, mientras la tocaba la almeja, las tetas y el culo en el que, en algunos momentos, me agradaba hurgarla con mis dedos lo que hizo que más de un día defecara. Cuándo ambos estábamos muy salidos la solía echar otro par de polvos y una nueva y copiosa meada tirándomela vaginalmente como el primer día entre dos coches sin importarnos que otras parejas nos vieran aunque también lo hacíamos con frecuencia tumbados sobre la hierba puesto que a Loli la agradaba cabalgarme hasta que, cuándo mi eyaculación era eminente, se tumbaba sobre mí para moverse en círculos y hacer que “descargara” con mi verga totalmente introducida en el interior de su chocho. La madrugada del domingo nos gustaba finalizar en algún parque público donde la echaba en otras dos ocasiones la lefa la primera vez mientras me cabalgaba permaneciendo sentado en un banco y la segunda, acompañada por una abundante y larga meada, colocada a cuatro patas.

Los domingos solíamos dedicarlos a descansar para reponernos del cansancio que acumulábamos a lo largo de la semana y más después de que la noche de los viernes y sábados la pasáramos en vela aunque los días festivos al comer, pasar la tarde y cenar juntos no faltaba una buena mamada; un par de pajas consecutivas; una exhaustiva exploración visual y táctil de sus tetas, de su coño y de su culo y una larga comida de seta.

Cuándo a Loli la hicieron trabajar la mañana de los domingos como vigilante en un centro oficial para librar los martes y sábados, que era el día que más la interesaba, nos fastidió un poco y tuvimos que reducir a los viernes nuestras salidas nocturnas para pasar la noche de los sábados en mi casa y sin que se alargara mucho la sesión sexual que manteníamos con el propósito de que pudiera dormir un poco antes de madrugar para llegar a su trabajo con puntualidad.

Después de casi un año relacionándonos sexualmente decidimos vivir juntos pero aquello resultó de lo más nefasto para nuestra relación ya que, como Loli salía de casa antes de las siete de la mañana y no volvía hasta las diez de la noche, apenas colaboraba en las labores domesticas; en la cocina se defendía muy mal puesto que sabía poco más que freír un huevo y era una chica muy desordenada por lo que constantemente me encontraba ropa suya por todos los sitios. Encima pasó por un periodo en el que, después de acabar con su actividad laboral en el centro de masajes y al dar todo tipo de facilidades para posar totalmente desnuda luciendo complementos como anillos, collares, pendientes y pulseras, estuvo muy demandada como modelo publicitario lo que hizo que, de lunes a jueves, llegara a casa de madrugada, cansada y con muy pocas ganas de sexo por lo que lo más que podía conseguir era tumbarme encima de ella y follármela, sin que colaborara lo más mínimo, hasta que la echaba un polvo que, al ser el primero, seguía siendo el más rápido. Creo que llegué a sentir celos lo que me hizo comenzar a recriminarla su falta de colaboración en la vivienda puesto que hasta tenía que ocuparme de lavarla los tangas y que la mayoría de las noches cenara en compañía de los fotógrafos ó de quienes la habían contratado, a mí entender, “con derecho a todo” mientras yo permanecía en casa aburrido y solo. Loli, que continuaba siendo muy rencorosa, se hartó de mis reproches y me dijo que, puesto que no confiaba en ella y como no iba a tardar en pensar que se la tiraban todos los hombres a los que daba sus masajes, lo más apropiado era dar por finalizada nuestra vida en común. Aunque me pareció que su monumental enfado la llegó a “sacar de sus casillas”, no pensé que lo dijera en serio pero a la mañana siguiente salió de casa y no volvió más. En múltiples ocasiones intenté pedirla perdón por mi comportamiento pero siempre me encontré con sus desplantes hasta que un día me dijo:

“El que dispongas de una chorra excepcional no te da derecho a esclavizarme y lo mismo que tu puedes cepillarte a todas las mujeres que quieras yo quiero tener la más completa libertad para acostarme con quien me apetezca”.

Aquello terminó con nuestra relación aunque no tardé en suplirla con una autentica preciosidad de pelo rubio y cuerpo escultural llamada Agnes que había adoptado el nombre español de Inés con el que, según me indicó, se correspondía al traducirlo. La joven, que era de nacionalidad francesa, acababa de cumplir veinte años y tenía una experiencia sexual envidiable. Fue la primera hembra a la que me follé con la almeja depilada y aunque me gustaban los pelos púbicos puesto que con las demás féminas solía limpiarme en ellos al sacarlas el cipote, era muy regular eliminándolos diciéndome que era mucho más higiénico tener el chocho sin vello. Aprovechando que era alta, delgada y estaba provista de unas voluminosas “domingas” y de unas bonitas y largas piernas se solía poner vestidos escotados y faldas cortas para poder lucir sus espléndidas tetas y sus extremidades aunque, en algunas ocasiones, la poca tela de su ropa la hizo lucir los muslos. Como quería independizarse de su familia decidimos vivir juntos dos semanas después de conocernos. Aunque Inés siempre solía estar en tanga en casa y la gustaba que mi nabo se mantuviera erecto, no se mostraba demasiado partidaria de que me la follara todos los días y me dijo que prefería hacerlo de dos a tres veces por semana deseándolo y con ganas de “vaciarse” que convertirlo en una rutina. Lo cierto es que cada vez que me la follaba sabía darme un gusto muy intenso con sus mamadas lentas y cortándome una y otra vez la eyaculación, incluso cuándo la daba por el culo, para que cuándo me permitía “descargar” echara unas cantidades impresionantes de leche. Los días en que no me la tiraba la gustaba que me pasara mucho tiempo comiéndola el coño y lamiéndola el ano antes de recompensarme con una mamada excepcional que culminaba cuándo eyaculaba en su boca y la joven se tragaba toda mi lefa. Lo que más la agradaba era que me colocara bien abierto de piernas delante del lavabo del cuarto de baño, enfrente del cual disponíamos de un gran espejo, para dejar que me “cascara” el miembro viril haciendo que echara dos espléndidos polvos antes de mearme mientras me daba por el culo poniéndose una braga-pene con un “instrumento” duro y de un tamaño respetable que, en cuanto me lo sacaba, me obligaba a permanecer durante un buen rato acomodado en el “trono” y sintiendo unas sensaciones placenteras mientras defecaba en abundancia. Lo peor fue que, aunque su ojete dilataba perfectamente, nunca se acostumbró al sexo anal y no pude prodigarme en darla por el culo más de una vez a la semana al no superar las contrariedades que esta práctica sexual llega consigo en forma de diarreas liquidas persistentes; escozor y molestias anales y serios problemas a la hora de sentarse. Pero si Cristina se había convertido en mi maestra; con María y Ursula había adquirido práctica y Loli había logrado que llegara a eyacular tres veces seguidas, Inés me ayudó a aumentar mi aguante y potencia sexual haciendo que me olvidara de esa primera eyaculación tan rápida que tenía.

La chica, al contrario que Loli, era sumamente ordenada y se ocupaba de la mayor parte de las labores domesticas de la casa hasta que encontró una ocupación laboral que, al igual que las de Loli, no me agradaba ya que, aprovechando su belleza y su físico, la contrataron como camarera en una especie de club nocturno en el que tenía que atender y servir a los clientes sin más ropa que un reducido tanga de color blanco, que destacaba en medio de la escasa iluminación del local y ofreciéndoles la posibilidad de que, a cambio de una sustanciosa propina, pudieran tocarla sus prietas y suaves tetas; la masa glútea y los muslos. Debo de reconocer que entre el sueldo y los extras obtenía cada mes una buena cantidad de dinero por lo que solía ser ella quien abonaba la mayor parte de los gastos que nuestra alimentación y la vivienda ocasionaba pero aquella ocupación laboral nos obligaba a mantener nuestros contactos sexuales los días en que libraba ó por la tarde puesto que comenzaba a trabajar a las nueve y ningún día volvía a casa antes de las cuatro de la madrugada por lo que, cuándo ella se acostaba, me faltaba poco para levantarme e irme a trabajar. Las mañanas las pasaba durmiendo hasta una hora antes de que regresara, al terminar mi jornada laboral, para que cuándo llegara tuviera la comida en la mesa. La gustaba la cocina y era una buena cocinera. Además nunca pudo librar un viernes, sábado ó domingo ya que el establecimiento cerraba los lunes y este era su día de descanso.

Aunque Inés era insaciable y en cada sesión sexual que manteníamos “vaciaba” mis huevos, el no poder “clavársela” vaginalmente más de dos ó tres veces a la semana ocasionó que hubiera días en que, a pesar de sus mamadas, me mantuve por la noche totalmente empalmado y sintiendo que mis huevos estaban repletos de lefa. Por ello, en cuanto se me presentó la ocasión, me lié con Sara, una atractiva y joven vecina de edificio, que era una hembra de cabello moreno, alta y extremadamente delgada, con algunos rasgos en su cara que denotaban que sus antepasados habían pertenecido a la etnia gitana con la que empecé a pasar una parte de las noches y a la que me cepillé en múltiples ocasiones hasta que, la última vez, casi nos pilla “in fraganti” su marido al volver de su trabajo anticipadamente por encontrarse afectado de un proceso gastrointestinal lo que me obligó a salir empalmado y por piernas de su vivienda y esperar pacientemente y completamente desnudo en el rellano de la escalera a que Sara encontrara el momento apropiado para devolverme el pantalón en el que se encontraban las llaves que daban acceso a mi domicilio. Después de aquella experiencia intenté evitar coincidir con ella y unas semanas después me empecé a relacionar con una sugerente compañera de trabajo, llamada Almudena, que era una hembra morena, delgada y de estatura normal. La fémina, que andaba en torno a los cuarenta años, había ejercido durante su juventud como azafata de congresos y modelo pero, actualmente, estaba casada y tenía dos hijos. Desde que la conocí me pareció una autentica golfa ya que hasta en los días más fríos vestía prendas ceñidas, cortas y escotadas que la permitían lucir las tetas y las piernas pero lo cierto es que estaba realmente buena dotada de una voluminosa delantera; una amplia raja vaginal y una piel muy suave que, según me explicó, había conseguido con grandes dosis de la mejor de las cremas: la lefa masculina que, desde su adolescencia, la habían echado en cantidad por todo el cuerpo pero, sobre todo, en la cara y las tetas. Además de muy meona, la hembra era ardiente, guarra y viciosa. Cada mañana, en la oficina, me efectuaba una mamada memorable y aunque tenía la costumbre de escupir la leche tras recibirla en su boca, cuándo se encontró con mis abundantes eyaculaciones no tuvo más remedio que ir tragándose la lefa según se la iba echando. Por la noche lo solíamos hacer en su casa aprovechándonos de que su marido, al igual que sucedía con Inés, trabajaba en horario nocturno y cuándo el tiempo lo permitía solía follármela en el amplio jardín de que disponía el chalé en el que vivía situado a unos quince kilómetros de la ciudad. La gustaba que la atara a la cama para que la hiciera lo que me diera la gana; me la tirara hasta hartarme y la regara echándola toda la leche que pudiera. Me agradaba forzarla con un fisting con el que solía acabar tan relajada y satisfecha que quedaba convertida en una “perrita” dócil y obediente pero era tan cerda que, cuándo la extraía el puño sin que hubiera dejado de expulsar flujo y pis, se meaba al más puro estilo fuente inmersa en un gusto indescriptible con lo que me excitaba tanto que el pene se mostraba tan dispuesto que, en cuanto la penetraba, “descargaba” en su interior, llegando a superar mi límite de polvos por sesión ya que, más de un día, la eché la lefa en cinco ocasiones además de dos largas meadas con las que siempre alcanzaba el orgasmo un par de veces casi seguidas. La hembra estaba habituada a todo, incluso a que la dieran por el culo, por lo que, aparte de permitir que me la follara analmente todo lo que quisiera, cada día recibía, al menos, una buena ración de leche dentro de su trasero que, según me decía, la ayudaba a defecar ya que era bastante estreñida. Al igual que me había sucedido con las restantes hembras con las que me había relacionado sexualmente, no la importaba que me la follara vaginalmente durante sus ciclos menstruales aunque en esos días lo que más la agradaba es que pasara más tiempo enculándola. Cuándo nuestra relación estaba consolidada y podíamos disfrutar sin límite de una desenfrenada actividad sexual hasta sacar el mayor provecho de la potencia que había logrado a través de mis relaciones con Loli e Inés, nos solíamos alternar en permanecer atados a la cama de manera que la fémina también pudiera hacerme todo lo que deseara un par de veces a la semana. Una noche me indicó que había dejado de tomar anticonceptivos orales para que la pudiera hacer un hijo que, lógicamente, pensaba “cargar” a su marido.

A través de Almudena, que tenía muchas influencias, conseguí para Inés una ocupación laboral en una empresa dedicada al ocio y tiempo libre especializada en montar espectáculos de todo tipo al aire libre en la que debía de trabajar en horario de mañana y tarde en la oficina y cuándo fuera preciso, formar parte del personal de la organización. Ello me obligó a mantener por la tarde en la oficina mis habituales contactos con Almudena, con la que continuaba inmerso en un periodo de gran intensidad sexual mientras la hembra estaba muy pendiente de si la dejaba ó no preñada. En esta situación se me presentó la oportunidad de ocupar una plaza en propiedad en mi lugar de nacimiento y volver a vivir junto a mi madre, a la que únicamente visitaba durante ciertos puentes festivos ó cuándo cogía vacaciones. Aunque Inés me gustaba mucho y Almudena era una hembra sumamente golfa y guarra lo que me permitía “vaciarme” totalmente cada vez que me la cepillaba, estaba seguro de que con la primera, que no tardó en dejar la ocupación laboral que la había proporcionado para volver a su trabajo como camarera en el club nocturno, nuestra convivencia no iba a ser nada fácil mientras que con Almudena, a la que al final dejé en estado, no podía pensar en mantener una relación estable a menos que rompiera su matrimonio y me hiciera cargo de sus hijos por lo que decidí acabar mi relación con ellas y hacerme con la plaza en propiedad que se me ofrecía sin saber que, aquella decisión, me iba a obligar a pasar demasiado tiempo en el más absoluto ayuno sexual y sin otro aliciente que no fuera el “cascármela” en solitario ó restregando mi picha contra la sabana de la cama hasta echar la leche como durante mi pubertad. Para colmo me asignaron un puesto de trabajo que nadie quería y que me hizo permanecer solo en un despacho atendiendo unos trámites, plagados de números y de problemas, de lo más agobiante y estresante.

Desde mi regreso mi mente estuvo centrada en volver a relacionarme sexualmente con ese par de monumentos que eran María y Ursula. Después de intentar, sin ningún éxito, contactar telefónicamente con ellas me dirigí a la agencia inmobiliaria en la que habíamos trabajado encontrándome en su lugar con un comercio de una conocida cadena de confección textil femenina donde me dijeron que la inmobiliaria había quebrado y cerrado un año antes. Me decidí a ir a la vivienda de María pero había cambiado de domicilio unos meses antes para irse a vivir a una zona residencial y nadie supo facilitarme su nueva dirección. La suerte hizo que, algunas semanas más tarde, me encontrara en la calle con Ursula que estaba más guapa que nunca. Dimos un paseo juntos y mientras tomábamos un refresco en una cafetería la comenté que ardía en deseos de reanudar mi actividad sexual con ellas a lo que me contestó que de María no sabía nada desde que había cambiado de domicilio y que, en cuanto a ella, consideraba que lo nuestro había sido maravilloso hasta el punto de haberse convertido en una época memorable pero que, al estar casada y tener hijos, se había dado cuenta de que no merecía la pena poner en peligro la familia que había formado por permitir que me la follara regularmente y la echara unos cuantos polvos.

Pocos meses más tarde mi progenitora falleció sin una causa debidamente justificada mientras estaba hospitalizada por ciertos problemas respiratorios causados por su excesiva obesidad. La tarde anterior a su muerte la encontré bastante mal y no me soltaba la mano como queriéndome retener a su lado pero los médicos que la atendían me dijeron que era normal que estuviera así después de las pruebas que la habían hecho por la mañana y la medicación que la estaban suministrando asegurándome que tendríamos que esperar, al menos, otras veinticuatro horas para confirmar lo que había llegado a llamar su “evolución negativa”. Horas más tarde, alrededor de las tres y medía de la madrugada, falleció completamente sola puesto que la chica que había contratado mi hermana para que la acompañara por las noches se encontraba viendo la televisión con las enfermeras. Los médicos nos explicaron que su obesidad, que cada vez limitaba mucho más sus movimientos hasta el punto de que llevaba años sin salir de casa y la variedad de achaques, sobre todo reumáticos, que sufría hicieron que su corazón dejara de latir. Aunque aquellas explicaciones no me convencieron y desde entonces los galenos dejaron de ser “santos de mi devoción”, el resto de la familia no me dejó presentar una demanda judicial contra el hospital de la misma forma que casi me impusieron que las labores domesticas de la vivienda en la que había vivido con mi progenitora y mi cuidado personal continuara en manos de Amelia, la estrecha asistenta que durante muchos años había atendido a mi madre y a la casa.

Un mes más tarde recibí la visita de Patricia, una de mis compañeras de trabajo, con la que me llevaba muy bien ya que, aunque pertenecíamos a diferentes servicios, solíamos salir juntos a almorzar y a fumarnos un cigarro. Se trataba de una atractiva mujer viuda, morena, alta y delgada que hacia un par de semanas que había cumplido cuarenta años y cuatro días antes su único hijo, con diecinueve años, la había convertido en abuela. En el trabajo había oído ciertos comentarios sobre que su marido, al que los encantos de Patricia debían de volver loco, intentaba superarse cada día un poco más en el terreno sexual hasta que una noche, tras echarla su segundo polvo, murió encima de ella. Patricia, a pesar de que existía confianza, nunca llegó a confirmármelo ni a desmentírmelo.

Aquel día se presentó en mi casa vestida de una forma muy juvenil con la blusa más abierta de lo normal para que pudiera verla el canalillo de las tetas y con una falda tan ajustada y corta que, al sentarse en el sofá, se la subió dejando a la vista un muy colorido y florido tanga. Durante unos instantes permitió que mis ojos se recrearan mirándola la parte superior de las piernas e imaginándome lo apetitoso que debía de estar todo lo que aquella prenda íntima tapaba antes de tirar hacia abajo de la falda, cruzar sus piernas y decirme sin rodeos:

“Me gustaría ocuparme de tu casa incluyendo el lavarte los calzoncillos a cambio de que pongas tus encantos masculinos a mi disposición de manera que podamos mantener una relación sexual discreta y estable”.

Su oferta me pareció de lo más tentadora y la acepté. Al día siguiente decidí prescindir de los servicios de Amelia gratificándola espléndidamente para que se comprara algo de valor en recuerdo de mi difunta madre y aunque Patricia trabajaba por la mañana y por la tarde y su compromiso la obligaba a pasar más tiempo en mi casa que en la suya, supo cumplir con lo acordado y durante varias semanas, además de atender la casa, se ocupó de “sacarme la leche” dos veces al día “cascándomela” por la mañana en la oficina y por la noche en mi casa antes de cenar. Como contraprestación y al encontrarse sumamente libidinosa al despertarse por la mañana, madrugaba y se desplazaba hasta mi domicilio para poder acostarse conmigo durante una hora con el propósito de que la tocara; masturbara y comiera la seta hasta que, tras varios orgasmos, se meaba de gusto en mi boca. Cuándo me decidí a “clavársela” vaginalmente, Patricia descubrió que, aunque la primera vez eyaculaba con más rapidez que cuándo me hacía las pajas, repetía unos minutos más tarde y que, después de echarla un soberbio segundo polvo, no tardaba en soltarla una gran meada dentro de la almeja con la que se excitaba al máximo. Pero como había deseado durante muchos años ser poseída por un hombre y demostrando que, lo mismo que Inés, era insaciable había días en que me decía que la había dado mucho gusto pero que necesitaba más. Como aún no me llegaba a plantear el echarla la leche por tercera vez, la hacía un fisting vaginal con el que la forzaba hasta que conseguía que se “vaciara” por completo y quedara complacida y satisfecha. Pero el fisting la dejaba mermada de fuerzas y como su poder de recuperación no era tan rápido como el de una chica de veinte años decidimos incluir las mamadas y continuar con las habituales pajas en nuestra actividad sexual diaria para la noche de los viernes y sábados cepillármela debidamente y con el fisting incluido ya que, tras eyacular un par de veces, hora y media más tarde estaba en perfectas condiciones de volvérmela a tirar y echarla otro par de polvos que, a pesar de que tardaban algo más en producirse, la permitían llegar una y otra vez al ansiado orgasmo con mi pilila totalmente introducida dentro de su chocho y con mis huevos golpeándola sin cesar para incrementar su placer. Con el paso del tiempo y como había hecho en su día Inés, decidió aumentar mi potencia sexual cortándome varias veces la eyaculación apretándome la base de la pirula con sus dedos en forma de tijera ó dándome un golpe seco con su rodilla en los huevos con lo que conseguía que perdiera buena parte de la erección de forma que, siempre que la echaba la leche, fuera en gran cantidad y muchas veces junto a una abundante y larga meada. De esta manera, además, logró retrasar aún más mi primera eyaculación de forma que tuviéramos una casi perfecta sincronización para producirse en los instantes en que ella llegaba al clímax.

Más conflictivo me resultó hacerla perder su virginidad anal y poder metérsela por el culo con regularidad. Patricia se opuso una y otra vez a que la penetrara analmente hasta que un día me aproveché de que estaba totalmente entregada para, acostada boca abajo en la cama, ponerla el pito en el ojete y echarme de golpe encima de ella forzándola de tal manera que, cuándo quiso reaccionar, lo tenía entero en el interior de su culo y con la punta encajada en su intestino. La hembra solía perder el control de su esfínter en cuanto mis movimientos eran rápidos y aunque defecaba enseguida, la caca no encontraba por donde salir y como me resultaba muy complicado el extraerla la polla totalmente tiesa al tener el capullo encajado en su dilatado intestino, se veía obligada a realizar grandes esfuerzos para retener la mierda hasta que la echaba la leche y a medida que el rabo perdía su erección, podía desencajarlo de su aprisionamiento intestinal con lo que la mierda hacía una fuerza tremenda para salir en tromba al exterior en cuanto la sacaba la verga. Después de desvirgarla el trasero y para evitar que esto sucediera con regularidad utilicé las enseñanzas de Loli y antes de darla por el culo, la obligaba a “vaciar” completamente el intestino hurgándola con dos de mis dedos e introduciéndola bien profunda la canalización de una pera laxante para llenarla el trasero de aire hasta que lograba que echara todo lo que tuviera dentro en dos ó tres defecaciones casi consecutivas. Con carácter puramente anecdótico puedo señalar que Patricia fue la mujer con la que más cajas de crema empleé para aliviarla las múltiples molestias que sufría después de que la penetrara analmente.

Llevábamos casi un año manteniendo relaciones diarias y estábamos empezando a plantearnos la posibilidad de tener descendencia antes de que la fémina comenzara con la menopausia cuándo Patricia, sintiéndose feliz y pletórica con la actividad sexual que llevábamos a cabo, no supo ser todo lo discreta que nuestra situación requería y cometió el grave error de comentarlo con tres de sus amigas más íntimas que, lógicamente, se mostraron tan incrédulas como Santo Tomás y quisieron comprobar con sus propios ojos lo que las había indicado con respecto a las excepcionales dimensiones de mi chorra y a mis abundantes eyaculaciones por lo que, sin decirme nada, decidió reunirlas en su casa la tarde siguiente. En cuanto estuvieron juntas me llamó para decirme que aquel día lo haríamos en su domicilio. Me extrañó porque casi siempre lo efectuábamos en mi casa pero me encaminé hacía allí y cuándo llegué me las encontré esperándome con ansiedad por lo que no tardaron en pedirme que las mostrara mis atributos sexuales. Consideré que Patricia me había engañado y que estaba siendo victima de una encerrona pero, como si no accedía a los ruegos de sus amigas iba a dejarla como una mentirosa, me desnudé y fui pasando por delante de cada una de ellas dejando que, después de apretármelo con su mano para comprobar su dureza, pudieran chuparme ó moverme el cipote hasta que no pude retener más la salida de la leche y mientras otra de las féminas me tocaba los huevos, “descargué” delante de una de las amigas de Patricia llenándola de lefa la blusa, la cara y el cuello. A la hembra no la importó lo más mínimo y durante un rato estuvieron comentando las excelencias de mi nabo hasta que decidieron irse y dejarnos solos para que, después de cenar, pudiéramos mantener nuestra habitual sesión sexual.

Al día siguiente me sorprendió que una de ellas, llamada Magdalena, una mujer de cabello claro rizado, complexión normal y estatura ligeramente baja, provista de una buena delantera y que se conservaba muy bien hasta el punto de parecer una autentica chavala a pesar de que tenía una edad similar a la Patricia, me llamara a la oficina para proponerme que la probara a ella ya que era, simplemente, madre soltera por lo que se encontraba muy poco “castigada” en el terreno sexual antes de que decidirme a formar pareja estable con mi amiga diciéndome que, sobre todo en estos casos, era donde mejor se evidenciaba que en la variedad se encontraba el gusto. No quise comprometerme con ella hasta que lo comenté con Patricia que, después de indicarme que era la madre de su nuera y que ella la había facilitado mi número de teléfono, no puso el menor reparo a que accediera a la pretensión de la hembra diciéndome que, aunque fuera una golfa muy cerda, podíamos seguirla la corriente durante un tiempo ya que el disponer de otra “yegua” a la que tirarme podría llegar a ser beneficioso para nuestra relación. Conociendo a las mujeres la postura de Patricia me extrañó demasiado por lo que llegué a pensar que en aquel acuerdo había algo de más importancia que mi amiga no me había dicho. Aquella noche Magdalena me demostró que en la cama se convertía en una autentica fulana que sabía moverse adecuadamente para que, sin dejar de colaborar conmigo, pudiera sentir mucho gusto al “descargar” dentro de ella. Como su desgaste era impresionante tuvimos que hacer varias pausas en nuestra larga sesión sexual para que recuperara energías y en una de ellas me comentó que deseaba convertirse en una golfa dócil y sumisa teniendo a su lado a un buen semental provisto de un gran pene para que se la follara anal, bucal y vaginalmente con regularidad e incluso, plantearse la posibilidad de que la fecundara para poder tener otro hijo. Patricia, tras pasar mi primera noche con Magdalena, habló con ella y la indicó que no se opondría a que me la follara diariamente con la condición de que pasara con ella la noche de los viernes, sábados y domingos. Magdalena aceptó pero, poco a poco, fue consiguiendo limitarme mucho de cara a que mantuviera relaciones con Patricia con la misma frecuencia e intensidad que antes haciendo que comiera y cenara en su casa y que por la tarde me la tirara echándola un par de polvos y una meada para repetir por la noche en que, tras una excepcional mamada, la volvía a soltar otras dos ó tres raciones de copiosa y espesa leche y una nueva meada. Viendo que su poder de recuperación no respondía tan satisfactoriamente como ella hubiera deseado ante semejante esfuerzo diario y para que nuestra actividad fuera más amplia y variada decidió adquirir un surtido de “juguetes” con bragas-pene con las que poder por el culo, bolas chinas, consoladores de rosca y vibradores al mismo tiempo que me facilitaba unos ajustados y coloridos tangas masculinos en los que mi picha, que a cuenta de la presión se mantenía totalmente tiesa, no llegaba a entrar por completo quedando siempre la parte superior al aire. Como Magdalena se olvidó totalmente de lo que había acordado con Patricia para que, al menos, pasara los fines de semana con mi amiga no tardé en verme entre la espada y la pared ya que lo que no podía hacer era follarme a ambas en domicilios diferentes, en idénticos días y a la misma hora por lo que mientras Patricia me requería constantemente para que me la cepillara con mucha más regularidad, Magdalena se encargaba de que pasara todas las noches con ella. Fue entonces cuándo me enteré de que la fémina estaba chantajeando a mi amiga diciéndola que no volvería a ver a su nieto y que su hija haría la vida imposible al hijo de Patricia si no continuaba tirándomela diariamente. A pesar de que odio el chantaje consideré que debía de permanecer al margen para que solucionaran sus desacuerdos por si mismas pero intenté solventar el problema sexual que habían creado proponiéndolas que, de lunes a viernes, podía follarme diariamente a Magdalena por la tarde y a días alternos, unas veces por la noche y otras al amanecer, a Patricia mientras que los sábados y domingos sería a la inversa, es decir, lo haría en horario diurno con Patricia y nocturno con Magdalena. Durante algo más de un mes mi propuesta dio un resultado positivo pero Magdalena volvió a exigirme, incluso con amenazas, que pasara con ella todas las noches y para lograrlo decidió incorporar a una joven vecina, llamada Carmen, que empezó a participar y de manera activa en los contactos sexuales que manteníamos. Esta nueva incorporación, que desde el primer momento me pareció una mujer tan escabrosa como Magdalena, era atractiva y sensual pero no sabía sacar partido de ello ya que apenas se arreglaba y siempre la vi vestida con una bata corta debajo de la cual sólo llevaba la braga. Mi miembro viril la entraba muy justo tanto por delante como por detrás lo que aumentaba su placer y aunque me chupaba de maravilla la pilila y cuándo la penetraba se comportaba como una autentica zorrita, era tan pudorosa y recatada que, en cuanto la echaba la leche, debía de pensar que la había llenado de mierda y me obligaba a sacarla la pirula para poderse ir a su casa a darse una ducha por lo que tuve especial cuidado de que mis polvos pares, con los que irremisiblemente me meaba, se produjeran cuándo me tiraba a Magdalena puesto que el hacerme pis dentro de Carmen no creo que la hubiera resultado tan gratificante y placentero como al resto de las hembras con las que lo había hecho. La vecina me llegó a prometer que si lograba satisfacerla, cosa que hacía todos los días puesto que era una maquina alcanzando orgasmos, me pondría en bandeja a un par de “yeguas” muy dóciles a las que podría someter sexualmente para que, en plan semental dominante, pudiera formalizar con ellas la relación estable que tanto deseaba. Cuándo Patricia se enteró de que Carmen, a la que calificó de puta verbenera, participaba en la actividad sexual que debía de llevar a cabo exclusivamente con Magdalena, explotó y llena de cólera e ira arremetió en el mercado de abastos en el que solían realizar sus compras de alimentación contra su, hasta aquel entonces, amiga diciéndola que la estaba quitando todo lo que tenía y aquello degeneró en una brutal pelea por lograr que las poseyera en exclusiva en la que, por más que intentaron separarlas, se enzarzaron a golpes dando un espectáculo de lo más bochornoso y lamentable al empujarse; insultarse; tirarse del pelo; desgarrarse la ropa y darse puñetazos sentada la una encima la otra hasta llegar a morderse lo que ocasionó que Patricia acabara en urgencias donde la tuvieron que dar varios puntos de sutura.

Pensé que, tras aquella disputa, la situación se solucionaría pero no fue así puesto que ninguna de las hembras estaba dispuesta a prescindir de mí por lo que la relación entre ambas cada día resultó más tensa. Decidí dejarlas de lado durante un tiempo para que se dieran cuenta de que era mejor compartirme amigablemente que perderme y una tarde me presenté en casa de Carmen y después de dejar que me hiciera una de sus excitantes y placenteras mamadas que culminó al eyacular en su boca echándola una gran cantidad de lefa que tragó integra, la pedí que me diera la dirección de las dos féminas de las que me había hablado en varias ocasiones con la intención de poder follármelas mientras se solucionaba el conflicto entre Magdalena y Patricia. La mujer se negó por lo que me puse bastante violento hasta que, tras quitarla la bata y la braga, conseguí que de un empujón cayera en la cama boca abajo, la coloqué mi erecto pito en el ojete y echándome de golpe sobre ella se lo metí entero. Carmen gritó, pataleó y me insultó todo lo que quiso mientras la daba por el culo en plan bárbaro. Noté perfectamente que había liberado su esfínter y que comenzó a defecar en cuanto la eché mi abundante leche y una copiosa y larga meada en el interior del trasero. El capullo de mi polla, una vez más, estaba encajado en el intestino de la hembra por lo que la continué enculando dándola unos envites enérgicos y rápidos. La mujer comenzó a agitarse y a gritar que la iba a desgarrar el ano y la dije que no iba a parar hasta que me facilitara la dirección que la había pedido. A pesar de que no tardó en prometerme que me la daría, la seguí enculando hasta que volví a “descargar” dentro de su “pandero” y mi rabo perdió parte de su erección lo que me permitió liberar al capullo de su aprisionamiento y sacarla la verga. No la dejé ni defecar a gusto hasta que, tras ponerlo todo perdido con su mierda que salía en tromba por su ojete, logré que me diera la dirección que quería y me indicara que se trataba de una mujer viuda, que era la que estaba al tanto de todo, que se llamaba María Elena (Elena) y de su hija Sandra.

La tarde siguiente me presenté en el domicilio de las dos féminas y Elena, que era una atractiva mujer morena, alta y de complexión normal, me recibió muy sonriente y me hizo pasar al salón donde me indicó que tenía treinta y ocho años, que llevaba seis viuda y que mi misión era la de tirarme a su hija, que era muda y tenía ciertas deficiencias cerebrales que la obligaban a pasar la mayor parte del día en la cama, exclusivamente por vía vaginal y echarla toda la lefa que me fuera posible. Cuándo entré en la habitación de Sandra observé que se trataba de una cría morena, de baja estatura y complexión delgada, a la que su madre había preparado convenientemente para que me esperara en la cama totalmente desnuda y abierta de piernas. La miré con detenimiento y me pareció que la madre estaba mucho más apetitosa que la hija. En cuanto me desnudé Elena se sentó en el borde de la cama y haciendo que permaneciera de pie delante de ella me chupó durante varios minutos la chorra hasta que me dejó a “punto de caramelo” para que, cuándo me tumbara sobre Sandra para cepillármela, no tardara en echarla la leche. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuándo me percaté de que la cría tenía la raja vaginal más cerrada que había visto en mi vida y que era impensable que la pudiera introducir mi cipote y menos estando tan tieso por lo que me decidí a masturbarla metiéndola dos dedos, que fue lo máximo que su raja vaginal admitió y la cría, sin dejar de gemir a su manera y de mearse en cortos pero sustanciosos chorros, me dio la impresión de encontrarse en la gloría y que la gustaba tanto lo que la estaba haciendo que, después de “romper” con suma facilidad y rapidez, se convirtió en una autentica máquina llegando al clímax.

Pero Elena me había dejado con unas ganas tremendas de echar la lefa por lo que, en cuanto Sandra alcanzó su tercer orgasmo, la saqué los dedos del coño, se los introduje en la boca para que me los chupara y acto seguido, sabiendo que su madre apenas se relacionaba por lo que me imaginé que tendría un montón de necesidades sexuales, me abalancé sobre Elena haciendo que cayera en la cama boca arriba donde, a pesar de su manifiesta oposición, la subí la falda y la quité la braga para tumbarme encima de ella y “clavársela” vaginalmente. Continuó resistiéndose hasta que sintió que mi cipote la atravesaba el útero y dejando de darme golpes, empezó a colaborar mientras me decía:

“Jódeme y conviérteme en tu puta más ardiente y viciosa”.

Eyaculé rápidamente y seguí follándomela sin cambiar de posición consiguiendo que Elena me hurgara en el culo en todas las direcciones con dos dedos sin que dejara de decirme que la metiera bien profundo el nabo para que, traspasándola el útero, pudiera “descargar” cerca de sus ovarios mientras ella echaba y en cantidad, su liquido vaginal. No sé las veces que había llegado al clímax cuándo la eché mi segundo polvo para, pocos segundos más tarde, hacerme pis dentro de su seta casi al mismo tiempo que la fémina se meaba al más puro estilo fuente con lo que todo el cuerpo se la convulsionó de gusto. No tardé en sacarla el pene totalmente impregnado en su flujo y Elena se incorporó para chupármelo con ganas al mismo tiempo que me acariciaba los huevos hasta que consiguió que la echara en la boca mi tercer polvo que se tragó integro mientras Sandra nos miraba atentamente y parecía mostrarse muy complacida con la masturbación que la había realizado y especialmente, con que me hubiera tirado a su madre que, muy avergonzada, consideró que con aquello había sido más que suficiente y aunque me recriminó que me la hubiera cepillado delante de su hija, me pidió perdón por haberse olvidado de sus modales para actuar como una autentica fulana totalmente salida.

Pero aquello no la resultó a Elena tan desagradable como me quiso hacer ver al acabar nuestra primera sesión sexual y después de llamarme al día siguiente para volver a hacerlo por la tarde, se repitió un día tras otro con la única salvedad de que, tras masturbar durante un buen rato a Sandra hasta que la cría se meaba de autentico gusto, me la follaba en la habitación de la mujer a la que, después de que me chupara la picha, la solía echar tres polvos en el interior de la almeja el primero tumbado sobre ella; el segundo con la hembra colocada a cuatro patas mientras que el tercero solía producirse durante una cabalgada vaginal muy intensa ó cuándo me la tiraba con las piernas dobladas sobre si misma lo que, después de eyacular, me permitía pasarla reiteradamente la pilila por la raja del culo con una atención muy especial a su ano. La sesión siempre terminaba una vez que Elena me chupaba, de nuevo, la pirula con esmero y ganas y yo daba cuenta, bebiéndomela íntegra, de su posterior meada.

Poco a poco, fui descubriendo que las dos mujeres eran unas excelentes personas, aunque un tanto ingenuas y sin maldad, por lo que surgió entre nosotros una bonita y fuerte amistad. Decidí ocuparme de todo aquello que las afectara por lo que la mayoría de los días iba a comer con ellas para acompañarlas y en el transcurso de la tarde masturbar a la hija, cepillarme a la madre a la que podía hacer todo aquello que me apeteciera puesto que, como me había indicado Carmen, era muy dócil y obediente y ocuparme de la distinta documentación referida al dinero que tenían ahorrado y a su vivienda. A través de aquella especie de convivencia mutua me di cuenta de la gran paciencia que Elena demostraba con Sandra a la que prácticamente tenía que hacer todo hasta darla de comer y el cariño que derrochaba conmigo diciéndome que, exceptuando a su hija, no tenía a nadie más a quien dárselo. Pero Magdalena, intentando cargarse nuestra amistad para que tuviera que volver junto a ella, me dijo que Carmen había ideado aquel plan para que me follara a Sandra mientras Elena nos veía y estaba atenta a que lo hiciera con mi pito totalmente introducido en el chocho de la cría para que la echara la leche lo más profundo que pudiera con la intención de dejarla preñada para obligarme a vivir de continuo con ellas y a satisfacerlas sexualmente además de sacarme un montón de dinero si no quería que me denunciara por corrupción de menores ya que la cría era menor de edad y además con serios problemas cerebrales. Hablé inmediatamente con Elena que me aseguró que no conocía los planes de Carmen aunque, eso si, me indicó que desde que había empezado a tirármela la estaba obligando a darla la mitad de su pensión a cambio de no meter cizaña y permitir que siguiera relacionándome sexualmente con ella. Me pareció que Elena tenía demasiado miedo de lo que pudiera ocurrirla a Sandra si Carmen se enteraba de que me lo había dicho pero aquello me encabritó y sacando todo mi genio, me dirigí al domicilio de la vecina de Magdalena y me enfrenté a ella, zarandeándola e incluso intenté agredirla, mientras la exigía que dejara de hacer de Celestina y de tramar planes maquiavélicos; que se olvidara de que Elena y Sandra existían a menos que deseara que sacara a la luz la relación sexual que había mantenido conmigo y lo que había planeado y que se quedara en casa para permitir que su marido, en vez de pasar mucho “hambre” de sexo, se la follara para que la engendraba un hijo con el que llenar su vida. Acto seguido y como no me apetecía seguir acostándome con Magdalena después de haberme dado cuenta de que quería convertirme en un obediente perrito faldero, me dirigí al domicilio de la hembra y aunque me recibió con grandes muestras de alegría, la di por el culo de la forma más bárbara y bestial que pude mientras la insultaba a gritos. “Descargué” cuatro veces en el interior de su trasero, me meé en dos ocasiones y como la polla se mantenía tiesa seguí enculándola hasta que logré que, llorando a lágrima viva, me pidiera que acabara de forzarla analmente y de proclamar a los cuatro vientos que era una puta. Después de “rebajarla los humos” lo suficiente dándola por el culo, aproveché el inmenso boquete en que se había convertido su ojete para “exprimirla” a través de un fisting anal mientras la decía que no quería saber más de ella puesto que, aunque fuera muy buena en la cama, me había dejado de gustar y me había sentido muy incomodo acostándome con ella desde que me enteré de sus chantajes y de que se había convertido en una autentica arrabalera el día de su desagradable disputa con Patricia en el mercado de abastos. Magdalena soportando lo mejor que podía los tremendos estragos anales que la estaba causando tanto al darla por el culo como con el fisting, me imploró que la perdonara y que iniciáramos la relación estable que buscaba convirtiéndola en mi esclava a lo que me negué en rotundo diciéndola que, tras haber descubierto sus enredos y maquinaciones, me resultaba imposible plantearme algo así ya que lo único que se merecía era mi desprecio. Llegué a forzarla con tan manifiesta mala leche que, después de hacer que evacuara toda la mierda que tenía en su interior, la terminé dañando el intestino puesto que por el ano aparecieron unos pequeños chorros de sangre antes de que la fémina, tras gritar que la dolía muchísimo, perdiera el conocimiento. No me inmuté, la saqué el puño del trasero, me limpié, me vestí mientras recobraba la conciencia y tras llamarla puta con rabia, salí de su domicilio para no saber nada más de ella.

Volví junto a Patricia a la que, al igual que a Elena, me follé con mucha frecuencia aunque ya no fue lo mismo puesto que, entre los enfrentamientos mantenidos con Magdalena y que esta había conseguido, entre otras cosas como represalia porque la había causado una lesión intestinal al forzarla tanto con el fisting anal que la efectué como despedida, que su hija la rechazara y la impidiera ver a su nieto, tenía serios problemas para alcanzar un orgasmo cuándo antes solía perder la cuenta de ellos y no la veía capaz de disfrutar del sexo a pesar de que ponía todo por su parte. Ante semejantes cúmulo de adversidades opté por separar definitivamente nuestras vidas y mientras a ella, según me indicó, la rompí el alma y el corazón con tal decisión, a mí me costó bastante superarlo puesto que, si hubiera sido mucho más discreta y menos confiada, seguramente ahora estaría haciendo mención a que había conseguido entablar mi ansiada relación sexual estable en su compañía.

Como me resultaba muy desagradable y violento el tener que verla diariamente en el trabajo y más cuándo la mujer no dejaba de pedirme que viviéramos juntos lo que sabía que, después de todo lo sucedido, no era lo más adecuado y procedente por lo que me veía en la obligación de negarme una y otra vez, aproveché que en aquellos días se cerraba el plazo para tomar parte en un concurso de traslados y presenté mi solicitud pidiendo todos los destinos posibles lejos de mi actual centro de trabajo.

Después de mi ruptura con Patricia y bastante dolido porque la fémina me gustaba muchísimo y estaba seguro de que, sin la intromisión de su supuesta amiga, hubiéramos sido felices juntos, encontré consuelo en Elena pero tuve la mala suerte de que un par de semanas más tarde y pocas horas después de que la desvirgara el culo, su hija Sandra falleciera de repente en su cama a causa de un colapso cerebral que, en su estado, era lo mejor que podía pasarla. Lógicamente, la madre lo sintió mucho, estaba destrozada y no dejaba de llorar abrazándose a mí continuamente y diciéndome que era lo único que la quedaba en esta vida. Continué comiendo y cenando con ella para acompañarla; me seguí ocupando de todos sus papeles y tras más de cuatro meses de ayuno sexual, me la empecé a follar por la noche. Cuándo se recuperó un poco del tremendo dolor que la supuso la pérdida de Sandra me indicó que lo mejor que podía hacer por ella era fecundarla un hijo antes de que no pudiera engendrarlo. Consideré muy razonable lo que me pedía y puse en ello mi mejor voluntad mientras Elena comenzaba a controlar su cuerpo para conocer los días más fértiles en los que llegué a echarla cuatro polvos dentro del coño hasta que, al cabo de medio año, me comentó que estaba preñada. La propuse rehacer su vida a mi lado pero la fémina consideró que me merecía una chica mucho más atractiva que ella y más acorde con mi edad ya que, según me dijo, la diferencia que existía, más pronto ó más tarde, se convertiría en algo negativo para nuestra relación y que, para ella, lo principal era que, además de que me la cepillara regularmente, siguiéramos siendo muy buenos amigos y saber que siempre iba a poder contar conmigo.

Sabíamos perfectamente que podía encontrarse con múltiples problemas durante el embarazo y los tuvo pero lo peor de todo fue el comprobar que las mujeres son realmente malas y que las gusta hacer daño hasta el punto de que cuándo su “bombo” fue bastante evidente, tuvimos que escuchar en el supermercado en el que habitualmente realizaba sus compras que la fémina que la acababa de atender en la pescadería la decía a otra de sus clientes:

“Menuda zorrita cerda está echa la tía. Después de perder a su marido y a su hija aún tiene ganas de fiestas y seguro que se la han follado tantos que ahora no sabe quien es el padre”.

La acompañé a todas las revisiones; la colmé de antojos, me la tiré intentando complacerla en todo lo que sabía que la agradaba; la vi romper aguas y permanecí en la sala de dilatación observando la evolución de su seta y vigilando sus contracciones hasta que entró en el paritorio y dio a luz a una niña, completamente normal, a la que decidió llamar María del Amor. Aunque la mayoría de los días comía con ella, desde el nacimiento de la niña nuestra relación sexual decreció considerablemente pero perduró y Elena siempre me tuvo en disposición de darla un buen repaso al mismo tiempo que intenté que a la cría no la faltara de nada; colaboré para que aprendiera a andar y hablar y desde que comenzó a ir al colegio, todas las tardes hago la tarea con ella. Está a punto de cumplir siete años y es una niña tan atractiva, cariñosa y guapa como su madre y aunque es muy activa apenas da guerra ya que se entretiene jugando con su consola Nintendo ó con el ordenador que la compré cuándo cumplió cinco años.

Después de encomendar el cuidado de mi vivienda y las diversas labores domesticas a una joven de nacionalidad ecuatoriana que se convirtió en mi nueva asistenta con la que apenas coincidía ya que ella llegaba cuándo estaba trabajando y se iba antes de que regresara y tras volverme a encontrar con la negativa de Elena a compartir el resto de su vida conmigo al considerar que no era la mujer más idónea para convertirse en mi pareja, decidí seguir sus consejos y poner un anuncio en un periódico local buscando una chica de mi edad que deseara una relación estable. Pensé en que el hecho de que una de las condiciones que debían de reunir las posibles candidatas fuera la de estar dispuestas a mantener frecuentes relaciones sexuales conmigo iba a ocasionar que no recibiera muchas respuestas pero en pocos días tuve un montón de llamadas incluso de hembras, casi todas separadas, que vivían en localidades distintas a mi lugar de residencia. A muchas las llegué a conocer en persona de la misma forma que con otras no pasé de hablar por teléfono pero decidí centrarme exclusivamente en las que residían en mi misma ciudad con lo que llegué a relacionarme sexualmente con unas cuantas féminas y durante algunos meses mantuve contactos con varias al mismo tiempo. A las hembras se las “caía la baba” al verme el rabo dando origen a que todas se prestaran a tocármelo, “cascármelo” y chupármelo pero algunas se opusieron a que me las cepillara sin condón alegando que con semejante miembro viril que más de una llegó a dudar que la entrara en la almeja y las abundantes cantidades de leche que echaba las iba a dejar preñadas la primera vez que lo hiciéramos mientras que a otras me las follé en múltiples ocasiones. Dentro de estas últimas y para no hacer que mi historia sea interminable, me voy a referir a las cinco con las que mantuve las relaciones de mayor duración.

Con la intención de seguir el orden alfabético de sus nombres debo de empezar por Alicia que era una profesora de educación secundaria en un instituto que, desde que la conocí, me dio la impresión de ser una ninfómana bastante guarra. A pesar de que se aproximaba a los cuarenta años seguía soltera aunque reconocía que casi siempre había conseguido acostarse con los hombres que la gustaban. Era una mujer de pelo claro, complexión normal y estatura ligeramente baja que supo darme mucho gusto con sus excepcionales mamadas en los lugares más inverosímiles y a la que me la follé un montón de veces tanto en su domicilio como en el mío aunque, a pesar de que lo intenté, no pude darla nunca por el culo puesto que su ojete era demasiado pequeño y apenas dilataba por lo que era bastante complicado que una verga del tamaño de la mía llegara a perforar aquel agujero. La agradaba que la echara muy profunda mi leche y que siempre fuera tan abundante y solía mearse de gusto mientras lo recibía ó cuándo me hacía pis dentro de su chocho. Me traía en jaque que fumara en la cama en cuanto acababa de tirármela puesto que, aunque soy un fumador empedernido, lo considero muy peligroso y cuándo estoy acostado y tengo ganas de fumar siempre me levanto y no tardé en comprobar que nuestras aficiones y gustos eran bastante dispares ya que Alicia estaba muy pendiente de la prensa rosa y de la variada programación “basura” de la televisión hasta el punto de sentirse sumamente excitada y abrir sus piernas con más ganas cuándo se enteraba de que alguno de los “famosillos” a los que seguía asiduamente había mantenido relaciones sexuales con tal ó cual macho ó hembra. Era muy poco hogareña y prefería frecuentar las cafeterías, cosa que nunca me ha gustado y hasta cogió la costumbre de “entonarse” antes de “quitarse la braga” y ponerse en posición para que me la cepillara dejando que la hiciera todo lo que me diera la gana, menos lógicamente darla por el culo, sin molestarse en colaborar ni para disfrutar de un mayor número de orgasmos ó hacer que cada vez que llegaba al clímax se incrementara la intensidad. Al habitual paquete de tabaco y al cenicero se juntó en la mesilla de su habitación una botella de alcohol, generalmente ginebra y un vaso largo lleno de hielo lo que ocasionó que, después de mantener contactos con ella durante algo más de cinco meses, entendiera que había sacado el mejor provecho sexual de aquella hembra y viendo que no tenía porvenir, decidiera terminar la relación.

Ana era una mujer morena, de complexión normal y estatura ligeramente baja, que tenía doce años más que yo y llevaba bastante tiempo separada. Fue la primera en ponerse en contacto conmigo y hablamos en muchas ocasiones por teléfono antes de concertar una cita para conocernos. Pero, antes de que se produjera, me enteré de que tenía cuatro hijos y que, exceptuando a la mayor que se había escapado de él después de haber sido forzada sexualmente en múltiples ocasiones, había decidido recluirlos en un centro de acogida de menores con la intención de poder trabajar y disponer de libertad. El que hubiera tenido tanta descendencia en poco más de cinco años de matrimonio me pareció demasiada carga y no acudí a la cita. Me llamó por teléfono un montón de veces pero rara vez lo cogía y si lo hacia, en cuanto veía que era ella, colgaba. Pasó un tiempo en el que mantuve relaciones con otras féminas a las que fui conociendo antes de que Ana volviera a ponerse en contacto conmigo. Sin saber más que mi nombre, sin los apellidos, la zona en la que vivía y el lugar en el que trabajaba, pero desconociendo el servicio y la sección, logró localizarme. Su perseverancia tuvo como premio que aquella misma mañana la conociera y pasáramos algo más de medía hora hablando en una cafetería. Debo de reconocer que no me agradó demasiado ya que, aunque físicamente estaba bastante potable, tenía un culo demasiado voluminoso para mi gusto y me pareció que iba a ser una de esas mujeres propensa a engordar sin límite en cuanto empezara con la menopausia y de obesidades ya había tenido bastante con mi madre.

Ana, que me comentó que era medio bruja, debió de darse cuenta de que no me había agradado lo suficiente como para pensar en comenzar algo serio y después de aquel encuentro y al haberla dado mi dirección, decidió esperarme en el portal de mi domicilio. Cuándo llegué me dijo que quería subir conmigo en el ascensor para darme un beso ya que cuándo, unas horas antes, nos habíamos despedido no había tenido la delicadeza de darla los dos reglamentarios en las mejillas. El acceder a lo que pretendía ocasionó que, después del primer beso en la boca, llegaran muchos más mientras el aparato elevador subía y bajaba sin parar lo que aproveché para tocarla las tetas y la raja vaginal a través de su ropa. Me resultó bastante evidente que se estaba calentando demasiado deprisa y después de decirme que iba a explotar si no lo hacia, me sacó la chorra y los huevos al exterior por la bragueta del pantalón y tras alabar sus dimensiones, me lo empezó a “cascar” con su mano mientras nos seguíamos besando hasta que logró “sacarme la leche” que, a chorros, se fue depositando en las paredes y en el suelo del ascensor. Después la fui bajando el pantalón corto que llevaba puesto y la braga hasta las rodillas y la penetré. Estaba tan sumamente salida que, en tres minutos escasos, llegó dos veces al clímax. La hembra debió de pensar que, después de la paja, no volvería a eyacular por lo que se mostró muy sorprendida cuándo notó que la estaba echando la lefa en el interior del coño. Un poco más tarde me meé abundantemente dentro de ella, cosa que la encantó y la ayudó a alcanzar dos orgasmos consecutivos. Cuándo la extraje el cipote, la acaricié unas varias veces la raja vaginal hasta que terminó haciéndose pis. La meada empapó su braga y el pantalón antes de formar un buen charco en el suelo. El hecho de que una vecina del edificio estuviera a punto de pillarnos a la fémina meándose con la braga y el pantalón bajados mientras restregaba mi nabo, totalmente tieso, en su poblado “bosque” pélvico nos obligó a acabar aquel contacto sexual de una manera un tanto precipitada y tras acompañarla hasta la planta baja, donde la di unas palmaditas en el culo y un beso en la boca, se fue.

A la mañana siguiente se presentó en mi despacho vestida igual que el día anterior y después de dejar que la quitara el pantalón y la braga, la realicé un amplio y exhaustivo reconocimiento tanto vaginal como anal con un montón de tocamientos. Después nos desnudamos por completo y echándome boca arriba en el suelo con las piernas muy abiertas, dejé que me chupara el pene durante unos minutos antes de que se tumbara sobre mí y se metiera mi erecta picha en su húmeda seta para cerrar sus piernas y moverse con ganas logrando que eyaculara con suma rapidez en el interior de su almeja. Después de que la echara la leche continuó un rato más tumbada sobre mí moviéndose muy lentamente al mismo tiempo que, cogiéndola con fuerza de la masa glútea, la obligada a permanecer apretada a mí. La hembra me comentó que, aunque no había tenido la oportunidad de “catar” muchas pililas, nunca había tenido ocasión de ver y disfrutar de ninguna parecida a la mía con la que la había llenado completamente el chocho dándola muchísimo gusto por lo que deseaba que, aunque tuviera que pagarme por ello, me la follara todos los días hasta echarla uno de mis polvazos.

Como Ana pretendía nuestra sesión sexual diaria se consolidó. La gustaba que la lamiera el ano, con lo que se tiraba una buena colección de pedos y que me la tirara tumbada sobre mí aunque algunos días me la cepillaba echado sobre ella; colocada a cuatro patas ó acostada en la mesa de mi despacho con sus piernas dobladas ó situadas en mis hombros. Aunque no la importaba que me la follara durante sus reglas, echaba demasiada sangre menstrual por lo que durante esos días prefería que me efectuara mamadas y pajas lentas al mismo tiempo que me lamía los huevos y me hurgaba con sus dedos en el culo. Además de nuestra sesión matinal en la oficina, empezamos a mantener contactos por la tarde en mi casa y solíamos llevar a cabo unas desenfrenadas sesiones sexuales en los hoteles en que nos alojábamos durante los desplazamientos que solíamos realizar algunos fines de semana y hasta llegamos a convertirnos en asiduos clientes de una pensión en la que se prostituían inmigrantes en donde siempre nos daban la misma habitación para que, mientras me la tiraba, Ana se excitara aún más al escuchar los gemidos de las jóvenes a las que se estaban cepillando en las alcobas contiguas. Después de descubrir que la joven ecuatoriana que tenía como asistenta estaba manteniendo relaciones sexuales con dos hombres en mi domicilio la eché y Ana se apresuró a decirme que podía encargarse de las labores domesticas de mi vivienda. Acepté sin dudar y no tardó en sorprenderme y de una manera poco grata, al decirme que tenía que pagarla mensualmente una cantidad superior a la que satisfacía a la chica ecuatoriana. El que se mostrara tan sumamente adicta al dinero para no tener nunca un Euro en el bolso; que cada mes me tuviera en vilo con los retrasos en sus ciclos menstruales estando continuamente a vueltas con los detectores de embarazos tipo PREDICTOR; que me costara horrores darla por el culo puesto que, cada vez que lo intentaba, se ponía como una autentica fiera y para conseguir penetrarla analmente por primera vez tuve que recurrir a la violencia y que cometiera el gran error de presentarme a su atractiva y joven hija, Yolanda, de pelo rubio y escultural cuerpo, hizo que, aunque siguiera manteniendo relaciones con ella, cada día estuviera más interesado por la chica a la que empecé a tirarme en su habitación mientras su madre se encontraba en mi casa.

Pero Yolanda, que estaba muy “rodada” después de que hubieran abusado de ella repetidamente en el internado en el que había pasado varios años de su vida, también mantenía relaciones sexuales lesbicas con Marta Isabel (Marta), su amiga más íntima que tenía fama de ser una golfa insaciable y viciosa y era una joven de pelo moreno, ojos marrones muy llamativos, complexión algo superior a lo normal y estatura ligeramente baja, que tenía un cuerpo divino puesto que disponía de unas grandes tetas; una raja vaginal de lo más apetecible y jugosa y un precioso culo muy “tragón”. Después de asegurarme de que Marta, al igual que Yolanda, era bisexual no tardé en follármela en cuanto tenía ocasión, aunque por desgracia no fuera con toda la frecuencia que me hubiera gustado, mientras Yolanda se prodigaba en “tenerme a punto” para su amiga haciéndome diariamente una mamada y una paja en el rellano de la escalera de su domicilio. Con Ana, que no se cansaba de pedirme dinero, acabé mal y Elena fue la que la que pasó a encargarse de los quehaceres domésticos de mi domicilio mientras ella encontraba otra ocupación atendiendo a una mujer de avanzada edad con la cabeza prácticamente perdida. Pocas semanas más tarde Yolanda empezó a vivir con el chico con el que formaba pareja desde hacía unos meses. A pesar de ello no tardó en llamarme para que, una vez a la semana, fuera a su casa con el propósito de darla por el culo hasta que la hiciera defecar ya que, según me indicó en su momento, la agradaba que me la tirara por el trasero con mi excepcional pirula y que “descargara” en su interior leche y pis mientras que con su pareja, hasta que se cansó de intentarlo, no dejaba de mostrarse contraria a permitir que la penetrara analmente. Aunque dejándome bien claro que la penetración vaginal era un derecho exclusivo del hombre con el que convivía, la pude dar por el culo durante mucho tiempo y además en sesiones de bastante duración puesto que la chica, que se “ponía a cien” con los golpes que mis huevos la daban en la raja vaginal y solía mearse dos ó más veces durante el proceso, aguantaba a la perfección hasta que, después de echarla dos polvos y hacerme pis dentro del culo, defecaba delante de mi. Además de nuestra actividad sexual anal, llegó a visitarme con relativa frecuencia en la oficina en buena disposición de aprovechar que estuviera solo en un despacho para hacerme mamadas y pajas. Siendo todavía menor de edad quedó preñada. La seguí dando por el culo y me chupó el pito hasta dos días antes del parto lo que me permitió verla lucir su “bombo” y disfrutar de la leche materna de sus tetas que se la llenaron pronto y en tal cantidad que se la salía a chorros. Al nacer su hijo nos vimos obligados a dar por concluida nuestra relación por lo que tuve que centrarme en Marta a la dejé en estado cuándo más me prodigaba en darla por el culo mientras que a ella la resultaba especialmente morboso y placentero hacerme pajas en cabinas telefónicas mientras, con la bragueta de su pantalón abierta y luciendo su tanga, me dejaba que la “metiera mano” para sobarla el coño. La joven me dijo que no me preocupara por ello puesto que no era la primera vez que la dejaban preñada y sabía perfectamente lo que tenía que hacer antes de que se evidenciara el “bombo”. Continué tirándomela durante varios meses más pero llegó un momento en el que pensé que debía de cambiar de “yegua” por lo que presté una mayor atención a otras golfas que, en aquellos instantes, andaban a mi alrededor y me fui olvidando de ella. Varios meses más tarde casi nos damos de bruces en la calle y terminamos metiéndonos en un portal para besarnos y restregarnos vestidos el uno contra el otro hasta que la fémina se humedeció y mi polla se puso totalmente tiesa lo que Marta no dudó en aprovechar para, poniéndose en cuclillas, chupármela con esmero y ganas hasta que la eché la leche en la boca. Desde ese día decidimos reanudar nuestra relación sexual que todavía perdura aunque sin una regularidad determinada.

Con Lidia no me acompañó demasiado la suerte ya que, sin olvidarme de Marta y Yolanda, era la que más me gustaba y aunque daba la impresión de ser una hembra muy modosa y pulcra, en la cama se convertía en una golfa sumamente guarra que, además de mearse, llegaba a defecar de autentico gusto. Se trataba de una chica de cabello rubio, complexión delgada y estatura normal, dotada de unos bonitos ojos marrones y un físico de lo más apetecible que aún no había cumplido veinticinco años y llevaba casi cuatro separada. Se había visto en la obligación de contraer matrimonio siendo menor de edad al dejarla preñada el que se convirtió en su marido que, tras la boda, comenzó a frecuentar compañías poco aconsejables con las que bebía demasiado al mismo tiempo que se mostraba muy violento con ella sobre todo cuándo Lidia no se mostraba especialmente dispuesta a dejar que se la cepillara, cosa que quería hacer a todas horas. Como el hombre no lograba “desahogarse” convenientemente con ella se lió con otra chica que, a cambio de sus favores sexuales, no hacía más que sacarle dinero e incitarle a que se follara a Lidia siempre que quisiera por las buenas ó por las malas. Sus palizas cada vez fueron más brutales y frecuentes sin que le importara que estuviera en un avanzado estado de gestación y luciera un espléndido “bombo”. Lidia consiguió que se separaran de hecho antes de que diera a luz prematuramente. Meses más tarde su marido la pidió públicamente perdón y que le diera una nueva oportunidad puesto que, el tiempo que había permanecido alejado de ella le había hecho ver que la quería y se encontraba en disposición de cambiar su carácter y comportamiento para hacerla muy feliz. A base de incordiarla a todas horas y de repetirla hasta la saciedad que quería volver a su lado, la consiguió convencer pero, en cuanto retomaron su convivencia juntos, no tardó en engendrarla un nuevo hijo para, de nuevo, mostrarse mucho más violento que antes haciendo que la chica llegara a temer tanto por la vida de la niña que llevaba en su interior como por la suya. Una noche, tras darla una soberana paliza, la quemó los pelos púbicos con un encendedor antes de que la marcara el clítoris, los labios vaginales y los pezones. Lidia tuvo que acudir a urgencias y aunque no quiso denunciarle por temor a posibles represalias, sus hermanos, al enterarse, decidieron solucionar aquella situación de una forma drástica pidiendo una orden de alejamiento para que, más tarde, iniciara los trámites de su separación legal. Su marido no se presentó ni al acto de conciliación ni al juicio y nunca más había vuelto a saber de él. Por segunda vez se vio obligada a parir sin contar con el apoyo de su pareja y dar sus apellidos a la cría. Meses después y tras haber desarrollado diversas actividades laborales, todas ellas temporales, encontró trabajo fijo en la cocina de un centro hospitalario en donde sudaba diariamente todo lo que quería y más para obtener un salario bastante módico.

Me la tiré varias veces tanto vaginal como analmente puesto que, al igual que me había sucedido con Almudena y Cristina, Lidia era de las pocas mujeres acostumbrada a que la dieran por el culo ya que su marido se había prodigado bastante en ello y no la había quedado más remedio que habituarse aunque, según reconocía, mi miembro viril era mucho más grande y causaba mayor número de estragos dentro de su “pandero”. Al igual que Inés y después de haberla quemado su marido el “bosque” pélvico, mantenía su seta depilada. La hembra, además de ser una máquina llegando al clímax y meándose de autentico placer, sabía incrementar mi satisfacción consiguiendo que sintiera un gusto previo excepcional cada vez que eyaculaba y la mojaba con mi leche. Pero la diosa Fortuna no me acompañó todo lo preciso y siempre que quedábamos me surgía algún imprevisto de última hora que me hacía llegar tarde a nuestras citas. Cuándo era para que la “metiera mano” en el cine, en la piscina, en un probador ó para que la acompañara a comprarse ropa dándola mi opinión, Lidia se enfadaba pero no lo daba más importancia pero se ponía histérica si el retraso afectaba a nuestras sesiones sexuales puesto que para poder llevarlas a cabo con la debida intimidad tenía que dejar a sus hijos en el domicilio de alguna de sus cuñadas comprometiéndose a recogerlos a una hora determinada por lo que, cuándo llegaba tarde, repercutía en la duración de nuestra actividad sexual y a ella la gustaba que, al menos, la echara un par de polvos y una buena meada mientras perdía la cuenta de sus orgasmos.

Para complicar más nuestra situación siempre quería que fuera con ella a algún sitio los días en que tenía apalabrado otro compromiso y aunque estaba acostumbrada, la contrariaba mucho el tener que acudir sola cuándo pretendíamos convertirnos en pareja. Me demostró que tenía una gran paciencia y que, de verdad, me quería pero, al mismo tiempo que me relacionaba con ella, mantenía contactos con Yolanda que se percató de ello y como no quería más rivales que su amiga Marta, me quitó el teléfono móvil. Pero Lidia era muy discreta y dejó de llamarme al celular en cuanto vio que respondía una mujer. Ante el cúmulo de contrariedades y contratiempos que surgían para impedir que se consolidara la relación estable y seria que ambos deseábamos, comencé a sugerirla que me visitara en la oficina pero ella, demostrando que era responsable y sensata, siempre se negaba. Una mañana me llamó cuándo me estaba tirando a Yolanda y me preguntó que si ya tenía el móvil en mi poder. Como no podía hablar con libertad me limité a responderla negativamente. Lidia siguió hablándome pero Yolanda estaba a punto de alcanzar el orgasmo por lo que me hizo seguir con el “mete y saca” lo que originó que, unos segundos después, la echara una gran ración de leche al mismo tiempo que ella llegaba al clímax. Los jadeos de la joven y mi respiración agitada no debieron de pasar desapercibidos para Lidia que, tras llamarme guarro y mujeriego, me colgó y no me llamó más veces. Aunque me puse en contacto con ella en varias ocasiones siempre se negó a hablar conmigo. Durante una larga temporada nos cruzamos por la calle al salir de nuestros respectivos trabajos y no sé si era para fastidiarme pero cada día la veía más guapa y vestida con prendas de lo más sugerentes lo que me hizo pensar que, al igual que con Patricia, de no haber surgido tantos despropósitos se hubiera convertido en una magnifica “yegua” con la que poder compartir y muy dichoso, el resto de mi vida.

La siguiente se llamaba María Luisa (Marisa). Aunque nunca llegué a enterarme de su edad era evidente que superaba con creces el límite que había señalado en mi anuncio hasta el punto de que me pareció que sobrepasaba los cincuenta años. Era una mujer rubia, tremendamente obesa y sumamente fea. Pretendía vestir de una manera elegante pero no tenía gusto ni para maquillarse. A la fémina, aunque la gordura la imposibilitaba para moverse todo lo que hubiera deseado, la gustaba ir a bailar y los domingos en que no tenía nada mejor que hacer la acompañé por la tarde a una discoteca en tres ó cuatro ocasiones. La verdad es que apenas llegamos a “mover el esqueleto” puesto que no me apetecía bailar con semejante foca pero la hembra aprovechó aquellas ocasiones para empezar a llamarme “cariño” y “amor mío”, cosa que me molestaba muchísimo. Un día me pidió que, en vez de ir a la discoteca el domingo por la tarde, fuéramos la noche de los sábados. A pesar de que me gustaba pasarla en casa y a ser posible con compañía femenina, siendo las más asiduas Elena y Marta, había visto que Marisa era una mujer muy dócil y que podía llegar a involucrarla en la sumisión por lo que acepté su propuesta con la condición de que iría con ella un sábado al mes y que cuándo cerraran la discoteca nos dirigiríamos a un apartamento que tenía desocupado para poder cepillármela. Además de decirme que todavía podía tener hijos, cosa que no me creí, me indicó que era virgen y que no deseaba que la penetrara vaginalmente ya que quería guardar su “tesoro” intacto hasta el día de su boda. Lo que menos se me había pasado por la imaginación era follármela por vía vaginal pero, para no mostrarme demasiado suspicaz, la indiqué que me limitaría a darla por el culo y que ella tendría que hacerme mamadas y pajas. Se lo pensó durante varios días pero, finalmente, decidió aceptar mi propuesta.

Me resultó impresionante verla desnuda el primer día sobre todo cuándo se quitó la faja con la que sujetaba su más que abultado estómago y este llegó a taparla los pelos púbicos y la almeja. Además su prenda más íntima parecía la carpa de un circo en vez de una braga. Como carecía de práctica sexual no sabía moverme el rabo en condiciones y además era una mala alumna a la que costaba aprender. Al exigirla que me mamara la verga no sabía ni lo que era por lo que, al obligarla a metérsela en la boca y chupármela, casi vomitó diciéndome que olía y sabía mucho a pis por lo que tuve que colocarla la chorra, que aún estaba a “media asta”, en su canalillo y mantenerla bien apretadas sus voluminosas tetas mientras la hacía moverse y lamerme la abertura del cipote cada vez que este aparecía por la parte superior de sus “domingas”. De esta forma echaba el primer polvo cuyos chorros se repartían entre el cuello, el pelo, la cara y las tetas de la mujer que, aunque la aceptaba, reconocía que sentía repugnancia al “mojarla” así. Después la hacía ponerse a cuatro patas y la daba por el culo. Como me suponía, su enorme trasero se encontraba provisto de un amplio ojete que dilataba perfectamente permitiéndome “clavarla” el nabo sin el menor problema. Me agradaba encularla de una manera bastante bárbara y observar como con mis envites su estómago y sus tetas no dejaban de moverse mientras ella se quejaba de que la estaba haciendo mucho daño. Además de que solía mearse durante el proceso, no tardaba en liberar su esfínter con lo que me repetía hasta la saciedad que se estaba cagando aunque nunca la hacía el menor caso y continuaba disfrutando de su trasero hasta que la echaba un par de polvos y una meada mientras la hembra, un tanto aliviada por la leche y el pis, sentía que iba a reventar ante la gran cantidad de caca que se la acumulaba sin encontrar por donde salir. En cuanto la sacaba el pene solía ponerlo todo perdido de mierda y como mi picha siempre salía totalmente impregnada en su caca y a pesar de su manifiesta oposición y de la repugnancia que sentía, la obligaba a ponerse de rodillas y a chupármela para que, entre arcadas y algún que otro vómito, me la limpiara a conciencia. Sus cagadas siempre fueron muy copiosas y largas por lo que la mayoría de los días me cansaba de esperar a que acabara para poder continuar dándola por el culo y tras vestirme, la dejaba de rodillas y defecando como una autentica fuente.

Una noche hicimos amistad en la discoteca con una pareja muy joven. El chico, que se llamaba Gabriel, no dejaba de “meter mano” a una cría esbelta y sexy, llamada Leonor, mientras esta le apretaba y tocaba la pilila a través del pantalón. Nuestra conversación no tardó en centrarse en temas sexuales y Gabriel nos dijo que querían iniciarse en la práctica anal pero que, al no tener experiencia, no se habían llegado a plantear el intentarlo sin antes contar con ayuda y por lo que estábamos hablando seguramente fuéramos las personas más apropiadas para dársela. Sin apartar mi vista de la entrepierna de Leonor, que en aquellos momentos Gabriel estaba tocando tras haber introducido su mano derecha por el diminuto tanga de la joven, le comenté que mejor que darles clases teóricas era que me vieran encular a Marisa por lo que les ofrecí la posibilidad de que, al salir de la discoteca, nos acompañaran con la condición de poder disfrutar de los encantos de su guapa amiga. El chico aceptó sin consultar con su pareja ya que, según me dijo, era bastante habitual que participaran en orgías sexuales y la intercambiara con otras hembras cuándo follaban en compañía de otras parejas. De esta manera pudieron ver como penetré y di por el culo a Marisa permaneciendo echado sobre su espalda para poder apretarla con fuerza las tetas. La mujer, como siempre, no dejó de quejarse de que la hacía daño sin que tardara en mearse abundantemente y en liberar su esfínter pero su caca no salió al exterior hasta que, después de echarla una buena cantidad de leche, la extraje de golpe la pirula. La copiosa defecación de la hembra resultó impresionante y Gabriel la obligó a comerse una parte de la mierda líquida que se había depositado en el suelo antes de que pudiera brindarle la oportunidad de iniciarse en el sexo anal con ella y el chico, que estaba en calzoncillo, se lo quitó y después de lucir su erecto y largo pito, se la metió hasta el fondo y empezó a darla unos envites impresionantes mientras la llamaba fea y monstruo. Me pareció que, con semejante ritmo, iba a “descargar” con rapidez por lo que me acerqué a Leonor que se estaba “haciendo unos dedos”. La joven, sin abandonar su masturbación, me tocó y me movió la polla con su mano antes de metérsela en la boca y chupármela con ganas hasta que, al considerar que mi eyaculación tenía que estar próxima, se lo sacó del orificio bucal; se quitó el tanga, que era lo único que tenía puesto; se acostó boca arriba sobre la alfombra y abriendo todo lo que pudo sus piernas, me dijo:

“Jódeme todo lo que quieras”.

Me eché sobre ella, la introduje entera el rabo en su húmedo chocho y me la empecé a follar con movimientos rápidos mientras Gabriel eyaculaba dentro del culo de Marisa. Como estaba demasiado excitado y no quería echar la leche con demasiada rapidez, reduje considerablemente la intensidad de mis envites pero Leonor me obligó a seguir con un ritmo un tanto acelerado puesto que, según me dijo entre jadeos, el que me la tirara así propiciaba que sintiera mejor mi verga en su interior y llegara al clímax con más rapidez, frecuencia e intensidad. A pesar de que no tardé en eyacular desconozco el número de orgasmos que llevaba cuándo la eché el primer polvo dentro del coño para, acto seguido, mearme con lo que la cría, diciendo que nunca la habían dado tantísimo gusto, llegó al clímax en dos ocasiones prácticamente seguidas antes de que fuera ella la que se hiciera pis de autentico gusto y me indicara que, a partir de aquel momento, iba a pedir a todos los hombres que se la “trajinaran” que se mearan dentro de ella. Me hubiera gustado seguir tirándomela pero Gabriel hacía unos minutos que había sacado su chorra del trasero de Marisa, que defecaba abundantemente y estaba esperando a que extrajera el mío a Leonor para, con el cipote bien impregnado en la mierda de la mujer, hacer perder su virginidad anal a la cría. La joven sufrió lo indecible a pesar de que intentó “aliviarse” chupándome el nabo y manteniendo muy abiertos sus húmedos labios vaginales pero, después de producirse la eyaculación de su amigo, pareció encontrarse muy complacida y en buena disposición de continuar aunque Gabriel optó por sacársela para permitir que, mientras se limpiaba, la cría se apresurara a ir al cuarto de baño para defecar. En cuanto terminó de asearse y mientras se movía el pene con su mano me comentó que podía intentar convertir a Marisa en una hembra muy sumisa que nos permitiría obtener unos ingresos extraordinarios al obligarla a prostituirse con sus amigos. Como ardía en deseos de quitármela de encima estuve de acuerdo con la condición de que fuera él quien se ocupara de someterla y de renunciar a mi parte de los beneficios a cambio de que me permitiera cepillarme, de nuevo, a Leonor. Gabriel aceptó diciéndome que me follara a la cría todo lo que quisiera ya que, con ello, le iba a permitir disponer de más tiempo para poder recuperarse antes de volverla a dar por el culo puesto que le había resultado sumamente grato y excitante. En cuanto Leonor regresó a la habitación, procedí a taponarla el culo con el propósito de evitar que defecara y la hice colocarse a cuatro patas para “clavarla” la picha vaginalmente y volvérmela a tirar con movimientos rápidos. Si la primera vez me había gustado, la segunda me resultó aún más placentera y la cría también debió de compartir mi opinión ya que se volvió a mear de gusto mientras sentía caer mi segundo polvo en el interior de su seta. Gabriel, mientras tanto, permanecía en el cuarto de baño con Marisa a la que, por los gritos que escuchábamos, empezaba a adiestrar a base de golpes lo que me permitió follarme durante un buen rato más a Leonor echándola por tercera vez la lefa y volver a hacerme pis dentro de su exquisita almeja. Cuándo Gabriel y Marisa, esta última acalorada y sudorosa, volvieron a unirse a nosotros me vi obligado a sacar, muy a mi pesar, la pilila a Leonor y el chico, después de tocármela para comprobar que aún se mantenía dura y tiesa, volvió a penetrar analmente a la joven que se mantuvo a cuatro patas mientras Marisa, totalmente despatarrada, se había tumbado en el sofá. Cuándo me acerqué a ella me dijo en voz baja:

“El muy bestia me ha dicho que me meterá cigarrillos encendidos en el chocho y en el culo si no hago siempre lo que me diga”.

Sonreí y centré mi mirada en Gabriel que parecía encontrarse muy a gusto dando por el culo a Leonor. Considerando que, además de haber sacado un buen provecho sexual de aquella guapa chica, había logrado quitarme de encima a Marisa decidí dejarles solos por lo que me vestí tranquilamente y salí de la vivienda. A Leonor la he visto varias veces por la calle y casi siempre acompañada por chicos a los que no les importa lo más mínimo que les miren mientras, aprovechándose que la joven se ha convertido en una guapa “zorrita”, la tocan sus encantos femeninos. Además, he tenido ocasión de comprobar que, al igual que Marta, encuentra muy morboso el “cascársela” a sus amigos en las cabinas telefónicas y que la gusta verles mear. De Marisa no supe nada durante bastante tiempo hasta que, en un par de ocasiones, la vi cogida del brazo de un hombre más mayor que ella, delgado y demacrado, que, según me enteré más tarde, se había convertido en su marido tras cepillársela unas cuantas veces durante el periodo en que se prostituyó a las ordenes de Gabriel del que nunca más supe. Hace pocos meses me encontré con la esquela de Marisa en un periódico local y acudí al tanatorio con intención de testimoniar mi pésame a su madre, una mujer de avanzada edad y a su hermano lo que me permitió conocer que había fallecido, tan fea y gruesa como siempre, por una sobredosis de insulina que, al ser diabética, tenía que ponerse todos los días.

Finalmente voy a referirme a dos hermanas, aunque sólo fuera de padre, llamadas Jade, que tenía veintitrés años y era de raza blanca, morena, espigada, con las piernas muy largas y de nacionalidad mexicana y Yanina, de veinte años, mestiza, de estatura ligeramente baja, rechoncha, morena y nacida en Cuba. La primera de ellas había sido fruto de la intensa relación sexual que su padre, tras separarse de su mujer, mantuvo con una joven estudiante mexicana mientras que a Yanina la había engendrado en uno de los múltiples contactos que el hombre mantenía durante sus frecuentes viajes a la isla caribeña. Jade había pasado buena parte de su existencia en Cuba junto a su hermana y a Elizabeth, la madre de Yanina, que, además, tenía otros dos hijos varones. En cuanto sus descendientes llegaban a la pubertad la mujer les hacía dedicarse a atender al turismo sexual para que fueran aprendiendo a afrontar la vida al mismo tiempo que obtenían ingresos económicos. Un día Elizabeth se enteró de que acababa de llegar a la isla un grupo de hombres españoles bastante maduros y animó a Jade para que intentara contraer matrimonio con alguno de ellos diciéndola que, aparte de que obtener la nacionalidad española y poder salir de Cuba sin el menor problema, tendría una buena posición económica y social. La indicó, asimismo, que al ser joven podía esperar unos años hasta que el hombre falleciera y se pudiera hacer con todos sus bienes sabiendo que, a pesar de que sabría valorar sus encantos, la edad de su marido no iba a permitirle fecundarla con mucha frecuencia por lo que, en cuanto él desapareciera, podría resarcirse acostándose con todos los hombres que quisiera. Después de liarse con uno de los integrantes de tal grupo comprobando que, aunque le gustaba tocarla y masturbarla hasta que la joven se meaba de gusto, no había forma humana de que la pirula se le pusiera erecta por lo que, después de una boda rápida, se vino con él a España. En cuanto se aclimató decidió traer a Yanina a vivir con ella durante una temporada con el propósito de que la imitara e intentara “cazar” a algún hombre con el que contraer matrimonio para obtener la ciudadanía española y quedarse indefinidamente. Al ver mi anuncio en el periódico y aunque no las agradó que la joven tuviera que poner su amplia raja vaginal a mi plena disposición, decidieron elegirme para poder llevar a cabo su plan pero no caí en su trampa. Pero como Yanina era una chica muy ardiente que estaba demasiado habituada a las fiestas y saraos de su Cuba natal y aquí no tenía con quien relacionarse, me resultó bastante fácil conseguir que me hiciera pajas con frecuencia, con las que conseguía “sacarme” bastante más leche de la habitual, además de permitir que me la tirara a días alternos aunque, como tampoco me servían los condones que ella tenía y que me aseguró que eran de una talla supergrande, solamente me dejaba que la penetrara colocada a cuatro patas ó al realizarme cabalgadas estando siempre pendiente de mis eyaculaciones para, en cuanto notaba caer dentro de su coño el primer chorro de leche, separarse de mi para que los restantes se depositaran fuera de su cuerpo. Pero en lo que más se prodigó fue en poner su culo a mi disposición y aunque la primera vez me indicó que creía que mi pito no la iba a caber, me harté de encularla a pesar de que la entraba muy justo por el ojete. Me pareció que estaba tan habituada al sexo anal que casi disfrutaba más que cuándo me la cepillaba vaginalmente. Aunque no me importó facilitárselo para que pudiera darse determinados caprichos como el comprarse ropa y tangas, Yanina me empezó a pedir dinero con mucha frecuencia y para cosas carentes de todo sentido. Al negarme a dárselo me amenazó con no permitir que me la follara más veces a lo que la respondí que, por esa misma regla de tres, podía cobrarla por cada polvo que la echara. Aunque la fémina no mencionó más veces el dinero aquello fue suficiente para distanciarnos y Jade tuvo que llamarme para, mostrándose sumamente dulce, pedirme perdón por el comportamiento de su hermana y rogarme que, al tratarse de una joven muy ardiente y viciosa que sentía una imperiosa necesidad de mantener contactos sexuales con regularidad, me tirara a Yanina, al menos, una ó dos veces a la semana.

Como me propuso que me la cepillara en su domicilio, Jade se hizo asidua a nuestra actividad sexual entrando en la habitación ocupada por su hermana sin más ropa que un tanga cuándo estaba dando por el culo a Yanina para, sin perderse el menor detalle de nuestra práctica sexual anal, esperar pacientemente a que llegara a “descargar” dentro del trasero de su hermana y la sacara la polla para chupármela con ganas antes de que ponerse a cuatro patas con el propósito de que me la follara vaginalmente. Jade siempre estaba húmeda y tenía muchas ganas de que me la tirara por lo que alcanzaba un montón de orgasmos antes de que la echara mi leche y me hiciera pis, que era una cosa que la encantaba, dentro de su seta.

Una tarde y mientras Jade me chupaba a conciencia el rabo, Yanina, que me estaba acariciando los huevos y me hurgaba en el culo con dos dedos, me comentó que la última hazaña de su hermana había sido lograr el compromiso de su marido, aprovechando que la estaba efectuando una exhaustiva y larga masturbación, de traer a vivir con ellos a los dos hijos que Jade había dejado en Cuba al cuidado de Elizabeth.

Durante una buena temporada y al hacerlo con las dos jóvenes al mismo tiempo, las sesiones sexuales solían empezar efectuándome una mamada, si era Jade la que se ocupaba de ello ó una paja, si se trataba de Yanina, con las que lograban excitarme al máximo y sacarme unas cantidades impresionantes de leche, al mismo tiempo que la otra me tocaba los huevos y me hurgaba en el culo con dos de sus dedos dejándome casi siempre a punto de defecar para, acto seguido, cepillármelas y mientras a Jade, sin permitir que me olvidara de su trasero, la agradaba que me la follara vaginalmente y eyaculara abundantemente en el interior de su almeja a Yanina la gustaba que “descargara” dentro de su chocho después de haberla dado por el culo puesto que, según me comentó, nunca la habían enculado con una verga tan grande como la mía y el sentirla dentro de su “pandero” la resultaba excitante y placentero.

Pero la rivalidad que iba surgiendo entre las dos hermanas para que las poseyera comenzó a ser cada día más patente llegando, incluso, a pugnar por darme mayor satisfacción que la otra al hacerme las mamadas ó las pajas por lo que Jade empezó a preocuparse algo más por encontrar un trabajo digno a su hermana, que había llegado con la idea bastante generalizada en Cuba de que aquí el dinero se encontraba por el suelo, con el propósito de que me la tirara en exclusiva pero Yanina no duraba más de un par de semanas en las distintas ocupaciones en las que trabajó como ayudante de cocina; camarera; criada, tanto interna como externa y limpiadora aunque, con tales ocupaciones temporales, pudimos tener mucha más intimidad y disponer de más tiempo lo que Jade aprovechó para ponerse su ropa más sensual y sugerente ya que, según me dijo, no la servía de nada tenerla y usarla con su marido puesto que la chorra no le servía para otra cosa que no fuera mear y a gotas ya que tenía serios problemas con la próstata. Cuándo Yanina parecía haberse centrado en un nuevo trabajo cuidando a un matrimonio anciano en un pueblo, Jade me dijo que quería que la “hiciera” un par de hijos para que su marido tuviera que cargar con ellos a pesar de saber que no eran suyos y que me la cepillara a lo bestia, recurriendo incluso a la violencia y haciéndola de todo hasta que la hiciera sentirse como una golfa. Después de haber desarrollado durante casi dos meses su último trabajo, Yanina regresó del pueblo quejándose de que los tres hijos varones del matrimonio se la habían follado diciéndola que las hembras cubanas sólo pensaban en el sexo y se sintió tan asqueada al ver la jugada que la había preparado Jade durante su ausencia para que me la tirara en exclusiva, que no dudó en aceptar la propuesta de su hermana de regresar pocos días más tarde a Cuba en donde había dejado al cuidado de una amiga a su único hijo.

Durante más de un año hice que Jade se sintiera como una autentica “perrita” a mi servicio y la engendré un hijo pero a medida que el “bombo” aumentaba de tamaño disminuía su deseo sexual y cuándo estaba de siete meses me comentó que, aunque no sabía los motivos, sentía verdadero asco cada vez que la echaba mi leche en el interior del coño. Un mes más tarde y tras haberme pasado cuatro ó cinco semanas penetrándola exclusivamente por el trasero, su deseo sexual desapareció al tener centrado su pensamiento en el parto que cada día era más eminente. La visité, después de dar a luz, teniendo la mala suerte de coincidir con su marido por lo que apenas pude hablar con ella y me limité a conocer a la niña. Aunque reanudamos nuestro contacto sexual en cuanto superó el periodo de obligada abstinencia sexual post parto, la llegada de sus dos hijos cubanos; la atención casi constante que requería la recién nacida y las labores domésticas la ocupaban mucho tiempo. Además, su marido la controlaba demasiado como para poder continuar cepillándomela en su domicilio por lo que me la tuve que follar y casi siempre disponiendo de poco tiempo, en mi vivienda; en algunos cines de los que salíamos a los treinta ó cuarenta minutos de iniciada la proyección de la película; en los rellanos de las escaleras y en otros sitios realmente inverosímiles. Las incomodidades y las prisas originaron que ninguno de los dos lográramos disfrutar como antes por lo que nuestros encuentros sexuales comenzaron a producirse cada vez con menos frecuencia hasta que, finalmente, la relación se rompió.

Mientras tanto se resolvió el concurso de traslados y me asignaron un nuevo destino en el que apresuré a tomar posesión. Para el desempeño de las funciones propias de mi nueva ocupación laboral contaba con la inestimable colaboración de dos féminas, Estrella y Natalia, que, a pesar de que me convertí en su superior más inmediato, ocupaban desde hacia varios años aquellos puestos de trabajo por lo que conocían mejor que yo todos los trámites. Estrella era una mujer rubia de complexión delgada y estatura normal próxima a cumplir cuarenta y cinco años, con cierto parecido a Bárbara Rey, que llevaba bastante tiempo separada. Había contraído matrimonio muy joven al quedar preñada del que había sido su único hijo que ya era mayor y vivía independiente, lejos de su madre. Acababa de superar su proceso menopausico, que había sido breve y muy prematuro, vanagloriándose de no haber engordado ni un solo gramo y la gustaba sacar todo el provecho posible a sus atributos femeninos vistiendo ropa ceñida y escotada y cuándo usaba pantalones, sobre todo si eran blancos, se la marcaba perfectamente el tanga. Natalia, por su parte, era una hembra de treinta y dos años, soltera, de pelo moreno, complexión y estatura normal, que vivía en compañía de su hermana con la que solía desplazarse los fines de semana a su pueblo natal en el que residían sus padres. La gustaba vestir en plan elegante y aunque no pretendía mostrarse sugerente, en la ropa se la marcaban unas magnificas tetas y con pantalones lucía un apetecible, bonito y redondo trasero. Al principio no las presté mucha atención ya que tenía más que suficiente con las relaciones sexuales que mantenía con Elena, Jade, Lidia, Marta y Yolanda pero me pareció que tenían una clara tendencia lesbica puesto que siempre iban juntas al aseo y algunos días, sobre todo cuándo Estrella vestía faldas cortas, con mucha frecuencia. No tardé en comprobar que estaba equivocado ya que, aparte de disponer de un nivel superior, en mi nuevo destino el trabajo era mucho menos estresante lo que me permitía poder mantener conversaciones distendidas con ellas a través de las que, entre otras cosas, llegué a enterarme de que padecían frecuentemente los molestos efectos de las cistitis y que Estrella había dejado que su propio hijo se la tirara y que, en la actualidad, cuándo estaba muy cachonda recurría al pastor alemán de una vecina, que le había adiestrado para satisfacerse sexualmente, que la lamía hasta la saciedad y se la cepillaba aunque, al igual que a su hijo, no le dejaba eyacular dentro de su seta. De Natalia supe que, aunque no era virgen, apenas había mantenido relaciones sexuales y que la agradaba “hacerse unos dedos” hasta mearse de gusto mientras veía follar a su hermana Lourdes y a su novio comentándonos que el día menos pensado la iba a dejar preñada ya que llevaban mucho tiempo haciéndolo, el chico no utilizaba condón y la echaba una gran cantidad de lefa dentro de la almeja.

Aquello fue una especie de premonición puesto que, unos meses más tarde, se confirmaba que la hermana de Natalia se encontraba en estado. La pareja decidió casarse y hacerlo sin mucha prisa pero sin pausa en la iglesia del pueblo natal de la joven por lo que todos los preparativos se centraron en tal localidad. Con gran sorpresa, Estrella y yo recibimos una invitación para la boda. La verdad es que no pensaba asistir pero Natalia se puso bastante pesada hasta que logró que me comprometiera a convertirme en el acompañante de Estrella durante la ceremonia y en el posterior banquete nupcial.

Como en aquel municipio tenía familia puesto que allí habían nacido mis abuelos paternos y uno de mis tíos me puse en contacto con un primo segundo, que era el propietario del único establecimiento hotelero de la localidad y reservé habitación para pasar el fin de semana ya que el enlace matrimonial se celebraba el sábado al mediodía. Pero mi primo proclamó a los cuatros vientos mi visita lo que originó que otro familiar lejano me llamara por teléfono para decirme que había anulado la reserva puesto que no necesitaba alojarme en un hotel cuándo tenía su domicilio a mi plena disposición. Fue tal el énfasis que puso en recibirme como huésped que no me pude negar.

Pero unos días antes de la boda, en una de nuestras habituales charlas, comenté este hecho con Estrella y Natalia que, después de mirarse asombradas, me dijeron que tenía que volver a reservar habitación en el hotel puesto que lo habían pensado todo de manera que fuera el acompañante de Estrella en todos los terrenos y que esta había reservado una habitación con cama de matrimonio para que pasara con ella la noche previa a la boda mientras que la posterior debía de acostarme con Natalia mientras Estrella ocupaba mi habitación. Como la verdad era que deseaba tirármelas, me pareció que habían tenido una idea estupenda y aunque me costó hacer entender a mi familiar que iba a ir acompañado por una mujer y que la resultaba un tanto incomodo y violento el alojarse en su domicilio, volví a hacer la reserva en el establecimiento de mi primo que me indicó que, a aquellas alturas y estando el hotel prácticamente completo con los invitados al enlace matrimonial, sólo podría darme una habitación individual.

Después de que entre Estrella y yo regaláramos a la feliz pareja una cubertería, una mantelería y una vajilla el viernes previo a la boda cada uno realizó el viaje por su cuenta quedando en encontrarnos en casa de Natalia para cenar junto a sus padres y hermana pero con los preparativos aquello era algo impensable por lo que Estrella y yo decidimos invitar a Natalia, Lourdes, su novio y sus padres en el restaurante del hotel sabiendo que no nos veríamos envueltos en las clásicas despedidas de soltero que se habían celebrado la semana anterior. La velada se desarrolló con total normalidad y al terminar de cenar, a pesar de que era casi la una de la madrugada y la mayor parte de los invitados estaban reunidos en la discoteca, Estrella y yo decidimos dar un paseo por el pueblo. A orillas del río no me pude reprimir más e introduciendo mi mano derecha por su corta falda, comprobé que llevaba tanga. La acaricié unos instantes con mi mano extendida la raja vaginal a través de su prenda intima notando que, con una rapidez inusual, adquiría una gran humedad. No había apenas luz para poderlo verificar pero me pareció que Estrella había llegado al clímax antes de que me dijera:

“Estoy deseando que me jodas durante toda la noche”.

Regresamos al hotel y tras pedir las llaves de nuestras mutuas habitaciones, nos dirigimos a la de Estrella donde nos desnudamos, abrimos la cama y nos echamos en ella iniciando la sesión con una completa serie de tocamientos mientras nos besábamos en la boca. Como mi cipote estaba totalmente tieso y la humedad vaginal de la fémina era extrema, me eché sobre ella, la “clavé” el nabo por el chocho y me la cepillé, consiguiendo que su cuerpo vibrara de gusto hasta que, un cuarto de hora más tarde y tras haberla echado dos soberbios polvos y una intensa y larga meada dentro del coño, la saqué el pene y me acosté boca arriba a su lado. Estrella me dijo:

“No te puedes ni imaginar el gustazo que me has dado con tu gorda y larga picha que me has metido hasta los ovarios; tu abundante lefa y tu memorable meada, cosa que ningún hombre había osado hacer hasta ahora pero que me ha agradado tanto que me he llegado a correr por cuarta vez mientras notaba caer tu pis dentro de mí”.

Después de hacerme prometer que si volvía a sentir ganas de mear la echaría el pis en la boca, comenzó a moverme lentamente la pilila con su mano y a acariciarme los huevos al mismo tiempo que la tocaba su abierta raja vaginal por la que no dejaba de salir flujo junto a pequeños chorros de pis. Como la pirula se mantenía totalmente tiesa y con manifiestas ganas de actividad, Estrella, tras chuparme con verdadero deleite el capullo y besarme repetidamente la abertura, procedió a metérsela en la boca, sin que fuera capaz de introducírsela entera por más que lo intentó, con el propósito de realizarme una esmerada y memorable mamada lenta. Al cabo de varios minutos se la sacó del orificio bucal y me dijo:

“Es tan grande que, sin entrar completa, me llega hasta la campanilla y me ahoga pero creo que te la he dejado en las debidas condiciones para que me vuelvas a joder”.

Sin darme tiempo a contestar se puso en cuclillas sobre mí, se metió el pito dentro de la seta y comenzó a cabalgarme muy despacio y en círculos para, poco a poco, ir dando una mayor rapidez a sus movimientos mientras la apretaba con fuerza las tetas con mis manos. No estaba demasiado seguro de que fuera a responder adecuadamente, a pesar de que Estrella me la hubiera estado mamando durante un buen rato, pero lo que era cierto es que cada vez sentía más placer. La hembra debió de sentir la salida de mi líquido lubricador ya que, echándose sobre mí y abrazándome con fuerza, me dijo:

“Está a punto de salir la lefa y ardo en deseos de que vuelvas a mojarme abundantemente”.

Cogiéndola de la masa glútea y manteniéndola bien abierto el ano la apreté contra mí. Noté que su cuerpo volvía a estremecerse y que sus tetas adquirían un volumen mayor al normal cuándo me dijo:

“Ahora, échamela toda ahora”.

Lo hice y con todas mis ganas después de disfrutar de un gusto previo realmente intenso y muy placentero. Mientras notaba caer a chorros mi leche en su interior, Estrella alcanzó un orgasmo impresionante que la obligó a permanecer echada sobre mí y con la polla completamente introducida en su almeja durante unos minutos sin ser capaz de seguir moviéndose. En cuanto se recuperó un poco me volvió a cabalgar despacio y en círculos hasta que decidió incorporarse y poniéndose a cuatro patas encima de la cama me dijo:

“Métemela ahora así que tengo unas ganas enormes de mearme y quiero hacerlo mojándote los cojones y sintiendo el gran gusto que me da tu rabo dentro del chocho”.

El placer debió de ser realmente extraordinario puesto que, en cuanto la “clavé” la verga y me la empecé a cepillar con envites rápidos observando como se la movían las tetas, se meó al más puro estilo fuente pero con la salvedad de que el pis sólo podía salir al exterior y a presión, cuándo mis movimientos eran de adentro a afuera puesto que, si eran a la inversa, se la comprimía la vejiga urinaria y la obligaba a retener la micción. Eso hizo que la meada resultara sumamente larga y la permitiera llegar al clímax en un par de ocasiones antes de alcanzar un nuevo orgasmo al notar que, esta vez sin haberse percatado de la salida de mi líquido lubricador, la estaba echando otro polvo que salió de una forma mucho más suave de lo normal lo que me hizo pensar que la resultaría bastante aguado lo que no pareció importarla puesto que, en pleno éxtasis, me dijo:

“Echame toda tu lefa y bien profunda”.

Sentí, de nuevo, ganas de mear pero decidí aguantarme para, aprovechándome de su posición, sacarla la chorra y lamerla hasta la saciedad el ojete cosa que la encantó hasta el punto de decirme:

“Como sigas con tu lengua dentro de mi ano no voy a estar muy segura de si se me está viniendo otro orgasmo ó me voy a cagar”.

Como me suponía hizo lo primero y en cuanto llegó al clímax la abrí todo lo que pude el ano con mis dedos y procedí a meterla el cipote por el culo. Cuándo Estrella se percató de ello ya tenía tres cuartas partes de mi miembro viril dentro de su trasero.

“No me des por el culo que me haces mucho daño y prefiero que me sigas jodiendo por delante” me indicó.

No la escuché y con un par de envites la introduje el nabo hasta los huevos. Estrella no sabía que hacer para soportar el dolor que sentía a pesar de que mis movimientos eran aún bastante lentos. Echándome sobre su espalda la apreté con fuerza las tetas, di un ritmo mucho más rápido a la penetración y la hice apretar sus paredes réctales contra mi pene. Pude disfrutar de su esplendido “pandero” durante bastante tiempo hasta que, al no poderme aguantar más, la solté la meada que había estado reteniendo y que resultó tan espectacular que la fémina pensó que se trataba de una nueva ración de leche por lo que, en cuanto terminé de hacer pis, me pidió que la sacara la picha pero tuvo que esperar varios minutos más ya que deseaba “descargar” en el interior de su trasero y mi quinta eyaculación se resistió más de lo debido por el cansancio y porque en la habitación hacía mucho calor y mi pilila no era lo único que sudaba. Finalmente, conseguí mi propósito y aunque no fue tan abundante y largo como los polvos anteriores, me resultó mucho más placentero. Al ir a sacársela noté que, como me sucedía con la mayoría de las hembras, el capullo de la pirula estaba totalmente aprisionado en el intestino de Estrella por lo que, a pesar de su desesperación, no la quedó otro remedio que esperar pacientemente hasta que fue perdiendo su erección y se la pude extraer sin causar ningún daño a su “desagüe” sólido. En cuanto se la saqué la fémina fue incapaz de retener su mierda y comenzó a defecar de una forma totalmente líquida. Como no disponía de nada a mano para recogerla decidí comérmela según iba saliendo por su ano. No estaba acostumbrado a ingerir mierda de aquel tipo y menos al expulsarla entre una sonora colección de pedos, pero me resultó mucho más sabrosa que la sólida. Como me comí la mayor parte de su defecación acabé con la cara y el cuerpo impregnados en su caca por lo que, en cuanto terminó de salir mierda y Estrella fue capaz de incorporarse para ir al cuarto de baño con intención de volver a cagar, me di una ducha. Cuándo apagué los grifos escuché que la caca continuaba cayendo masivamente en el inodoro. Mientras me secaba la fémina me comentó que la había dejado como una braga pero que estaba muy satisfecha y que la había encantado que no dudara en darla por el culo a pesar del dolor; de que no dejaba de cagar y de que sentía muchas molestias anales. La dejé acomodada en el “trono” muy pendiente de su defecación y me acosté en la cama. Estaba tan cansado que me quedé dormido con rapidez aunque sentí que, pasados varios minutos, Estrella se acostaba y se apretaba a mí para que mi pito, que tras la ducha se había quedado a “media asta”, quedara apretado contra su masa glútea.

Nos despertaron al llamar a la puerta. Me levanté, me puse el calzoncillo y abrí. Era uno de los hijos de mi primo que, muy sorprendido al ver a Estrella dormida en la cama totalmente desnuda, me dijo:

“Me ha costado localizarte pero ya veo que estás aquí y bien acompañado. Sólo quería avisarte de que son casi las doce”.

Comprobé que, efectivamente, era la hora que me decía y como disponíamos de una hora para arreglarnos para la boda casi le di con la puerta en las narices antes de sentarme junto a Estrella, que había vuelto a defecar un poco mientras dormía, para intentar despertarla acariciándola el pelo. Al no lograrlo opté por ponerla la polla en la boca ya que tenía muchas ganas de mear y aunque ella me había pedido durante nuestra sesión sexual nocturna que la echara mi pis en el orificio bucal, al final, se lo había soltado dentro del coño y del culo. La hembra, al notar el contacto de mi rabo con sus labios, abrió la boca y metiéndose algo más de la mitad de la verga, me la chupó con ganas lo que aproveché para soltarla mi micción que se tragó casi integra. Un poco más tarde abrió los ojos y sacándose mi “instrumento” de la boca me lo movió lentamente con su mano mientras me decía:

“Me gustaría despertarme todos los días a tu lado y chuparte la chorra mientras te meas en mi boca”.

Como el tiempo apremiaba la indiqué la hora que era. Se levantó inmediatamente, abrió bien sus piernas y me ofreció la posibilidad de que, colocándome en cuclillas, me bebiera su gran meada matinal antes de que se dirigiera al cuarto de baño para ducharse. Cuándo volvió a la habitación me dijo que la escocía mucho el ano y que no iba a poder ponerse el tanga ya que con el roce aumentaría la irritación. La hice acostarse boca abajo en la cama y la di una gran cantidad de crema hidratante en el ojete que sirvió para aliviarla lo suficiente como para permitir que se pusiera su prenda intima con la que la encontré cuándo terminé de afeitarme. Aunque tenía todo preparado encima de la cama me dijo que estaba muy nerviosa y que no acertaba a vestirse por lo que me dispuse a ayudarla percatándome de que, aunque se me daba muy bien el quitárselo a las mujeres, no era capaz de ponerla el sujetador sin tiras que quería utilizar ese día y al final, como ella tampoco atinaba, tuvo que desistir de usarlo por lo que, al ponerse el ceñido vestido de color rojo pasión que estrenaba para la ocasión, se la marcaban a la perfección tanto el volumen de sus tetas como sus pezones que, como era habitual, estaban totalmente erectos dándola un aspecto mucho más sensual.

Estrella estuvo muy pendiente de que la menguada falda del vestido no se la subiera más de lo debido cuándo, cogida de mi brazo, nos dirigimos a la iglesia. El que Lourdes llegara con casi medía hora de retraso nos permitió poder darnos los últimos retoques y hablar, a pesar de que a la inmensa mayoría no les conocíamos, con algunos de los invitados. En la ceremonia nos acomodamos en un banco junto a varias amigas de la novia y a Natalia que me pareció que tenía su cabeza más centrada en la sesión sexual que tenía que mantener conmigo por la noche que en la boda de su hermana hasta el punto de comentarme al oído que apenas había dormido y que se “había hecho unos dedos” en la cama, actividad sexual con la que acabó meándose de gusto, mientras pensaba en lo que la estaría haciendo a Estrella. Cuándo los novios se convirtieron en marido y mujer comenzó la tradicional sesión fotográfica y de vídeo a las puertas de la iglesia que, más tarde, continuó por varios lugares del municipio mientras los invitados íbamos de un bar a otro para hacer tiempo con lo que cuándo empezamos a comer eran casi las cuatro de la tarde y como Estrella y yo no habíamos tenido tiempo para tomar nada desde la cena de la noche anterior, “devoramos” los entremeses fríos que cada uno de los invitados tenía en su plato en cuanto nos fue posible. A medida que nuestros estómagos se iban llenando comenzaron las bromas y Natalia me encomendó la grata labor de hacerme con la liga y el tanga, ambos de color blanco, que Lourdes llevaba puestos. Pensé que la novia se despojaría de aquellas prendas íntimas en privado pero, al parecer, era costumbre hacerlo en público y siguiendo una especie de ritual por lo que el novio empezó por quitarse el pantalón y el calzoncillo para lucir su empinado cipote de buenas dimensiones ante un par de esculturales jóvenes que se lo tocaron y chuparon antes de recoger el calzoncillo. Después metí mi cabeza y mis manos debajo de la falda del vestido de novia de Lourdes para poder despojarla del tanga y de la liga mientras ella colaboraba por su cuenta quitándose el sujetador y dejando sus tetas al descubierto. Decidí tomarme aquella labor con calma al ver que Lourdes lucía una abierta y apetitosa seta y darme la impresión de que ardía en deseos de hacer pis por lo que la introduje mi lengua en la almeja y aunque en los primeros instantes se mostró un tanto sorprendida por mi conducta, no dudó en mearse en mi boca. Su micción, que debía de haber retenido durante bastante tiempo, fue muy abundante y estaba realmente exquisita. Mientras la ingería mi lengua hizo que llegara al orgasmo por lo que me dio la impresión de que el novio, que la había “catado” un montón de veces, había encontrado una excepcional “yegua” multiorgasmica a la que dar placer al mismo tiempo que lo recibía. Cuándo me incorporé me excusé con la novia y los padres de los contrayentes por haber permanecido tanto tiempo debajo del vestido de Lourdes alegando que por la “falta de práctica” no me había resultado fácil quitarla el tanga y la liga. La joven me sonrió y me dio un breve beso en la boca antes de entregarme el sujetador y permitir que el novio la tocara durante unos momentos las tetas que, acto seguido, volvió a cubrir con el vestido. Estrella, Natalia y las dos chicas que se habían encargado de conseguir el calzoncillo del novio, cortaron en un montón de pedazos las cuatro prendas antes de que procedieran a “sablear” a los invitados pidiendo veinte Euros a las féminas por un trozo del calzoncillo del contrayente y a los hombres por uno de la liga, del tanga ó del sujetador de la novia con lo que lograron recaudar una importante cantidad de dinero para los contrayentes

Después de los postres algunas parejas jóvenes pidieron que el enlace se consumara delante de los invitados al, creo que dijeron, más puro estilo esloveno lo que suponía que todas las mujeres debían de quedarse en ropa interior y muchas de las féminas, como era el caso de Estrella y Natalia, no llevaban sujetador antes de que los novios accedieran a las constantes peticiones de los presentes. Los camareros se apresuraron a limpiar la mesa presidencial mientras el novio se volvía a quitar el pantalón y el calzoncillo para dejar a la vista de los presentes sus atributos masculinos. Después de moverse un poco el nabo con su mano, se lo fue mostrando bien tieso a todas las hembras invitadas algunas de las cuales no dudaron en tocársela antes de que regresara junto a Lourdes que, una vez más, había dejado sus tetas al aire y que, al subirse la falda del vestido, permitió que la vista de los presentes, especialmente los hombres, se recreara con su abierta raja vaginal; con un poblado “felpudo” pélvico y con un culo de lo más apetecible y con aspecto de ser muy “tragón”. Enseguida se tumbó boca arriba en la mesa para que, tras pasarla Natalia varias veces la mano extendida por el chocho, el novio la metiera el pene y se la follara delante de los invitados que no dejaban de animarle a consumar su unión echándola un buen polvo. El hombre estaba bastante excitado por lo que eyaculó con suma rapidez y tras soltar los primeros chorros de leche en el interior del coño de la fémina, la extrajo la picha para que, entre aplausos, los invitados pudieran comprobar que se estaba corriendo mientras el resto de la lefa se depositaba en los pelos púbicos; en las piernas y en el vestido de novia de la chica a la que volvió a penetrar vaginalmente para tirársela con unos envites muy rápidos mientras la apretaba con fuerza las tetas y los invitados le pedían que se las mamara y mordisqueara al mismo tiempo que se la cepillaba, cosa que no tardó en hacer.

No llegué a enterarme de si volvió a eyacular dentro de la seta de Lourdes puesto que Estrella me cogió del brazo y me llevó al aseo de señoras donde, con muy poco espacio para los dos, se apresuró a separarse la parte textil del tanga de la raja vaginal y a subirse su menguada falda antes de ocuparse de quitarme el pantalón y el calzoncillo; obligarme a que me sentara encima de la tapa del inodoro; colocarse sobre mi en cuclillas y meterse entera mi pilila dentro de su almeja con el propósito de cabalgarme mientras se meaba al más puro estilo fuente y me comentaba que estaba tan cachonda que necesitaba que la jodiera. La intensidad de su cabalgada y la mutua excitación consiguieron que tardara muy poco en echarla un buen polvo y que, a continuación, la dejara chuparme la pirula para poder mearme en su boca. Después de beberse integra mi micción la hice ponerse de cara a la pared para penetrarla vaginalmente colocado detrás de ella y haciendo que se doblara ligeramente y mantuviera su pierna derecha un poco más elevada que la izquierda. Estrella colaboró moviéndose con ganas y pidiéndome que la jodiera y la echara más leche pero, a pesar de que la posición me resultaba de lo más excitante y estoy totalmente seguro de que llegué a atravesarla por completo el útero lo que la ayudó a alcanzar un buen número de orgasmos, tuvo que esperar varios minutos hasta que la pude complacer. Después de eyacular por segunda vez dentro de su chocho, la extraje el pito totalmente impregnado en su flujo vaginal y tras dejar que me lo chupara unos momentos, la toqué reiteradamente su abierto, apetitoso y húmedo coño hasta que logré que echara varios chorros de pis, nos vestimos y volvimos con el resto de los invitados cuándo los novios se disponían a iniciar la sesión de baile con el clásico vals. Me di cuenta de que el vestido de Lourdes, además de estar lleno de chorros de leche, se empezaba a descoser por varios lugares. Lo comenté con Natalia que se apresuró a vestirse y salió del restaurante para ir al domicilio de sus padres y llevarla ropa mucha más cómoda y resistente. Los descosidos fueron a más por lo que, en cuanto la chica regresó, Lourdes se cambió en el mismo aseo en el que me había follado a Estrella.

Las féminas, especialmente las más jóvenes, estaban decididas a que el baile se convirtiera en lo que denominaban “boda eslovena” por lo que siguieron luciendo sus cuerpos sin más ropa que la braga ó el tanga al mismo tiempo que algunos chicos las secundaban mostrando sus atributos sexuales y pidiendo que comenzara una sesión de sexo escandinavo, es decir en grupo y con constantes cambios de pareja, con lo que el baile degeneró en algo similar a una bacanal en la que cada hombre se tiraba a todas las féminas que podía y viceversa. Aunque intenté permanecer al margen de ello pensando que Natalia se merecía que, unas horas más tarde, rindiera al más alto nivel sexual, Elisa, la mujer morena que había comido enfrente de Estrella y de mí y que estaba realmente buena a pesar de que tenía sus años, se empeñó en que la “clavara” vaginalmente la polla colocada a cuatro patas para que me la cepillara y la echara mi leche. La hembra estuvo pendiente, desde el primer momento, de que mi rabo se mantuviera totalmente introducido dentro de su seta para que pudiera atravesarla el útero dándola un gusto descomunal y que al “descargar” la echara una gran cantidad de lefa en espesos y largos chorros. Lo curioso es que, en cuanto acabé de eyacular y la saqué la verga, la fémina, dejando olvidada su braga en el suelo y pensando, seguramente, que ya había sacado todo el partido posible a mi chorra, se abalanzó sobre un hombre al que una chica muy joven, colocada detrás de él, se la estaba “cascando” y procedió a acariciarle y apretarle los huevos mientras mantenía su mirada fija en el cipote, que era de un tamaño muy normal. En cuanto el hombre eyaculó, la hembra se arrodilló delante de él para proceder a chuparle el nabo con ganas. La joven que le había efectuado la paja me comentó que se trataba del marido de Elisa lo cual me sorprendió ya que, durante la comida, nos había dicho a Estrella y a mí que era viuda. Más tarde me enteré de que, efectivamente, estaba viuda y que aquel hombre era una especie de maromo que se había buscado con intención de consolarse sexualmente aunque no solía “dar la talla” y el hecho de que se hubiera corrido con la paja de la chica se convirtió en todo un acontecimiento para Elisa. Después de follarme a esta mujer dispuse de otras oportunidades para volver a hacerlo pero, aunque me lo pidieron unas jóvenes muy atractivas que me dejaron tocarlas la raja vaginal, las tetas y el culo, estaba con mi pensamiento centrado en vaciar mis huevos con Natalia y aunque me llamaron estrecho, marica y rancio, me vi obligado a rehusar. Cuándo acabó el baile era de noche y en el local hacía un calor agobiante y el fuerte olor a hembra, leche y sudor resultaba asfixiante por lo que los invitados no tardamos en abandonarlo. En el exterior la gente se dividió en grupos y la mayoría de ellos decidió ir de bar en bar para hacer tiempo hasta que la discoteca abriera sus puertas y poder volver a desmadrarse. Por mi parte y sin estar demasiado seguro de haber hecho lo más correcto al rechazar la propuesta de tirarme a aquel grupo de guapas y sugerentes chicas que me lo pidieron, había bebido, como todo el mundo, más de lo debido y aunque controlaba perfectamente, nunca me ha gustado beber por beber por lo que, después de buscar a Estrella sin ser capaz de localizarla, decidí recluirme con Natalia en la habitación con cama de matrimonio en la que la noche anterior me había follado a su amiga.

Natalia estaba realmente atractiva y sugerente con su elegante, escotado y largo vestido de color verde, abierto por el lateral izquierdo, que la dejaba la espalda al descubierto por lo que, como el día había sido agotador para ella, la hice sentarse a mi lado en la cama para ir “metiéndola mano” a través de la prenda textil mientras se olvidaba la tensión acumulada. Desde el primer momento la fémina respondió de maravilla permitiendo que la dejara al aire las tetas para que se las pudiera tocar y mamar, con lo que se excitó mucho y que, después de acariciarla durante unos instantes la parte superior de las piernas, la bajara ligeramente el tanga para sobarla la almeja y masturbarla con dos dedos mientras permanecía muy abierta de piernas. Me resultó bastante evidente que lo estaba deseando por lo que, en cuanto llegó y con suma rapidez en dos ocasiones al clímax, se abalanzó sobre mi para desnudarme y “comerse” llena de deseos mi erecto pene que, tras haberme reprimido con las jóvenes en el baile, no tardó en llenarla la boca y la garganta de la lefa que tanto ansiaba y que fue ingiriendo como si fuera el manjar más exquisito de la tierra y estuviera hambrienta. Sin dejar de chupármela se fue quitando la ropa y cuándo estuvo completamente desnuda me dijo:

“Quiero que me jodas hasta que me conviertas en tu perrita sumisa”.

La hice acostarse a lo ancho de la cama y doblar sus piernas sobre ella misma. Permaneciendo de pie delante de ella procedí a “clavarla” la picha en su húmedo chocho. Se la metí entera y Natalia, tras indicarme que la volvía loca que mis huevos la golpearan con fuerza en el culo, empezó a moverse y a alcanzar un orgasmo tras otro hasta que me comentó:

“Dios mío, que gusto me estás dando, quiero ser tu golfa para que me jodas un montón de veces todos los días”.

Como andaba bastante salido y a pesar de que el alcohol nunca me ha ayudado en estos casos, no tardé en regarla el interior del coño primero con mi leche y unos segundos después con mi pis. Al igual que había sucedido con Estrella, la encantó que me meara dentro de ella; alcanzó dos orgasmos prácticamente consecutivos y se hizo pis al más puro estilo fuente.

Cuándo la extraje la pilila se la pasé durante unos minutos por la raja del culo demostrando, como siempre, un interés especial por su agujero anal y acto seguido, me la cepillé acostada sobre mí pero como no llegaba a eyacular la obligué a cabalgarme. El día había sido muy ajetreado y todos habíamos bebido más alcohol del debido lo que originó que, mientras a mí me costaba mucho más de lo habitual el volver a echar la leche, las fuerzas de Natalia cada vez fueran más limitadas y las pulía demasiado deprisa con sus frecuentes orgasmos. Cuándo mi pirula estuvo a punto de “descargar” la hice tumbarse sobre mí y que cerrara sus piernas para poder atravesarla el útero y soltarla la lefa muy profunda. Durante un par de minutos y agarrándola con mucha fuerza de la masa glútea al mismo tiempo que mantenía muy abierto su ojete la obligué a continuar moviéndose hasta que, enseguida, la mojé tras sentir un largísimo gusto previo y echándola con movimientos circulares una impresionante cantidad de leche mientras Natalia continuaba siendo una máquina llegando al clímax.

Después de aquel polvazo vi que Natalia estaba extenuada pero como no quería quedarme con las ganas de desvirgarla el culo la hice tumbarse boca abajo en la cama, la abrí todo lo que pude las piernas y como solía hacer en los casos en que no estaba muy seguro de que el ano de la fémina fuera a dilatar lo suficiente, la puse la punta del pito en el ojete y me fui echando sobre ella hasta que, en medio de la desesperación de la hembra, se la “clavé” entera por el trasero. El dolor hizo que, a pesar de que apenas la quedaban fuerzas, intentara por todos los medios evitar semejante suplicio pero, cuándo sintió que el capullo de la polla se iba introduciendo lentamente en su intestino, dejó de gritar y patalear para no tardar en sentir algunas sensaciones placenteras que la hicieron tirarse unos cuantos pedos y volver a un estado de relativa relajación para soportar lo mejor que pudo el intenso dolor al mismo tiempo que intentaba colaborar moviéndose al ritmo de mis envites y apretando sus paredes réctales contra mi rabo. Estaba tan a gusto que, aunque fue bastante, me pareció que había sido demasiado corto el tiempo durante el cual la había estado enculando. Intenté retener al máximo mi eyaculación hasta que no pude más y “descargué” dentro de su culo echándola otra impresionante cantidad de leche con lo que llegué a pensar que la verga me iba a explotar de gusto. Quedé tan sumamente complacido que continué dándola por el culo durante unos minutos más a pesar de notar que, tras aquella monumental corrida, mis huevos se habían vaciado de esperma y que necesitaba dar descanso a mi chorra para que volvieran a llenarse de lefa. Estaba a punto de sacársela cuándo sentí muchas ganas de mear y no me privé de hacer pis dentro de su ojete. Me pareció que Natalia, a pesar de encontrarse cansada y exhausta, lo notó caer perfectamente y que la agradó pero, como se había “vaciado” por completo y conocía bien las reacciones de su cuerpo, intentó no disfrutar demasiado de aquel momento pensando en cosas que no la resultaban demasiado gratas sabiendo que si volvía a excitarse alcanzaría orgasmos secos que, en lugar de placer, la causarían mucho más dolor, aunque fuera de corta duración, que el que estaba soportando en su culo. Creo que se sintió muy aliviada cuándo, después de esperar a que el capullo del cipote saliera lentamente de su intestino, se lo saqué del trasero momento en el que, según me indicó, sintió algo parecido a que el culo se la deshinchaba. Aunque cuándo se la extraje salió un poco de mierda procedí a hurgarla en el ano con fuerza y en todas las direcciones con dos dedos para provocarla la cagada logrando que, en muy pocos segundos, comenzara a defecar de manera totalmente líquida. Como era imposible que, en su estado, se moviera de la posición en la que se encontraba, acostada boca abajo en la cama, opté, al igual que había hecho con la de Estrella la noche anterior, por comerme la mayor parte de su caca a pesar de lo cual se depositó una buena cantidad en la sabana que limpié con las toallas que había en el cuarto de baño antes de volver a echarme sobre ella para colocarla el nabo en la raja del culo y restregarme con ganas de más actividad sexual mientras, introduciendo mis manos entre la sabana y su cuerpo, la apreté las tetas y tiré de ellas hacía abajo como si la estuviera ordeñando. El que Natalia estuviera agotada y llevara varios minutos sin ser capaz de colaborar lo más mínimo hizo que mi pene comenzara a perder la erección en cuanto dejé de moverme. Cuándo se quedó a “media asta” me incorporé para poder darla un montón de crema en el ojete con el propósito de reducir las múltiples molestias anales de las que no dejaba de quejarse con lo que, al sentirse más aliviada, volvió a liberar su esfínter y defecó por segunda vez. Aunque la cagada no fue tan abundante ni larga como la anterior, me pilló por sorpresa lo que ocasionó que la mierda líquida se fuera depositando en la sabana a medida que la iba expulsando. La hembra estaba tan cansada que, antes de que pudiera limpiarlo, se durmió con las piernas abiertas y sin moverse de su posición. Me acosté a su lado y la acaricié la espalda, la masa glútea y la raja del culo hasta que el sueño pudo conmigo.

Me desperté sobre las diez y medía de la mañana del domingo al notar que el “muelle” urinario de Natalia estaba bastante flojo y que, mientras dormía, se estaba meando encima de mí, mojándome con su pis. La observé hasta que acabó y como no se inmutó cuándo la acaricié la seta, la permití seguir durmiendo placidamente mientras me duché y afeité. Después logré que abriera los ojos al acariciarla el pelo y la cara. Me comentó que se encontraba muy cansada, la dolía el ano y sentía algunas molestias vaginales. Cuándo se percató de que se había meado mientras dormía, se sintió avergonzada y me explicó que, al excitarse mucho, solía llegaba a perder durante un tiempo el control de su vejiga urinaria. Pero, a pesar de ello, no tardó en “animarse” y muy decidida se ocupó de hacerme una excepcional mamada y tras echarla una buena cantidad de leche en la boca, me la “cascó” lentamente con su mano hasta que, cuándo estaba a punto de volver a eyacular, me tumbé encima de ella, la introduje entero la picha dentro de su almeja, me la follé durante unos segundos dándola unos buenos envites circulares y “descargué” en su interior un nuevo y placentero polvo para, un poco después, mearme. Cuándo la extraje la pilila Natalia iba por su cuarto ó quinto orgasmo y me la volvió a chupar hasta que, al darse cuenta de la hora que era, se levantó como una exhalación y tras ducharse y vestirse, sin que pudiera localizar el tanga que había guardado en una mesilla con intención de quedármelo como recuerdo, salió corriendo de la habitación para dirigirse al domicilio de sus padres diciéndome que debía de ayudarles con los familiares que se habían alojado en la vivienda. Cuándo me quedé sólo me vestí con calma y metí todas mis cosas en la amplia bolsa de viaje que había llevado.

Cuándo terminé estaba totalmente empalmado y sumamente libidinoso por lo que me encaminé hacia el alojamiento de Estrella que me dijo que había bebido mucho durante la boda y que, cuándo sobre las ocho y medía empezó a sentirse mal, subió a la habitación y decidió acostarse sin decirnos nada habiendo pasado una noche muy mala devolviendo con frecuencia y si apenas dormir por lo que a las nueve de la mañana se había levantado. A pesar de sus malas correas y de que la dolía la cabeza por la resaca, accedió a continuar con lo que Natalia había dejado a medias por lo que me chupó la pirula hasta que me la dejó a “punto de caramelo” para echarla dentro del chocho un par de polvos, el primero con Estrella tumbada sobre mi y el segundo con la fémina colocada a cuatro patas y una meada con lo que, según reconoció, se la había pasado el dolor de cabeza. A continuación, me recreé haciéndola un exhaustivo examen visual y táctil del exterior e interior de su abierto coño y permanecimos un rato acostados en la cama descansando. Entre un completo surtido de abrazos, besos y tocamientos me dijo que aquella experiencia había sido realmente maravillosa y que teníamos que intentar que se convirtiera en frecuente y regular.

Estrella volvió a chuparme el pito hasta que logró que la llenara la boca de lefa antes de que, a petición suya, la forzara al máximo con un fisting vaginal con el que, en muy poco tiempo, conseguí “vaciarla” por completo haciéndola echar una cantidad impresionante de flujo y pis. Después de sacarla el puño decidí volvérmela a follar, esta vez tumbándome encima de ella y a pesar de que su colaboración fue mínima, disfruté durante un buen rato de la tremenda “cueva” en que se había convertido su seta hasta que regué su interior con mi leche. Cuándo la saqué la polla, sudábamos por todos los poros de nuestros cuerpos y Estrella tardó bastante más tiempo del normal en recuperarse del esfuerzo lo que aproveché para acostarme junto a ella y hacer que se pusiera de lado con una de sus piernas más adelantada que la otra para “clavarla” el rabo por el culo aunque, como no me la tiré con demasiado entusiasmo para evitar que aumentara su cansancio, no llegué a eyacular.

Nos levantamos cerca de la una y medía del mediodía y después de que Estrella meara, cagara y se duchara, nos vestimos y llevamos el equipaje a nuestros coches para, a continuación, tomar un aperitivo sentados en la terraza de una cafetería en la que coincidimos con el familiar que había mostrado tanto interés en que fuera su huésped, antes de comprar unos pasteles y dirigirnos al domicilio de los padres de Natalia que, a pesar de que no queríamos incordiar, se empeñaron en que fuéramos a comer. Al terminar y después de una larga sobremesa dejé a Estrella ayudando a Natalia y a su madre a fregar y a recoger la cocina y regresé al hotel suponiendo que a mis familiares no les iba a importar que me echara una siesta, que duró algo más de dos horas, en la habitación en la que la noche anterior había dormido Estrella. Con la tarde avanzada y tras despedirme de mis familiares, fui a buscar a las dos hembras que me estaban esperando para tomar un refresco en la terraza de la cafetería en la que había estado sentado al mediodía con Estrella donde me dijeron que no querían que nuestra relación sexual terminara con la boda y que la gustaría que se convirtiera en estable y regular. Las contesté que lo que pretendían dependía de ellas puesto que estaría encantado de poder cepillármelas con frecuencia. Quedamos en que a partir de la mañana siguiente, durante nuestra jornada laboral, hablaríamos con calma de todo lo concerniente a nuestra relación y un poco antes de las nueve y medía Estrella y yo, cada uno en su coche, emprendimos el viaje de regreso.

Desde entonces no me faltaron mamadas y pajas matinales en la oficina. Al día siguiente, lunes, las indiqué que, aunque fuera sin un calendario determinado, estaba manteniendo relaciones sexuales regulares con dos hembras, sin hacer la menor mención a sus nombres, lo que no pareció importarlas y hasta lo consideraron como algo muy normal. Como Elena seguía ocupándose de mi domicilio y Estrella trabajaba por la tarde en una asesoría fiscal, lo preparamos todo para que, una semana más tarde, empezáramos a comer y a cenar juntos en mi residencia siendo Elena la que se encargaba de que, cuándo llegábamos, tuviéramos todo dispuesto en la mesa a pesar de que Natalia, que es una magnifica cocinera, se ofreció para encargarse de todo lo relacionado con la cocina aunque nos advirtió que los días laborables sólo podría prepararnos comidas rápidas y sin complicaciones. Al terminar de comer me iba con Natalia a su domicilio en donde manteníamos una sesión sexual diaria en la que, además de hacerme pis dentro de ella, que era una cosa que la resultaba sumamente agradable y placentera, solía echarla dos ó tres polvos en el interior de la almeja y otro más, a días alternos, dentro del culo ó la boca. Natalia demostrada ser una hembra bastante dócil y como el sexo la servía para relajarse podía hacerla de todo por lo que, cuándo la veía un poco más entonada de lo normal, la efectuaba un intenso fisting vaginal hasta que, tras perder la cuenta de sus orgasmos, me resultaba evidente que se había “vaciado” al hacer acto de presencia esos orgasmos secos que tan desagradables y dolorosos la resultaban. Asimismo, la solía introducir un embudo en el ojete y me meaba de forma que el pis entrara integro dentro de su bonito trasero consiguiendo que, con un posterior hurgamiento anal, tuviera un efecto similar al de un potente laxante provocándola unas copiosas defecaciones sólidas pero sumamente blandas. Esta práctica no tardé en incluirla en la actividad que llevaba a cabo con Elena, Estrella y Marta con lo que ninguna de ellas ha vuelto a padecer estreñimiento. Un día a la semana me la follaba sólo durante una hora con el propósito de poder tener tiempo para salir de compras ó para buscar sitios con morbo en los que hacerme una de sus gratificantes y placenteras mamadas ó follármela, casi siempre colocado detrás de ella y obligándola a permanecer con una de sus piernas un poco más elevada que la otra para que mi verga la pudiera atravesar completamente el útero aumentando considerablemente su placer. Alrededor de las nueve y medía cenábamos en mi casa y una hora más tarde y después de dejar a Natalia en su domicilio, me iba con Estrella al suyo en donde pasaba la noche “descargando” otros dos ó tres polvos dentro de los orificios vaginal, anal ó bucal de la fémina para completar la sesión al despertarnos a la mañana siguiente en que solía tirármela metiéndola mi miembro viril en el chocho tras hacerme una mamada ó una paja lenta. Natalia continuó desplazándose los fines de semana a su pueblo natal para pasarlos con sus padres mientras Estrella aprovechaba esos días para encargarse de los distintos quehaceres domésticos de su casa y de la de Natalia con una especial atención al lavado y planchado de la ropa por lo que los sábados y domingos solía comer con Elena y cenar en casa de Estrella con la que quedaba sobre las siete y media de la tarde con la intención de salir a dar una vuelta y tomar algo en una cafetería antes de meternos en casa para cenar; ver alguna película de vídeo y acostarnos para llevar a cabo una sesión sexual de mayor duración a la habitual. Aquella distribución de nuestro tiempo permitió que los contactos que mantenía con Elena y Marta fueran mucho más regulares haciéndolo los sábados por la tarde con la primera y los domingos con la segunda.

Me costó aclimatarme al uso excesivo que hacían de sus teléfonos móviles y a que su mente estuviera demasiado tiempo centrada en “modelitos” y ropa y aunque había veces que me enfadada con ellas, veía que nuestra relación tenía porvenir. Para entonces mi aguante y potencia sexual habían mejorado de manera notable demostrando que el cuerpo humano, aunque al principio le cueste, acaba aclimatándose a todo aquello que se le exija y las dos hembras, al igual que Elena y Marta, deseaban que, lo mismo que ellas, me “vaciara” en cada sesión para que mis huevos tuvieran que reponer toda la leche ya que solía echarlas tres polvos cada vez que me las tiraba y la mayoría de los días lo hacía al acostarme y al despertarme con Estrella y después de comer con Natalia.

Desde el primer momento supe que Estrella, después de haber superado su precoz menopausia, no podía engendrar hijos y pensé que Natalia estaría tomando precauciones para no quedar preñada pero no fue así lo que ocasionó que no tardara en “dar en la diana” y la dejara en estado. Su embarazo se confirmó sin que hubieran transcurrido tres meses desde la que Natalia llamaba nuestra “noche nupcial” en la que, a cuenta del matrimonio de su hermana Lourdes, me la cepillé por primera vez. Cuándo me enteré de la noticia pasé unos cuantos días un tanto ido hasta que conseguí hacerme a la idea de aumentar mi descendencia por lo que decidimos seguir adelante y vivir juntos de continuo en mi domicilio que era más amplio y disponía de más habitaciones que las viviendas de Estrella y Natalia. De esta manera, logré formar una familia con las dos féminas que tardaron menos de una semana en lograr convencer a Elena para que, junto a nuestra hija María del Amor, se uniera a nosotros.

Superado el periodo de furor inicial normalizamos nuestra actividad sexual que continuó siendo muy intensa pero de menor duración y que decidí llevar a cabo de forma alternativa. Cuándo Natalia empezó a lucir su “bombo” me pidió que la diera por el culo con más frecuencia de la habitual lo que hizo que, mientras a Elena y a Estrella las metía la chorra por vía vaginal, con ella me prodigara en el sexo anal. La excitaba mucho que la enculara al mismo tiempo que la apretaba las tetas ó la acariciaba la raja vaginal mientras que a mi me gustaba que se meara una ó dos veces durante el proceso y poder disfrutar de su trasero todo el tiempo que quisiera ya que la hembra, además de colaborar moviéndose y apretando sus paredes réctales contra mi cipote, sabía retener perfectamente la salida de su mierda y aunque alguna vez defecaba en cuanto la extraía el nabo, lo más normal y más teniendo en cuenta que durante el embarazo hicieron acto de presencia las molestas hemorroides, era que, tras sacarla el pene, la tuviera que hurgar durante unos segundos en su apetitoso trasero con mis dedos para que expulsara su caca que solíamos recoger y mezclar con la defecación de Elena, Estrella y mía degustándolas juntas como si se tratara de un gran manjar. Llegó a ser tan frecuente nuestra actividad sexual anal que Natalia, a la que no se la llenaron las tetas de leche hasta tres semanas antes del parto, “rompió aguas” mientras la estaba dando por el culo y un par de horas más tarde trajo a este mundo a la que fue nuestra primera hija a la que decidimos llamar Paloma, que era uno de los nombres femeninos por el que siempre había sentido predilección.

Pero la chica, además de ser una “yegua” excepcional, resultó una autentica “coneja” puesto que cuándo Paloma no había cumplido aún los seis meses de edad volvió a quedar preñada y por segunda vez, después de prodigarme durante todo el embarazo en darla por el culo, parió a una nueva meona, a la que pusimos de nombre Soraya, que hace poco más de un mes cumplió un año. En aquellos días mi lefa debió de mostrarse especialmente activa puesto que, casi al mismo tiempo que a Natalia, dejé preñadas a Elena y Marta. La primera decidió seguir adelante y logró romper esa especie de tradición que se había cebado con mi leche haciendo que todas las féminas engendraran y parieran crías al dar a luz a un varón guapo, grande y muy bien dotado al que decidimos llamar David mientras que Marta, una vez más, solucionó el problema por sus propios medios. En la actualidad, Natalia luce otro nuevo y espléndido “bombo” y espero que esté engendrando al niño que tanto desea ya que lo que tenemos decidido en vista de su alta fertilidad es que, después del parto, la hagan la ligadura de trompas para que pueda disfrutar del sexo sin pensar en tener más descendencia. No obstante, parece que el tema de la fertilidad está muy presente en sus genes puesto que su madre tuvo seis hijas, de las que sólo viven Lourdes y Natalia ya que las otras cuatro fallecieron al nacer ó con pocos días de vida y su hermana, que ya tenía uno “encargado” cuándo se casó, nos lleva ventaja al encontrarse engendrando el cuarto y hasta el momento sólo ha parido niñas. Mis compañeros de trabajo, al enterarse de que Natalia se encontraba de nuevo embarazada, en vez de felicitarme decidieron darme el pésame y decirme que, si un hombre normal con dos hijos acaba convertido en un gilipollas y en una autentica marioneta, lo iba a tener realmente crudo con tres féminas y tres hijos, sin saber que los dos de Elena también son míos, a mi cargo pero a lo largo de nuestra convivencia, como en la de todo el mundo, hemos pasado por momentos buenos y malos y cuándo han surgido situaciones más ó menos complicadas siempre hemos sabido superarlas.

Cuándo Natalia dio a luz por primera vez decidió pedir la excedencia para quedarse en casa con la intención de ayudar a Elena en las labores domesticas y ocuparse de la vivienda, de nuestros hijos y de Estrella y de mí. Después trajo a sus padres, a los que les costó mostrarse conformes con nuestra atípica relación, a vivir al que había sido su domicilio para poder tenerlos cerca dejando la vivienda del pueblo desocupada aunque solemos pasar en ella algunos puentes festivos y parte de nuestro periodo vacacional y a través de Estrella, logré hacerme con un trabajo a tiempo parcial para las tardes como contable de un grupo de comercios textiles.

Desde que nació nuestra segunda hija el relacionarme sexualmente con Natalia no resulta tan fácil y frecuente como antes puesto que los críos nos imposibilitan muchas veces para llevar a cabo una vida sexual tan intensa y saludable como nos gustaría pero, a pesar de ello, cada vez que lo hacemos, la hembra se entrega por completo y demasiado relajada lo que, según nos han comentado los médicos, facilita que quede preñada con tanta facilidad. Al disminuir la frecuencia de mis relaciones con Natalia me lié tontamente con Eva, la joven estanquera a la que suelo comprar el tabaco a la que me la tiré vaginalmente varias veces y la desvirgué el “pandero” hasta que la chica me ayudó a darme cuenta de que, aunque con Natalia no podía hacerlo con toda la frecuencia que me gustaría, con quien debía de “vaciar” mis huevos era con Estrella y Elena, con la que desde entonces lo hago con mucha más frecuencia ó incluso, Marta. Mi relación con Estrella se mantiene con pocos cambios ya que, además de follármela siempre que puedo en casa, me la tiro casi todas las mañanas en la oficina mientras que los sábados y los domingos solemos pasar algunos ratos en su vivienda, que está desocupada, para poder cepillármela sin que mi descendencia nos “corte el rollo” y casi siempre cuando estoy a punto de eyacular. Nuestros últimos planes, además de la ligadura de trompas de Natalia, son los de irnos a vivir durante una temporada al domicilio de Elena, que sigue siendo la hembra más dócil y obediente que he llegado a conocer, mientras se efectúa una reforma integral en mi domicilio, que tiene siete habitaciones, tres cuartos de baño completos, dos terrazas, cocina y despensa, para modernizarla y ajustarla a nuestras necesidades actuales así como renovar nuestros coches para, en vez de los tres que tenemos, disponer de un monovolumen y un vehículo cómodo para la ciudad.

Lo cierto es que Elena, Estrella, Natalia y yo llevamos más de tres años juntos y que después de una agitada vida sexual sin encontrar lo que pretendía, ahora vivo feliz con ellas, con nuestros hijos y con mis contactos esporádicos con Marta, que creo que no va a tardar en formar parte de la familia aunque no me acaba de agradar que sea “tan echada para adelante” pero nada ni nadie es perfecto y por fin, puedo decir que he conseguido y de que manera, una relación estable y no solamente en el terreno sexual en el que soy perfecto conocedor de que a muchos hombres, como es el caso de mis compañeros de trabajo, les gustaría estar en mi pellejo para poder llevar a cabo uno de los más ansiados anhelos masculinos como es el vivir con tres atractivas féminas que siempre están en buena disposición de dejar que las introduzca la picha por alguno de sus placenteros agujeros.

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