Relatos Eroticos

5 Mayo 2010

La profesora con la que me lie sexualmente (1).

Archivado en: Relatos de Alba — Etiquetas:, , , , — Txema @ 16:48

Hola amigos ¿qué tal estáis?. He tenido ocasión de leer varias de las historias escritas por Alba y al haberme gustado y parecerme muy completas y detalladas, me he animado a contactar con ella con el propósito de ponerla al tanto de lo que ha sido hasta ahora mi vida sexual para que pueda escribir sobre el tema pensando en que a alguno ó a alguna pueda interesarle e incluso, llegue a “disfrutar” con su lectura.

Empezaré por deciros que me llamo Román y que nací un 28 de Febrero, día en que se celebra la festividad del santo del mismo nombre, lo que, unido a que mi abuelo materno se llamaba así, hizo que mis padres se olvidaran del enrevesado nombre que tenían pensando y me pusieran este convirtiéndome en el segundo hijo de una joven pareja que tuvo un total de nueve descendientes, tres de ellos varones y el resto hembras. Joaquín, mi padre, que era el mayor de cinco hermanos, estaba muy bien dotado y desde muy joven fue un autentico fornicador, cosas que he debido de heredar de él. Siguiendo la tradición familiar se dedicaba a la agricultura y a la venta ambulante y antes de liarse con Remedios, mi madre, hija única, huérfana y doce años más joven que él, había dejado preñadas a unas cuantas mujeres que residían en las localidades que visitaba regularmente ofreciendo su genero que consistía en productos agrícolas y prendas de confección textil tanto masculinas como femeninas. Sentía predilección por las mozas altas y con buen tipo pero lo mismo se trajinaba a las solteras que a las casadas, separadas ó viudas sabiendo salir airoso de los embarazos que ocasionaba negándolo todo y diciendo que no había evidencias fidedignas de que el hijo que la hembra estaba esperando fuera suyo. Su situación cambió por completo cuándo conoció a mi progenitora que no debió de poner demasiado fácil el poder acostarse con ella originando que aumentara su interés hasta llegar a sentirse muy atraído y desearla. Remedios nos parió a mi hermana mayor y a mí siendo aún menor de edad y hasta que Joaquín no la hizo otro “bombo” vivió con total independencia de él en su municipio de origen aunque mi padre la solía dar con regularidad dinero para que nos pudiera mantener al mismo tiempo que la dejó explotar unos terrenos agrícolas que había dejado de atender por no disponer de tiempo y por su baja rentabilidad. Como los sacerdotes de sus respectivas localidades de residencia se negaron a casarles alegando que habían tenido descendencia antes del matrimonio y que Remedios estaba a punto de dar otro miembro a la familia decidieron vivir juntos en el pueblo de mi madre que, sabiendo que mi progenitor era prácticamente insaciable, no dudaba en abrirse de piernas, aunque muchas veces no la apeteciera, en cuanto su pareja quería cepillársela y echarla un par de polvos puesto que, como decía Joaquín, después del primero se quedaba un tanto insatisfecho y con ganas de continuar con el “mete y saca”. Semejante actividad sexual sin que ninguno de ellos tomara precauciones originaba que, pocos meses después de parir, Remedios quedara otra vez preñada, luciera un nuevo “bombo” con el que nos habituamos a verla y que tuviera una gran cantidad de leche materna por lo que, a pesar de que hasta los hijos mayores se las mamábamos, las tetas se la llenaban con rapidez dando origen a que se la saliera por lo que, tanto en casa como en cualquier otro lugar, mi progenitora tenía que dejar sus “domingas” al descubierto para que mi padre, apretándoselas y succionándoselas, se las vaciara. Pero Joaquín, mientras se ocupaba de aquel menester, cogió la costumbre de bajarla la braga hasta las rodillas para poder tocarla la raja vaginal y masturbarla con el propósito de que se la pusiera bien “caldosa” con lo que Remedios se calentaba y terminaba deseando que se la follara. Recuerdo que los días festivos mi padre pasaba casi toda la tarde en el bar jugando a las cartas con sus amigos y que el establecimiento se llenaba de hombres que esperaban pacientemente la llegada de mi madre, convertida en una dócil corderita, para que, dejando sus tetas al aire, mi padre se las apretara y mamara hasta vaciárselas al mismo tiempo que, con la braga bajada, la introducía sus manos por debajo de la falda y tras colocarla una en la masa glútea, la sobaba repetidamente la almeja con la otra antes de proceder a masturbarla frenéticamente metiéndola tres dedos. Como los gemidos y orgasmos de mi progenitora eran apoteósicos más de uno abandonaba el local con la chorra bien tiesa y con muchas ganas de tirarse a la “parienta”, a la novia, a alguna amiga ó a una de las fulanas que vivían de la prostitución en un municipio cercano de mayor población. A sus nueve hijos hay que añadir tres abortos naturales y el nacimiento de dos descendientes muertos, la única vez que quedó preñada por partida doble y si no tuvo más fue porque mi padre, a partir de su séptimo embarazo, descubrió que le resultaba sumamente placentero que Remedios le chupara el cipote y empezó a prodigarse en metérselo por el trasero hasta que fue mucho más habitual el darla por el culo que el penetrarla vaginalmente mientras mi madre, ante una práctica sexual anal tan frecuente e intensa a la que no terminaba de acostumbrarse, sufría los efectos de unos persistentes procesos diarreicos que la mantenían buena parte del día sentada en el “trono” sin poder atender convenientemente a sus labores domésticas ni a su familia lo que, a su vez, aumentaba las múltiples molestias que padecía hasta el punto de que, para regocijo de mi padre, decidió prescindir de usar braga para evitar el roce. Pero el formar parte de una familia tan numerosa me vino de maravilla a medida que me fui haciendo mayor ya que, al igual que mis dos hermanos, tenía mucha más libertad para todo que nuestras hermanas puesto que, como decía mi padre, no corríamos el peligro de que nos jodieran y nos hicieran un “bombo”.

Mi infancia y la primera parte de mi juventud resultaron de lo más normal. Lo más destacable fue que el día de mi Primera Comunión, al acabar la ceremonia religiosa tenía unas ganas enormes de hacer pis por lo que pedí las llaves de nuestro domicilio a mis padres, que estaban bastante ocupados atendiendo a los invitados y me dirigí hacía allí en compañía de cinco de mis primas suponiendo que, como otras veces, me esperarían fuera. Pero no fue así y tres de ellas entraron conmigo en la vivienda y en el aseo donde se apresuraron a desnudarme para, mientras me obligaban a retener la salida de la micción, poder verme y tocarme los órganos sexuales que todavía no se habían desarrollado. Al final, no pude contenerme más y me meé delante de ellas echando el pis en el lavabo con lo que se dieron por satisfechas. Mientras me volvía a vestir Sandra, la mayor, se acomodó en el “trono” y procedió a mear enseñándome su blanca e inmaculada braga y dejando que, arrodillado delante de ella, viera como se limpiaba al mismo tiempo que me indicaba que lo sucedido momentos antes tenía que quedar entre nosotros y que, en cuanto mis atributos fueran un poco más grandes, se encargaría de que disfrutara mientras me hacía algo interesante. En aquellos momentos no supe interpretar debidamente sus últimas palabras y supongo que Sandra estaría dispuesta a cumplir su promesa pero no lo pude saber ya que año y medio más tarde abandonó la población junto a su familia y lo único que he llegado a conocer de ella fue que se había casado muy joven y luciendo “bombo”. Cuándo cumplí catorce años tuve que dejar el domicilio paterno para irme a la capital a cursar mis estudios de bachillerato. Mi tío Enrique, hermano de mi padre, me acogió en su residencia dándome aún mayor libertad que mi progenitor para que hiciera lo que quisiera puesto que solamente era estricto con el horario de las comidas y el que no estuviera ocupando su sitio a la hora convenida se quedaba sin desayunar, comer ó cenar. Llevaba casi cinco años casado con Leonor, una mujer más joven que él y tenía dos hijos varones. No tardé en percatarme de que la fémina, alegando que mi tío disponía de un nabo demasiado gordo y largo para un chocho tan estrecho como el suyo por lo que llegaba a hacerla daño cada vez que se la cepillaba y que no quería que la volviera a dejar preñada, no se lo ponía fácil en la cama por lo que Enrique, al que le agradaba poder tener la debida variedad sexual, decidió mantener relaciones extramatrimoniales y cuándo no tenía nada mejor a lo que trajinarse, se acostaba con putas contando, para ello, con el beneplácito de su pareja. A pesar de ello, cuándo abandoné su casa para empezar mis estudios universitarios Leonor le había dado otros dos hijos, también varones, antes de que falleciera a cuenta de un tumor uterino que cuándo la vaciaron, unos meses después de su último parto, estaba muy extendido y afectaba a órganos tan vitales como el hígado por lo que mi tío decidió consolarse y rehacer su vida en compañía de Marta, la hija mayor de la asistenta que llevaba muchos años ocupándose de la casa, a la que convirtió en su pareja de hecho e hizo en poco más de dos años un par de “bombos”. La joven, para júbilo de Enrique que quería que le diera hijas, parió a dos crías.

Mientras las hembras empezaban a considerarme atractivo y deseable, me fui convirtiendo en un chico alto, delgado, de cabello moreno que siempre me ha gustado llevar bastante corto, agradable en el trato, alegre, educado, elegante, extrovertido, sencillo y muy sociable. Físicamente estoy dotado de un cuerpo atlético y de un pene que siempre me ha parecido excepcional aunque no lo llegué a valorar adecuadamente hasta que comencé a mantener relaciones sexuales. Pero mi cabeza estaba centrada en los libros, obteniendo siempre unas excelentes calificaciones y en el deporte, especialmente el fútbol y a cuenta de mi altura, el baloncesto donde llegué a jugar durante dos temporadas en la categoría juvenil de un equipo federado mientras veía que mis amigos y compañeros de instituto estaban pendientes de su picha y no dejaban de hablar de que tal ó cual chica les gustaba y les “ponía”.

Un esguince en el tobillo izquierdo y un par de meses después, una lesión en la muñeca derecha me obligaron a reducir de una manera considerable mi actividad deportiva lo que hizo que empezara a sentir interés por otras cosas y que se produjera mi despertar sexual. Desde que, con bastante demora, se produjo mi primera y abundante eyaculación nocturna comencé a fijarme en las tetas y sobre todo, el culo de las mujeres. Para entonces me encontraba cursando los últimos cursos de mi etapa colegial y en cuanto me cruzaba por la calle con una fémina medianamente potable la desnudaba con la mirada lleno de deseos y la pilila se me ponía totalmente tiesa. Comencé a tomar parte en ciertos “campeonatos” que algunas compañeras de estudios, que además ejercían como jurado, nos proponían y que consistían en ver quien era el que más meaba ó echaba su pis a mayor distancia; quien tenía la pirula más gorda y larga, tanto en reposo como tiesa ó hacer que nos la “cascáramos” delante de ellas para que pudieran determinar quien era el que eyaculaba más rápido ó quien soltaba más cantidad de leche. El premio consistía en que, a los mejor calificados, dos ó tres chavalas del grupo nos besaban en la mejilla, nos tocaban todo lo que las daba la gana el pito y los huevos y en ciertas ocasiones, nos enseñaban las tetas lo que era más que suficiente para ponerme cachondo. Mi primo Emilio, que tenia un año menos que yo y demostraba cierto afeminamiento, decidió aprovechar que durante bastante tiempo compartimos habitación para ofrecerse a “aliviarme los calentones” haciéndome por la noche una paja ó una exhaustiva mamada hasta que, muy a gusto, “descargaba”. Con el paso del tiempo logró que restregara mi polla bien dura y tiesa por la raja de su culo y que, cuándo estaba a punto de “explotar”, le abriera el ojete con mis manos, le metiera la punta en el orificio anal y le echara la leche en su interior mientras le movía su diminuto rabo. Muchas veces le hubiera encantado que le “clavara” la verga entera por el trasero pero, a pesar de pedírmelo con bastante insistencia, no llegué a planteármelo puesto que el sexo homosexual no acababa de llenarme ni de satisfacerme por completo y mi pensamiento estaba mucho más centrando en follarme por vía vaginal a una hembra. Pero aquella fue una época en la que, como la mayor parte de los jóvenes, pasé mucha necesidad puesto que, aunque entre mis amigas y compañeras había varias que me gustaban a rabiar, no conseguí llegar con ninguna de ellas a algo más que no fuera el “ordeñarme” y de vez en cuando, puesto que, a pesar de ser persistente, la mayoría de las chavalas, al ver el grosor y largura que adquiría mi chorra, desechaban que pudiera penetrarlas y con las dos que, a base de ponerme pesado, consintieron me quedé con las ganas puesto que, después de tenerlas bien abiertas de piernas y con el coño delante de mis ojos, no me permitieron meterlas el cipote sin usar condón y aparte de ser complicado el encontrarlos del tamaño adecuado, eran muy finos y de escasa calidad por lo que todos se rompían en cuanto la joven procedía a ponérmelos con lo que perdí la oportunidad de tirármelas y a pesar de que tuve la ocasión de tocar unas cuantas bragas y sujetadores y algunas tetas, setas y culos e incluso, sabía que tipo de prenda íntima llevaba puesta cada una cuándo usaba pantalón ya que la braga, aunque muchas veces se las marcaba, mantenía más presionada y recogida su masa glútea mientras que con el tanga tenía una visión perfecta de la raja de su trasero y los “mofletes” las caían ligeramente, me tuve que conformar con que continuaran “ordeñándome”; me la “cascaba” en solitario mientras veía películas y revistas de alto contenido sexual; me montaba mis propias fantasías en la cama en cuanto Emilio se dormía; recurría a las llamadas “líneas telefónicas calientes” que no eran precisamente lo más apropiado para mi economía y durante unos meses, me convertí en asiduo a los chats pasándome buena parte de la noche delante del ordenador de mi primo intentando, casi siempre sin éxito, mantener una conversación bastante subida de tono con alguna chica que lograra “ponerme” para que tuviera que “cascármela” mientras hablaba con ella.

Continuará.

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