Relatos Eroticos

1 Junio 2009

Pedro.

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Pedro tiene, en la actualidad, cincuenta años. Es un chico alto, de pelo moreno, ojos marrones y complexión normal que, después de comenzar a trabajar como funcionario, lleva treinta años vinculado al sector del transporte por carretera y los veinte últimos desarrollando su actividad laboral en las oficinas de una empresa de autobuses de la que, además de estar muy bien considerado por los propietarios, se ha convertido en el gerente y forma parte del consejo de administración. Aunque estos últimos años ha perdido un poco de pelo, siempre ha sido para el sexo opuesto una persona atractiva y agradable en el trato. En el terreno sexual se ha visto favorecido por estar muy bien dotado y tener una excepcional potencia sexual. Le gustan las mujeres altas y delgadas mientras repudia a las obesas, quizás porque su madre lo era y la gordura la restó mucha movilidad y la hizo padecer un buen número de dolencias, sobre todo reumáticas y a las féminas con culos muy voluminosos.

Cursó sus estudios en un colegio privado exclusivamente masculino. Como a todos los niños lo que más le gustaba era jugar. Asimismo, le agradaba el deporte, sobre todo el fútbol y aunque en el centro escolar apenas participó en las clases de gimnasia a cuenta de ciertos problemas con las venas nasales, durante unos años jugó, a nivel de competición, en un equipo federado hasta que, en un partido y por falta de calentamiento previo, sufrió una importante tendinitis de la que no llegó a recuperarse y de la que aún sufre algunas secuelas, en especial cuándo hace calor. Durante una buena temporada fue bastante asiduo a jugar durante el verano en la calle con los críos y crías del vecindario. Como siempre se ha sentido atraído por el culo femenino no tardó en conseguir que, escondiéndose en los portales, sus amigas le enseñaran sus traseros y permitieran que las lamiera el ano y para que no se sintieran discriminados se vio en la obligación de hacer lo mismo con los otros dos críos que formaban parte del grupo. Pero las niñas se pusieron de acuerdo para que aquello no se limitara al culo y le propusieron que, además del trasero, le enseñaban y le dejaban tocarlas y lamerlas el coño a cambio de que él las mostrara el rabo y los huevos. Pedro, lógicamente, aceptó y durante bastante tiempo, además de verlas el culo y lamerlas el ano, pudo tocarlas y acariciarlas la almeja al mismo tiempo que ellas le veían y le tocaban sus atributos masculinos. Con el paso de la niñez a la adolescencia, sus juegos y “actividades” en la calle quedaron en el olvido y a pesar de que tuvo algunos encuentros sexuales con tres de las crías que participaban asiduamente en ellos, todos fueron esporádicos y ninguno se consolidó.

El que mejor supo adiestrarle sexualmente fue un primo suyo, tres años mayor que él, con el que mantenía frecuentes conversaciones sobre el tema y con el que empezó a relacionarse aprovechando que se habían cambiado de vivienda y la antigua, convenientemente amueblada, estaba desocupada. Allí comenzaron a llevar a cabo sus sesiones sexuales y donde Pedro, que unos días antes había tenido otra mientras dormía, tuvo su primera corrida, sintiendo un gusto tremendo y la fina salida de su leche, cuándo se encontraba echado encima de su primo que estaba acostado boca abajo en una cama y con el rabo de Pedro introducido en la raja de su culo. Sus contactos eran muy frecuentes y durante ellos se hacían mutuamente pajas mientras veían revistas pornográficas. Más tarde, su primo se compró una vivienda en una subasta y las revistas dejaron su lugar a vídeos de alto contenido sexual. El chico, que disponía de un rabo pequeño, tardaba bastante en correrse y echaba poca cantidad de leche se quedaba maravillado del grosor y tamaño del miembro de Pedro, de su rapidez en echar el semen y de la gran cantidad que expulsaba en cada una de sus corridas.

La criada que trabajaba, en aquel entonces, en su casa fue la que se encargó de completar su formación sexual. La chica, que se llamaba Nieves y siempre estaba caliente, tenía diecinueve años y a pesar de su juventud era una verdadera experta en temas sexuales. La agradaba que Pedro mostrara tanto interés por verla el culo, tocárselo y lamerla el ano y aprovechándose de ello y de que, a través del chico, conseguía obtener muchas de las cosas que quería, decidió convertirse en una especie de puta que le enseñó a penetrarla vaginalmente, colocada a cuatro patas ó con Pedro acostado sobre ella, a follársela y a echarla la leche dentro del chocho. Después llegó la penetración anal. La falta de experiencia del chico en este tipo de actividad sexual motivó que la primera vez les resultara bastante complejo y costoso el lograr que la introdujera por completo el rabo y la follara. Además, las excepcionales dimensiones del miembro viril de Pedro hicieron que no llegaran a consumar la penetración anal con su oportuna corrida puesto que, aunque Nieves hizo todo lo posible por aguantarse y retener la salida de su mierda, no pudo evitar cagarse y ante la presión que ejercía la mierda Pedro tuvo que sacarla el rabo apresuradamente para que Nieves, sin poder moverse, expulsara una ingente cantidad de caca líquida que cayó en el suelo. A cuenta de ello, la chica le enseñó a hurgarla con energía con sus dedos en el culo hasta provocarla una monumental cagada, instante en el que Pedro se apresuraba a coger el orinal ó el recipiente que siempre tenían preparado para que la mierda se depositara en él. Como sus cagadas solían ser sólidas, el ano se la dilataba y en cuanto acababa de vaciar su intestino, resultaba mucho más cómodo, fácil y rápido que el rabo de Pedro se introdujera por completo dentro de su culo de forma que, tras atravesar sus paredes anales, la punta se acomodara en su intestino. Generalmente cuándo, tras correrse, el chico procedía a sacarla el rabo volvía a ser preciso utilizar el orinal ya que, en menor ó mayor cantidad, Nieves siempre echaba caca. Con Pedro, convenientemente adiestrado, las dimensiones de su rabo hicieron que la chica se prodigara en cabalgarle vaginal y analmente. Las grandes cantidades de leche que la echaba, hasta el punto de que su órgano genital no era capaz de asumirla y devolvía una parte del líquido y los intensísimos orgasmos que la producía al sentirla caer en su interior originaron que, tras la corrida, Nieves decidiera continuar con su actividad para que aquello no se limitara a cinco minutos más bien escasos de sumo placer descubriendo que, aunque Pedro se corría con bastante rapidez la primera vez, era capaz de repetir y esta vez empleando más tiempo, sintiendo un gusto previo mucho más duradero e intenso y echando una aún mayor cantidad de leche. A la chica la encantaba el sexo sucio por lo que, sobre todo cuándo la penetraba vaginalmente, le obligaba a permanecer con su rabo introducido en el interior de su seta hasta que Pedro se meaba echándola unas abundantísimas cantidades de pis con las que, según ha podido ir comprobando a lo largo de su vida, las mujeres vibran mientras llegan al clímax. Nieves, por su parte, solía mearse durante el acto sexual, tanto si la penetraba por delante como por detrás y a Pedro le agradaba que le mojara los huevos con su pis en los instantes previos a sus corridas. Además, la chica le enseñó a ser dominante en sus relaciones sexuales con las féminas; a evitar utilizar condones para penetrarlas diciéndole que siempre tenía que correrse libremente dentro de ellas y que tenían que ser las mujeres las que se preocuparan de tomar las medidas oportunas para evitar los embarazos; a intentar mantener sus relaciones con hembras elegantes y femeninas que en la cama se olvidaran de su pudor y se entregaran hasta convertirse en unas cerdas y golfas y a sentirse muy atraído por la ropa interior femenina usada y a ser posible, impregnada en caca, flujo y pis. Pedro, al que siempre le ha gustado la de color negro que precisamente era la que usaba Nieves con más asiduidad, empezó a coleccionarla y hoy en día tiene, en un armario que mantiene cerrado con llave, una amplísima y colorida colección de prendas íntimas de las distintas mujeres con las que ha follado y con las que se ha sentido especialmente gratificado al hacerlo, que conserva en bolsas de plástico autoadhesivas, que mantienen el olor y la humedad, etiquetadas con el nombre de la hembra que las usó.

Pedro recuerda con especial agrado de este periodo que, el día que asistió con sus padres a la primera comunión del hijo de unos amigos, al terminar la comida de celebración y de regreso a sus domicilios, se adelantó con Fernando, que así se llamaba el crío, con el propósito de subir a la casa de Pedro para mear. Nieves, en cuanto los oyó entrar, les animó a desnudarse de cintura para abajo. Fernando, que tenía un rabo aún diminuto, se quedó sorprendido por el tamaño del “instrumento” de Pedro diciendo: “vaya pedazo de polla que tienes” mientras Nieves, acariciando el de Fernando, le dijo: “ojala dentro de unos años tengas una pilila similar y que suelte tanta leche como esa”. La chica obligó a Fernando a mamarle la verga a Pedro pero el chico, sin experiencia sexual, lo único que pudo hacer fue chuparle la punta y la parte superior mientras Nieves metiéndose el suyo, con los huevos incluidos, en la boca esperó a que Fernando no pudiera aguantar más y la echara una gran cantidad de pis. Después permitió que, delante del crío, Pedro la diera por el culo aunque le hizo extraer el rabo cuándo estuvo a punto de correrse para que Fernando pudiera contemplar la gran cantidad de leche que echó y la cagada de Nieves. Aquella experiencia hizo que el crío regresara a su domicilio de lo más excitado y que aquello se convirtiera en el recuerdo más agradable de aquel día.

Aparte de otras relaciones esporádicas, la actividad sexual de Pedro durante la adolescencia se centró en las frecuentes sesiones que mantenía en plan hetero con la criada y en plan homosexual con su primo. Pero, en aquel entonces, no resultaba tan fácil como ahora proveerse de píldoras anticonceptivas y la chica, sin querer abandonar ni reducir su actividad sexual, pasó una buena temporada sin ellas lo que ocasionó que quedara preñada. Ella, con veintidós años recién cumplidos, no estaba demasiado segura de si el crío se lo había engendrado Pedro ó el chico con el que estaba saliendo, que sólo la había penetrado medía docena de veces pero dos de ellas en las fechas en las que se produjo el embarazo. En un principio, pensó en abortar pero, finalmente, como lo que quería era dejar de trabajar y el otro chico formaba parte de una familia muy conocida y disponía de una acomodada situación económica, decidió echarle las culpas y casarse con él. La criada dejó la casa de Pedro saliendo de ella vestida de novia, después de mantener con él una intensa sesión sexual la noche anterior a su boda.

Cuándo esto ocurrió hacía varios años que Pedro había puesto un anuncio con fotografía en una publicación infantil/juvenil solicitando mantener correspondencia con chicas de, poco más ó menos, su edad. Recibió un montón de cartas de crías residentes en Asturias, Cantabria, Cataluña, Madrid y País Vasco pero el escribirse con regularidad sólo se consolidó con dos: una residente en la provincia de Cantabria, llamada Margarita (Marga), que era año y medio menor que él y otra de la provincia de Guipúzcoa, llamada Amaya, siete meses mayor.

Aprovechando que aquellos años solía pasar parte de sus periodos vacacionales con sus padres en Laredo, tras escribirse durante casi dos años con Marga decidieron que durante el verano tenían que conocerse personalmente. Planearon con mucho tiempo su encuentro pero, un inoportuno y molesto proceso gastrointestinal que empezó a afectar a la chica pocas horas antes de su encuentro imposibilitándola el salir de casa, les obligó a aplazar una semana más su cita. Cuándo, finalmente, se conocieron Pedro andaba con otra chica, llamada Esperanza (Espe) que residía en la misma ciudad que él y de la que se había encaprichado. A pesar de que Marga era agradable y guapa y su primer contacto fue todo un éxito, Pedro decidió centrarse en Espe y no acudió a la cita que habían apalabrado para dos días más tarde. Aquello rompió su relación con Marga, que no tardó en enterarse y a través del propio chico de los verdaderos motivos por los que Pedro no había acudido, mientras que Espe, además de un par de pajas lentas al día, le hizo las primeras mamadas de su vida en el local que utilizaban como trastero y garaje antes de que le dejara masturbarla e incluso, se la “cepilló” vaginalmente en tres ocasiones. Esta chica se convirtió en una más entre sus múltiples relaciones sexuales esporádicas ya que, aunque se vieron varias veces tras las vacaciones y mantuvieron algunos contactos sexuales a la orilla del río, la madre de Espe se opuso a que su relación continuara en cuanto empezó el curso escolar encargándose de que, poco a poco, fueran perdiendo el contacto.

Con Amaya fue completamente distinto. Después de varios años escribiéndose con frecuencia largas cartas; de mantener algunas breves conversaciones telefónicas que, al no disponer de teléfono en su casa, tenían que mantener por la mañana mientras se encontraba en su trabajo y de intercambiarse fotografías y regalos se conocían mucho mejor que la mayoría de las parejas que conviven diariamente. La chica era la que más deseaba conocerlo personalmente pero el padre de Pedro falleció repentinamente año y medio después de iniciar su relación epistolar y el chico, además de ser lo suficientemente astuto y listo como para hacerse con el puesto de trabajo de su progenitor aunque en unas condiciones económicas bastante malas que, poco a poco, mejoraron, se encontraba demasiado atado a su madre por lo que fue Amaya quien decidió desplazarse aprovechando que la festividad de Todos los Santos creaba un puente festivo. Su primer encuentro fue sumamente satisfactorio. No hicieron nada especial pero durante esos días visitaron parte de la ciudad en la que vivía Pedro y las tumbas del padre y de los abuelos del chico; comieron y pasearon juntos; fueron al cine; se sacaron sus primeras fotografías; se empezaron a agarrar de la mano y de los hombros y lo más importante, Amaya, sin pensárselo, aceptó la propuesta de Pedro de hacerse novios lo que hizo que resultara bastante emotiva su despedida en la estación del ferrocarril donde, por primera vez, se abrazaron con fuerza y a iniciativa de la chica, se besaron en la boca.

Después de formalizar su noviazgo era Pedro el que debía desplazarse hasta la localidad en la que residía Amaya ya que, mientras él había decidido mantener su noviazgo en secreto y no decir nada a su familia, la chica hizo todo lo contrario y se apresuró a ponerlo en conocimiento de sus padres y familiares más allegados al mismo tiempo que comenzó a ahorrar, con vistas al día de mañana, del salario que percibía en su trabajo como funcionaria de la, entonces, A.I.S.S. Pero mientras los padres de Amaya deseaban conocer al chico fue la chica la que volvió a desplazarse aprovechando que, con motivo de las fiestas de Navidad, tenía unos días de vacaciones. Vino el día 2 de Enero con intención de pasar con Pedro cuarenta y ocho horas pero, al final, se estancia se alargó hasta la mañana del día 7. El día que llegó celebraban con una cena el reciente cumpleaños de uno de los amigos de Pedro y tras encontrar alojamiento para Amaya, la pareja se encaminó al lugar de la celebración. La cena, en un ambiente alegre y festivo, se desarrolló en un bar al que Pedro y sus amigos solían ir con frecuencia. Al acabar alguien hizo determinado comentario sobre la locura y Pedro, mirando fijamente a Amaya, dijo: “la locura existe ya que estoy loco por ti”. Ninguno de los dos sabía quien había tomado la iniciativa pero lo cierto es que, una y otra vez, se besaron en la boca apasionadamente. Los amigos de Pedro, para darles mayor intimidad, decidieron irse a la barra mientras la pareja se prodigaba en un amplio surtido de abrazos y besos que duró muchos minutos. Cuándo lo acabaron ambos estaban pletóricos pero reconocieron que demostrarse su cariño de una manera tan apasionada en público no era lo más correcto. Al día siguiente aprovecharon para pasear cogidos de la mano, visitar monumentos, ir al cine y sacarse un buen número de fotografías. Pedro la dijo que disponía de las llaves de un piso desamueblado que unos familiares suyos, que vivían en Bilbao, tenían intención de vender. Amaya le indicó que, como hacía frío, podían pasar allí esa tarde y las siguientes escuchando música, hablando y besándose sin que nadie los viera y así lo hicieron. Pedro, en cuanto tuvo ocasión, intentó llegar a más pero Amaya le dijo que estaba acabando con su regla y que, en pleno ciclo menstrual, no le iba a gustar demasiado penetrarla por lo que le pidió que tuviera un poco de paciencia. La chica, al alargar más tiempo del previsto su estancia, se encontró que con el dinero que había traído sólo la iba a llegar para pagar su alojamiento. No quiso que Pedro la diera ó al menos la adelantara, ninguna cantidad y había pensado en volver a su casa la tarde del día 5 cuándo, al comprobar la lista del sorteo del Niño, vieron que uno de los dos décimos de Lotería Nacional que le había traído a Pedro había obtenido un pequeño premio que sirvió para que, tras repartírselo, Amaya pudiera continuar y sin agobios su estancia. El día de Reyes se intercambiaron unos pequeños obsequios y la chica, con su menstruación recién finalizada, decidió que el mejor regalo que podía hacerle a Pedro era dejar que se la “cepillara” por primera vez por lo que, al acabar de comer, se dirigieron a la vivienda de la que Pedro tenía las llaves en la que pasaron un buen rato besándose antes de que Amaya le dijera que la gustaría que se la follara. Lógicamente, Pedro se mostró en la mejor disposición a pesar de que reconoció que iban a pasar frío ya que en el exterior la temperatura era baja y aunque disponían de calefacción central, se notaba que la casa estaba desocupada. Amaya se desnudó de cintura para arriba permitiendo que Pedro, tras vérselas y al mismo tiempo que la besaba con pasión, la apretara las tetas y se ocupara de ponerla completamente erectos los pezones. Pero a la chica, aunque quería que Pedro se la follara, la costaba perder su virginidad y se lo pensó mucho antes de acordar con él que se desnudaría por completo con la condición de que Pedro se lo hiciera sin quitarse el pantalón y el calzoncillo. El chico la abrazó con fuerza diciéndola que comprendía que era su primera vez y que se lo haría como ella quisiera. Amaya se quitó toda la ropa y dio la braga a Pedro para que la guardara como recuerdo. Acostándose en el suelo y abriendo bien sus piernas, empezó a temblar mientras esperaba a que el chico acabara de desnudarse de cintura para arriba y se echara sobre ella. En cuanto notó su descomunal rabo bien apretado contra su órgano genital, Amaya empezó a sentir unas sensaciones muy placenteras y enseguida alcanzó su primer orgasmo. Pedro tampoco se hizo esperar y se corrió con rapidez, sintiendo un gusto excepcional y echando una gran cantidad de leche. Aunque el chico no la dijo nada, Amaya notó perfectamente la salida de su líquido y llegó por segunda vez al clímax. Pedro continuó moviéndose encima de ella y Amaya estaba cada vez más salida. Al alcanzar un nuevo orgasmo le dijo: “méteme tu polla ahora, métemela”. Pedro procedió a complacerla quitándose con suma rapidez el pantalón y el calzoncillo. Amaya, tras ver que estaba dotado de un rabo descomunal, le volvió a animar diciéndole: “métemela, quiero sentirla hasta tus huevos dentro de mí”. En cuanto Pedro volvió a moverse echado sobre ella, Amaya le agarró con fuerza de la masa glútea y le apretó contra ella. Enseguida llegó, de nuevo, al clímax y un poco después, alcanzó dos orgasmos casi seguidos. De repente dijo: “Dios mío me estoy meando de gusto” y el chico notó perfectamente como su pis salía a chorros mojándole los huevos cuándo lo permitían sus movimientos de mete y saca. Estaba muy excitado y cuándo estuvo a punto de correrse, la sacó el rabo y dejó que Amaya se lo moviera con su mano, echándola en la cara y en las tetas un montón de leche. Amaya quedó impresionada por la gran cantidad que la había echado. Pedro, sin decirla nada, se colocó de rodillas entre sus aún abiertas piernas y cogiéndose el rabo con la mano procedió a mear echándola el pis en los pelos púbicos y en la raja vaginal mientras Amaya le decía: “me gusta, échame más, mucho más”. En cuanto acabó procedió a extenderla la leche por la cara y las tetas y después se colocó boca abajo entre las piernas de Amaya y tras introducirla un dedo en el culo, la comió el coño hasta que la chica le dijo que hacía bastante tiempo que había perdido la cuenta de sus orgasmos y que, además de satisfecha, estaba agotada. Pedro se acostó a su lado para dedicarse a tocarla y apretarla las tetas mientras Amaya, fumándose un cigarro, descansaba, completamente abierta de piernas y con la almeja sumamente empapada. Después de dejar que Pedro la acariciara el chocho con su mano extendida y la pasara varias veces dos dedos por la raja vaginal haciendo que llegara al clímax en otras dos ocasiones, se vistieron y salieron de la vivienda para irse a cenar y acostarse temprano puesto que era bastante evidente que Amaya, que iba tan húmeda que la parecía que se acababa de mear vestida, estaba muy cansada.

Amaya volvió a estar junto a Pedro unas semanas después para desplazarse a Palencia y pasar allí el domingo junto a un buen amigo del chico que esa semana había cumplido años. Aprovechó el viaje para que Pedro, que no encontraba el momento idóneo para ir a conocer a sus padres, fijara una fecha, a finales del mes de Febrero siguiente, para poder llevar a cabo esta especie de compromiso pero al llegar el día se encontró con una monumental nevada que imposibilitó el viaje que, finalmente, realizó en el mes de Mayo pero de una manera tan rápida que llegó a la una del mediodía con intención de regresar después de comer. La madre de Amaya estaba más que sorprendida por un viaje tan sumamente breve y cuándo, al acabar de comer, Amaya la dijo que quería venirse con él para poder pasar el resto del fin de semana juntos, su madre se negó. La chica lloró, pataleó y se llevó un buen disgusto hasta que su madre accedió. Pero la chica acabó tan revuelta que sufrió un corte de digestión en el autobús en el que, en principio, sólo iba a regresar Pedro. Amaya no dejaba de devolver y finalmente, perdió el conocimiento. Mientras el conductor del autobús hacía toda clase de maravillas al volante para seguir a un coche policial que lo escoltaba camino del hospital más cercano entre una intensa lluvia, unas mujeres lograron acostar a Amaya en los asientos traseros del vehículo y la liberaron del sujetador y demás prendas que la oprimían. Al llegar al hospital la lluvia caía torrencialmente y no se veía nada. El conductor chocó lateralmente contra un pretil y abolló parte de la carrocería antes de que el personal sanitario se ocupara de Amaya ayudándola a descender del autobús para acomodarla en una silla de ruedas en la que la llevaron a urgencias donde no dejaron entrar a Pedro. Lo primero que hicieron fue bajarla la braga y provocarla la meada para realizarla la prueba del embarazo. Al ver que daba negativa, la examinaron para no tardar en establecer que había sufrido un corte de digestión. Amaya pudo vestirse adecuadamente antes de reunirse con Pedro y dirigirse a la estación de autobuses donde el conductor del autobús estaba haciendo tiempo a la espera de noticias sobre ellos antes de proseguir el viaje. Amaya efectuó el resto del desplazamiento perfectamente y una vez en Burgos decidieron que esa noche y el domingo, hasta la hora en que tenía que coger el tren para regresar a su domicilio, los iban a dedicar al sexo. Como lo que más la gustaba era que Pedro la penetrara vaginalmente y la comiera la seta, volvió bien satisfecha a su domicilio con la seta bien mojada tras recibir en su interior varias veces la leche del chico y en su exterior las meadas.

Un Domingo de Resurrección y aprovechando que habían puesto un viaje especial, Pedro decidió irse por la tarde a visitar a Amaya sabiendo que no iba a poder estar junto a ella más de hora ú hora y medía. Salió a las cinco de la tarde y llegó a su destino a las once de las noche, en un viaje largo y penoso con unas caravanas de coches impresionantes e incluso, con la avería del otro autobús que cubría el trayecto. Cuándo llegó al domicilio de Amaya había una especie de reunión familiar pero la chica se había ido unos minutos antes a la cama por lo que, al oír a Pedro, se levantó y se fue a abrazarlo vestida con un camisón corto. La sorpresa que recibió fue mayúscula pero, una vez más, el chico se presentaba con prisas y Amaya, sin pensárselo, decidió vestirse rápidamente para, con lo puesto, venirse con él aprovechando que al día siguiente no tenía que trabajar puesto que era fiesta. Cuándo llegaron era muy tarde por lo que se limitaron a encontrarla alojamiento. Al día siguiente, por la mañana, estuvieron recorriendo la ciudad y al acabar de comer, se fueron a follar a la vivienda deshabitada de la que Pedro tenía las llaves. La primera vez la echó la leche dentro del coño pero la segunda, tras echarla los primeros chorros en su interior, la extrajo el rabo y la mojó, tanto con su semen como con su posterior meada, el exterior de la almeja, los pelos púbicos y la parte superior de sus piernas. Amaya, el resto de la tarde, no dejó de decirle que, una vez más, se sentía tan mojada que la parecía que se había meado con la ropa puesta. Como al día siguiente tenía que trabajar y después de perder el tren en el que Amaya había regresado en otras ocasiones, hubo que mirar la forma de que volviera aquella noche. Pedro pensó en contratar un autobús para la llevara pero no tardó en darse cuenta de que era una idea descabellada. Después pensó en un taxi y finalmente, Amaya regresó en otro tren que la obligaba a realizar un trasbordo y que salió a las diez y cuarto de la noche.

Pedro, un par de meses más tarde, volvió a visitar a Amaya y esta vez, con más calma. Cuándo llegó comieron juntos en un restaurante y tras encontrarle alojamiento, recorrieron una parte de la localidad antes de unirse al nutrido grupo de amigos y amigas de Amaya con los que estuvieron, de bar en bar, hasta que se hizo la hora de cenar con los padres de Amaya. Pero, una vez más, la madre de la chica se quedó con las ganas de hablar con Pedro ya que, en cuanto acabaron, se fueron al cine y al salir, Amaya le llevó a un pub en el que, según la habían dicho, existía un reservado con muy poca luz al que solían ir las parejas que querían “meterse mano” con comodidad. Efectivamente, era como la habían dicho a Amaya que, en cuanto les sirvieron la consumición que pidieron, procedió a besar a Pedro al mismo tiempo que la acariciaba el rabo y los huevos por encima de su ropa mientras él hacía lo propio con sus tetas. Pedro no tardó en estar con el pantalón y el calzoncillo en los tobillos para permitir que Amaya le realizara una paja que, aunque fue muy lenta puesto que la chica deseaba disfrutar moviéndole el rabo, hizo que Pedro se corriera con rapidez echando, como siempre, una gran cantidad de leche. Amaya, sin dejar de mostrarse impresionada por tan abundantes corridas, procedió a desnudarse de cintura para arriba y tras ponerse a cuatro patas encima del asiento, procedió a chuparle el rabo al mismo tiempo que le acariciaba los huevos. Era la primera vez que le mamaba el “instrumento” y se lo hizo de maravilla. En las pocas ocasiones en que se sacó el rabo de la boca, aparte de alabar el miembro viril del que estaba dotado Pedro y sus huevos, le comentó que, tras su primera corrida, estaba exquisito y que no dudara en echarla la leche en la boca y en la garganta ya que quería conocer como sabía y tragársela. Pedro la complació unos minutos más tarde, Amaya se tragó la mayor parte de su semen y cuándo dejó de chuparle el rabo, continuó moviéndoselo con la mano derecha hasta que el chico empezó a mearse. Amaya al ver que salía el primer chorro hizo que la mojara las tetas con su pis. Después y sin limpiarse se vistieron, acabaron sus consumiciones y se fueron a bailar con el propósito de que Pedro dispusiera de un par de horas para poder recuperar su potencia sexual antes de que se la follara vaginalmente en la habitación del hotel en el que se alojaba. Eran más de las cinco de la mañana cuándo, después de que Pedro la hubiera echado dentro del chocho dos de sus espléndidas raciones de leche y la mojara abundantemente con su pis los pelos púbicos, la parte superior de las piernas y la raja vaginal, comenzó a vestirse, intercambiando su ropa interior, para regresar a su domicilio. A la mañana siguiente Amaya apareció poco después de las diez en la habitación y le despertó. La agradó poder tocarle el rabo mientras se duchaba y chupárselo al acabar antes de que, tras ayudarle a secarse, se colocara detrás de él y mientras Pedro se afeitaba, se apretara a él y se lo moviera con su mano mientras le acariciaba los huevos hasta lograr que volviera a echar otra gran cantidad de leche que, mayormente, se depositó en los azulejos. Después dejó que se vistiera para desayunar juntos y llevar la bolsa de viaje de Pedro a la vivienda de Amaya antes de ir a misa de doce. Al acabar del acto religioso hicieron otro breve recorrido por la localidad en el que la chica, que estaba más dormida que despierta, le llevó al mercado de abastos para enseñarle el puesto de pescadería que regentaban su hermano y su cuñada antes de tomar unos aperitivos y dirigirse a comer a la vivienda de Amaya, una vez más, con sus padres. La chica se quedó dormida en cuanto, al terminar, se sentó en el sofá lo que posibilitó que su madre y Pedro tuvieran la que sería su primera conversación larga y sería. Durante ella, Pedro que pensaba que conocía muy bien a Amaya descubrió muchas cosas que desconocía de la chica e incluso, pudo ver que, en una enciclopedia que estaba pensada para las futuras esposas y madres, su novia había efectuado un buen número de señalizaciones para aprender a controlar sus reglas y conocer sus periodos de mayor fertilidad lo que hizo suponer a Julia, su madre, que se estaban acostando. A cuenta de ello, la mujer le puso en serios aprietos y Pedro se alegró de que Amaya se despertara y se arreglara con rapidez para, despedirse de su madre y aprovechar la hora y medía que les quedaba antes de emprender el viaje de regreso para, mientras paseaban, comentar con Amaya lo que había hablado con su madre. Amaya, por su parte, le indicó que con el propósito de poder excitarle aún más había decidido adquirir ropa interior de lo más sexy y sugerente y que, a través de unas amigas, conocía a una mujer que vendía aquel tipo de lencería. A Pedro le gustó la idea y la dio su aprobación lo que hizo que, en aquel entonces, en que aún no era normal el usarlos, Amaya luciera sujetadores con mucho encaje y poca tela y diminutos tangas.

Pedro realizó, asimismo, el siguiente viaje puesto que Julia le invitó a celebrar con el resto de la familia su cumpleaños. Aunque la celebración iba a ser en la cena, Pedro comió en casa de Amaya. Después de una breve sobremesa, cogió su bolsa de viaje y dando unas palmaditas en el culo a la chica sin importarle que Julia estuviera delante, la dijo: “vamonos que tengo que alojarme en algún lado”. Amaya la pidió a su madre que le dejara dormir en su casa e incluso, la habló de que ocupara su habitación y durmiera en su cama mientras ella pasaba la noche en el sofá. La madre se lo pensó y la comentó que la parecía que era un poco pronto para permitirlo. Pedro, pensando que si se quedaba a dormir allí iba a ser muy complicado mantener la menor actividad sexual con Amaya, la hizo ver que su madre tenía razón. Ambos salieron y se hicieron rápidamente con una habitación en un hotel en la que pasaron prácticamente toda la tarde. Como ya era habitual, Pedro se “cepilló” vaginalmente a Amaya todo lo que quiso, la echó dos veces la leche dentro de la seta donde, en esta ocasión, acabó, asimismo, su meada y tras ello, la comió el coño hasta que la chica, después de correrse un montón de veces, soltó una copiosa y larga meada que acabó casi integra en la boca de Pedro. Amaya acabó agotada y aparte de descansar durante medía hora acostada de lado en la cama mientras el chico la mantenía el rabo colocado en la raja del culo, en cuanto salieron del hotel se tomó dos cafés solos que hicieron que de cara a la cena se mostrara recuperada y de lo más animada y juerguista. Antes de la cena Pedro conoció, entre otros, al hermano de Amaya, a su cuñada que lucía un buen “bombo”, a los padres de esta y a un tío, hermano de Julia, que vivía con ellos a temporadas. El menú fue más propio de una boda y ante la gran cantidad de platos que la madre de Amaya había preparado sin que faltaran unas buenas raciones de angulas, lo más entretenido fue el marisco, servido abundantemente en grandes bandejas. La cena y la posterior sobremesa con los familiares de Amaya dieron origen a que aquello se alargara demasiado. La chica que, junto a su cuñada y su madre, se ocupó de fregar y de recoger la cocina, comenzó a dar muestras de cansancio en cuanto terminó y como no paraba de abrírsela la boca, a las tres de la mañana se dio por terminada la reunión y tras enfadarse con Amaya para que se acostara y dejara de ponerse pesada en acompañarle hasta el hotel, la chica se dirigió a su habitación. Pedro estaba a punto de irse cuándo apareció en camisón por el pasillo y delante de su familia, le abrazó y le besó en la boca apasionadamente mientras la madre la decía: “hija, acuéstate de una vez que hoy no estás en condiciones de que te la meta”. Eran las tres y medía de la mañana cuándo llegó al hotel. Entró en la habitación, se desnudó y se metió en la cama que estaba completamente desarmada tras la sesión sexual que habían llevado a cabo por la tarde. Encontraba el agradable olor del cuerpo de Amaya en las sabanas y en la almohada y le costó conciliar el sueño.

No había dormido mucho cuándo oyó que llamaban a la puerta e instintivamente miro el reloj. Eran las once menos cuarto de la mañana. Pedro se levantó y al estar completamente desnudo y con el rabo tieso, se puso el calzoncillo. Volvieron a llamar y el chico preguntó quien era pero nadie contestó. Después de ponerse con suma rapidez el pantalón, abrió la puerta y se encontró con Amaya que, muy sonriente, entró en la habitación, cerró la puerta con llave y le dijo que se quitara el pantalón y el calzoncillo puesto que se acababa de tomar un café solo y venía en busca de la leche para acompañarlo. En cuanto Pedro lo hizo, ella se quitó la braga y se abalanzó sobre el chico haciendo que cayera boca arriba en la cama. Colocándose de rodillas encima de él se introdujo el rabo dentro de la almeja y comenzó a cabalgarle frenéticamente mientras se quitaba el vestido minifaldero que llevaba puesto y el sujetador. Mientras Pedro la apretaba las tetas, tiraba de ellas como si la estuviera ordeñando y la ponía los pezones bien erectos con el roce de sus dedos, Amaya le dijo: “dame tu leche, la quiero toda para mi”. Pedro no tardó en complacerla por primera vez al mismo tiempo que la chica alcanzó su segundo orgasmo mientras la notaba caer, muy caliente, en su interior. Siguió cabalgándole pero, viendo que sus fuerzas disminuían muy deprisa, decidió echarse encima del chico e instintivamente cerró sus piernas. De esta forma comprobó que, aparte de correrse con mucha más rapidez, sentía una sensación realmente placentera que la hizo exclamar: “estoy en la gloría”. Cuándo Pedro la echó, por segunda vez, la leche se la convulsionó todo el cuerpo, los pezones parecía que la iban a explotar de gusto y disfrutó de dos orgasmos casi consecutivos tan intensos que no pudo hacer nada por evitar mearse mientras Pedro, que seguía con el rabo dentro de su chocho, procedía a meterla un dedo bien profundo en el culo. Amaya, viendo próxima su siguiente corrida, le dijo: “por favor, meáte ahora dentro de mi”. Pedro la complació al mismo tiempo que la chica llegaba, una vez más, al clímax echando una excepcional cantidad de flujo y entre gemidos, su cuerpo volvió a convulsionarse. Un poco más tarde el dedo de Pedro se impregnó en su caca. Amaya, al ver que se cagaba, le hizo sacarla el dedo para irse corriendo al water donde expulsó su caca, en forma de bolas, mientras le chupaba el rabo a Pedro. No tuvieron tiempo para más puesto que Pedro, que aún tenía que ducharse, afeitarse, vestirse y recoger todas sus cosas, debía de abandonar la habitación antes de las doce del mediodía. Amaya se ocupó de meter sus objetos personales y su ropa en la bolsa de viaje y en cuanto Pedro se vistió, dejaron el hotel, llevaron la bolsa a su casa y salieron para tomar unos aperitivos. Después de comer y de que entre Amaya y su madre fregaran y recogieran la cocina, Julia le pidió que se sentara pues tenía que hablarle de algo importante. Comenzó diciéndole que llevaba algo más de un año padeciendo dolores vaginales y pequeñas hemorragias y que, tras acudir a su médico de cabecera, había pasado por distintos especialistas que, tras efectuarla una buena diversidad de pruebas, la habían detectado un tumor, de un tamaño bastante considerable, en el ovario izquierdo. En principio, pensaron en operarla para quitárselo pero, a través de una biopsia, descubrieron que el otro ovario también estaba afectado y por ello, habían decidido darla unas cuantas sesiones de quimioterapia que, entre otros inconvenientes, iban a hacer que perdiera parte de su pelo y la obligarían a pasar algunas temporadas internada antes de proceder a vaciarla vaginalmente. Julia reconoció que lo había pasado muy mal pero, después de desahogarse contándoselo a sus hijos, en aquellos momentos lo tenía bastante asumido y sólo le pedía a Dios que, si tenía que morir, fuera sin que la torturaran demasiado y sin muchos dolores. Prosiguió diciéndole que su hijo estaba casado con una buena chica guapa y sencilla, esperando con ansiedad el nacimiento de su primer hijo y con un negocio en marcha, como era la pescadería, que le daba para vivir desahogadamente mientras que Amaya con su porvenir, asimismo, asegurado, parecía completamente dispuesta a pasar a mi lado el resto de su vida hasta el punto de que la había dicho que si no se llegaba a casar con Pedro se metía monja. Aquella relación contaba con el total beneplácito de Julia a la que Pedro, según dijo, la parecía que era buena persona aunque, indicó, que no podía aprobar que, durante el noviazgo, estuvieran llevando a cabo una vida sexual tan activa ya que podía afectar en un futuro a su relación. Lo que la que preocupaba era su marido puesto que con sus problemas de falta de riego cerebral cada vez se hacía más evidente que no iba a poder valerse por sí solo el tiempo que le quedara de vida, que según Julia no podía ser mucho y lo que le pedía, era que, además de hacer muy feliz y dichosa a Amaya, no abandonara a su marido hasta que este muriera. Pedro, al que aquella conversación afectó bastante más de lo que pensó Julia, la prometió cumplir con ambas cosas. Amaya y él salieron a dar un paseo, antes de que Pedro emprendiera el viaje de regreso, hablando muy poco. Pedro, eso sí, se interesó por conocer cuánto tiempo hacía que Amaya sabía lo de su madre y esta le contestó que desde hacía medio año pero que la había prometido no decirle nada al respecto hasta que Julia pudiera hablar con él.

Pedro había cogido mucho cariño a la madre de Amaya por lo que, en cuanto comenzó con los periodos de internamiento clínico y podía, iba a pasar los fines de semana con la chica y aprovechaba para pasar parte de la mañana del sábado y de la tarde del domingo en el hospital acompañando a Julia junto a su hija que, ante la ausencia de su madre de casa y el cada día peor estado de su padre que dócilmente hacía todo aquello que Amaya le decía, aprovechó para que el chico se alojara en su casa ya que al estar desocupada la habitación de su tío, Pedro podía dormir en ella. La primera noche Amaya se acostó en su cama y Pedro en la de la habitación que ocupaba su tío cuándo residía con ellos. La chica, que estaba muy caliente, esperaba que, de un momento a otro, Pedro entrara por la puerta de su habitación para acostarse con ella pero no fue así y al cabo de un rato, se levantó y como las habitaciones eran contiguas comenzó a dar unos ligeros golpes en la pared para llamar su atención pero, aunque Pedro escuchó los golpes, no supo interpretarlos y siguió acostado en aquella cama. Amaya no durmió aquella noche y hasta tuvo que “hacerse unos dedos” para aliviarse el “calentón”. Al día siguiente se levantó temprano pues esa semana les correspondía la limpieza de la escalera comunitaria del edificio en el que vivían y ante la ausencia de su madre, tenía que ocuparse de ello. Acabó antes de las ocho y después de cambiarse de ropa para volverse a poner un camisón muy corto sin nada debajo se dirigió a la habitación de Pedro al que despertó desde la puerta para, acto seguido, dirigirse a la cama y acostarse con él. Después de abrazarse y darse unos besos, Amaya le dijo: “¿a que esperas para joderme?” y quitándose el camisón, le instó a que se la “cepillara”, como siempre, vaginalmente. En esa ocasión, Amaya se mostró bastante pródiga en tirarse pedos durante el acto sexual diciéndole que, aquello, era debido a lo salida que estaba y a las ganas que tenía de que se la follara, la echara un par de sus excepcionales raciones de leche y una buena meada vaciando dentro de ella sus gordos huevos y la comiera la seta. A las nueve y medía tuvieron que acabar su sesión sexual con el fin de disponer de tiempo para ducharse, vestirse, desayunar y tras dejar a su padre en una residencia en la que solía pasar las mañanas jugando a las cartas, estar a las once en el hospital acompañando a su madre hasta que, alrededor de la una, la llevaban la comida y les obligaban a irse para que pudiera comer tranquilamente y echarse una siesta hasta que a las cuatro comenzaba, por la tarde, el periodo de visitas. Al salir del hospital Amaya y Pedro recogieron al padre de la chica y tomaron con él un aperitivo antes de dirigirse a su domicilio donde la fémina se ocupó de preparar la comida mientras Pedro entretenía a su padre con lo que más le gustaba, jugando al chinchorro. Después de comer los amigos de su padre fueron a buscarle para dar su habitual paseo y Amaya tras fregar y recoger la cocina, se acomodó junto a Pedro en el sofá del salón de su casa para ver la película que echaban en la televisión que era entretenida pero, en un intermedio, Amaya decidió tumbarse en el sofá para descansar y para ello, colocó su cabeza en las piernas de Pedro. Mirándole muy sonriente, le incitó a que la besara y Pedro lo hizo de una manera apasionada. De repente y puesto que estaban besándose y la chica se había quitado el sujetador para estar más cómoda, Pedro decidió introducir una de sus manos por el escote del top que Amaya llevaba puesto y tocarla y apretarla las tetas viendo que las tenía muy duras y tersas como si estuviera deseando que Pedro se las tocara. Los pezones se la pusieron totalmente erectos y se la marcaron a la perfección en la ropa. Pedro decidió subirla el top y seguir tocándoselas al descubierto. A Amaya la agradaba pero el chico pensó: “¿por qué contentarme con sus tetas si, seguramente, su coño estará abierto y húmedo?”. La chica, al ver que dejaba de apretarla las tetas, iba a decirle que siguiera cuándo notó que la subía la falda y la introducía la mano por la braga para acariciarla con la mano extendida la raja vaginal. Amaya abrió bien sus piernas y Pedro comprobó que la chica estaba empapada por lo que, bajándola un poco la prenda íntima, la introdujo dos dedos en la almeja y comenzó a masturbarla con ganas pero despacio. A Amaya, aparte de gemir, sólo la escuchaba decir: “que gustazo, sigue así, sigue” y Pedro, encantando, continúo pero ya sin preocuparse de besarla y con la vista fija en las abiertas piernas de la chica. Amaya llegó nueve ó diez veces al clímax, cada vez con más intensidad y rapidez, en poco más de medía hora. La energía con la que se lo hacía Pedro, metiéndola tan pronto dos como tres dedos en el chocho, hizo que no pudiera retener por más tiempo la salida masiva de su pis y que, casi gritando, dijera: “me meo, me meo” y obligándole a Pedro a continuar con su cometido soltó una impresionante meada con tal fuerza que los chorros de pis llegaron hasta los cristales de la ventana. “Lo he puesto todo perdido pero ha merecido la pena” dijo Amaya mientras Pedro, después de extraerla los dedos, procedía a acariciarla la raja vaginal desde el clítoris al ano y viceversa con los mismos dedos con los que la había masturbado. Amaya, que observaba como caía desde los cristales al suelo el pis que había echado, se dio cuenta de que en la terraza de una vivienda próxima un hombre, provisto de unos prismáticos, les estaba mirando. No sabía el tiempo que llevaba allí pero, a pesar de que estaba agotada, se levantó y bajó por completo la persiana antes de pedirle a Pedro que fuera a la cocina y la trajera agua. Casi se bebió toda la botella. Después hizo que Pedro fuera al water para coger una toalla y a su habitación para llevarla una braga seca. Mientras se limpiaba y se secaba con la toalla la agradó ver que el chico había elegido una de color negro. Se quitó el vestido, que llevó a la lavadora y la braga mojada, con la que se quedó Pedro y se puso la seca para volver a acostarse y poner su cabeza sobre las piernas del chico para que este la volviera a besar y a tocar las tetas pues, según le dijo, se había corrido tanto y en tan poco tiempo que sentía algún escozor vaginal y no deseaba que Pedro la tocara la seta hasta que se la pasara. Cuándo se encontró un poco más recuperada, se levantó y se dedicó a limpiar todo lo que había manchado sobre todo al mearse de una forma tan abundante incluyendo los cristales viendo que, como el espectáculo había terminado cuándo bajó la persiana, el hombre que les miraba con los prismáticos había desaparecido de la terraza. Amaya terminó unos minutos antes de que su padre entrara por la puerta y les encontrara en la cocina. La chica estaba fregando al mismo tiempo que preparaba la cena mientras Pedro, sentado en la mesa, abría unas latas de conservas. Después de cenar y de dejar al padre de Amaya acostado salieron para ir a tomar una consumición al pub con el reservado dotado de escasa luz, donde la chica se ocupó de calentar a Pedro, dejándole que la volviera a masturbar, con la intención de que, cuándo regresaron a su casa y se acostaron en la cama de la habitación de su tío, estuviera de lo más salido, rindiera debidamente y la echara en dos ocasiones y a espesos y largos chorros, su leche y una larga meada. Después de ello, Amaya acordó con Pedro que, además de bragas, calzoncillos, sujetadores y tangas, se intercambiaran parte de la ropa usada que hubiera estado en contacto directo con su cuerpo y así las camisas, calcetines y pantalones de Pedro eran reemplazados por las blusas, minifaldas, pantalones, pantys, tops y vestidos, especialmente los más ceñidos, de Amaya que el chico aún conserva como si de joyas se tratara.

Pedro se desplazó un día a Bilbao para efectuar unas gestiones laborales que resolvió a plena satisfacción y mucho antes de lo que esperaba por lo que, tras comer solo, decidió llamar a Amaya, con la que había pasado el fin de semana precedente, para decirla que iba a coger el primer autobús para pasar las últimas horas de la tarde y la noche con ella. La chica, al no saber con exactitud a la hora que iba a llegar, le dijo que hasta las siete y medía estaría en el hospital con su madre y que, a partir de esa hora, le esperaba en casa. Pedro salió de Bilbao a las cinco y medía de la tarde pero tuvo que esperar en Vergara durante más de una hora la llegada del autobús que le llevó a su destino por lo que llegaba a casa de Amaya un poco antes de las ocho y medía. La chica se mostró muy complacida y contenta por tenerle allí y como su padre estaba en Elorrio pasando un par de días con un hermano, la chica lo tenía todo preparado para cenar y poder acostarse pronto. Pero antes, fueron a dos cafeterías próximas con el propósito de tomarse un par de cafés bien cargados y prepararse para, lo que Amaya llamó, una “noche de fiesta total”. Cuándo regresaron a casa cenaron una ensalada y unos filetes con patatas fritas y a las diez y medía, la chica, ayudada un poco por Pedro, terminaba de fregar y de recoger la cocina. Se sentaron en el salón para ver un poco la televisión. Amaya se tumbó en el sofá poniendo su cabeza sobre las piernas de Pedro que, esta vez, la subió directamente la falda, la bajó un poco la braga y después de acariciarla la raja vaginal con su mano extendida y pasarla varias veces dos dedos, se los introdujo de golpe en el coño y la masturbó enérgicamente haciendo que Amaya llegara rápidamente al clímax y que repitiera con mucha frecuencia e intensidad. La chica había empapado la braga con su flujo cuándo le dijo que llevaba muchas corridas y que necesitaba su rabo dentro de ella pero que esta vez la iba a joder en su habitación y en su cama. Apagaron el televisor y después de pasar por el water para mear, se encaminaron hacía allí, desnudándose con mucha rapidez para que Pedro, acostándose encima de ella, la metiera el rabo para follársela con movimientos muy rápidos que posibilitaron que la echara la leche en cuanto ella volvió a alcanzar el orgasmo. Amaya agarrándose con fuerza a Pedro y llegando a arañarle la espalda hizo que este se diera la vuelta de forma que ella quedara encima de él. Cerró sus piernas y le dijo: “jódeme así todo lo que quieras”. Amaya era una autentica maquina corriéndose y por dos veces se meó encima de Pedro mientras este se la follaba al mismo tiempo que la hurgaba con dos dedos en el culo. Amaya la dijo: “estoy a punto de volverme a correr y creo que hasta me voy a cagar” cuándo sintió caer, en espesos y largos chorros, otra descomunal cantidad de leche en su interior. “Dios mío, Dios mío, cuánta leche”, “cuanto te quiero”, “soy una golfa” y “por favor, meáte ahora que me está viniendo otro orgasmo” fue lo que, entre gemidos, la escuchó decir Pedro antes de que la soltara su pis dentro de la almeja. Pero como Amaya se cagaba y aunque estaba haciendo esfuerzos por retener la salida de su mierda para que Pedro acabara de mearse en el interior de su chocho, la sacó los dedos del culo y la chica se levantó como una exhalación y diciendo: “se me sale, se me sale” se dirigió apresuradamente al water para cagar. Cuándo volvió le comentó a Pedro que había echado, inmersa en una sensación muy placentera, un montón de caca. El chico la tocó el ano y comprobó que, a cuenta de la cagada que Amaya le dijo que había sido sólida, lo tenía muy dilatado por lo que, haciendo que la chica se pusiera a cuatro patas, se lo lamió y más tarde la metió dos dedos hurgándola con ganas logrando que se la dilatara aún más. Amaya no sabía lo que se proponía pero la gustaba lo que la estaba haciendo. De repente, Pedro la sacó los dedos y la colocó la punta del rabo en el ano. Cogiéndola de la cintura la dijo: “aprieta con todas tus ganas” y Amaya, muy obediente, lo hizo notando como el enorme rabo de Pedro se introducía dentro de su culo causándola un dolor tremendo. El chico la decía que respirara armónicamente y que aguantara pero no era fácil con aquel pedazo “instrumento” atravesándola todo el trasero hasta que la punta se acopló en el intestino. Pedro la gritó varias veces que apretara con fuerza sus paredes anales para incrementar su mutuo placer y la chica lo hizo a pesar de que, con ello, aumentaba el dolor. Pedro se encontraba muy a gusto dándola por el culo y con intención de poder disfrutar durante más tiempo, redujo considerablemente sus movimientos para hacérselo muy, muy despacio diciéndola que no la iba a sacar el rabo hasta que se corriera en el interior de su trasero. Amaya le recordó que tenía el rabo muy gordo y largo, que era la primera vez en su vida que la daban por el culo y que sentía que el ano la iba a reventar de un momento a otro. Pedro, echándose sobre su espalda, empezó a apretarla las tetas y más tarde tiró de ellas enérgicamente como si la ordeñara. Cuándo empezó a notar que la corrida se acercaba la introdujo dos dedos en la seta y la buscó la vejiga urinaria para, poco a poco, apretársela. Amaya notaba que, con aquello, se iba a volver a correr y además, sentía unas ganas enormes de mear. Pedro la dijo: “vacíate, echa todo el pis que tienes guardado” y apretándola con más fuerza la vejiga logró que echara una impresionante cantidad de pis en chorros al más puro estilo fuente. Pedro siguió apretándola la vejiga pero, al habérsela vaciado, no pudo sacarla nada más que algunas gotas por lo que extrayéndola los dedos procedió a mantenerla abiertos los labios vaginales haciendo que, a pesar del dolor, Amaya sintiera una sensación bastante grata. Pedro, aumentando el ritmo de la penetración anal, la dijo: “te voy a llenar el culo de leche” y como si fuera la primera en su vida que se corría, la echó chorros y más chorros de una calentísima leche que, según la caían en el intestino, la daba mucho placer a Amaya que, al ver que Pedro seguía enculándola y además con movimientos rápidos, le dijo: “sácamela que me vuelvo a cagar y esta vez no voy a poder retener la salida de la mierda”. Pedro se la extrajo y la introdujo dos dedos en el culo. Hizo que Amaya se levantara y acompañándola, se dirigieron rápidamente al water donde la mandó colocarse en cuclillas encima del inodoro. Extrayéndola de golpe los dedos, la chica expulsó una gran cantidad de caca, totalmente líquida y llena de leche. Cuándo acabó, Pedro se empeñó en limpiarla el ano con su lengua lo que hizo que la chica no pudiera evitarse tirarse unos cuantos pedos en su cara. Al volver a la cama, Amaya le dijo que, aparte de que la dolía mucho el culo, era muy tarde, estaba agotada tras el envite que la había dado por su parte trasera y que tenían que descansar un poco ya que, al día siguiente, tenían que madrugar para que Pedro reprendiera su viaje de regreso y ella fuera a trabajar. Haciendo que Amaya se colocara de lado en la cama, Pedro la puso su aún erecto rabo en la raja del culo y apretándose a ella la acarició el coño con su mano extendida. Amaya se quedó dormida, tras llegar una vez más al clímax mientras que Pedro concilió el sueño con su mano apretada a la almeja de la chica. Cuándo Pedro se despertó, Amaya tenía empapado el chocho y su mano que, además se le había dormido, continuaba en su seta. Al tardar unos minutos en poder quitarla de su acomodo la chica le echó en ella unos buenos chorros de pis antes de levantarse muy deprisa para ir al water a cagar. Cuándo volvió se quejó de que, aparte de una diarrea muy persistente, sentía muchas molestias e incluso dolores en el culo y tras ducharse, Pedro se ocupó de aliviárselos dándola en el orificio anal una buena cantidad de crema. La diarrea se fue incrementando por momentos y Amaya, además de no poder ir a despedir a Pedro ni a trabajar, se vio obligada a permanecer la mayor parte del día sentada en el “trono”.

El pasar los fines de semana juntos se hizo cada vez más frecuente y habitual ya que Pedro encontró la disculpa ideal al decirla a su madre que los pasaba al volante de un autobús realizando excursiones. Durante ellos nunca faltaban y generalmente en más de una ocasión, sus relaciones sexuales puesto que al chico no le importaba “tirársela” incluso cuándo Amaya estaba con la regla. La chica, poco a poco, se fue haciendo a la penetración anal y a superar los “efectos secundarios” de este tipo de actividad sexual. Pedro la solía dar crema para aliviarla las molestias anales mientras sus diarreas y bastante persistentes se producían en cuánto la echaba la leche y en muchos casos, su pis en el interior de su culo pero cada vez eran de menor duración. Aunque Pedro la penetraba constantemente por delante y por detrás a Amaya la gustaba que, durante sus ciclos menstruales, se prodigara en darla por el culo y la dejara mamarle el rabo y realizarle un buen número de pajas.

Al nacer la hija de su hermano y su cuñada le invitaron al bautizo. Estaba previsto que Amaya fuera la madrina pero, el deficiente estado de salud de Julia que cada día estaba más decaída, hizo que, a última hora, se cambiaran los planes y que los padrinos fueran la madre de Amaya y el padre de su cuñada. Durante la comida Amaya le dijo que deseaba que el próximo acontecimiento de ese tipo fuera el bautizo de su primer hijo. Más tarde le comentó que había pedido el traslado a la ciudad en la que residía Pedro argumentando que tenían intención de casarse aunque, según le explicó, no tenía ninguna prisa en contraer matrimonio y que lo que quería era comenzar a vivir juntos y tener hijos. Pedro, en cuanto regresó, decidió apoyarla en su petición y mandó por correo certificado otro escrito, en el que incluso reconoció su firma a través de un Banco, en términos muy similares a los de Amaya.

Pero Pedro seguía guardando en secreto su noviazgo y Amaya deseaba legalizar su relación con la familia del chico cuanto antes con la intención de poder vivir con él en cuanto, al producirse una vacante, la autorizaran el traslado por lo que decidió presionarlo para ello. Mientras Amaya pensaba que lo mejor era que él se lo dijera a su madre, a su hermana y a su cuñado, que eran su familia más cercana, Pedro empezó a pensar en hacerlo a través de un encuentro casual, por ejemplo, un domingo cuándo su familia saliera de misa. Pero no pudo llevar a cabo su idea ya que Amaya, dispuesta a todo por solucionar el tema, decidió desplazarse el fin de semana siguiente. Ante ello, Pedro pensó que lo más apropiado era llevar a Amaya a su casa y presentársela de sopetón a su madre. Y así lo hizo. Amaya, vestida en plan discreto y elegante con un vestido largo que se había comprado para la ocasión, temblaba de miedo cuándo la hizo pasar al cuarto de estar y dijo: “mamá, te presento a Amaya, mi novia” y “Amaya, te presento a mi madre”. La madre de Pedro se levantó como un resorte de la silla y poco más ó menos, les obligó a salir de la vivienda diciéndola a Amaya: “usted quédese en su casa que mi hijo y yo seguiremos en esta”. Ambos se quedaron completamente cortados, como fulminados, por la reacción de la madre de Pedro y Amaya, al bajar en el ascensor, empezó a llorar lo que, al menos, la sirvió para desahogarse y sacar fuera el nerviosismo y la sensación de impotencia que sentía. Dieron un paseo y la chica, dándose cuenta de que Pedro estaba materialmente roto, intentó animarle y aunque no la apetecía demasiado le propuso ir al hotel en el que se hospedaba para que la “jodiera”. Una vez en él, Amaya se percató de que hacía cinco días que había acabado con su última regla y que se encontraba en uno de sus periodos de mayor fertilidad pero, pensando que ya lo habían hecho en otras ocasiones en tales circunstancias y no había ocurrido nada, se relajó y colaboró, si ello era posible, más intensamente que otras veces en el desarrollo de la sesión sexual ya que a Pedro, bastante nervioso, le costaba mucho más de lo habitual echarla la leche. Después de que el chico hubo vaciado sus huevos gracias a la inestimable ayuda de Amaya salieron a cenar y a tomar una copa en un pub para darle tiempo a recuperarse antes de regresar al hotel donde volvieron a mantener un contacto sexual en el que, con Pedro más entonado, Amaya se entregó sin límites dejando que, a pesar de que terminó con una diarrea impresionante, el chico la diera, una y otra vez, por el culo y se la follara en todas las posiciones que quiso echándola la leche y las meadas con el rabo completamente introducido en su cuerpo. Había amanecido cuándo, completamente exhaustos y tras superar Amaya el periodo más crítico de su proceso diarreico, se durmieron para despertarse a las dos y medía del mediodía. Se levantaron, se ducharon, se vistieron y salieron del hotel para ir a comer a un restaurante próximo. Al acabar dieron un paseo y tras permanecer unos minutos sentados en un banco, a las cinco y medía de la tarde se encontraban, de nuevo, en el hotel. Pedro estaba de lo más motivado y Amaya, tras pedirle que no la diera por el culo, se entregó a él completamente relajada. Durante más de hora y media, Pedro se ocupó de que Amaya no dejara de sentir placer masturbándola y comiéndola el coño hasta que, al verla fuera de si, la metió el puño vaginalmente y la realizó un largo fisting en el que la chica no dejó de echar flujo a borbotones que llegaron a caer hasta en el pecho del chico y vació su vejiga urinaria con frecuentes meadas sin dejar un momento quieto su cuerpo, especialmente su culo que no dejaba de levantar lo que facilitó que Pedro la metiera primero un dedo y más tarde dos para hurgarla en su interior haciendo que, asimismo, vaciara por completo su intestino. Amaya no podía más cuándo Pedro la sacó el puño y echándose sobre ella procedió a meterla el rabo en el gran boquete en que se había convertido su almeja. La chica, agotada y sin fuerzas, era incapaz de colaborar y se dejó hacer. Sentía mucho gusto pero era no lograba llegar al clímax. Cuándo Pedro la echó la leche “rompió” con un orgasmo bastante seco que la convulsionó todo el cuerpo. Las tetas se la pusieron gordas y tersas y parecía que iban a explotar. Amaya le indicó que no podía más y Pedro, en vez de hacerla caso, la hizo colocar las piernas en sus hombros y se la continuó “cepillando” vaginalmente con movimientos rápidos. La posición permitió a la chica incorporarse varias veces para poder ver como se la follaba notando que, después de atravesarla el útero por completo, la punta del rabo de Pedro presionaba sus ovarios y parecía que estos la iban a explotar de gusto. Sintió un placer indescriptible cuándo el chico, con su miembro totalmente introducido dentro de su chocho, se corrió por segunda vez y unos segundos más tarde, la soltó una impresionante meada. Mientras Amaya pensaba que, después de aquella monumental corrida, su meada la había librado de que la dejara preñara, Pedro continuó pero la chica no tardó en empezar a sentir primero molestias, después escozor y más tarde, un intenso dolor dentro de su seta. Se sintió aliviada cuándo Pedro, a punto de correrse por tercera vez, decidió extraerla el rabo para echarla la leche en las tetas aunque los chorros llegaron hasta la cara y el pelo de Amaya. Después el chico se acostó a su lado y tras extenderla su líquido por las tetas decidió apretárselas, tirar de ellas como si la ordeñara y mamárselas. Amaya pensó en el excepcional aguante sexual de Pedro puesto que, a pesar del gran desgaste que habían supuesto sus dos últimas relaciones sexuales, no parecía notar los efectos del cansancio. Pero, de repente, la chica comenzó a sentir molestias anales y escozores vaginales sobre todo cuándo Pedro la acariciaba el coño ó la mamaba las tetas, lo que la obligó a acariciarse su órgano genital varias veces hasta que, finalmente, comenzó a sufrir los efectos de una incontinencia urinaria con la que no dejaban de salirla chorros y gotas de pis. Cuándo la situación se normalizó se quedaron dormidos. Se despertaron a las doce y medía y mientras la chica, bastante recuperada, pensaba en que Pedro se la volviera a “tirar”, este estaba con su pensamiento centrado en la monumental bronca que le esperaba cuándo llegara a casa después de no haber aparecido por allí desde que fue acompañado por Amaya. El chico, con su mejor voluntad, la dijo que descansara mientras que él se encargaba de pagar el hotel y de hacer que la llamaran a las cinco de la mañana para que tuviera tiempo de ducharse, vestirse, recoger sus cosas y desplazarse en un taxi hasta la estación de ferrocarril donde, un poco después de las seis, debía de coger el tren que la llevara de regreso a su domicilio con el tiempo justo de llegar a su trabajo. Amaya, al ver que Pedro empezaba a vestirse con el rabo aún empapado y tieso dejándola con ganas de más sexo, le dijo: “¿se puede saber que estás haciendo?” y Pedro, con la mayor normalidad, la contestó que se iba a dormir a su casa. Amaya, muy enfadada, se levantó y le dijo: “si tu te vas yo también” y sin tan siquiera limpiarse empezó a buscar su ropa interior por la cama y se vistió. Amaya recogió todas sus cosas sin decirle una sola palabra y salieron de la habitación. En recepción Pedro abonó el importe de la habitación y al salir del hotel la preguntó: “¿y ahora donde vas a ir?” a lo que la chica le contestó: “a la estación de ferrocarril para pasar allí la noche mientras llega mi tren” y sin esperarlo se dirigió hasta una cercana parada de taxis. Pedro no sabía que hacer y su corazón se debatía entre Amaya y su madre. Esta al llegar a la parada se paró delante del taxi que iba a coger y esperó a que Pedro se acercara. Le miró y con lágrimas en los ojos, le abrazó, le dio un breve beso en la boca y le dijo: “gracias por hacerme tan feliz estos últimos años y adiós”. Pedro, sin saber que hacer ni que decir, se quedó parado viendo alejarse al taxi en cuyo interior iba Amaya y con el corazón roto se dirigió a su casa donde, como se esperaba, se encontró con una descomunal bronca de su madre lo que no le importó pues, aparte de que no la prestó atención, su mente estaba centrada en Amaya y esa noche no pudo dormir.

El chico sabía que había tomado la decisión equivocada en el momento más inapropiado y que su error lo iba a pagar caro. Y así fue. Amaya dejó de escribirle y cuándo hablaban por teléfono sus conversaciones cada vez resultaban más breves ya que la chica era parca en sus palabras hasta que, al final, optó por no ponerse al teléfono obligando a sus compañeros de trabajo a ponerle las disculpas más absurdas. Pedro decidió desplazarse para pedirla perdón e intentar solucionar su situación. Pero al llegar a su domicilio se encontró que sólo estaba el padre que no supo explicarse y lo único que pudo sacar en claro fue que Amaya y Julia habían ido a hacerse unas pruebas médicas, que Pedro pensó que afectarían a la madre, sin saber si se encontraban en aquella localidad ó se habían desplazado a otra. Aunque el hombre le dijo que le habían dejado la comida preparada, Pedro se empeñó en que fuera a comer con él y como le gustaba mucho comer pollo asado, le dio aquel pequeño capricho dejándole que comiera todo lo que quisiera. Pasaron la tarde juntos en muy buena armonía y el padre le dijo: “mi hija es buena y te quiere”. Cuándo regresaron al domicilio de Amaya eran casi las siete y medía y aún no habían vuelto. Esperó hasta las ocho y cuarto en que, dejándola una nota, inició el viaje de regreso. Su situación se complicó aún más cuándo dos días más tarde recibió una carta contestando a la que había enviado en su día pidiendo el traslado de Amaya en la que le comunicaban que la chica no tendría que esperar a que se produjera ninguna vacante y que el traslado sería inmediato si aportaban algún documento civil ó eclesiástico que justificara su propósito de contraer matrimonio. Como tal envío llegó por correo certificado y urgente su madre abrió la carta con la intención de, si realmente era urgente, poder informar a su hijo y se encontró con lo que ni remotamente se esperaba lo que hizo que aquel día, en que Pedro celebraba su cumpleaños y los siguientes, se convirtieran en un autentico infierno para él.

Volvió a desplazarse una semana más tarde y en esta ocasión, encontró a la madre y a la hija sentadas en el sofá del salón que tan gratos recuerdos le traía. La madre, que tenía puesta una sonda, permanecía casi acostada leyendo una revista y le llamó poderosamente la atención lo mucho que había perdido en muy pocas semanas. Le recibió con gran alegría y después de dejar que pidiera perdón a Amaya por su comportamiento le dijo: “parece ser que lo único que falta para uniros es que tu madre acepte a mi hija”. Pedro contestó afirmativamente con la cabeza y la mujer le indicó que, si Dios la permitía vivir hasta entonces, el mes próximo la gustaría pasar dos ó tres semanas en la ciudad en la que vivía Pedro y residiendo lo más próxima posible a él para poder entrevistarse con su madre con la intención de que viera que eran buena gente y que lo único que querían era la felicidad en la relación de su hija con Pedro. El chico la dio las gracias y la prometió ocuparse personalmente de encontrarles un alojamiento adecuado para su estancia que, aunque la madre declinó el ofrecimiento, quiso pagar. Después la dijo a Amaya: “iros a dar un paseo, daros unos besos para reconciliaros y no te olvides de comunicarle la grata sorpresa”. Pedro no supo a que se refería con sus últimas palabras mientras Amaya permaneció toda la tarde bastante callada y pensativa. Estuvo a punto de hablar un poco antes de que Pedro iniciara su viaje de regreso pero, tras darle un beso en la boca sin tan siquiera abrazarle, se dirigió hacía su casa sin esperar, como otras veces, a que el chico se pusiera en camino.

A pesar de los buenos augurios de aquel encuentro los meses pasaron y Pedro se desesperaba al no tener la menor noticia de Amaya ni de su madre. Se desplazó varias veces a visitarlas y aunque le pareció que miraban por la mirilla nadie abrió la puerta del domicilio de la chica. Acudió al hospital donde había permanecido Julia pero tampoco pudo obtener ninguna información. No le quedó más remedio que dejar pasar algunos meses pensando que el tiempo se encargaría de normalizar su situación pero, finalmente, volvió una vez más y como nadie la abrió la puerta del domicilio de la chica, decidió pasar la noche allí y al día siguiente, a primera hora de la mañana, acudió a la pescadería del hermano de Amaya al que encontró muy abatido. En pocos minutos le puso al corriente de todo. Diez días después de su última entrevista con ella, la madre de Amaya había fallecido ya que el cáncer vaginal la había corroído entera. El marido murió mes y medio más tarde a cuenta de un derrame cerebral. Amaya y aquella era la “sorpresa” que mencionó su madre, después de un embarazo bastante complicado, había dado a luz a una niña preciosa pero como estaba destrozada a cuenta de lo que la había pasado y había jurado no ser nunca de otro hombre, decidió irse, prácticamente con lo puesto y con su hija en brazos, a vivir a otro lugar que desconocía y pocos días después, su cuñada había hecho lo propio con su hermano lo que le hacía pensar que lo tenían muy bien pensado y que, seguramente, vivían juntas. Pedro comprendió, entonces, que lo que Amaya le quiso decir y no pudo era que estaba esperando a aquella niña. Desesperado y poniéndose de acuerdo con el hermano de Amaya recurrió a una agencia de detectives privados, que les salió sumamente cara, para localizarlas incluso en los conventos pero en la mayoría de ellos los detectives no pudieron acceder a los registros para conocer los nombres de las novicias que habían ingresado en los últimos meses por lo que todo fue infructuoso y Pedro, completamente deshecho, tuvo que reconocer que la había perdido para siempre.

Aquello le causó un gran trauma que acabó en una depresión muy fuerte que le obligó a recibir asistencia psiquiátrica durante más de un año y a pesar del tiempo transcurrido, Pedro aún piensa en Amaya. Perdió todo su interés por el sexo y durante casi dos años estuvo dentro de la más estricta abstinencia sexual. Cuándo comenzó a sentir, de nuevo, deseos sexuales intentó volver a relacionarse en plan homosexual con su primo pero le resultaba difícil poder quedar con él un día y a una hora concreta sobre todo porque su primo no demostraba mucho interés. Pedro pensó que era debido a que disponía de un buen número de amigos con los que, presuntamente, podía mantener contactos sexuales y su primo, además de tener un rabo muy pequeño, tenía problemas con la eyaculación y no era capaz de correrse más de una vez al día además de que los fines de semana estaba saliendo, según él en plan de amigos, con una chica. Por otro lado y a cuenta de la medicación que tomaba para la depresión, la potencia sexual de Pedro disminuyó considerablemente y aparte de que tampoco era capaz de correrse más de una vez al día y en algunas ocasiones ni eso, le costaba llegar y cuándo lo hacía sentía mucho menos gusto que antes y echaba una mínima cantidad de leche. La situación se fue arreglando cuándo, aunque no fuera con frecuencia, logró comenzar a quedar con su primo. Además de hacerse pajas mutuas mientras veían películas de vídeo de alto contenido sexual, Pedro le chupaba el rabo y empezaron a darse por el culo.

Pero aquella relación no era lo suficientemente frecuente como para que Pedro se satisficiera sexualmente por lo que por las noches comenzó a colocarse boca abajo en la cama y a restregar su miembro como si se estuviera follando a una mujer. De esta forma echaba su leche en dos ocasiones impregnando la sabana bajera con el semen hasta que, precipitadamente, tenía que levantarse para ir al water a mear. Pero esto no duró mucho ya que, a través de su primo, conoció a un hombre, llamado Francisco Manuel (Paco), bastante más mayor que él al que le habían cortado las dos piernas y se encontraba postrado en una silla de ruedas con la que, seguramente por la experiencia adquirida, se defendía de maravilla. A Paco le gustaban los hombres bien dotados y es de suponer que su primo le pusiera en antecedentes de las excepcionales dimensiones del rabo de Pedro. Lo cierto es que Paco no paró hasta hacer una buena amistad con el chico. Una tarde que estaban solos en una vivienda que Paco tenía desocupada, se dedicó a ponerle muy caliente narrándole la historia de una pareja a la que había visto desde la ventana de su habitación en “plena acción” junto a la vía del tren en una noche calurosa, hasta conseguir que Pedro acabara con el pantalón y el calzoncillo en los tobillos para permitirle que le aliviara el calentón haciéndole una paja sin dejar de acariciarle y tocarle los huevos. Desde aquel día Paco, que disponía de un piso amplío y confortable en el que se reunía con otras personas discapacitadas, se ocupó de proveerse de todo tipo de revistas pornográficas para lograr que Pedro le visitara con frecuencia y hacerle un par de pajas mientras el chico se excitaba viendo las revistas. Pedro no se sentía demasiado cómodo con Paco pero, gracias a él, recuperó su potencia sexual y consiguió que su leche volviera a salir masivamente en varias ocasiones durante el desarrollo de cada sesión. Paco, después de las revistas, logró relacionarse con él prácticamente todos los días al facilitarle la posibilidad de follarse, delante de él, a varias chicas con algunas deficiencias físicas ó psíquicas a las que había hecho múltiples favores y no podían negarse por lo que, durante varios meses, el chico se “tiró” a varias féminas cojas, inválidas, mudas, retrasadas, sordomudas y hasta a la propia hermana de Paco, que era completamente normal y no tardó en convertirse en la más golfa, guarra y viciosa de todas. Aparte de ser la única que mantenía relaciones sexuales con Pedro todas las semanas, la encantaba estar presente en buena parte de las que llevaba a cabo con las otras hembras y en las suyas la gustaba que, al desnudarse, Pedro se quedara con el calzoncillo puesto para meterle toda la parte textil por la raja del culo de manera que su descomunal rabo se le marcara perfectamente por delante para poder acariciarle los huevos a través de la prenda hasta que la punta y algo más del “instrumento” aparecía por la parte de arriba del calzoncillo. Cuándo Pedro la daba por el culo, además de mearse, no paraba de tirarse pedos y después de que su hermano le hiciera la paja habitual, la gustaba chuparle la verga y acariciarle los huevos mientras su hermano le tocaba la masa glútea hasta que, cuándo estaba a punto de correrse bien en la boca de la chica ó con su rabo introducido en el canalillo de sus tetas, Paco le metía dos dedos en el culo y le hurgaba con ellos para que sintiera más gusto y echara más leche. La mayoría de las demás mujeres, viendo que aquella era la única posibilidad sexual que iban a tener en su vida, se entregaban de maravilla y no tardaron en convertirse en unas autenticas putas a las que, en principio, se “cepillaba” vaginalmente aunque Paco no tardó en conseguir que en cada sesión se incluyera la penetración anal con la que el invalido parecía disfrutar. Eso sí, tras echarlas dos polvos uno vaginal y otro anal, Paco, que muchas veces grababa las sesiones sexuales para que otras féminas pudieran excitarse aún más viéndolas mientras Pedro se las “tiraba”, se ocupaba del rabo de Pedro para movérselo con sus manos delante de las mujeres de forma que, tanto ellas como él, pudieran ver las grandes cantidades de leche que echaba cada vez que se corría. Para finalizar cada sesión, lo más habitual era que las féminas le chuparan el miembro durante un buen rato antes de que las realizara un fisting vaginal. Pero Paco cometió el grave error de permitir que su primo y Emilio, un amigo de este, estuvieran presentes en las sesiones sexuales y con aquello, la cosa se fue al traste pues Emilio, además de ser un mal educado y no dejar de insultar a las chicas, intentó mantener sesiones homosexuales entre ellos a días alternos delante de las mujeres a las que no dejaba de tocar y pretendía follarse en cuanto Paco obligaba a Pedro a “ponerse en sus manos” lo que hizo que las mujeres se negaran a mantener más encuentros sexuales en su presencia y Pedro tampoco estaba en disposición de continuar permitiendo que les viera sobre todo porque las féminas temían que Emilio acabara por violarlas.

Pocos meses después, Pedro se fue de vacaciones con cuatro mujeres, todos ellas mayores, que eran su madre, una prima que vivía en Bilbao y había sido la propietaria del piso en el que Pedro llevo a cabo varias sesiones sexuales con Amaya y dos amigas de su progenitora. Pedro no tardó en ir detrás de una chica alemana, joven y rubia, con la pierna izquierda escayolada y que, desde el primer momento, le pareció muy lanzada por lo que pensó que podía ser una “yegua” excepcional en la cama. Pero, a pesar de la buena voluntad de ambos, no llegaban a entenderse ya que la chica no hablaba español ni Pedro alemán por lo que lo único que consiguió fue que le hiciera, en el water de mujeres de la planta baja del hotel en que se alojaban, un par de pajas y que le dejara tocarla y masturbarla. Pensó que, gracias a aquello, le iba a ser mucho más fácil llegar a “tirársela” en condiciones pero Pedro hizo amistad con una joven pareja, asimismo alemana, con los que se entendía a la perfección ya que ambos, además de alemán, hablaban español, francés e inglés. La pareja pasaba la mayor parte del día tumbados en la playa ó en la piscina del hotel tomando el sol y bebiendo cervezas y refrescos pero por la noche, al terminar de cenar, solían ser los primeros en animarse a bailar en las actividades que el hotel ponía a disposición de los clientes. La chica siempre lucía vestidos sumamente ceñidos y cortos lo que hacía que Pedro, como la mayoría de los hombres, permaneciera muy atento a que, con sus movimientos y en un pequeño descuido, se la subiera un poco la falda y se pusiera ver de qué color llevaba ese día la braga. La chica era alta, esbelta y rubia. Parecía incansable bailando y a su pareja la vino de maravilla que Pedro hiciera amistad con ellos en una excursión y decidieran turnarse para bailar con la escultural rubia. Cuándo se cansaban solían salir a dar un paseo y tomar un par de consumiciones en una terraza y a cuenta del baile, Pedro no tardó en acompañarles. De esta forma se enteró de que, aunque no estaban casados, eran pareja de hecho; que el chico, llamado Günter, tenía veintisiete años y veintidós la chica, llamada Valerie, que había nacido en Francia pero que desde los tres años sus padres había establecido su residencia en Alemania, concretamente en Colonia. Una noche Valerie le comentó a Pedro que Günter estaba un poco indispuesto y había preferido quedarse en la cama por lo que, durante el baile, el chico sudó todo lo que quiso por complacer a Valerie que con un vestido cortísimo no dejaba de lucir su braga de color rosa. Llegó un momento en el que Pedro no podía más y Valerie le propuso ir a dar una vuelta para terminar sentándose en una terraza donde la chica no tardó en besarle en la boca al mismo tiempo que, introduciendo su mano por debajo de la camiseta, le acarició el pecho. Valerie le propuso que aprovechara que estaba bien abierta de piernas y con el vestido ligeramente subido para tocarla y acariciarla la raja vaginal, que se la marcaba perfectamente en su prenda íntima, a través de la braga mientras le explicaba que su “cueva” estaba mucho más apetecible que la de la joven con la pierna escayolada, a la que calificó de ramera, por la que Pedro demostraba tanto interés. Valerie, haciendo que la metiera la mano por la braga y que extendida se la pasara por su órgano genital estaba al borde del orgasmo cuándo le dijo que se “ponía” cada vez que observaba el gran paquete que se le marcaba en el pantalón y sin el menor disimulo, empezó a tocarle el rabo por encima de su ropa para llegar con más facilidad y rapidez al clímax. Después de pagar las consumiciones y levantarse de las sillas de la terraza, la chica cogió a Pedro de la mano y le hizo ir con ella al water de mujeres de la cafetería donde se ocupó de bajarle el pantalón y el calzoncillo para verle sus “atributos”. Valerie exclamó: “que picha tan grande y que cojones tan gordos” y tras tocárselos hasta la saciedad le hizo una paja rápida sin dejar de acariciarle los huevos dándole en ellos golpes con dos dedos. Pedro se corrió enseguida y echó una enorme cantidad de leche. La chica, sin dejar de movérsela, le dijo que aquello era maravilloso y que necesitaba hablar con él seriamente. Después de hacerle una mamada impresionante y dejando a Pedro a punto de volver a correrse, Valerie le dijo que se vistiera para salir de aquel water y sentarse en otra terraza donde la chica, sin dejar de acariciarle el “paquete” por encima del pantalón le explicó que ella, aunque era muy decidida y solía estar siempre caliente, estaba deseando ponerse de lo más cachonda viendo como otro hombre daba por el culo a su pareja delante de ella a cambio de lo cual dejaría que ambos se la “cepillaran”. Pedro, tras asegurarse de que Valerie se ocupaba de que Günter no pusiera la menor pega, no se lo pensó y aceptó. La chica, sacándole el rabo a través de la bragueta del pantalón y sin importarla que les vieran, le movió el “instrumento” con su mano hasta que logró que a Pedro se le pasara el calentón que acumulaba desde el water de la otra cafetería al correrse. Valerie, con muy mala uva, hizo que la mayoría de su leche cayera en la propia ropa del chico al que, acto seguido, obligó a mear delante de ella mientras le acariciaba los huevos. A pesar de que a Pedro no le gustó demasiado que le humillara en público, Günter, su pareja, logró convencerle para que, a partir de la noche siguiente y a días alternos, tras su paseo nocturno Pedro fuera con ellos a su habitación. Valerie, en plan dominante, era la primera en desnudarse para proceder a moverle a Pedro el rabo con su mano y a chupárselo para que, en cuanto estaba bien erecto, Günter se colocara a cuatro patas y permitiera que Pedro le diera por el culo. Valerie, mientras tanto, le realizaba una paja muy rápida a su pareja y no dejaba de acariciar los huevos a Pedro. Günter, entre los continuos insultos de Valerie, solía correrse mucho antes de que Pedro le echara la leche dentro del culo y en cuanto lo hacía, el chico se la sacaba para permitir que Valerie le forzara con sus dedos hasta que lograba que, con prisas, Günter acabara cagando en el water mientras Valerie, colocada a cuatro patas, permitía que Pedro la penetrara vaginalmente y se la follara hasta echarla dentro de la almeja su leche y su pis. Después era Günter el que se la “cepillaba” entre los insultos de Valerie mientras Pedro les veía. En cuanto Günter, que también estaba muy bien dotado, la echaba la leche, la llamaba de todo y la obligaba a acostarse en la cama boca arriba para inyectarla un enema vaginal, que repartía entre el clítoris y la vejiga urinaria, lo que permitía que disfrutaran durante unos minutos de un gran espectáculo viendo como Valerie se vaciaba por completo de flujo, y de pis, entre convulsiones y sin dejar de mover su cuerpo un momento, sobre todo levantando su culo con lo que se tiraba algunos pedos y terminaba por liberar su esfínter. Más tarde y tras ocuparse Günter de untarla en su propia mierda para ducharla unos minutos después sin dejar que se secara, con la chica totalmente entregada y dejándose hacer, Pedro la solía penetrar por el culo mientras Günter lo hacía vaginalmente para realizarla una penetración doble. A ambos les costaba llegar a correrse pero a Valerie la complacía que fuera así puesto que disponía de más tiempo para recuperar flujo y alcanzar un mayor número de orgasmos. La sesión sexual se daba por finalizada unos minutos después de que ambos la echaran su leche y se mearan dentro de ella, aunque lo más normal era que la pareja continuara en la cama besándose y tocándose mientras Pedro, tras vestirse, volvía a su habitación. Aquella relación duró diez días ya que Günter y Valerie acabaron su periodo vacacional tres días antes que Pedro. La pareja quedó en seguir en contacto con él para poder planificar sus próximas vacaciones con idea de poder llevar a cabo más encuentros sexuales sobre todo a primera hora de la mañana y por la noche que era cuándo la libido de Valerie siempre estaba con ganas pero, al cambiarle a Pedro el número de teléfono, perdieron el contacto.

El chico volvió a relacionarse sexualmente con Paco, su hermana y la mayoría de las féminas con discapacidad tras mantener una larga conversación con el paralítico para intentar evitar los errores que se habían producido durante su anterior etapa. Pero Pedro, al cabo de unos tres meses, se terminó cansando de las, cada vez, más lujuriosas pajas que Paco le realizaba casi diariamente siempre en presencia de su insaciable hermana, que solía grabarlo y de que esta considerara que, antes que a cualquier otra, debía de follársela a ella y decidió ponerse de acuerdo con las hembras discapacitadas que más le interesaban para comenzar a mantener sus sesiones sexuales en el domicilio de tales mujeres lo que, además de tener siempre a más de una dispuesta a pasar con él la noche de los viernes y los sábados, le permitió hacerlo, en unos casos, a primera de la mañana; en otros, tras la comida y con las restantes, por la tarde cuándo acababa su jornada laboral. De esta forma hizo una buena amistad, tanto afectiva como sexual, con una chica alta, delgada y joven, llamada Amparo, que era ciega y a la que dejó preñada. La mujer quería seguir adelante con su embarazo pero más tarde se percató de que, a cuenta de su ceguera, lo único que iba a conseguir era involucrar a sus hermanos, con los que vivía, en la atención a su hijo y decidió abortar. A través de ella conoció a Teresa, que era familiar de Amparo, una mujer elegante y guapa que aún estaba en edad de merecer y de tener hijos, que se encontraba viuda y tenía una hija, Ana Rosa, que, además de nacer muda, estaba postrada en la cama. Amparo consiguió convencer a Pedro para que, casi como un acto de caridad, se ocupara de “cepillarse” con regularidad a Ana Rosa, que era una chica de catorce años muy desarrollada dotada de unas tetas grandes y prietas y una raja vaginal abierta y húmeda. Pedro no fue capaz de negarse y comenzó a follarse a Ana Rosa, que se dejaba hacer muy satisfecha, dos veces a la semana mientras Teresa, que permanecía siempre al lado de su hija, les veía. Pero como sólo podía masturbarla y penetrarla vaginalmente, empezó a echar en falta el darla por el culo y el que le hiciera mamadas y pajas. En principio, fue Amparo la que accedió a poner, delante de Ana Rosa y Teresa, su boca y su culo a disposición del chico pero, más tarde, Teresa se decidió a sustituirla lo que hizo que entre ella y Pedro surgiera una muy intensa relación sexual en la que la mujer se entregaba sin límite para que, con el propósito de dar una nuevo aire a su vida, el chico la hiciera un nuevo hijo cosa que, a pesar de no dejaron de intentarlo, no lograron. Pedro dejó de atender a las demás féminas para hacerlo los lunes, miércoles y viernes con Amparo, con la que sin un calendario fijo también lo llevó a cabo otros días en una sesión matinal en el despacho de su oficina y los martes, jueves y sábados con Teresa mientras que a Ana Rosa se la “tiraba” delante de su madre los domingos.

El verano siguiente su madre, la amiga de esta, Casilda y Pedro habían decidido disfrutar de su periodo vacacional en el mismo lugar que el año anterior sobre todo porque el chico, a pesar de saber que era casi imposible lograr dar con ellos, quería intentar localizar a Günter y Valerie pero, a pesar de la infinidad de gestiones que hicieron en la agencia de viajes en la que Pedro era considerado como un familiar, no pudieron dar con ninguna disponibilidad en los hoteles que él quería por lo que le hablaron de alojarse a pocos kilómetros, en la misma costa mediterránea, en una localidad muy tranquila y provista de una playa excelente. Un poco contrariado y después de consultarlo con su madre y con Casilda, aceptó. El viaje fue largo y pesado. Habían salido a las siete de la mañana y aparte de las paradas técnicas, sólo habían estado detenidos durante una hora para comer y eran más de las seis y medía de la tarde cuándo llegaban a su destino viendo que la incomodidad de un viaje tan penoso había valido la pena ya que, efectivamente, se trataba de un lugar pequeño, muy tranquilo, en el que como no tardarían en comprobar apenas se contaba con alicientes turísticos pero que disponía de una playa, ancha y larga, muy bien cuidada. A la madre de Pedro y a su amiga Casilda las dieron en el hotel una gran habitación de dos camas con un amplio ventanal con vistas al mar mientras que a Pedro se alojó en el lado contrario en una habitación de dimensiones normales, con cama de matrimonio y con terraza desde la que se divisaba buena parte de la localidad.

Después de acomodarse en sus habitaciones dieron un breve paseo por los alrededores del hotel hasta la hora de cenar. Al acabar salieron al exterior ya que la temperatura, con la brisa del mar, era mucho más agradable. A escasos metros de la puerta de acceso al hotel vieron que un grupo bastante nutrido de mujeres estaban hablando sentadas en dos bancos y en el muro que separaba el Paseo Marítimo de la playa. La madre de Pedro y Casilda no se lo pensaron y se unieron a ellas. Pedro las acompañó y enseguida comprobó que la mayoría de las féminas procedían de la comunidad aragonesa y que, por desgracia, ninguna de ellas andaba por debajo de los cuarenta años. Aunque la conversación era amena, el hecho de que fuera el único hombre entre tanta mujer hizo que empezara a aburrirse. Además estaban debajo de unas farolas en torno a las cuales observó un gran número de mosquitos y sabiendo que, en otros lugares, le habían acribillado brazos y piernas haciéndoselo pasar muy mal sobre todo por la noche, decidió darse un paseo y fumarse unos cigarros mientras las mujeres seguían con su animada conversación. Se recorrió lentamente todo el Paseo Marítimo y cuándo regresó, aún estaban inmersas en su charla. No tardó en unirse al grupo el marido de una de ellas, un señor mayor que se llamaba Serafín y decidieron entrar en el hotel para terminar la velada jugando a las cartas. Pedro optó por dejarlas con su afición y se fue a su habitación para, tras pasar unos minutos sentado en la terraza, acostarse.

Al día siguiente se levantó temprano con la intención de, tras vestirse, darse un buen paseo por la playa cosa que era bastante habitual en él durante sus vacaciones. Cuándo regresaba al hotel se duchaba, se afeitaba y se dirigía a la habitación que ocupaban Casilda y su madre para bajar juntos a desayunar. Después de dar un corto paseo, un poco antes de las once, se dirigieron a la playa. Allí estaba todo el grupo de mujeres de la noche anterior y lógicamente, Casilda y la madre de Pedro no dudaron un instante en unirse a ellas mientras el chico, al que no le gustaba pasarse horas y horas tumbado al sol, decidió formar parte de uno de los equipos que integrado por hombres de todas las edades jugaban diariamente un partido de fútbol playa de cinco contra cinco. Acabaron a las doce y medía y tras darse un baño en el mar, se tumbó un rato al sol y finalmente, dio un paseo por la orilla de la playa. A las dos menos cuarto subieron al hotel. Pedro se duchó y se cambió de ropa en su habitación antes de, a las dos y medía, bajar a comer. Después estuvo jugando un rato a las cartas con Casilda y su madre en la habitación de estas últimas hasta que, a las cuatro, decidió irse a la suya para echarse la siesta. A las seis y medía, Pedro regresó a la habitación de Casilda y su madre para, medía hora más tarde, salir a recorrer la localidad, que no se tardaba en conocer, para terminar la tarde sentados en la terraza de una cafetería en compañía de Serafín y su mujer con los que pocos minutos antes se habían encontrado. Después de cenar, se repitió lo del día anterior por lo que, en cuanto Casilda y su madre se unieron al grupo de mujeres en los bancos situados a la salida del hotel y se enfrascaron en su conversación, Pedro hizo intención de irse a dar su paseo nocturno. Estaba a punto de comenzar a andar por el Paseo Marítimo cuándo una de las mujeres, la más joven, le dijo: “espera, que voy contigo”. Pedro, a través de lo que hablaron durante la caminata, supo que la mujer se llamaba Cristina, tenía cuarenta y dos años y que era asidua a veranear en aquella localidad que reconoció que no disponía de otro aliciente que no fuera su cuidada y excepcional playa pero que era el cúmulo de la tranquilidad, a la que acudía acompañada por una vecina, que a pesar de tener cerca de setenta años, era su mejor amiga y desde que había fallecido su cuñado, de su hermana que, al igual que la madre de Pedro, era una mujer muy obesa. Su conversación se centró en temas intrascendentes pero el paseo fue de mayor duración que el del día anterior por lo que, al regresar, encontraron a las demás mujeres jugando a las cartas en uno de los salones del hotel. Pedro, que ya tenía bastante con jugar después de comer con Casilda y su madre, se despidió enseguida de ellas y se encaminó hacía su habitación. Cristina lo acompañó hasta el ascensor y tras desearle que descansara y durmiera bien, se despidió de él dándole dos besos en las mejillas.

La mañana siguiente se desarrolló prácticamente como el día anterior con la única salvedad de que el partido de fútbol playa terminó un poco antes al lesionarse uno de los jugadores y que Cristina acompañó a Pedro en su paseo por la orilla de la playa. Por la tarde, tras dormir la siesta, Pedro, su madre, Casilda, Cristina y la mayoría de las mujeres del grupo se trasladaron en un tren turístico hasta una localidad próxima y regresaron con el tiempo justo para llegar a cenar antes de que se cerraran las puertas del restaurante del hotel. Al terminar las mujeres se dirigieron a los bancos a orillas del mar que las servían de acomodo para sus charlas nocturnas. Pedro y Cristina, a los que durante unos minutos acompañó Serafín, no tardaron en dejarlas hacer su habitual recorrido por el Paseo Marítimo. Pero esta vez decidieron regresar por la playa donde solían pasar la velada muchos grupos de jóvenes. Llevaban una buena parte de su camino de regreso andado cuándo Cristina se paró y agarrando a Pedro por el brazo le dijo: “mira, le está chupando la polla”. Pedro, que no se había percatado de ello, vio que, efectivamente, una chica joven con una larga melena negra vestida únicamente con la braga del bikini estaba en cuclillas delante de un chico, completamente desnudo, que permanecía de pie y con las piernas muy abiertas, al que le estaba realizando una mamada. Pedro tiró de Cristina diciéndola que siguieran su camino puesto que no le parecía apropiado quedarse allí parados hasta que se percataran de su presencia viendo que les estaban mirando como unos bobos. Un poco más adelante vieron a dos parejas follando. Los dos hombres se encontraban echados encima de las féminas, acostadas sobre unas toallas de playa y se las estaban “tirando” con movimientos rápidos. Cristina, al verlo, dijo: “que gusto tienen que estar recibiendo las tías y que polvazos las van a echar ellos”. Una vez más, Pedro se vio obligado a tirar de Cristina que permanecía completamente quieta, muy próxima a las dos parejas y mirándoles fijamente. Cuándo llegaron al hotel era tarde y las demás mujeres se habían retirado a descansar. Subieron juntos en el ascensor y al separarse Cristina volvió a darle las buenas noches a Pedro en la forma acostumbrada, es decir con dos besos en la mejilla, mientras que el chico la correspondió dándola unas palmaditas en el culo.

La mañana de su tercer día de estancia se desarrolló como las anteriores incluyendo su paseo matinal por la orilla de la playa antes del desayuno. Cristina estuvo pendiente e incluso participó durante los últimos minutos, aunque pareció que aquel era su primer contacto con un balón, en el partido de fútbol playa en el que tomó parte Pedro. En cuanto acabaron, le propuso alquilar una barca a pedales y a Pedro le agradó la idea. A pesar de que ninguno de los dos sabía nadar se encaminaron, en principio, mar adentro hasta aproximarse a la boya de seguridad y más tarde se desviaron hacía la derecha hasta quedar muy separados del lugar en el que el resto del grupo de mujeres estaba reunido. Cristina le preguntó que si la noche anterior se había hecho una paja y Pedro le contestó que no. La mujer le explicó que ella no podía dormir a cuenta de lo salida que se había puesto después de presenciar a aquellas parejas en la playa y que, al final, se había tenido que “hacer unos dedos” para poder quedarse tranquila y conciliar el sueño. Se miraron, se sonrieron y Cristina fue acercando su boca a la de Pedro hasta que logró que este la abrazara y la besara con pasión. La mujer no dudó un instante en aprovechar para acariciarle el rabo y los huevos por encima del pantalón de baño. Separando sus labios de los de Pedro le dijo: “Dios mío, que pedazo de polla tienes y que huevazos más gordos que seguro que están llenos de leche”. Después de dejar que Pedro la bajara los tirantes de su bañador para dejar al descubierto sus tetas y que se las mirara y tocara repetidamente, se volvieron a besar. Cristina, metiendo su mano derecha en el pantalón de baño de Pedro le tocó el rabo y los huevos para no tardar en empezar a movérsela muy lentamente. El chico, sin dejar de besarla, se bajó ligeramente el pantalón para que su rabo y sus huevos quedaran al aire y Cristina pudiera contemplarlos entusiasmada. En cuanto la mujer aceleró un poco más el ritmo de sus movimientos, Pedro se corrió y a largos chorros, echó una gran cantidad de leche. Cristina, sumamente complacida, dijo: “que rápido te has corrido y que gran cantidad de leche estás echando” y en cuanto el líquido acabó de salir y sin dejar de movérsela, le pasó la lengua por la abertura del rabo y por las zonas del cuerpo en las que habían caído el semen puesto que, según le dijo, quería conocer su sabor. En cuanto terminó, dejó de moverle la verga, permitió que volviera a ponerse el pantalón de baño y que la mamara las tetas mientras Cristina se interesaba por conocer si alguna vez había podido hacer lo propio con las de Casilda, la amiga de su madre, que las tenía grandes y voluminosas. Pedro la explicó que se las había visto varias veces pero que nunca se las había tocado ni se las había mamado. Cuándo Cristina se encontró más que satisfecha y Pedro dejó de ocuparse de ellas, la mujer se apresuró a taparse las tetas poniéndose bien el traje del baño y tras darse un breve pero apasionado beso en la boca volvieron a dar pedales para regresar a su punto de origen. Después de comer Pedro jugó con Casilda y su madre a las cartas antes de echarse una buena siesta y salir a dar un breve paseo por la localidad para, un día más, acabar sentándose en la terraza de una cafetería. Al terminar de cenar Cristina y Pedro dieron su habitual paseo nocturno. Cristina se interesó por conocer si le había gustado la paja que le había hecho por la mañana y Pedro, tras contestarla afirmativamente, quiso saber si a ella la había agradado que la mamara las tetas. Cristina la contestó: “me ha gustado tanto que has logrado que lo de abajo se me pusiera bien húmeda”. La mujer continuó queriendo saber si siempre se corría con tanta rapidez; si era normal que echara grandes cantidades de leche y si su potencia sexual le permitía correrse más de una vez. Pedro la explicó que en cada sesión, generalmente, se corría en dos ocasiones y que cuándo lo hacía por segunda vez solía sentir más gusto y echar una mayor cantidad de leche; que mientras su primera corrida siempre solía ser rápida, la segunda le costaba algo más y que siempre solía echar una buena cantidad de semen. Le pareció que Cristina se “ponía” de lo más salida con sus explicaciones pero la mujer no dijo nada hasta que cuándo volvieron al hotel y se despidieron como la noche anterior, permitiendo que la diera unas palmaditas en el culo, le preguntó por el número de su habitación y tras decírselo, le pidió que la esperara despierto ya que, cuándo su hermana y su amiga se durmieran, iba a bajar para pasar la noche con él y dejar que la “jodiera”.

Pedro esperó ansioso pues, a pesar de que Cristina era quince años mayor que él, todavía estaba muy potable y era evidente que era sumamente viciosa y tenía muchas ganas de sexo por lo que podía convertirse en una buena “yegua”. La espera se prolongó mucho más de lo debido y eran casi las dos y medía de la madrugada cuándo, tras escuchar sus pasos por el pasillo, la mujer llamó sigilosamente a la puerta de su habitación. Pedro abrió con rapidez y Cristina, en camisón, se apresuró a entrar diciéndole que basta que deseara que se durmieran pronto para que las hubiera costado conciliar el sueño a su hermana y a su amiga. Cristina se despojó del camisón y sentada en la cama, esperó a que Pedro se quitara el calzoncillo para poder verle y tocarle una vez más el rabo y los huevos. “Es impresionante y por lo visto, siempre tienes la polla bien preparada” le dijo y empezó a movérsela con su mano al mismo tiempo que le acariciaba los huevos. Al ver que el miembro adquiría un gran tamaño y grosor, decidió dejar aquel cometido para tumbarse en la cama boca arriba y abriendo bien las piernas le dijo: “métemela y jódeme”. Pedro se echo sobre ella, la introdujo por completo el rabo y se la “cepilló” lentamente. Cristina sentía muchísimo gusto pero como estaba desentrenada, aunque notaba que la venía, no “llegaba a romper”. “Que gusto, que gusto, no dejes de joderme” le decía. Pedro, a pesar de que intentó aguantar lo más posible, no tardó en echarla la primera ración de leche y Cristina, al notarla caer en el interior de su chocho, exclamó: “que rica, que caliente, que buena, como me gusta” y acto seguido gritó: “ahora sí, ahora sí que me viene” y unos segundos más tarde, llegó al clímax. El chico hizo intención de sacarla el rabo pero Cristina, apretándole con fuerza contra ella a través de su masa glútea donde tenía colocadas las dos manos, le dijo que siguiera echándola leche hasta que vaciara sus huevos. La mujer le comentó que no tuviera el menor temor a dejarla preñada puesto que padecía una dolencia vaginal que hacía que su ovulación fuera mínima y que, por ello, la posibilidad de quedar en estado fuera prácticamente imposible. Al cabo de varios minutos, en los que Cristina alcanzó un orgasmo tras otro, Pedro la indicó que le introdujera un dedo bien profundo en el culo para que su corrida fuera aún más intensa y rápida. Cristina lo hizo y le hurgó con muchas ganas en todas las direcciones. Un par de minutos después y con la mujer muy próxima al clímax, Pedro, sintiendo un gusto excepcional, la soltó otra gran cantidad de leche y acto seguido, se meó abundantemente. El recibir la leche y el pis casi al mismo tiempo en su interior hizo que Cristina se retorciera de placer y que, sin ser capaz de decir nada pero gimiendo con fuerza, alcanzara otros dos orgasmos casi consecutivos y con tan intensos que acabó exhausta. Como ambos estaban pletóricos y muy satisfechos, Pedro la extrajo el rabo y después de echarse a su lado, boca abajo, la preguntó que si la había gustado. Cristina le contestó: “¿qué si me ha gustado?, estoy encantada, esto ha sido apoteósico, que polla, que cantidades de leche, que meada”. Pedro no se planteaba el volver a penetrarla pero por si Cristina tenía más deseos sexuales la empezó a pasar dos dedos, desde el clítoris al ano y viceversa, por su abierta raja vaginal y al cabo de un rato, se los metió dentro de la seta para masturbarla frenéticamente haciendo que, en poco más de cinco minutos, alcanzara y con ganas, tres orgasmos. Cristina estaba satisfecha pero muy cansada y tras lograr que la sacara los dedos del coño, le pidió a Pedro que pusiera la alarma de su reloj de pulsera para que les despertara un par de horas más tarde proponiéndole que aprovecharan ese tiempo para poder dormir juntos. Pedro hizo que Cristina se colocara dándole la espalda y apretándose a ella, la puso el rabo en la raja del culo y la acarició con su mano extendida la almeja. Estaban cansados y mientras el chico la decía que no tardaría en meterla el rabo por el culo, se durmieron. Al sonar el despertador, Pedro notó que Cristina, sintiendo el calor de su mano en el chocho, se había meado y que en sueños había llegado alguna vez más al clímax puesto que su mano, además de dormida, estaba empapada en flujo y pis. Cristina, al despertarse, se sorprendió mucho al ver que se había meado y reconoció haber alcanzado el orgasmo en sueños pero como no tenía tiempo que perder, tras hacer que Pedro la restregara un poco más la mano por la seta y el rabo por la raja del culo, se levantó, se puso el camisón y tras darle un beso en la boca, salió rápidamente de la habitación para regresar a la suya antes de que su hermana y su amiga se despertaran.

Pedro dejó de dar su habitual paseo matinal por la playa y la mayoría de los días se despertaba con el tiempo justo para ducharse, afeitarse, vestirse e ir a buscar a su madre y a Casilda para desayunar juntos y en cuanto las dejaba en la playa en su animada charla con el cada día más numeroso grupo de mujeres, se olvidaba del partido de fútbol playa para volver a la habitación y dormir un poco más. Alrededor de las doce, Cristina lo iba a despertar aprovechando para hacerle una paja lenta ya que, además de estar impresionada por el grosor y tamaño del rabo de Pedro, la gustaba ver como salía, en espesos y largos chorros, su leche. Dejando que Cristina fuera por delante, el chico se unía al grupo casi a la misma hora que si hubiera estado jugando al fútbol playa y su madre no llegó a sospechar nada a pesar de que Pedro se tumbaba en la toalla siempre cerca de Cristina y de allí no se movía hasta la hora en que regresaban al hotel. Después de comer y mientras su madre se quedó en un salón hablando con algunas de las integrantes del grupo de mujeres con las que mantenía sus animadas conversaciones, Pedro decidió subir a su habitación para dormir una buena siesta. Al acceder al ascensor Casilda entró precipitadamente tras él y le pidió que la acompañara a su habitación. En cuanto llegaron y mientras Pedro se fumaba un cigarro en la ventana, la mujer se apresuró a quedarse en braga y como si comprendiera que aquello era una asignatura pendiente para el chico, lo llamó, se colocó delante de él con intención de lucir en todo su esplendor sus gordas y voluminosas tetas y le dijo: “¿te gustan?, son muy grandes ¿verdad?”. Pedro la contestó afirmativamente y tras dejar que se las tocara un poco, le hizo acompañarla al water para que se las apretara mientras meaba y cagaba. Al acabar y sin limpiarse, hizo descender el pantalón corto y el calzoncillo de Pedro y tocándole el rabo con ganas le dijo: “estoy muy caliente, necesito una polla y la tuya es la más adecuada” y como si en ello la fuera la vida, se metió el miembro en la boca y se lo chupó. Viendo que las dimensiones del rabo eran cada vez mayores, se dirigió a la cama, se quitó la braga y acostándose boca arriba con las piernas muy abiertas, le dijo: “venga, fóllame, antes de que llegue tu madre”. Pedro se echó sobre Casilda, la penetró vaginalmente y empezó a moverse lentamente pero la mujer, a pesar de su edad, colaboraba intensamente y le obligó a que sus movimientos de penetración fueran muy rápidos. “Lo estoy deseando, échame tu leche, échamela”  le dijo un poco antes de la mojara abundantemente el interior del coño mientras, al sentirla caer, Casilda decía: “que gusto, que polvazo, que pedazo de polla”. La mujer pretendía que Pedro continuara echado encima de ella para que la echara más líquido pero al oír a la madre de Pedro hablando por el pasillo les hizo abandonar precipitadamente su actividad sexual y vestirse mientras Casilda le decía que “aquello” había sido algo puntual que debía de quedar en secreto entre ellos. La madre de Pedro, al llegar, no vio nada anormal en que Casilda estuviera en ropa interior delante de su hijo que, a su vez, permanecía desnudo de cintura para arriba y después de una breve partida de cartas, Pedro se dirigió a su habitación para, como pretendía, dormir la siesta que cada día era de más duración. Casilda y su madre, en vista de que no iba a buscarlas, decidieron no esperarle y junto con algunas componentes del grupo de mujeres, salían a dar un paseo mientras Cristina, a la que contó lo sucedido con Casilda y la mujer le animó a seguir “tirándosela” con regularidad, estaba pendiente de Pedro para ir con él a todos los lados e incluso, al haberse desplazado con la ropa justa, le hizo acompañarla a comprarse un nuevo vestido, un bikini de lo más sugerente de color amarillo y ropa interior que siempre se probaba haciendo que Pedro entrara con ella en el probador. Después de cenar, siguieron con sus habituales paseos nocturnos aunque la noche de los viernes y los sábados, que eran las únicas en las se podía disfrutar de música en aquella localidad, solían ir todos juntos a una terraza donde Cristina y Pedro bailaban tanto sueltos como, aunque el chico no sabía y tampoco colaboraba dejándose llevar, agarrados intentando regresar tarde al hotel con la intención de que la hermana y la amiga de Cristina estuvieran en su habitación y a ser posible, dormidas de manera que pudiera bajar lo antes posible y casi siempre en camisón, a la habitación de Pedro para mantener la correspondiente sesión sexual. Aunque Cristina no tenía mucha experiencia sexual, se convirtió en una magnifica alumna y además de perfeccionarse haciendo pajas, aprendió con rapidez a colaborar mientras Pedro la penetraba y se prodigó en chuparle el rabo, aunque reconocía que era tan largo que no la entraba entero en la boca, dejando que la echara su leche en la garganta, en cabalgarle vaginalmente y en que la metiera el “instrumento” colocada a cuatro patas. A base de forzar a Pedro consiguió que aumentara su potencia sexual haciendo que la echara por la noche cuatro buenas raciones de leche e incluso, los días en que estaba especialmente motivado y ella solía ocuparse de que no dejara de mirar a más de una chica joven con muy poca tela en su bikini, llegó a cinco. A ella la gustaba ser muy guarra y sentirse como una autentica golfa con él por lo que no la importó complacerle cuándo la pidió que evitara mear en las horas previas a sus encuentros sexuales para que echara dos ó tres veces su pis mientras se la follaba ya que le encantaba que se meara mientras la masturbaba ó que le mojara los huevos cuándo se la estaba “tirando”. A punto de finalizar su estancia vacacional, un día decidieron mantener por la tarde una sesión sexual en el cine de la localidad. Había muy poca gente y ello facilitó su propósito. Pedro la tocó y la masturbó todo lo que quiso mientras Cristina la realizó una paja y una mamada muy lenta antes de efectuarle una larga cabalgada vaginal. Por la noche Pedro decidió estrenar el culo de Cristina. Esta no se opuso y aunque la resultó doloroso y penoso el proceso de penetración, una vez que su gran rabo se acomodó dentro de su ano y la punta se introdujo en su intestino, la mujer comenzó a sentir bastante gusto. Se hizo habitual el que colaborara y se meara mientras la enculaba y la gustaba que la diera por el culo con continuos cambios en sus movimientos mientras que Pedro se mostraba satisfecho al poder llevar a cabo esta actividad sexual con ella. Cristina aguantaba perfectamente pero en cuanto Pedro la echaba una de sus espléndidas raciones de leche dentro del culo, el chico tenía que apresurarse a sacársela para permitir que fuera y con mucha prisa al water para que cagara echando una gran cantidad de mierda en la que siempre había restos de la leche de Pedro mientras la mujer reconocía que nunca había defecado sintiendo tantísimo gusto.

Con su relación consolidada y después de casi tres semanas de intensa actividad sexual, llegó el momento de despedirse. Cristina y Pedro estaban muy satisfechos pero cansados puesto que llevaban muchos días durmiendo poco y sabían que el final de sus vacaciones era lo mejor para ellos. La última tarde la pasaron sacándose mutuamente fotografías tanto vestidos como en ropa interior y completamente desnudos sin que faltaran imágenes de las tetas, la raja vaginal bien abierta y húmeda y el culo de Cristina y del miembro de Pedro, completamente empalmado y en plena corrida echando un buen chorro de leche. Además se sacaron varias fotografías meando e incluso, tras hurgarla con sus dedos en el culo, Pedro pudo obtener algunas imágenes de Cristina cagando.

Después de pasar su última noche juntos desarrollando una actividad sexual frenética y de intercambiarse buena parte de su ropa interior usada para que el otro la tuviera de recuerdo ó la pudiera utilizar al masturbarse, su relación continuó. Además de enviarse con frecuencia, a través del correo, fotografías y prendas íntimas, generalmente usadas e impregnadas en pis y caca, solían pasar juntos un fin de semana al mes. Cuando era Pedro el que se desplazaba, buscaban las fechas en las que la amiga de Cristina se iba a pasar unos días con sus hermanos para disponer libremente de su vivienda de manera que el chico se alojara en ella para mantener allí sus sesiones sexuales mientras las comidas solía efectuarlas en el domicilio de Cristina y su hermana. Si era Cristina la que viajaba y aunque casi siempre se alojaba en un hotel para que su actividad sexual pudiera ser todo lo fluida e intensa que ambos deseaban, algunas veces se quedó en la vivienda que Pedro compartía con su madre, que ajena a su actividad sexual, siempre la recibía con los brazos abiertos y más cuándo veía acompañada por su hermana. Las facturas telefónicas aumentaron considerablemente para ambos ya que muchas noches hablaban durante horas. Les gustaba ponerse muy calientes con sus conversaciones y que Pedro se hiciera unas pajas mientras Cristina se “hacía unos dedos” de forma que el chico echara su leche, al menos, en dos ocasiones y la mujer, tras llegar varias veces al clímax, no podía evitar mearse de gusto. Cristina estaba satisfecha y no necesitaba más sexo mientras que Pedro, además de continuar relacionándose con Amparo, a la que volvió a dejar preñada aunque, esta vez, una hemorragia vaginal solucionó el problema sin necesidad de practicarla el aborto, Ana Rosa y Teresa, mantenía contactos más ó menos esporádicos con otras mujeres. Las más asiduas fueron Casilda, la amiga de su madre y su hija, Milagros. Mientras con la madre solía hacerlo cada quince días con Milagros no tenía una periodicidad determinada y había semanas en que lo hacían dos ó tres veces como en otras sólo lo llevaban a cabo una vez al mes pero a ambas las gustaba que Pedro las echara dos ó tres raciones de leche y una buena meada dentro de la almeja. Milagros se había casado con más de cuarenta años y su marido la había hecho rápidamente dos hijos pero ella deseaba tener un tercero antes de comenzar con la menopausia y ante la falta de colaboración por parte de su marido, que no la prestaba demasiada atención en la cama, pensó que Pedro era la persona más idónea para preñarla. La cosa funcionó perfectamente durante meses y mientras a Casilda, al vivir sola, se la follaba en su domicilio, con la hija lo hacia tanto en su despacho de la oficina como en la vivienda en la que residía cuándo su marido y sus hijos no estaban. Pero su relación acabó cuándo Milagros, a pesar de que sabía de que a su madre la metía con frecuencia el rabo por el culo, se opuso rotundamente a que la penetrara analmente diciéndole, entre otras muchas cosas, que si quería dar a alguien por el culo se buscara un maricón que le pondría gustosamente el culo a su disposición; que el orificio anal estaba pensado exclusivamente para expulsar las defecaciones y que si no había permitido que su marido la enculara no iba a dejar que él lo hiciera. Con Casilda la relación sexual se mantuvo prácticamente hasta el verano pero Milagros, que se mostró bastante rencorosa tras romper su relación con Pedro al negarse a que la penetrara por detrás, se ocupó de convencer a su madre de que ya no tenía edad para aquello y aunque a Casilda la gustaba, no la quedó más remedio que hacer lo que tan imperiosamente la pedía su hija y dejarlo.

Cristina, eso sí, deseaba que llegara, de nuevo, el verano para poder pasar otras tres semanas junto a Pedro al que llegó a comentar que, para satisfacerle, iba a convertirse en la mujer más golfa, guarra, puta y sumisa que jamás hubiera conocido. Al aproximarse su periodo vacacional se pusieron de acuerdo para repetir en el mismo lugar de veraneo e incluso, llegar el mismo día. Cristina, su hermana y su amiga viajaron en autobús y llegaron pocas horas antes que Pedro, su madre y Casilda, que viajaron en tren. Como el año anterior, Casilda y la madre de Pedro compartieron una habitación de dos camas, de nuevo, con vistas al mar y esta vez con terraza mientras que con el chico se dio la casualidad de que ocupó la misma habitación que el año anterior. Esa noche, tras la cena, hubo la habitual reunión femenina en los dos bancos con vistas al mar existentes en el Paseo Marítimo a pocos metros del acceso al hotel en el que se alojaban. Aunque faltaban algunas féminas había otras nuevas como era el caso de dos hermanas, asimismo aragonesas, que habían viajado en el mismo autobús que Cristina, su hermana y su amiga y que se alojaban en la habitación contigua a la de Pedro. Aquella noche Cristina y Pedro mantuvieron una nueva sesión sexual que, a cuenta de los deseos y las ganas que ambos tenían, resultó sumamente intensa. Pedro llegó a correrse cinco veces echándola a Cristina tres veces la leche dentro del chocho, una en la boca y otra en el interior del culo y se meó en dos ocasiones, una según se la follaba vaginalmente y la otra en la boca de Cristina mientras esta le chupaba el rabo al mismo tiempo que, tras haberla dado por el culo, expulsaba una gran cantidad de mierda sentada en el “trono”. Durante los primeros días su actividad sexual fue frecuente y elevada y aparte de dormir muy poco, aprovechaban la menor ocasión para meterse en un water y masturbarse mutuamente puesto que si algo la gustaba a Cristina era poder hacerle un par de pajas antes de permitir que la masturbara hasta que, tras alcanzar tres ó cuatro orgasmos intensos y rápidos, acababa por mearse de gusto. Pero Encarnación (Encarna), una de las hermanas que ocupaba la habitación contigua a la de Pedro, dormía mal y aprovechaba su insomnio para escucharles mientras desarrollaban su actividad sexual nocturna poniéndose de lo más caliente. Estuvo muy pendiente de ellos hasta que, un día, se la presentó la ocasión propicia. Vio que Pedro entraba en el water de caballeros situado en la planta baja del hotel y suponiendo que iba a mear, le esperó. En cuanto el chico apareció por la puerta, le obligó a entrar en el de señoras donde besándole en la boca procedió a tocarle por encima de la ropa el rabo y los huevos. Pedro intentó separarse de ella pero Encarna le tenía perfectamente agarrado y tuvo que esperar a que la mujer, que rondaba los cincuenta años, tenía el pelo claro y era de altura y complexión normal, se lo permitiera. Muy sonriente Encarna le dijo que estaba al tanto de su relación sexual con Cristina y sabía lo que hacían todas las noches en su habitación y que pensaba promulgarlo por el hotel a menos que accediera a “cepillársela”. Pedro, ante semejante chantaje, no supo que hacer y la mujer, bajándole el pantalón de baño que llevaba puesto, procedió a mirarle y tocarle los huevos antes de que, volviéndole a sonreír, procediera a hacerle una paja rápida diciéndole que a un rabo tan excepcional había que darle mucha tralla y que aquello iba a ser una especie de anticipo de la sesión sexual que, desde aquella misma tarde, iban a mantener diariamente durante el periodo de la siesta. Pedro se corrió con rapidez y Encarna, entusiasmada por la gran cantidad de leche que expulsó y que cayó en el suelo, en los azulejos y en un lavabo, la dijo que el siguiente polvazo se lo echaría dentro de su seta. Después de movérsela un poco más, la mujer le bajó toda la piel del miembro y manteniéndoselo así, lo contempló durante unos segundos en todo su esplendor antes de pasarle su dedo gordo por la abertura, lavarse las manos y dejar que Pedro se volviera a poner el traje de baño para que abandonara el water antes que ella. Como Encarna le había dicho, en cuanto Pedro entró en su habitación con la intención de dormir la siesta, ella llamó a su puerta. La mujer se presentó en ropa interior y se abalanzó sobre el chico haciendo que cayera sobre la cama. Bajándole el traje de baño, se acomodó sobre él y empezó a moverse al mismo tiempo que se despojaba del sujetador y permitía que Pedro la tocara las tetas sin dejar de animarle para que se las apretara y tirara de ellas como si la ordeñara, tal y como sabía que hacia con Cristina. En cuanto el rabo del chico se puso completamente tieso, se quitó su braga de color blanco e introduciéndose el miembro en el coño, le cabalgó con todas sus ganas logrando que en poco más de dos minutos la echara su primera ración de leche que Encarna, en pleno orgasmo, recibió entusiasmada. La mujer continuó su cabalgada diciéndole que sabía que aún le quedaba mucho líquido en los huevos y que estaba tan a gusto que se iba a mear con su rabo totalmente introducido dentro de su almeja. Lo hizo poco después y su abundantísimo pis consiguió que Pedro se pusiera aún más cachondo y a punto de correrse por segunda vez, tomó las riendas de la sesión obligándola a incorporarse para que se pusiera a cuatro patas de manera que, tras colocarse entre sus abiertas piernas, la pudiera volver a penetrar vaginalmente y correrse rápidamente en el interior de su chocho casi al mismo tiempo en que Encarna llegaba al clímax por tercera ó cuarta vez. La mujer le dijo que siguiera y Pedro no tardó en mearse dentro de su seta y Encarna, según sentía caer a chorros su pis, se retorcía de gusto y le dijo: “más, más, échame más”. Aunque la mujer se oponía a que dejara de “joderla” y se enfadó cuándo la sacó el rabo, Pedro procedió a masturbarla al mismo tiempo que la lamía el ano. A Encarna la gustó, alcanzó los orgasmos con rapidez e intensidad y terminó completamente salida. Sin dejar de masturbarla, procedió a introducirla dos dedos en el ano y a hurgarla con ganas en todas las direcciones. Encarna empezó por tirarse una buena colección de pedos y acabó por cagarse con los dedos de Pedro aún en plena acción. Su caca, líquida, fue saliendo al exterior y cayendo en la sabana, por el poco espacio que dejaban los dedos del chico. Pedro, al ver que se cagaba, la hurgó con más energía y ganas y Encarna, fuera de si, le dijo: “métemela hasta los huevos por el culo, métemela ya” y Pedro, obediente, se apresuró a complacerla. Encarna, a pesar de que sentía dolor y la hacía mucha presión la caca que mantenía retenida en su interior, notó como el rabo la atravesaba las paredes anales y como la punta se introducía en su intestino. “Dame por el culo todo lo que quieras” le dijo y Pedro, echándose sobre su espalda, la tocó las tetas y la obligó a apretar sus paredes anales contra su rabo para incrementar el placer mutuo. Encarna no dejaba de tirarse pedos ni de cagarse de una manera totalmente líquida sin dejar de decirle: “rómpeme el culo y llénamelo de leche”. La mujer se meó abundantemente y cuándo Pedro se corrió le dijo: “así, así, échamelo todo, que me gusta”. Pedro, al igual que cuándo enculaba a Cristina, se encontraba muy a gusto con su rabo dentro del culo de Encarna y como esta, con sus movimientos, no dejaba de echar mierda líquida no tuvo que preocuparse de sacársela para que fuera al water a cagar por lo que siguió enculándola con movimientos rápidos haciendo que sus tetas se movieran con sus envites y que sus pezones, al roce con sus manos, se la pusieran en órbita. Encarna, aunque tenía más experiencia sexual que Cristina, estaba extenuada cuándo, tras decirle a Pedro: “méteme tus huevazos”, el chico la oprimió con mucha fuerza la vejiga urinaria y la obligó a vaciarla de pis mientras la mujer llegaba, una vez más, el orgasmo. Un poco después, la sacó lentamente el rabo y en cuanto lo tuvo fuera, Encarna se tumbó boca abajo en la cama sin importarla que la sabana estuviera empapada de caca y de pis. Pedro la obligó a darse la vuelta y la dijo: “¿no eras una gran puta?, pues ocúpate de chuparme la polla y limpiármela que está llena de tu mierda”. Encarna hizo lo que Pedro la demandaba mientras este la acariciaba con su mano extendida la raja vaginal y la apretaba con la otra mano la teta derecha. Encarna puso tanto énfasis en su mamada que Pedro la obligó a metérsela entera en la boca con lo que tuvo varias arcadas y finalmente, devolvió. Después de recoger su vómito y limpiar lo mejor que pudo la cama, Encarna le dijo que no podía más pero Pedro la hizo acostarse en la cama boca arriba y abriéndola las piernas la introdujo sin el menor miramiento el puño dentro del coño y la realizó un fisting. Encarna le dijo una y otra vez que estaba exhausta pero él, diciéndola que quería una golfa y no una quejita, seguía forzándola haciéndola echar unas cantidades masivas de flujo. Pedro deseaba que se meara pero Encarna, con la vejiga completamente vacía, no podía. De repente a la mujer se la convulsionó todo el cuerpo; las tetas se la movieron en todas las direcciones; expulsó más caca líquida entre una sonora colección de pedos y sus jugos salieron en una cantidad más propia de una corrida masculina mientras Encarna gemía. Disfrutó de varios orgasmos, algunos consecutivos y los dos últimos fueron completamente secos. Pedro continuó y al final, Encarna se cagó en toda regla, por la raja vaginal apareció un pequeño hilo de sangre y perdió el conocimiento. Cuándo lo recuperó la costó centrarse en lo que había ocurrido. Pedro la había sacado el puño y tenía un gran boquete, por el que aún salía flujo, como almeja. Pedro la dijo: “¿esta bien así, so golfa? y Encarna, sudando una gota por cada pelo, le agarró la cabeza y haciendo que acercara su boca a la suya le besó con toda su pasión en la boca y le dijo: “eres un cabronazo pero yo quiero ser tu puta”. El tiempo no daba para más puesto que Cristina le estaba esperando y si tardaba acudiría a buscarle a la habitación encontrándose con todo el pastel. Como Encarna era incapaz de moverse, mientras Pedro se vestía con suma rapidez y se quedaba con la ropa interior de la mujer obligándola a regresar a su habitación completamente desnuda, le dijo que iba a descansar un rato acostada en la cama y que, cuándo se recuperara un poco, llamaría a recepción para que cuándo volviera a ocupar la habitación por la noche la encontrara aseada y limpia.

Pero la intensa actividad sexual que desarrollaba Pedro con Encarna después de comer y con Cristina por las noches hizo que el chico, además de acumular cansancio y sueño, perdiera cinco kilos de peso en diez días a pesar de que se alimentaba muy bien. El grupo de féminas, con su madre y Casilda a la cabeza, decidió proponer a Pedro que, algunas tardes, se desplazaran en tren a conocer localidades próximas contando con él como guía. Al chico, para no descubrir sus relaciones sexuales, no le quedó más remedio que acceder lo que afectó a sus encuentros con Encarna que seguían siendo tan intensos como el primer día ya que la mujer, a pesar de que no se recuperaba convenientemente de un día para otro, sabía como mantenerle bien excitado. Encarna, al enterarse, no se mostró en disposición de que, los días en que llevaban a cabo aquellos viajes, tuviera que privarse de sus sesiones sexuales así que lo planeó todo para pillar a Cristina, bien abierta de piernas, con la braga en las rodillas y la mano de Pedro acariciándola la raja vaginal, haciéndole una paja al chico en el water de señoras de una cafetería para, de esta forma, asegurarse, que los días en que pasaran la tarde de viaje, podría compartir con Cristina sus relaciones sexuales nocturnas.

Aquello no la gustó a Cristina que consideró que Pedro se había dejado chantajear por Encarna sin que, tan siquiera, hubiera intentado evitarlo ó devolverla el chantaje por lo que le dijo: “sigo en la más completa disposición a ser la mujer más cerda, golfa, puta y sumisa que hayas encontrado en tu vida pero a lo que no estoy dispuesta es a compartirte con otra que, para lograr sus propósitos, además te hace chantaje”. Pero, a pesar de su oposición, a Cristina no la quedó más remedio que compartir a Pedro la mayoría de las noches. Al chico le gustaba que las dos mujeres se turnaran chupándole el rabo hasta que, cuándo estaba a punto de correrse, penetraba a una de ellas y la echaba su leche dentro del chocho. Cuándo su corrida era par, esperaba a mearse en el interior de la seta de la fémina y acto seguido, volvía a obligarlas a realizarle otra mamada. Aunque Pedro estaba encantado y ellas se acostumbraron a follar con él la una delante de la otra, Cristina evitaba tener el menor roce con Encarna y un día que esta la tocó el coño mientras meaba se puso como una autentica fiera. Pedro intentó hacer comprender a Cristina que su relación con Encarna iba a acabar y para siempre en pocos días mientras que la que mantenía con ella perduraría. Cristina le contestó que aquel trío no podía continuar durante más tiempo y que había que solucionarlo como fuera y para ello, empezó por hablarle de venirse a vivir de continuo con él y su madre proponiéndole, incluso, trabajar como criada en su vivienda para ganarse el alojamiento, la comida y el sexo. Al ver que su propuesta podía tener éxito, decidió ir más lejos y le dijo que, tras pensarlo mucho, lo mejor era que se casaran. Aquello le pareció una barbaridad a Pedro por la diferencia de edad que existía entre Cristina y él y porque no había llegado a pensar ni remotamente en pasar el resto de su vida con una hembra con más años que él.

Aquella propuesta, un tanto descabellada, de Cristina hizo que Pedro perdiera gran parte de su interés por ella mientras Cristina, que no le perdonaba que se hubiera dejado chantajear por Encarna a pesar de que les había pillado en situación comprometida, tampoco asumió debidamente su negativa a legalizar su situación contrayendo matrimonio a pesar de asegurarle que continuaría siendo una mujer cerda, golfa y obediente y aunque continuaron en contacto ya no fue como antes puesto que dejaron de ir a pasar algunos fines de semana juntos y sus conversaciones telefónicas cada vez fueron más breves y espaciadas en el tiempo.

Pedro volvió, de nuevo, a centrarse en su relación sexual con Amparo, Ana Rosa y Teresa que se había afianzado tanto que, como a Ana Rosa la gustaba verles en “plena acción”, se hizo normal que Pedro se follara tanto a Amparo como a su madre delante de ella de la misma forma que las dos mujeres solían estar presentes cada vez que Pedro se “tiraba” a Ana Rosa sobre todo con intención de chuparle el rabo tras sus corridas ó poner su culo a su disposición para que las penetrara analmente. Pero la fatalidad se cebó medio año más tarde con Ana Rosa que, tras haber pasado un control médico rutinario por la mañana, sufrió una trombosis a media tarde y murió. Aunque Teresa lo llevó bastante bien los primeros días y hasta le confesó a Pedro que, gracias a él, su hija había ido al cielo muy complacida y satisfecha sexualmente, no tardó en derrumbarse. Pedro lamentó mucho que, aunque se la había echado infinidad de veces dentro de su almeja, su leche no hubiera servido para dejarla preñada que era lo que ella quería. El chico observó enseguida que Teresa perdía sus ganas de vivir y aunque la mujer se empeñó en mantener su relación sexual con Pedro llegándole a pedir que la “jodiera” con toda su saña y que la tratara como si fuera una escoria, el vivir sola hizo que nadie se percatara de que su estado mental empeoraba día a día hasta que un día Pedro, que disponía de llaves para poder acceder libremente a su domicilio, la encontró completamente desnuda y despatarrada en la cama. Al acercarse a ella vio que se había tomado un gran número de somníferos y que llevaba varias horas muerta. Las pérdidas de Ana Rosa y poco después y de forma más trágica, de Teresa afectó mucho a la relación que mantenían Amparo y Pedro justo cuándo empezaban a pensar en hacerla aún más estable intentando vivir juntos contando con la gran cantidad de inconvenientes que iba a suponer la ceguera de la chica y la oposición de la madre de Pedro. Amparo, a pesar de que siguió entregándose como el primer día, perdió buena parte de su deseo sexual a cuenta de lo sucedido hasta el punto de encontrarse plenamente satisfecha después de que el chico, tras masturbarla, se la follara y la echara su primer “polvazo” lo que les obligó a reducir la frecuencia que tenían establecidas en sus relaciones hasta que, a pesar de que siguen siendo buenos amigos, acabó por convertirse en una relación esporádica más de Pedro.

En cuanto llegó el verano y a pesar de que Cristina intentó por todos los medios a su alcance que volvieran a pasar sus vacaciones en el mismo lugar, Pedro logró convencer a su madre para ir a pasar su periodo vacacional a Mallorca y como la madre tenía muchas ganas de ir en avión, no dudó en aceptar. Ese año no pudo ir con ellos Casilda ya que su hija acababa de dar a luz a su tercer hijo y tenía que ayudarla ocupándose de la mayor parte de las labores domésticas. Cuándo Cristina se enteró, a través de la madre de Pedro, se enfadó mucho. Pedro, que acababa de comenzar a mantener relaciones con una chica mucho más joven que ella, decidió acabar su relación con Cristina y tras discutir varios días por teléfono llegando incluso a colgarla, logró que no le volviera a llamar más.

Lidia se convirtió en la sustituta de Cristina. Se trataba de una joven muy atractiva, esbelta, rubia y dotada de un excepcional cuerpo a la que siempre la gustaba vestir con mucha elegancia y a ser posible, con falda. La chica trabaja como funcionaria y Pedro, pocas semanas después de regresar de su periodo vacacional, tuvo que acudir a resolver unos trámites burocráticos. Lidia, con suma amabilidad, le atendió y le prestó una gran ayuda. Como eran asuntos bastante complejos, con absorciones y fusiones de determinadas empresas de transporte, tuvo que volver varias veces y siempre fue ella la que se ocupó de atenderle. El día que acabó la chica le dijo que fuera a visitarla siempre que quisiera y Pedro, agradecido, la invitó a tomar un café. Lidia aceptó y le llevó a una cafetería cercana en la que solía almorzar la mayoría de los días. Pedro comprobó que, fuera de la oficina, era todavía más agradable y simpática y que, aunque su conversación fue distendida y sin tratar ningún tema en profundidad, era una chica que siempre resultaba amena. Por ello, decidió aceptar su invitación y en cuanto disponía de tiempo acudía a buscarla a la oficina para invitarla a almorzar, llevarla una caja de bombones ó simplemente para que abandonara durante unos minutos su puesto de trabajo y bajara con él a la cafetería existente en el propio centro para tomar juntos un refresco. Un día Pedro, tras almorzar con ella, se dirigió al water con intención de mear. La chica le siguió y entró detrás de él. Pedro se mostró un poco sorprendido al verla colocarse a su lado y Lidia le dijo: “y bien, ¿no ibas a hacer pis?, ¿a que esperas?”. Pedro, bajándose la cremallera del pantalón y el calzoncillo, sacó al exterior su descomunal rabo. Lidia al verlo le dijo: “viendo el gran bulto que te forma en el pantalón me imaginaba que tuvieras algo así” y se apresuró a mantenérselo sujeto con su mano mientras animaba a Pedro a que meara. Este, al no poder aguantarse más, echo una impresionante cantidad de pis y Lidia, asombrada, le comentó: “está claro que tus meadas son proporcionales al tamaño de la polla”. En cuanto acabó, Pedro hizo intención de volver a colocar su rabo en su lugar pero Lidia, tras sacudírselo para que expulsara las últimas gotas, empezó a movérselo muy lentamente con su mano. El rabo se puso aún más gordo y tieso y la chica, sin dejar de meneárselo, le dijo: “ven conmigo” y le hizo entrar en un compartimiento con inodoro donde se encerraron. Se apresuró a hacer que el pantalón y el calzoncillo del chico bajaran hasta sus tobillos y haciéndole abrir las piernas procedió a tocarle los huevos. Lidia comentó: “vaya cojones más grandes ¿los tienes llenos de leche?, ¿echas tanta cantidad como pis?”. Antes de que Pedro la pudiera contestar, se metió el rabo en la boca y se lo chupó muy despacio como queriendo saborearlo. De vez en cuando se lo sacaba para, bajándole todo la piel, pasarle la lengua por la abertura y el dedo gordo por el capullo al mismo tiempo que le decía que su rabo estaba exquisito después de su meada y que cuándo se corriera no dudara en echarla la leche en la boca. Pedro así lo hizo y Lidia aguantó un buen rato sin sacarse el “instrumento” de la boca hasta que se tragó todo el líquido que la había echado. Cuándo lo hizo volvió a movérsela con la mano mientras decía: “no pensaba que un hombre fuera capaz de echar tantísima leche”. Lidia había puesto muy cachondo a Pedro y ella lo sabía. Pedro no quería que aquello se quedara en una excepcional mamada pero, aunque la chica le permitió que la tocara por encima de la ropa, al intentar desnudarla le paró en seco diciéndole: “mira soy una chica muy ordenada y quiero que esto quede bien claro entre nosotros. Las mamadas por la mañana aquí y el follarme por la tarde en mi casa y en mi cama ¿de acuerdo?”. Pedro dejó que Lidia le diera un par de besos en la punta del rabo y se vistió. La chica, muy complacida, le dijo que la encantaba el sabor de su leche. Cuándo salieron del water Lidia le facilitó su dirección y sus números de teléfono, tanto de casa como del trabajo, aconsejándole que la llamara a este último, para quedar por las tardes. Al día siguiente Pedro la llamó y Lidia le dijo que, si quería, se acercara por allí para hacerle “lo que ya sabía” pero que, aquella misma mañana había empezado con la regla y que para penetrarla, tendría que esperar a la semana siguiente. Pedro acudió una mañana más a visitarla y Lidia le hizo la oportuna mamada antes de que se produjera su primera cita en el domicilio de la chica que le había indicado que quería que la masturbara hasta que fuera incapaz de retener la salida de su pis y que, cuándo empezara a mearse, la penetrara vaginalmente para, bien echado sobre ella ó bien con Lidia cuatro patas, se la follara con movimientos rápidos hasta echarla un par de “polvazos” y una buena cantidad de pis. Pedro hizo lo que Lidia la había dicho empleando casi medía hora en masturbarla y después de penetrarla vaginalmente mientras se meaba, otra medía en “cepillársela” hasta echarla dos veces la leche dentro de su almeja con el rabo completamente introducido y acto seguido, una buena cantidad de pis. Lidia, no obstante, no dejó que la sacara el rabo hasta que, tras llegar por enésima vez al clímax, soltó otra impresionante cantidad de pis con el miembro de Pedro aún introducido en su chocho. Lo que Pedro no sabía es que Lidia tenía las tetas llenas de leche y el poder mamárselas fue para él una experiencia totalmente nueva. Lidia le explicó que había quedado preñada y que, al dar a luz, el niño nació muerto. Hacía ocurrido cinco meses antes pero sus tetas aún tenían mucha leche que ella misma solía vaciarse a primera hora de la mañana y por la noche. Pedro nunca se había interesado por mantener relaciones sexuales estables con una mujer casada ya que consideraba que, más pronto ó más tarde, surgirían complicaciones y líos pero con Lidia se encontraba muy a gusto a pesar de que el chico quería penetrarla analmente y siempre se encontraba con la oposición de la chica. Pedro, en sus confidencias, la había comentado que le gustaba que dos mujeres se turnaran chupándole el rabo y Lidia no dudó en comentar con algunas de sus compañeras los deseos de su amante y tres de ellas se mostraron dispuestas a colaborar siempre que, con ello, no se vieran obligadas a más. De esta forma y tal como el chico deseaba, cada vez que iba a visitarla a la oficina, Lidia y una de sus compañeras se encerraban con él en el water y turnándose, le hacían una excepcional mamada que concluía cuándo a una de ellas, generalmente a Lidia, la echaba la leche en la boca. La chica, además, logró que una compañera suya con claras tendencias lesbicas fuera con ella a comer a su casa los días en que se citaba con Pedro para que se ocupara de comerla la seta y de masturbarla de manera que, cuándo Pedro llegaba, su compañera se vestía y desaparecía y el chico, después de desnudarse, la encontraba tan sumamente dispuesta que procedía a penetrarla directamente por vía vaginal con lo que, en una hora, la echaba tres ó cuatro veces la leche y una ó dos meadas mientras Lidia superaba, día a día, su límite de orgasmos y expulsaba unas buenas cantidades de pis.

La relación entre ambos funcionaba perfectamente y lo único que lamentaban era no haberse conocido unos años antes cuándo Lidia aún estaba soltera. Llevaban año y medio de contactos sexuales cuándo, de repente, a Lidia se la cortó la salida masiva de la leche materna de las tetas para empezar a hacerlo en gotas. Poco después comprobó que en los dos últimos meses no la había bajado la regla. Esperó un par de semanas más pero la intranquilidad no la dejaba vivir y su carácter abierto y afable empezaba a resentirse. Decidió acudir al médico que la mandó hacerse la prueba del embarazo con el resultado positivo que Lidia se esperaba. El primero en enterarse fue Pedro. Aquel día Lidia, muy decidida, le dijo que iba a permitirle que rematara su actuación dándola por el culo. A pesar de que el descomunal rabo de Pedro la produjo mucho dolor y causó estragos en su interior, Lidia intentó colaborar al máximo hasta que Pedro la llenó el intestino con su leche y la provocó una descomunal cagada líquida. Sin dejar que la sacara el rabo del culo y mientras ella apretaba y se retorcía para intentar que la mierda no saliera al exterior, le comunicó la noticia. Pedro, al oírla, la sacó de golpe el rabo y la chica, sin poder evitarlo, soltó en tromba una descomunal cantidad de caca líquida con la que puso perdida toda la cama. Pedro la dijo que, estando casada y siendo de él, no la quedaba otra solución que abortar. Lidia esperó a terminar de vaciar su intestino para acostarse con Pedro en el suelo y mientras le movía lentamente el rabo con su mano, le dijo que no se preocupara ya que iba a cargar a su marido con el mochuelo. Y así lo hizo. El hombre recibió con mucha alegría la buena nueva pero unos días más tarde se percató de algo en lo que Lidia no había pensado: si su mujer estaba preñada de tres meses él no podía ser el padre puesto que había regresado a su domicilio conyugal hacia poco más de dos después de residir en el extranjero durante cuatro por motivos laborales. Lidia, que supo sobreponerse a la gran sorpresa que la dio su marido, le indicó que en el tema de los embarazos todas las fechas eran aproximadas y que lo mismo podía estar de tres meses como de dos y una semana y le recordó la “noche loca de fiesta” que ambos pasaron el día en que volvió a casa. El marido, no estaba demasiado convencido, empezó a sentirse receloso y visitaba a su mujer en la oficina a cualquier hora ó aparecía por su domicilio a horas inapropiadas. Un día llegó a la oficina cuándo Lidia y otra compañera estaban realizando la habitual mamada a Pedro. Otra de sus compañeras, tras indicarle que acababa de ir al water, intentó entretenerle mientras una cuarta se apresuró a avisarla. Lidia se presentó poco después muy acalorada y poniéndose bien la ropa. El que el marido de Lidia hubiera estado a punto de pillarles hizo que Pedro se planteara dejarla antes de que la chica, tras permitir que acabara su sesión sexual dándola por el culo en otras dos ocasiones, le hablara de esta posibilidad. A Lidia, si el chico se lo pide, no la hubiera importado separarse de su marido para vivir el resto de su vida junto a Pedro pero este, que no quería verse involucrado en escándalos y líos, la dijo que lo suyo no había sido más que una relación sexual, intensa y llena de deseos, que no tenía que poner en peligro su matrimonio ni la felicidad del hijo que la había engendrado. Aunque la costó mucho separarse de Pedro y durante su embarazo llegó a aborrecer a su marido, al final dio a luz a una niña tan guapa y rubia como ella. Antes de reintegrarse a su trabajo y con el propósito de evitar cualquier recuerdo cambió el mobiliario de su habitación, los sanitarios del water y hasta consiguió plaza en un lugar distinto al que había trabajado hasta entonces.

Después de finalizar su relación con Lidia, Pedro intentó satisfacerse a través de las llamadas “líneas telefónicas calientes”, que consideraba un engaño y que no tardaron en cansarle, para terminar decidiéndose a poner unos anuncios en algunas publicaciones de carácter semanal buscando una relación estable con mujeres de entre treinta y cincuenta años. A cuenta de tales anuncios se entrevistó con un montón de féminas y durante una buena temporada se relacionó con varias hembras a la vez. Se llamaban Carmela, Covadonga, Diana, Jennifer, María (Mari) y María del Carmen (Carmen).

Carmela fue la primera en ponerse en contacto con Pedro. Se trataba de una chica joven, con muy buen cuerpo pero no demasiado agraciada de cara que era madre soltera y tenía una hija de tres años fruto de una relación sexual mantenida durante las fiestas de su localidad de origen sin conocer la identidad de quien la dejó preñada. Aunque sus hermanos que, seguían viviendo en el pueblo, la ayudaban, Carmela tuvo que ponerse a trabajar para poder subsistir junto a su hija. En la capital se encontró con el problema de que su hija era un obstáculo casi insalvable para encontrar una ocupación laboral aunque, finalmente, consiguió colocarse en una casa para ocuparse de la vivienda y del señor mayor que residía en ella. La chica, desde que tuvo la niña, sufría con frecuencia dolores de cabeza, tipo migrañas, lo que hacía que muchas veces no pudiera acudir a sus citas con Pedro con el que, eso sí, hablaba con mucha frecuencia a través del teléfono. Un día decidió irse con un chico a la playa y mientras la niña jugaba con la arena, la pareja decidió irse a follar entre unos árboles. Mientras se “daban el lote” les abrieron el coche y se llevaron todo el dinero que encontraron, los móviles y casi toda su ropa lo que les obligó a regresar casi desnudos. La chica estaba bastante preocupada ya que había usado demasiado el teléfono y el hombre para el que trabajaba, la había dado un plazo de diez días para que le abonara el importe de la factura. Carmela, sin un Euro en su poder, decidió recurrir a Pedro para pedirle que la adelantara la cantidad que necesitaba. Le llamó por teléfono y quedaron en verse aquella misma mañana. Pedro la dijo que, ya que la habían robado mientras follaba, era normal que lo recuperara de la misma forma y que la prestaba el dinero con la condición de que durante un par de meses se la pudiera follar dos veces a la semana en su despacho. Carmela, a la que Pedro la gustaba, no dudó en aceptar y cumplió perfectamente su promesa a pesar de que muchos días y al no tener donde dejarla, acudía a su cita en compañía de su hija. La chica le dijo que podían hacerlo delante de ella puesto que, aparte de que se entretenía si se la facilitaba un papel y un lápiz para escribir, estaba acostumbrada. Carmela estaba cautivada con el descomunal rabo de Pedro, la cantidad de leche que la echaba y su potencia sexual. El chico la penetraba tanto anal como vaginalmente y ella le efectuaba unas lentas mamadas que a Pedro le encantaban. Su relación duró bastante más de los dos meses apalabrados ya que a final de mes, en cuanto cobraba, le devolvía el dinero que le debía pero un par de semanas después se lo volvía a pedir puesto que se había gastado todo su disponible y había ocasiones en que no tenía ni para comprarse anticonceptivos. Un día, después de que Pedro se corriera y se meara dentro de su culo tras haberle realizado una sensacional cabalgada anal, le dijo que los hijos del hombre para el que trabajaba habían decidido ingresarlo en una residencia de ancianos y prescindir de sus servicios por lo que, al día siguiente, se iba a su población de origen para permanecer allí hasta que encontrara un nuevo trabajo. Desde aquel día Pedro, al que dejó a deber dinero, no ha vuelto a saber más de la chica.

Carmen era una mujer soltera de más edad que Pedro, que en aquel entonces andaba en torno a los cincuenta años. Se trataba de una mujer sumamente fea que, para completar su desagradable físico, era gorda y tenía un estómago muy abultado. La gustaba vestir de forma elegante y usaba bastante maquillaje pero casi nunca acertaba a pintarse bien y solía aparecer con el carmín de los labios corrido. A Pedro, cuándo la conoció, la pareció más un gigantón de fiestas que una mujer pero pensó que a una hembra así le iba a ser bastante fácil dominarla y someterla pensando en que, más que satisfacerle a él, podía humillarla dejando que sus amigos se la follaran cuándo no dispusieran de otra mujer más apetecible a la que hacérselo. Además, al tener un culo muy voluminoso, pensó que sería sumamente fácil el penetrarla analmente, cosa que creía no iba a tardar en comprobar. Carmen, por su parte, en lo único en lo que pensaba era en casarse cuanto antes y en salir los sábados por la noche a cenar fuera de casa e ir a bailar y repetir lo del bailoteo los domingos por la tarde. Pedro solía quedar con ella sólo los fines de semana y no todos puesto que prefería estar con cualquiera de las otras féminas con las que se relacionaba antes que con ella por lo que muchos días la ponía disculpas, algunas realmente inverosímiles, para no acudir a la cita y desde su primer encuentro la dejó claro que podían quedar un rato el sábado por la tarde pero que por la noche no podía salir ya que tenía que estar pendiente de su madre, de avanzada edad. Pedro, a lo largo de la semana, se proponía intentar el acercamiento sexual con Carmen con idea de empezar a someterla pero, cuándo llegaba el momento de su cita y la veía, se le quitaban las ganas a pesar de que Carmen, aunque temía acostarse con un hombre por temor a que a su edad la dejara preñada, parecía estar en buena disposición para todo lo que la pidiera. Pedro la hizo cada vez menos caso y Mari, en cuanto se hicieron novios, se ocupó de que aquello acabara cuándo, telefónicamente, la comunicó las verdaderas intenciones del chico del que Carmen reconoció que estaba muy enamorada hasta el punto de que hubiera estado dispuesta a permitir que se la follara todo lo que quisiera pero que la parecía indecente que lo que pretendiera fuera humillarla con sus amigos. Carmen logró, unos años más tarde, su propósito y se casó con un hombre mayor que ella. La gustaba pasear muy seria cogida de su brazo. Pero no duró mucho ya que, al padecer diabetes, tenía que ponerse insulina y una noche, dudando si se había inyectado la correspondiente a ese día ó no, se puso una ración doble y falleció mientras dormía.

Covadonga era una profesora universitaria, con cincuenta años recién cumplidos, de pelo rubio, complexión y estatura normal, aire desenfadado y juvenil y muy buen cuerpo, que había logrado pocos meses antes y al parecer, tras “ponerse a plena disposición” de algunos de sus superiores, un puesto fijo en la ciudad en la que vivía Pedro a donde se trasladó dejando el que ocupaba de manera eventual. Alquiló una vivienda en una zona cara y privilegiada pero que era la que más la agradaba y la amuebló a su gusto. Al leer el anuncio de Pedro pensó en que hacer amistad con él y llegar a tener sexo la vendría bien por lo que se decidió a llamarle quedando en conocerse en una cafetería el domingo siguiente por la tarde. Después dieron un paseo que sirvió para que Covadonga, que aún no estaba muy familiarizada con la ciudad, tomara contacto con una zona que no conocía y al anochecer se sentaron en la terraza de una cafetería. Pedro, desde aquel día, fue con frecuencia a buscarla a la universidad y en la cafetería oyó algunos comentarios sobre ella llamándola, incluso, “mala pécora” y “putón verbenero”. Fueron juntos al teatro un par de veces y la segunda ocasión fue Covadonga la que se encargó de sacar las entradas cogiendo una platea en la que, según le dijo a Pedro, iban a estar muy cómodos y nadie les iba a molestar. En el intermedio la chica no quiso moverse de allí y acercándose a Pedro le besó en la boca mientras le acariciaba el rabo por encima del pantalón notando como se le ponía totalmente tieso. “Bájate el pantalón y el calzoncillo y déjame que te mire la polla” le dijo. Pedro la contestó que no era el lugar ni el momento adecuado para ello puesto que podían verles y ella le respondió: “¿quién?, mira a tu alrededor y comprobarás que estamos colocados de forma estratégica para impedirlo”. Pedro hizo lo que Covadonga le había dicho y esta al verle el rabo dijo: “madre mía, vaya pedazo de polla, nunca había visto una tan grande” y haciendo que Pedro abriera sus piernas empezó a movérsela lentamente con su mano al mismo tiempo que le acariciaba los huevos. Le bajó varias veces toda la piel para vérselo en todo su esplendor y en cuanto impuso unos movimientos más rápidos vio que Pedro no iba a aguantar demasiado por lo que procedió a metérsela en la boca y se la chupó con ganas haciendo que, en poco más de un minuto, la echara una gran ración de leche en la garganta que Covadonga se tragó complacida. En cuanto se sacó el rabo de la boca y volvió a movérselo despacio con su mano sin dejar de pasarle el dedo gordo por la abertura le preguntó: “¿siempre echas tanta leche?” y Pedro la contestó afirmativamente. No dio tiempo a más pues la obra siguió y al apagarse las luces, el chico volvió a ponerse la ropa y se sentó convenientemente. Covadonga esperó unos minutos para, aprovechando la oscuridad, subirse la parte posterior de su falda y sentarse encima de Pedro de manera que su culo, a través de la braga, entrara en contacto con el rabo del chico, a través de su pantalón y calzoncillo. Se movió lentamente y enseguida, al notar las excepcionales dimensiones del miembro, exclamó: “Dios mío, como se te ha puesto otra vez”. La mujer no abandonó su acomodo hasta que acabó la obra y al salir del teatro fueron a tomar una copa. Covadonga accedió a hacerle una paja lenta en el ascensor de su domicilio con la intención de que echara otra buena cantidad de leche y se meara delante de ella. Al terminar le dijo que estaba dispuesta a “aliviarle” siempre que quisiera pero que, de momento, no quería llegar a más.

Pero Covadonga cambió de opinión cuándo otra tarde quedaron en encontrarse en una discoteca para bailar y cuándo llegó se encontró a Pedro acompañado de dos de sus amigos y de Carmen, a la que Covadonga llamaba “Miss Universo”. Aquello no la gustó y además de pasarse la mayor parte de la tarde pegada a la barra, cuándo Pedro fue a buscarla al día siguiente a la universidad le propuso, que además de chuparle el rabo y hacerle pajas cuándo quisiera, la gustaría que la “jodiera” al menos una vez a la semana y quedaron de acuerdo en hacerlo en casa de Covadonga los martes después de la comida en una sesión que no podía sobrepasar la hora de duración y los viernes por la noche, tras cenar juntos en el domicilio de la chica, sin límite de tiempo.

Covadonga decidió tomar la iniciativa en la sesión de los martes demostrando que la gustaba la variedad aunque, una vez al mes, se dedicaba a hacerle una paja lenta y después de disfrutar viendo como echaba a chorros su leche, chupársela para que volviera a repetir pero en esta ocasión en su boca y meándose tras la corrida. La agradaba que, después de correrse, la echara su pis por todo el cuerpo desde la cara a los pies pasando por sus tetas, el estómago, el exterior de su coño y las piernas. Otra cosa que solía llevar a cabo con frecuencia era hacer que Pedro se acostara boca abajo con las piernas muy abiertas para acariciarle la masa glútea y la raja del culo, antes de penetrarle varias veces tanto con sus dedos como con un vibrador y darle por el culo con la ayuda de una braga-pene que disponía de un conducto que conectado a su vejiga urinaria hacía que, al mearse, el pis llegara a la punta del pene y cayera dentro del culo del chico con lo que se le reblandecía la mierda. La gustaba encularle hasta que Pedro se cagaba y que, tras hurgarle con sus dedos mientras el chico hacía grandes esfuerzos por retener la salida de su mierda, echara una buena cantidad de caca. Como casi siempre era sólida la recogía y la empaquetaba con intención de restregarse con ella cuándo por las noches, estaba muy salida y debía “hacerse unos dedos”. Hubo ocasiones en que congeló algún “chorizo” gordo y largo diciendo que aquello, además de estar muy apetitoso, una vez congelado la permitía usarlo como un “juguete” más para introducírselo por delante y por detrás ó podía comérselo cuándo la apeteciera.

Las sesiones nocturnas de los viernes eran de mucha duración por lo que, al terminar, dormían juntos hasta el mediodía del sábado. En ellas Covadonga ponía a prueba la gran potencia sexual de Pedro y aunque decía que era excitante que, cada noche, la mojara con su leche cuatro ó cinco veces y la echara dos ó tres meadas y que nunca lo había hecho con ningún hombre dotado de un rabo tan grande y con tan elevado número de corridas, intentaba y algunas veces lo lograba que se superara. Covadonga le decía que la leche existente en los huevos de los hombres se repone con facilidad y que si no se echaba se renovaba cada tres días por lo que en el caso de Pedro había que evitar a toda costa la renovación para que sólo existiera la reposición mediante esperma bien fresco. Lo cierto es que Covadonga permitió que, poco a poco, Pedro se convirtiera en el dueño y señor de la sesión sexual de los viernes por la noche pudiendo hacer con Covadonga lo que quisiera, incluso atarla, azotarla ó lo más habitual, ponerla el culo como un tomate con sus cachetes; utilizar con ella buena parte de los “juguetes” de que disponía la mujer y especialmente las bolas chinas, los vaciadores urinarios, unos vibradores muy potentes y unos consoladores de rosca que la provocaban unas corridas impresionantes tanto cuándo la atravesaban por completo el útero como cuándo entraban hasta el fondo de su intestino provocándola unos completos vaciados intestinales. Pedro consiguió hacerse con unos fórceps y a Covadonga le gustaba que se los pusiera para que la pudiera realizar unas exhaustivas y largas exploraciones tanto visuales como táctiles del interior de su almeja mientras que ella la que le pedía es que cuándo la penetraba, tanto anal como vaginalmente, se la follara con movimientos muy rápidos y la echara la leche con su rabo completamente introducido en su interior de manera que la cayera en el fondo de su intestino ó cerca de los ovarios ya que, a su edad y con la menopausia superada, no podía quedar preñada. Pedro se la “tiraba” en cualquier posición aunque, como a la mayoría, la gustaba que la “jodiera” a cuatro patas; echada sobre él con las piernas cerradas; cruzados ó cabalgándole para poder sentir como la golpeaban sus huevos que Covadonga deseaba que la metiera dentro.

Cuándo la relación entre Covadonga y Pedro estaba consolidada y habían decidido llevar a cabo sus sesiones sexuales cuatro días a la semana, los martes y jueves después de comer y los viernes y domingos por la noche, los padres de la chica decidieron ir a pasar una temporada con su hija. Covadonga pensaba que sólo estarían unos días ó como mucho, un par de semanas y por ello, acordaron no mantener ningún contacto sexual durante su estancia que se fue prolongando y Covadonga empezó a sentir una imperiosa necesidad de que Pedro se la follara. El chico la propuso llevarlo a cabo en su oficina pero sus horarios de trabajo eran similares y a Covadonga no la apetecía hacerlo siempre en el despacho de Pedro donde quedaban después de comer ó alrededor de las nueve y medía de la noche en que la oficina del chico estaba cerrada. Como, al hacerlo fuera de su casa, la agradaba variar decidieron llevarlo a cabo en las instalaciones universitarias unos días tras la comida y otros por la tarde cuándo Pedro salía de trabajar. Pero allí no lograron dar con el lugar adecuado. Empezaron llevándolo a cabo en el despacho de Covadonga pero un día estuvo a punto de pillarles en “plena faena” uno de los vigilantes de seguridad al realizar su habitual ronda para comprobar quien quedaba en el edificio. Después lo hicieron en el water de profesoras pero más de un día, sobre todo cuándo lo hacían después de comer, tenían que detener su actividad para que los gemidos de Covadonga no la delataran ante sus compañeras. Finalmente, se encerraron en un archivo que se usaba muy pocas veces donde pudieron disfrutar de intimidad y sosiego hasta que, un día y cuándo Covadonga le estaba realizando una cabalgada vaginal a Pedro, otra profesora entró en el archivo usando la llave maestra. La cosa no trascendió pues la profesora les dijo que no había visto nada pero a Covadonga la molestó que junto a ella hubieran entrado dos de las alumnas con las que mantenía relaciones sexuales lesbicas. Después de aquel incidente lo volvieron a hacer, aunque de forma más esporádica, en el despacho de Pedro mientras esperaban que los padres de la chica se decidieran a irse para reanudar sus sesiones sexuales en su domicilio. Aunque mantuvieron un contacto bastante regular, el que los progenitores tardaran más de seis meses en decidir volver a su localidad de origen hizo que su relación se enfriara y Pedro decidiera dejar de mantener encuentros sexuales con ella. Covadonga le llamó muchas veces con intención de volver a relacionarse pero Pedro tenía sexo como “para dar y tomar” por lo que la fue dando largas hasta que la chica se cansó de llamarle y su relación se rompió por completo. Covadonga, tras ello, decidió pedir una plaza en propiedad en la universidad de su Asturias natal, que ocupó el curso siguiente.

Diana era una mujer separada con poco más de treinta años con dos hijos, niño y niña, de corta edad. Después de haber trabajado durante su juventud como azafata de congresos y recepcionista en un hotel en aquel momento desarrollaba su actividad laboral en la cocina de un hospital lo que, según ella y a base de sudar la gota gorda todos los días por el calor que pasaba, la daba para comer y la mantenía delgada y esbelta. Su marido había sido un hombre dominante, vicioso y fetichista al que, aparte de conservar las prendas íntimas de las féminas a las que se “tiraba”, le gustaba coleccionar los pelos pubicos y a ser posible bien impregnados en flujo y pis, de las hembras. Lo único que le importaba era tener a Diana debajo de él y follársela varias veces al día. La chica se casó muy joven y preñada lo que lo obligó a abandonar sus estudios universitarios. No tardó en observar que su marido, además de beber más de la cuenta, era un autentico mujeriego. Durante el embarazo, a Diana la disminuyó de forma considerable su deseo sexual y su marido empezó a pegarla ya que le excitaba hacérselo con el “bombo” y esa era la única manera de conseguir que la chica se dejara “cepillar”. Después de nacer el niño se hizo habitual el mostrarse muy violento con ella llegando, incluso, a darla verdaderas palizas por cualquier cosa sin importancia. Una noche la chica acabó en urgencias y aunque no le denunció, decidió separarse de él. Pero meses más tarde, el hombre la pidió perdón por su comportamiento y Diana, que le quería, le perdonó. Volvieron a vivir juntos y no tardó en engendrarla a la hija y la historia se repitió pero, esta vez, con el agravante de que casi todos los días llegaba a casa borracho y tras obligarla a exhibirse, completamente desnuda y luciendo el “bombo”, en las escaleras y la terraza de su casa donde la hacía tumbarse sobre sus piernas y tras ponerla el culo como un tomate pellizcándola y dándola cachetes, la metía dos y tres dedos en el ano y la forzaba con ganas hasta que la provocaba la cagada que la hacía retener hasta que, cuándo lo consideraba oportuno, la sacaba los dedos e insultándola y la gritaba: “ya está cagándose otra vez la muy cerda” para que se enteraran los vecinos mientras muy complacido y excitado no apartaba la vista de su culo y contemplaba la salida masiva de la mierda. Sin dejarla que vaciara por completo su intestino la obligaba a colocarse boca abajo y poniéndola la punta del rabo en el ano, se echaba sobre ella y se lo metía hasta el intestino con lo que la caca que todavía la quedaba en su interior no encontraba por donde salir y Diana, además de aguantar los dolores propios de la penetración anal, tenía que soportar las molestias que la originaba el retener su mierda. Después, su actividad sexual continuaba en su habitación donde la penetraba vaginalmente. Pero no contento con ello decidió que, un día si y otro también, luciera su “bombo” completamente desnuda delante de sus amigos antes de que pudieran presenciar como se la “tiraba”. Un día, en avanzado estado de gestación, Diana se opuso a que la penetrara vaginalmente echado sobre ella y su marido la dio una paliza descomunal. Finalmente, se la “cepilló” con un deleite muy especial sin percatarse de que la chica “rompió aguas” mientras se la follaba. Diana, en cuanto su marido la sacó el rabo, le dijo que estaba a punto de dar a luz. “Cállate, puta, que aún te tengo que follar muchas veces en el mes y medio que te queda” y vistiéndose, la dejó con los dolores propios del parto. Una vecina que la oyó gritar acudió en su ayuda y aunque se apresuró a llamar a una ambulancia, Diana parió prematuramente en el portal de su casa y estuvo a punto de perder a la niña. Cuándo salió del hospital decidió abandonar a su marido, que no la había ido a visitar ni un solo día ni tan siquiera por conocer a su hija e irse a vivir con sus dos hijos a un piso amueblado que sus padres tenían deshabitado en aquel momento y del que su marido no sabía nada. Había pasado muchos años centrada en sus hijos y sin relacionarse con ningún hombre hasta que, tras leer el anuncio de Pedro y sin saber muy bien porqué, decidió llamarle. Se citaron la tarde de un domingo y estuvieron hablando casi dos horas sentados en la terraza de una cafetería. Unos días después fueron juntos al cine y empezaron a quedar los días en que Diana se ocupaba de realizar las compras para su casa ó decidía salir de tiendas a comprarse ropa puesto que la gustaba que Pedro la diera su opinión sobre todo porque lo que quería era complacerle y gustarle con su manera de vestir mostrándose ante él mucho más atractiva y sugerente. De esta forma y sintiéndose muy atraída por el chico, empezó a ponerse vestidos con faldas muy cortas que, además de permitirla lucir sus bonitas piernas, la daban un aspecto mucho más juvenil.

Aunque se abrazaban, se besaban en la boca y solían restregar sus cuerpos lo que la permitió percatarse de que Pedro estaba dotado de un rabo aún más gordo y largo que el de su ex marido, tardaron bastante tiempo en acostarse juntos. Ambos tenían muchas ganas de hacerlo pero no disponían de un lugar donde mantener sus encuentros sexuales ya que Diana no quería visitar a Pedro en su oficina y menos para eso y se negaba a que lo llevaran a cabo en la habitación de un hotel ó en los lugares, al aire libre, en que por la noche lo hacían muchas parejas. Un día dieron un largo paseo y Pedro, sin que ella lo supiera, la llevó a una zona de pinares donde solían ir a follar los jóvenes. Según se fueron adentrando entre los pinos empezaron a ver a parejas que lo estaban haciendo en múltiples posiciones. La respiración de Diana era cada vez más agitada pero la chica miraba sin hacer el menor comentario. De repente dieron con una furgoneta en la que, por los movimientos, resultaba más que evidente que estaban follando. Aunque Diana no quería Pedro la obligó a acercarse. Las puertas traseras estaban completamente abiertas y en su interior tres hombres se estaban follando a dos chicas muy jóvenes. Pero la mirada de ambos no tardó en centrarse en el exterior donde, a pocos metros de la furgoneta y sobre una toalla de baño, otro hombre estaba haciendo lo propio con una cría de pelo rubio y largo. Cuándo este último, después de correrse dentro del chocho de la chica, la extrajo el rabo lleno de flujo y de leche, Diana explotó y le dijo a Pedro: “por favor, tócame, mastúrbame y hazme tuya”. Pedro se apresuró a colocarse detrás de ella y tras subirla la corta falda y bajarla ligeramente su braga de color rosa, procedió a apretarse contra ella de manera que su rabo, a través del pantalón y el calzoncillo, quedara en contacto con la raja del bonito y redondo culo de la chica mientras la acariciaba la seta con su mano extendida. Diana estaba tan caliente que sólo con aquello y sin apartar su vista de la actividad sexual que se estaba llevando a cabo en el interior y exterior de la furgoneta llegó al clímax y a continuación, le incitó a que la masturbara. Pedro la introdujo dos dedos en el coño y empezó a moverlos con energía y rapidez mientras, metiendo la mano izquierda por los tirantes del vestido, procedía a apretarla una de sus tetas. Pedro había tenido ocasión de ver a muchas mujeres correrse con intensidad y rapidez pero nunca con tanta celeridad como Diana. En diez minutos había alcanzado medía docena de orgasmos y totalmente salida, hizo que Pedro la sacara los dedos para arrodillarse delante de él y bajarle el pantalón y el calzoncillo dejando su polla al descubierto. En cuanto la vio exclamó: “que pedazo de polla, vaya maravilla y que huevazos” y tras moverle el rabo unos segundos con sus manos sin apartar su vista de él, se lo metió en la boca. Pedro también estaba caliente y aunque la avisó de que estaba a punto de correrse, Diana se ocupó de que la echara la leche en la boca. La chica, tras tragarse todo su líquido, dejó de chuparle el miembro y le dijo que nunca había sentido una corrida tan abundante como que acababa de echarla. Mientras se dedicaba a moverle el rabo con su rabo y a acariciarle los huevos volvió a mirar la actividad sexual que se desarrollaba cerca de la furgoneta viendo que a la cría rubia, colocada a cuatro patas sobre la toalla de baño, se la estaba “cepillando” uno de los hombres a los que, antes, había visto dentro del vehículo. De repente y entre los gemidos de la joven, oyó que la decía: “toma, puta, toda mi leche para ti”. Diana debió de pensar que, mientras a aquella cría se la estaban follando los cuatro hombres y uno tras otro la echaban su leche, ella estaba sumamente necesitada de sexo. Incorporándose, se desnudó por completo y echándose boca arriba sobre la hierba, le dijo a Pedro: “jódeme, méteme bien dentro esa gran polla”. Pedro despojándose del pantalón y del calzoncillo, que seguían en sus tobillos, se echó sobre ella, la penetró vaginalmente y comenzó a “cepillársela” muy lentamente. Pero Diana era una autentica maquina corriéndose y además de llegar al clímax un montón de veces en poco tiempo y muchas veces juntándose dos orgasmos, no tardó en mearse de gusto mojando los huevos a Pedro lo que acabó de excitarle haciendo que la echara una soberbia cantidad de leche que Diana recibió, entre algunas convulsiones de su cuerpo y gemidos, muy complacida. Unos segundos más tarde, Pedro remató la sesión meándose en el interior de su almeja y con su pis la provocó otra excepcional corrida. Sin permitir que la extrajera el rabo, Diana se abrazó a Pedro con fuerza y le besó apasionadamente. Al cabo de unos minutos le preguntó: “¿puedes echarme más leche?” y el chico la contestó afirmativamente. Diana le animó a seguir follándosela y cuándo la chica estaba totalmente entregada y Pedro se encontraba a punto de echarla una nueva ración de leche dentro del chocho se percataron de que, cerca de ellos y sin quitarles la vista de encima, estaba en cuclillas meando y cagando la cría rubia que, al darse cuenta de que se habían percatado de su presencia, les preguntó: “¿habéis jodido mucho?”. Pedro, que se encontraba más que a punto, no pudo hacer nada por contener la salida de su leche y a Diana, además de gemir y llegar al clímax, se la volvió a contorsionar todo el cuerpo. La cría la dijo: “que gustazo ¿eh?, ¿te ha echado mucho?”. Sin recibir ninguna contestación permaneció muy atenta y en cuanto Pedro la extrajo el rabo y se incorporó, se abalanzó sobre Diana y poniéndose a cuatro patas entre las abiertas piernas de la chica la dijo a Pedro que la diera por el culo mientras ella se ocupaba de comerla la seta a Diana. Pedro, hizo lo que la había dicho y tras abrirla el ano con su mano viendo que lo tenía impregnado en su caca, la colocó la punta del rabo y se lo introdujo hasta los huevos. Diana se encontraba tensa y violenta viendo como la cría se deleitaba con su almeja pero, poco a poco, empezó a gustarla y aparte de que se corrió con intensidad otras dos veces, se meó en la boca de la cría a la que, un poco después, Pedro la echó una buena cantidad de leche dentro del culo. La chica le pidió que la siguiera enculando pero Diana, después de vaciarse por completo, volvió a sentirse incomoda, sobre todo cuándo, aparte de la lengua, la joven rubia la metió dos dedos y la forzó mientras comentaba que tenía un chocho muy bonito y jugoso con un flujo sabroso. Pedro, finalmente, la sacó el rabo del culo y la cría se apresuró a darse la vuelta, echándose casi encima de Diana y abriéndose con sus manos los labios vaginales, le incitó a que la metiera el rabo si era capaz de echarla más leche. Diana la empujó para quitársela de encima mientras Pedro se echaba sobre ella y procedía a “tirársela” vaginalmente. A Diana no la gustó aquello y menos cuándo, después de ponerse de pie, uno de los hombres de la furgoneta se acercó a ella y a pesar de la oposición de Diana, la obligó a separarse del lugar donde Pedro se estaba “cepillando” a la cría rubia y empezó a tocarla hasta que se decidió a introducirla dos dedos vaginalmente y la masturbó. Pedro, ajeno a todo, seguía sobre la chica que, cogiéndole con fuerza de la masa glútea, le apretaba contra él y no dejaba de decirle: “házmelo más rápido para que pueda correrme más veces”. Diana comenzó a llorar de impotencia y estuvo a punto de gritar cuándo el hombre, después de masturbarla, la ató de cara a un árbol y tras hacer que abriera bien las piernas, empezó a hurgarla con sus dedos en el culo al mismo tiempo que la acariciaba la raja vaginal con su mano extendida. Pedro acababa de correrse dentro de la seta de la cría que, retorciéndose de placer, no decía: “eres un semental, que gusto, que gusto” y al ver lo que ocurría, reaccionó y sacando su rabo del interior del coño de la joven, separó a al hombre, que estaba a punto de penetrarla analmente, de Diana diciéndole que aquella mujer era sólo para él y que la dejara en paz. Señalando a la joven de pelo rubio le indicó que se lo hiciera a aquella puta. El hombre le contestó: “amigo, no te enfades, yo estoy aquí para vaciar mis huevos no para pelearme” y tras pasarla la mano extendida por la almeja a la cría, que se había colocado a su lado y decirla: “pero que golfa eres”, la cogió de su pelo rubio y se separó unos metros de Diana y Pedro para obligarla a arrodillarse y a chuparle el rabo. Diana se enfadó con Pedro por no haber evitado que aquel hombre la tocara, la masturbara, la hurgara reiteradamente en el culo e intentara penetrarla analmente pero el chico se disculpó diciéndola que no se había percatado de nada. Ella le contestó: “claro, estabas muy ocupado jodiendo a la putita rubia”. Aquel incidente hizo que, después de vestirse, decidieran separarse y que durante varias semanas no hubiera la menor comunicación entre ellos.

Pero se reconciliaron después de mantener una nueva y larga conversación en la terraza de una cafetería. Diana le dijo que, aunque hasta entonces no los había tomado nunca, había conseguido en el hospital en el que trabajaba un buen surtido de anticonceptivos que pensaba empezar a tomar de inmediato puesto que, aunque la gustaría que Pedro la hiciera uno ó dos hijos más, de momento quería disfrutar y sin límites del sexo. Se pusieron de acuerdo en hacerlo en casa de Diana la noche de los miércoles, en una sesión de una hora de duración y no más de dos polvos y de los sábados, en que su contacto podía ser y lo fue, mucho más prolongado. Como las semanas que a Diana la tocara trabajar en horario de tarde salía a las diez y tenía que recoger a sus hijos, bañarles, darles de cenar y acostarles, Pedro solía llegar a su domicilio de once y medía a doce menos cuarto. Diana, además, le pidió que no la penetrara analmente más de una vez a la semana ya que, tras darla por el culo, la solía escocer mucho el ano y padecía durante varias horas un molesto proceso diarreico. Asimismo, le advirtió que tuviera mucho cuidado con los mensajes que la dejaba en el contestador telefónico puesto que sus hijos sabían como utilizarlo y podían escucharlos. Su relación se ajustó a lo acordado y se desarrolló de manera muy satisfactoria para ambos. A Diana la gustaba que, tras chuparle a Pedro el rabo hasta dejarle muy próxima a la corrida, este se ocupara de apretarla y de mamarla las tetas, masturbarla y comerla el chocho de manera que estuviera de lo más salida y entregada cuándo la penetrara. La encantaba que Pedro la introdujera el rabo vaginalmente colocada a cuatro patas ó con sus piernas apoyadas en los hombros del chico lo que la permitía incorporarse ligeramente y excitarse aún más al ver como el miembro de su amigo entraba y salía de su cuerpo. Pero, a pesar de que intentaban no hacer ruido y hablar bajo, Diana gemía y jadeaba mucho con sus orgasmos y estos, además, eran muy frecuentes lo que provocaba que sus hijos se despertaran. Más de un día tuvieron que interrumpir su sesión sexual para que Diana se pusiera una bata y acudiera a su habitación pero, al cabo de varios meses, los críos decidieron levantarse e ir a la habitación de su madre. La primera vez Diana se percató de que se dirigían hacía allí y Pedro supo reaccionar sacándola el rabo y escondiéndose debajo de la cama mientras ella se levantaba y se ponía una bata pero la segunda no se dieron cuenta de su presencia hasta que la niña pequeña preguntó: “mamá, ¿Por qué le dices jódeme más? ¿Qué es jódeme?”. La pareja no sabía que hacer ni decir. Pedro se separó de Diana quedando a la vista de los críos su enorme rabo y el niño dijo: “hala que gorda tiene la colita”. Diana, levantándose totalmente desnuda, les preguntó que cuanto tiempo llevaban allí y ellos la contestaron que desde que ella había dicho: “métemela ya y jódeme” y Pedro había procedido a colocarla las piernas en sus hombros. Diana se dio cuenta de que, desde aquello, había pasado bastante tiempo y que sus hijos habían estado presentes en las dos últimas corridas de Pedro. Aquello hizo que Diana decidiera, de manera unilateral, suspender sus sesiones sexuales hasta que encontraran otro lugar en donde llevarlas a cabo sin que sus hijos pudieran verles. Como la chica se negó a hacerlo en público ó en la oficina de Pedro, su relación se fue enfriando hasta que Mari se ocupó de que acabara cuándo, llamándola por teléfono, la dijo que se había convertido en la novia de Pedro.

En aquellos años empezó a proliferar la llegada de cubanas y dominicanas con la intención de casarse y quedarse a vivir aquí. Jennifer era una chica de nacionalidad cubana que Pedro nunca supo si estaba en el país en situación legal ó ilegal. Lo cierto es que la chica, tras leer su anuncio, lo llamó y le indicó que tenía interés en intentar formalizar una relación estable con él. Quedaron en conocerse al día siguiente en su oficina. Jennifer fue acompañada de otra mujer que, según le dijo, era su mejor amiga. La mujer le explicó que la chica se alojaba en su casa hasta ver que sucedía pues su intención era encontrar trabajo para poder quedarse a vivir. Por lo que explicó, ella ya había dado el “braguetazo” y tras quedar preñada y tener un hijo, se había casado con un español del que se acababa de separar. La mujer le invitó a visitarlas en su casa siempre que quisiera y el hacerlo de una manera tan abierta no le gustó demasiado ya que pensó que, si lo hacía, la mujer dominicana se iba a convertir en una puta que iba a intentar que se la “cepillara” a cambio de dinero. Pero como con quien iba a salir era con Jennifer y no con ella, decidió que sin ir a su domicilio se evitaría la encerrona sexual que se imaginaba por lo que cuándo iba a buscar a la chica, por más que la mujer dominicana se empeñara en que subiera ó la esperara en el portal, siempre permanecía alejado varios metros de la vivienda. Jennifer, que tenía treinta y un años, era mestiza, de estatura normal tirando a baja y de complexión normal, al no tener nada mejor que hacer empezó a visitarle en su oficina presentándose siempre lo más elegante, limpia y sugerente que podía. A los pocos días comenzaron a encerrarse en el despacho para que Jennifer se prodigara en hacerle pajas. Siempre se las hacía a su ritmo, que no era ni demasiado lento ni demasiado rápido y sin dejar de tocarle con su mano libre el culo. Al notar que le quedaba muy poco para correrse, le metía un dedo en el ano y le hurgaba enérgicamente mientras aumentaba el ritmo de sus movimientos con lo que lograba que Pedro sintiera un gusto muy intenso y echara a grandes chorros una de sus excepcionales raciones de leche que, a pesar de estar bastante alejados de ella, varios días llegaron hasta la pared. Después de que echara su líquido la gustaba que el chico, apoyado en la mesa y con las piernas muy abiertas, la dejara acariciarle los huevos al mismo tiempo que le lamía el ano y le hurgaba en su interior con sus dedos provocándole más de un día la cagada. Pero al ver que aquel rabo daba mucho más de si la chica, sin dejar de hurgarle en el culo, seguía moviéndoselo cada vez más deprisa. Había momentos en que le bajaba toda la piel, se lo miraba en todo su esplendor con los ojos bien abiertos, le echaba saliva en la punta y continuaba con su cometido hasta que el hombre se volvía a correr y un poco después se meaba. Jennifer con su mirada fija en el rabo, solía decirle: “cuanta leche calentita y que rica meadota has echado”. A lo que la chica no se mostró dispuesta fue a chuparle el ”instrumento” ya que su amiga dominicana la había dicho, equivocadamente, que con el sexo oral los “españolitos” la podía trasmitir varias enfermedades. Pedro empezó a ocuparse de buscarla un empleo y la iba dando pequeñas cantidades de dinero para que, poco a poco, fuera renovando su vestuario pero Jennifer de lo que más se preocupaba era de comprarse ropa interior. Con la disculpa de enseñársela, logró que el hombre la apretara y mamara las tetas, que era una cosa que la ponía muy caliente; la masturbara; la comiera la seta; la lamiera el ano y la hurgara con sus dedos en el culo con regularidad. La chica, por cierto, tenía un culo voluminoso pero muy apetitoso y a pesar de que la hurgaba con ganas aguantaba perfectamente la salida de la mierda ya que, según le dijo, estaba acostumbrada puesto que en su país era normal que las mujeres se hicieran “aquello” mutuamente desde muy jóvenes. Un día, cuándo Pedro se estaba ocupando de su culo con ella colocada a cuatro patas, la chica le dijo: “papito, por favor, méteme tu gran rabo por detrás”. Pedro, lógicamente, no se lo pensó y tras desnudarse por completo, la colocó la punta de su rabo en el orificio anal, bastante dilatado. Cogiéndola con fuerza de la cintura, ambos apretaron al mismo tiempo. Pedro se quedó sorprendido de la facilidad con la que su “instrumento” entró por completo en el interior del culo de la chica y le pareció como si se hubiera preparado para aquel momento. La enculó con ganas mientras Jennifer, haciendo que la apretara con fuerza las tetas, le decía: “así, así, dame con fuerza”. Pedro no tardó en correrse y la echó una espléndida cantidad de leche mientras la chica, en pleno orgasmo, se meaba. Fue entonces cuándo notó que Jennifer había liberado su esfínter y que se estaba cagando. Aunque la chica se opuso, la sacó el rabo con la misma facilidad con la que se lo había metido y cogiendo la papelera se la colocó debajo. Jennifer le indicó que la mantuviera bien abiertos los labios vaginales mientras cagaba y en cuanto Pedro lo hizo, salió en tromba una gran cantidad de mierda líquida. La cagada, aunque fue disminuyendo en cantidad e intensidad, duró un par de minutos y Jennifer le dijo: “que gusto me has dado y que placer estoy sintiendo cagándome delante de ti después de que me hayas dado por el culo”. A partir de aquel día se hizo habitual que Pedro la diera casi diariamente por el culo, incluso cuándo estaba con la regla, aunque Jennifer, se cagara ó no, le obligaba a sacarla el rabo un poco después de que se corriera y ella llegara al clímax para que se meara en su boca y en sus tetas. Aquello hizo que en los armarios del despacho de Pedro siempre haya varios rollos de papel higiénico, determinados “juguetes”, toallas húmedas desechables, bayetas para limpiar el suelo y bolsas de gran resistencia en las que poder depositar grandes cantidades de excrementos. Más difícil le resultó lograr que Jennifer se dejara penetrar vaginalmente ya que quería que la metiera el rabo con condón y Pedro nunca los había usado puesto que siempre se había corrido a pelo. Jennifer, finalmente, los compró con parte del dinero que la daba Pedro y se los ponía antes de que, tumbándose en la mesa con las piernas muy abiertas, permitiera que se la follara vaginalmente haciendo que Pedro la apretara con fuerza las tetas mientras se la “tiraba” con movimientos rápidos para hacer que sus orgasmos fueran frecuentes y muy intensos. La chica cada vez que llegaba al clímax gemía y levantaba su culo lo que permitía que Pedro la pudiera introducir más profundo el rabo. Jennifer le decía: “tienes la polla tan larga que noto que me ha atravesado por completo el útero”. El hombre, finalmente, se corría y aunque la echaba mucha leche no le agradaba que, además de que tardaba más en correrse, en lugar de salir con fuerza para caer en los rincones más incógnitos del interior del coño femenino, quedaran depositados en el condón. La chica, además, le hacía sacarla el rabo enseguida para proceder a cambiarle la goma por otra provista de estrías, con la que se incrementaba el gusto de la fémina, antes de que, generalmente colocada a cuatro patas ó cabalgándole, la penetrara de nuevo vaginalmente hasta que Pedro volvía a correrse. Como el chico tenía una excepcional potencia sexual Jennifer decidió sacar buen provecho de ello y sus sesiones sexuales, que de lunes a viernes eran diarias e incluso, lo hacían algunos sábados por la mañana, comenzaba siempre haciéndole una paja. Una vez que la leche salía a borbotones, Pedro la masturbaba y la comía la almeja hasta que, cuándo Jennifer estaba totalmente salida, la penetraba analmente recibiendo la chica en el interior de su culo otra ración de su líquido y una buena meada. Como la chica solía cagarse en cuanto la sacaba el rabo la dejaba vaciar su intestino puesta en cuclillas encima de la papelera antes de continuar, provisto de condón, con una buena cabalgada ó penetrando por vía vaginal a Jennifer, colocada a cuatro patas, hasta correrse dentro de su chocho para finalizar volviendo a meterla el rabo en la seta, en esta ocasión tumbada boca arriba en la mesa, tras el oportuno cambio de preservativo y permaneciendo Pedro de pie. Muchos días, cuándo el chico se meaba por segunda vez, Jennifer se apresuraba a quitarle el condón para que la echara el pis en las tetas y en el exterior del coño y del culo. Pero este considerable aumento de su actividad sexual coincidió con la pretensión de Jennifer, seguramente influenciada por su amiga dominicana, de que Pedro la diera regularmente más dinero para poder cubrir otras necesidades que no fueran las de su ropa. El chico se negó rotundamente. Jennifer le explicó entonces que era madre soltera y que había dejado a su hijo de siete años en Cuba al cuidado de su abuela que era muy mayor y apenas tenían para alimentarse. Pedro no se dejó convencer y realizó múltiples gestiones para que el dinero que le pedía lo ganara trabajando. La encontró varias ocupaciones pero en ninguna duraba nada pues no tenía experiencia y no era una persona demasiado deseosa de aprender. Ella pretendía trabajar como manicura en una peluquería de señoras pero su pretensión resultaba complicada y difícil. Al estar trabajando, un día en una cosa y otro en otra, impedía que pudiera visitar a Pedro y si este la echaba en falta, Jennifer cada vez sentía más deseos sexuales. Un domingo que libró en una ocupación laboral en la que duró dos semanas lo pasaron encerrados en la habitación de un hotel de manera que tanto Jennifer como Pedro quedaron más que satisfechos y pocas semanas más tarde repitieron la experiencia al irse juntos a pasar el fin de semana a Avila. Una vez más, no salieron de la habitación del hotel nada más que para las comidas y Jennifer accedió, por fin, a que Pedro la penetrara vaginalmente sin condón y la echara libremente su leche seguramente pensando en que la dejara preñada para poder atarle a ella. Pero el chico, a través de unas cartas que le dio para que las hiciera llegar a su destino, se enteró de que Jennifer se había dedicado desde su niñez al sexo, tanto ocasional como turístico y que, además de que en Cuba mantenía relaciones sexuales lesbicas con varias mujeres, tenía muy bien programada su agenda sexual para que unos determinados jóvenes la dieran unos días por el culo y otros la penetraran y sin condón, vaginalmente. Aquello hizo que, después de conseguirla un trabajo en una casa para cuidar a unas personas mayores en el que tampoco duró mucho tiempo, su relación sexual se enfriara y su contacto pasara a ser mínimo. La chica quiso arreglarlo y accedió gustosa a ir con él a Madrid cuándo le habló de pasar allí el fin de semana siguiente. Lo que no se esperaba es que les iban a acompañar un amigo y Carmen, “Miss Universo”, con la que, en principio, debía de compartir la habitación del hotel. Se sintió aliviada cuándo consiguió localizar a otra mujer dominicana a la que conocía y esta, tras ir a buscarla, se la llevó como huésped a su domicilio. Sólo apareció el sábado por la tarde para ir con ellos al Parque de Atracciones. Intentó infructuosamente hablar con Pedro que no la hizo el menor caso ya que el chico estaba dolido puesto que su idea era la de haberse hecho con otra habitación para pasar las noches junto a Jennifer pero su “espantada” lo impidió. El domingo acababan de empezar a comer cuándo le llamó para decirle, tres horas antes de la hora prevista para su viaje de regreso, que le estaba esperando en el salón del hotel en que se había alojado. Después de aquello volvió varias veces a la oficina de Pedro con la intención de solucionar su situación. Pero el primer día uno de los compañeros del chico que estaba en trámites para traerse a vivir con él a otra chica cubana se metió en el despacho y ambos se pusieron a hablar del tema mientras Pedro, tras recibir una llamada telefónica, abandonaba el despacho para no volver a él en mucho tiempo. En las dos ocasiones siguientes la puerta estaba cerrada con llave lo que la hizo suponer que estaba follándose a otra mujer por lo que no la quedó más remedio que irse y la última vez, la puerta del despacho estaba abierta pero, al entrar, se encontró con una chica, desnuda de cintura para arriba, sentada encima de las piernas de Pedro dejando que la mamara las tetas. Pedro, con cara de pocos amigos, la dijo: “¿no sabes que hay que llamar antes de entrar?” y Jennifer, llorando, abandonó el lugar para no volver. Pedro no supo más de ella. Algunos de sus amigos la vieron en los meses siguientes deambulando por las calles pero, seguramente, acabaría volviendo a su país de origen.

Queda, finalmente, Mari con la que Pedro habló telefónicamente en varias ocasiones antes de quedar para conocerse. La chica, dos años menor que él, era morena con ojos azules, complexión y estatura normal y dotada de una raja vaginal muy abierta. Pedro, al enterarse que era separada y tenía cuatro hijos, todos ellos con más de catorce años, dejó de mostrar interés por ella. Pero Mari demostrando una gran tenacidad puesto que sólo conocía su nombre, el edificio en que vivía y donde trabajaba, consiguió dar con él y esa misma mañana se presentó en su oficina. Como no sabía cual era su despacho decidió llamarle por teléfono lo que permitió abandonar su puesto de trabajo, dejando a un compañero suyo y a Jennifer hablando sobre la forma más rápida de traer, para vivir con él, a una cubana a la que el compañero conocía. Fueron a una cafetería para tomar un refresco y Pedro se percató de que la chica estaba muy nerviosa. Al despedirse, Mari le dio dos besos en la mejilla y horas más tarde, le esperó delante del portal del edificio en el que vivía. Cuándo Pedro llegó se quedó sorprendido y la preguntó: “¿que haces aquí?” y la chica le contestó que le esperaba para poder verle otra vez. Entraron juntos en el portal y acto seguido, en el ascensor donde se abrazaron y se empezaron a besar en la boca mientras restregaban sus cuerpos. Subiendo y bajando varias veces, Mari notó perfectamente como el rabo de Pedro adquiría unas dimensiones fuera de lo corriente mientras el chico la tocaba las tetas por encima de su blusa y hasta llegó a acariciarla la almeja a través de su pantalón corto pero cuándo Pedro intentó bajarla esta última prenda con la intención de penetrarla allí mismo la chica no se dejó.

Al día siguiente Mari se presentó en su despacho y tras hacer que Pedro cerrara con llave la puerta, se abrazó a él y lo besó mientras volvían a restregar sus cuerpos. Cuándo notó que el rabo del chico volvía a adquirir unas dimensiones francamente descomunales, le hizo tumbarse en el suelo, le despojó del pantalón y del calzoncillo y tras observar con sumo detenimiento su excepcional rabo, le bajó toda la piel para vérselo en todo su esplendor y le realizó una mamada muy lenta como queriendo disfrutar durante mucho tiempo de aquel descomunal “instrumento”. Pedro se corrió en su boca y la chica se tragó su leche aunque mientras continuaba chupándole el miembro sintió arcadas y terminó por devolver encima de Pedro. Después de limpiarle minuciosamente, se interesó por saber si estaba en condiciones de correrse más veces y al contestarla que lo comprobara por si misma, Mari se desnudó y tras entregar su braga al chico, le realizó una intensa cabalgada vaginal con la que ella llegó, tras muchos meses sin mojarse, al orgasmo mientras Pedro la echaba dentro del chocho una gran ración de leche y una copiosa meada. Mari se sintió tan complacida que, tras tumbarse Pedro boca abajo en el suelo, accedió a hacerle una paja metiendo su mano entre su cuerpo al mismo tiempo que, después de acariciarle la masa glútea y la raja del culo, le introdujo un dedo bien profundo en el culo. La agradó aquella experiencia y más cuándo notó que la leche de Pedro salía en espesos y largos chorros, la mojaba la mano y se depositaba en el suelo por lo que se convirtió en habitual entre ellos ya que todos los días laborables, Mari acudía por la mañana a la oficina de Pedro para hacerle la paja mientras él permanecía echado boca abajo, mamarle el rabo y permitir que la penetrara vaginalmente, echado sobre ella, colocada a cuatro patas ó como más les gustaba a ambos, mediante una cabalgada vaginal que permitía que el miembro de Pedro se introdujera “hasta los huevos” en la abierta seta de la chica. Cuándo Mari estaba con la regla la penetración vaginal se sustituía por una nueva paja con Pedro acostado boca arriba en la mesa de su despacho y la chica colocada en medio de sus abiertas piernas para moverle el rabo con su mano mientras le acariciaba sus gordos huevos y le hurgaba con sus dedos en el trasero. Aunque pronto comenzaron los problemas a cuenta de las primeras demoras en las reglas de Mari y la posibilidad de que Pedro la hubiera dejado preñada, cosa que no llegó a suceder, su actividad sexual se mantuvo durante bastante tiempo y Mari, decidida a todo, logró que dejaran de ser simplemente amigos para hacerse novios. Meses más tarde su relación se extendió a los domingos por la tarde que solían pasar algunas veces en la habitación de un hotel y otras en la de una pensión en la que la chica había dormido varias noches en las cuales Pedro se la follaba sin descanso y la echaba cuatro ó cinco polvazos. En la habitación de la pensión, Mari, sin dejar de gritar y de insultarle, perdió su virginidad anal cagándose en cuanto Pedro la penetró por el culo. Aunque su mierda fue saliendo, poco a poco, al exterior a través del poco espacio que encontraba libre, la chica se vio obligada a aguantar hasta que el chico, varios minutos después de echarla la leche, decidió sacarla el rabo. Mari, sin poder hacer nada por evitarlo, se meó y soltó su mierda en tromba poniendo la cama perdida con su caca y su pis.

Día a día Pedro se fue enterando de muchas cosas de la vida de Mari que, por lo visto, había tenido una vida sexual bastante activa puesto que, tras separarse de su marido que resultó ser un borracho y un mujeriego que sólo pensaba en “tirársela” y hacerla críos, había enviado a sus hijos a unas Aldeas Infantiles para poder trabajar y no había tardado en vivir junto a otro chico que trabajaba esporádicamente como camarero con el que pretendía tener más hijos pero el chico no respondía adecuadamente y aparte de que tardaba en ponérsele el rabo tieso, casi nunca llegaba a correrse. Su nefasta relación sexual originó que se rompiera la sentimental y Mari mantuvo algunas relaciones, más ó menos largas, con otros hombres muchos de los cuales la jugaron malas pasadas. Mientras tanto, sus hijos, dos chicos y dos chicas, se fueron haciendo mayores. La primogénita, Noelia, decidió escaparse de las Aldeas Infantiles tras verse obligada a realizar innumerables mamadas y ser violada varias veces tanto por sus propios compañeros como por algunos de sus instructores masculinos sin que nadie la hiciera caso cuándo intentó denunciarlos y aparte de reírse de ella, lo único que consiguió fue encontrarse, como represalia, con nuevas y más frecuentes violaciones tanto vaginales como anales. La más pequeña, Raquel, salió de allí con dieciséis años y con una clara tendencia sexual lesbica aunque no la disgusta que los hombres la acaricien la raja vaginal y la masturben pero sin permitir que, bajo ningún concepto, la penetren. No la desagrada hacerles pajas pero se niega a chuparles el rabo. En cuanto a los hijos, el mayor era muy serio y se mostraba muy interesado en hacerse militar mientras que el otro pensaba más en las chicas y en las fiestas que en estudiar y con dieciséis años ya se había visto involucrado en varios líos de faldas con jóvenes de su edad, a algunas de las cuales dejó preñadas, aunque siempre supo como resolver la papeleta.

Aprovechando una de las hospitalizaciones de su madre, una noche Pedro se “cepilló”·a Mari a conciencia en su domicilio y en la cama de su habitación. La chica, que los últimos años se había dedicado a atender a personas mayores viviendo con ellas, empezó a tener problemas con los hijos de la señora que cuidaba en aquellos momentos por sus frecuentes ausencias para poder estar con Pedro. Pocas semanas más tarde, la madre de Pedro tuvo que ser nuevamente ingresada y con urgencia y cuarenta y ocho horas más tarde, falleció en la clínica. Aquello les permitió relacionarse con mayor frecuencia en el domicilio de Pedro mientras los hijos de la mujer a la que Mari atendía decidieron prescindir de sus servicios tras encontrar para su madre una plaza en una residencia asistida de ancianos. Como Mari no tenía dinero ni donde caerse muerta, a pesar de que el mismo día en que se enteró encontró trabajo como camarera y tenía la intención de compartir un piso con otras chicas, Pedro decidió comenzar a vivir junto a ella. Mientras Mari cambiaba constantemente de trabajo puesto que en ninguno duraba más de un mes, su relación sentimental iba a más aunque Pedro se encontraba un tanto contrariado por la manifiesta oposición que la chica mostraba a que la penetrara analmente. Después de convivir varios meses juntos decidieron irse a pasar las vacaciones a la misma localidad mediterránea donde, años antes, había mantenido su “idilio” con Cristina a la que Mari fue con la regla y regresó con el coño y el culo repletos de leche y sin saberlo, preñada. La chica se había mostrado especialmente motivada y relajada esos días lo que había originado que Pedro la penetrara varias veces al día tanto por delante como por detrás, incluso tomando el sol en la piscina del hotel en el que se alojaban con las piernas de la chica apoyadas en sus hombros lo que la excitaba y posibilitaba que Pedro, tras echarla la leche un par de veces dentro de la almeja, la pudiera penetrar analmente a pesar de que, siempre, se oponía a ello. El embarazo fue bastante complejo a cuenta de la edad de la chica que, con cuarenta y dos años, perdió buena parte de su movilidad en cuanto el “bombo” se hizo evidente y se vio obligada a pasar un mayor número de pruebas y con más frecuencia que cualquier fémina que fuera diez años más joven. Se hartaron de hacerla citologías con extracciones masivas de flujo, análisis de sangre y orina, ecografías de todo tipo, pruebas de dilatación vaginal y demás mientras Mari cada día que pasaba perdía más movibilidad y se sentía muy pesada. Su deseo sexual disminuyó de una manera considerable aunque, para mantener a Pedro satisfecho, permitía que un día a la semana la penetrara vaginalmente con sus piernas apoyadas en los hombros del chico ó colocada a cuatro patas y otro la metiera el rabo por el culo al mismo tiempo que se prodigaba en realizarle pajas excitándose cada vez que veía salir la leche a chorros de su rabo lo que hacía que Pedro tuviera que ocuparse, a continuación y durante un buen rato, de acariciarla su abierta raja vaginal pasándola su mano extendida con lo que Mari lograba llegar varias veces al clímax. Mientras la chica llevaba varias semanas pasándolo realmente mal, el día en que dio a luz tenía muchas ganas de sexo lo que hizo que, después de comer, Pedro y ella se acostaran en la cama. Mari le hizo una mamada muy lenta hasta que, cuándo estuvo a punto de correrse, se la sacó de la boca y moviéndosela rápidamente con su mano hizo que la echara el líquido en las tetas que ya tenía llenas de leche materna. Después se colocó a cuatro patas para permitir que Pedro la diera por el culo. Como siempre se cagó mientras la enculaba pero tuvo que reprimir la salida de su mierda hasta que el chico, tras echarla la leche y una larga meada dentro del culo, la sacó el rabo. Mientras el chico contemplaba como salía su mierda al mismo tiempo que la acariciaba el chocho con su mano extendida. Mari, completamente salida, se meó y se corrió con suma rapidez y aún estaba saliendo mierda por su culo cuándo pensó que se volvía a mear y se encontró con que “rompía aguas”. Sin poder limpiarse, Pedro la tuvo que ayudar a vestirse para, sin ropa interior y perdiendo pequeños chorros de pis por el camino, llevarla a urgencias donde la ingresaron de inmediato. Después de hacerla desnudarse, la comadrona la realizó el primer fisting vaginal metiéndola el puño dentro de la seta y diciéndola que aún tenía que dilatar bastante. A continuación, las enfermeras se ocuparon de ponerla unos enemas, tanto anales como vaginales, de efectos inmediatos antes de que, sin pasar por la habitación, la llevaran al paritorio dejándola en la sala de dilatación donde Pedro pudo ver como tanto a Mari como a otras dos féminas que se encontraban allí las metían con frecuencia el puño dentro del coño para forzarlas hasta que sufrían unos espasmos impresionantes. Un poco antes de las siete, tras haber pasado las dos últimas horas con dolores cada vez más intensos y frecuentes y al considerar que había dilatado lo oportuno, la llevaron al paritorio donde, poco después, dio a luz a una niña, guapa y grande a la que tenían decidido llamar María de las Mercedes (Mercedes) en honor a su difunta abuela materna. A la niña la sacaron con rapidez pero Mari tardó un buen rato en llegar a la habitación ya que surgieron problemas para que expulsara la placenta y después de tener que extraérsela usando más fórceps y mediante otro fisting vaginal en toda regla, la tuvieron que dar unos puntos en la almeja que se la había desgarrado durante el parto.

El lunes dio a luz y el jueves al mediodía Mari y Mercedes recibieron el alta médica y volvieron a casa con Pedro. A pesar de que el chico estaba muy contento con la cría, su nacimiento le supuso un cambio total en su vida y empezó a sufrir un autentico calvario. Mari, en pleno periodo de cuarentena post parto, había perdido todo su interés por el sexo y Pedro tenía que estar detrás de ella para que le hiciera una paja que cada vez era más rápidas como si la chica quisiera que aquello acabara pronto para que el chico, si quería más, se restregara contra la sabana de la cama hasta que la impregnara con su leche. La cosa no mejoró con el paso del tiempo y a pesar de la desesperación de Pedro, cada vez era menos frecuente su relación sexual y ya no sólo para penetrarla puesto que tampoco demostraba ningún interés por hacerle pajas. Además, se negaba a chupársela alegando que, a cuenta de las dimensiones de su miembro, siempre acababa con nauseas y devolviendo y se opuso rotundamente a que volviera a darla por el culo diciéndole que se buscara a otra dispuesta a ofrecerle el trasero para ese fin. Para colmo su carácter se hizo sumamente cambiante, se enfadaba por todo, se volvió muy autoritaria y cada vez que habría la boca era para darle algún tipo de orden lo que sacaba de quicio a Pedro, descuidaba la mayoría de sus ocupaciones domesticas y había días en que no dejaba de hablar incluso durmiendo. Cuándo acudió a su médico de cabecera la dijo que aquellos síntomas eran propios del inicio del proceso menopausico y tras asegurarla que lo que la ocurría era normal, la comentó que no debía de darlos mayor importancia ya que los iría superando poco a poco. Pero Mari cada vez estaba más irascible y la cría no había cumplido los seis meses cuándo tuvieron una importante discusión y Pedro decidió presentar una denuncia contra ella por acoso psíquico. Al final, desistió de su propósito por el bien de la niña tras acordar con Mari que ella y la cría dejaban de vivir con él. Pero sólo pasaron unas horas antes de que, con la disculpa de recoger sus cosas más imprescindibles, volvieran a la vivienda de Pedro, Mari le pidiera perdón por su comportamiento y tras unos días de tensión, su convivencia diaria volviera a la normalidad. En plenas fiestas navideñas la dio por despertar un día a Pedro y la niña a una hora muy temprana para, con una temperatura gélida en el exterior, salir a la calle con intención de realizar determinadas compras con vistas a la Nochevieja y el día de Año Nuevo. Mari se metió con la hermana y el cuñado de Pedro, que estaban pasando unos días con ellos y el chico la replicó muy aireado. La discusión fue subiendo de todo y Pedro, fuera de si, la pegó delante de la niña. A pesar de que Mari se cubrió e intentó enfrentarse a Pedro, este logró tirarla al suelo tras romperla la prenda de abrigo que llevaba puesta y mientras Mercedes lloraba, la dio varias patadas. Mari, tras aquella agresión, decidió, nuevamente, irse de casa pero tampoco lo hizo y las cosas se calmaron cuándo su hermana y su cuñado decidieron regresar a su domicilio antes de lo que habían previsto pero, pocos días más tarde, la chica estaba en un plan desmesurado sin parar de hablar. Al acabar de comer tuvieron un primer enfrentamiento pero fue por la noche cuándo Pedro, tras repetirla hasta la saciedad que dejara de levantarle dolor de cabeza repitiéndole constantemente lo mismo y se callara, la agredió en plena calle, de nuevo delante de la niña, agarrándola por el cuello y apretando con intención de estrangularla. Lo impidió una mujer que, acercándose a él, le dijo que pensara en la cría. Pedro la saltó y Mari se encaminó a la Comisaría con intención de ponerle una denuncia, aunque no lo hizo, mientras el chico se entrevistaba con un abogado para poder defenderse de la acusación y obtener la patria potestad de Mercedes. Una vez más su situación se calmó con el paso de los días, aunque ha quedado en la memoria de ambos. Mari se encontró, pocos meses más tarde, con que estaba engordando desmesuradamente perdiendo por completo su buen tipo y luciendo un gran estómago y un culo muy voluminoso. En poco tiempo se había convertido en el prototipo de mujer obesa que tan poco le agradaba a Pedro que veía que su situación sexual cada vez empeoraba más. El haber sufrido una depresión cuándo Amaya le dejó le ayudó a diagnosticar que Mari estaba afectada por unas fobias bastante fuertes puesto que, por todos los medios a su alcance, intentaba separarle de su hermana, su cuñado y sus dos sobrinas, que eran su familia más allegada y de sus amigos. Pedro decidió entrevistarse con su médico de cabecera que, aunque seguía aferrado en que aquello era consecuencia de la menopausia, decidió pedir la opinión de un psiquiatra sobre el estado mental de la chica que recibió con rapidez la citación pero tuvo que esperar cerca de medio año para acudir a la consulta del especialista que, en cuanto habló con ella, la diagnosticó una depresión post parto de consideración que, además, se había agravado por no haber sido tratada a tiempo. Pedro, muy enfadado, acudió a la consulta del médico de cabecera de Mari al que intentó agredir pero, al ponerse la enfermera en medio y no ir contra ella, se tuvo que limitar a llamarle inepto, inútil y a acordarse repetidamente de la madre del galeno. Mari, aunque tardó unos meses en notarse, empezó a mejorar pero como le había pasado a Pedro, en su día, la medicación que tomaba y con la que todavía continúa aunque en dosis menores, acabó con esos mínimos deseos sexuales que aún tenía. Pedro, ante ello, empezó a satisfacerse con putas hasta que, cuándo menos se lo esperaba, Susana entró en su vida.

Susana era una joven camarera que trabajaba en una cafetería a la que solía acudir Pedro de manera habitual al acabar su jornada laboral, generalmente acompañado por Mercedes y un buen amigo. A la chica no la ayudaba nada su cara pero tenía un cuerpo de lo más atractivo, deseable y sugerente y sabía atraer y ganarse a la gente. Pedro nunca la había prestado una atención especial y apenas había hablado con ella hasta que, un día, un hombre borracho empezó a llamarla fea a voces y a decirla: “tu cara en vez de ser la de una mujer es más propia de Drácula” y “no creo que folles mucho puesto que siendo tan fea no apetece pasar un ratito contigo y hay que tener mucho valor para acostarse con alguien así”. La chica estaba sola detrás de la barra y con lágrimas en los ojos, aguantó lo indecible hasta que el hombre la dijo:”fea, ven aquí y enséñame las tetas a ver si son tan horrendas como tu cara”. Susana no le hizo el menor caso. El hombre, al ver que no estaba dispuesta a complacerle, se metió dentro de la barra y tras agarrarla con fuerza intentó subirla el polo que llevaba puesto. Pedro y su amigo se apresuraron a librarla de su agresor al que echaron a la calle diciéndole que no volviera a entrar allí. El hombre se metió con dos chicas que pasaban por la calle y como las persiguió, Pedro decidió poner los hechos en conocimiento de la Policía Local para que se ocuparan de él antes de abrazar a Susana, que no paraba de llorar y consolarla. Desde aquel día Susana se ganó las simpatías de Pedro y entre ellos hubo una mayor comunicación. A la chica la gustaban los niños y como Pedro solía ir acompañado por Mercedes, que en aquel entonces tenía poco más de un año y estaba empezando a andar, su acercamiento fue mucho más rápido. Una noche Susana le dijo que era madre soltera ya que tenía una hija que, en aquel entonces, contaba cuatro años de edad nacida de una relación con un hombre casado que la dejó preñada con sólo follársela tres veces. Al quedar embarazada con diecisiete años sus padres la echaron de casa y a pesar del gran apoyo económico que recibía de una hermana con la vivía y que solía ser la que se quedaba con la cría mientras ella trabajaba, en los últimos cinco años había tenido que buscarse la vida para alimentar y cuidar a su hija. Meses más tarde, cuándo se la acabó el contrato en la cafetería, la dijeron que era muy buena trabajadora pero que no se lo podían renovar puesto que estaban muy avanzadas las gestiones para traspasar el local y el nuevo propietario iba a aportar su propio personal. Pocos días después, otro de sus compañeros le indicó a Pedro que iba a dejar aquel trabajo antes de que le echasen ya que, aparte de haber empezado a vivir con su novia de toda la vida, había conseguido otra ocupación laboral que, aunque estaba remunerada de una forma muy parecida, exigía menos horas detrás de la barra. Su intención era reunirse el último día con sus compañeros, amigos y clientes más asiduos para cenar con ellos y uno de los invitados fue Pedro que, sin saber con exactitud la hora en que iba a celebrarse la cena, acudió al establecimiento el día señalado a las ocho y medía de la tarde. Allí se encontró con Susana y otro de los clientes más asiduos que le comunicaron que la cena sería a partir de las diez. Pedro se dispuso a esperar tranquilamente, pidió un combinado, se colocó detrás de Susana y entabló conversación con ella y con el otro cliente que tuvo que ausentarse durante unos minutos al darse cuenta de que se había dejado olvidado el teléfono móvil en el coche. Susana, al quedarse solos, reconoció que estaba medio borracha y no tardó en pedirle al cocinero que la diera un beso en la boca. El hombre, casado, con hijos y un nieto, se negó. Pedro cogiéndola de los hombros la dijo que él la besaba. Ambos juntaron sus labios. Al separarse Susana le dijo: “¿sabes?, besas muy bien, dame otro un poco más largo” y Pedro volvió a juntar sus labios a los de la chica y aprovechó para deslizar una de sus manos entre su pantalón para tocarla la braga de color naranja y la parte superior de la raja del culo. Sin que Pedro sacara su mano, Susana le pidió un nuevo beso que fue mucho más corto que el anterior ya que el chico se apresuró a decirla: “ya que estás caliente, vamonos al water y me chupas el rabo”. Susana se incorporó y cogiendo a Pedro de la mano descendió, dando algún trompo, las escaleras que daban acceso al water. Una vez abajo se metió en el de mujeres. Era muy pequeño pero Susana se las apañó para sentarse en el inodoro y tras hacer que Pedro entrara, cerró la puerta con cerrojo y se ocupó de que el pantalón y el calzoncillo del chico bajaran hasta sus tobillos. Al verle su descomunal rabo dijo: “madre mía, que pedazo de polla tienes. Supongo que con una cosa así te pasaras el día follándote a las mujeres y dejándolas preñadas” y tras movérsela un poco con su mano e indicarle que era imposible que la entrara entera, se metió el miembro en la boca realizándole una intensa mamada mientras le acariciaba los huevos y a indicación de Pedro, le hurgaba en el culo con un dedo. El chico estaba, también, muy salido por lo que, enseguida, Susana se percató de que iba a correrse. Sacándose el rabo de la boca pero sin extraer el dedo del culo, le pasó la lengua por la abertura y le dijo: “vamos a ver como te corres y si echas mucho” y procedió a moverle el rabo con su mano de una forma muy rápida al mismo tiempo que le hurgaba analmente con todas sus ganas. Pedro, en cuestión de segundos, sintió muchísimo gusto y echó unos largos chorros de leche que cayeron en la cara y la ropa de Susana, en el suelo y en los azulejos mientras la chica decía: “vaya, además de tener una polla descomunal, sueltas una cantidad de leche impresionante”. La chica, tras el espectáculo, le lamió el rabo y los huevos y procedió a chuparle, de nuevo, el “instrumento” hasta que más por el efecto del alcohol que acumulaba en su interior que por las dimensiones del rabo, sintió nauseas y dándose mucha prisa para dejar de mamarle el rabo, sacarle el dedo del culo y ponerse de rodillas delante del inodoro, devolvió. Cuándo acabó se encontraba fatal y Pedro, tras vestirse, la ayudó a limpiarse y a subir las escaleras, cogiéndola con fuerza de la cadera mientras Susana se sujetaba a él a través de los hombros para, manteniéndose agarrados, salir del local con intención de dar un corto paseo con el que Susana se recuperó.

En la cena Pedro y Susana se sentaron juntos. La chica aprovechaba cualquier momento para deslizar una de sus manos debajo de la mesa y tocarle el rabo y los huevos a través del pantalón. Mientras comían el postre le dio un beso en la boca y dijo al oído: ”tras el café y la copa viene el puro y el mío va a ser tu rabo” y así fue puesto que, en cuanto los invitados empezaron a levantarse de la mesa, Susana volvió a irse con Pedro al water de mujeres donde, de nuevo, le chupó el rabo. No le hizo el menor caso cuándo el chico la avisó de su eminente corrida y en esta ocasión, su leche acabó en la boca y en la garganta de Susana que, muy complacida, le comentó en cuanto se tragó el líquido y dejó de chupársela que, con aquel rabo tan descomunal y aquellas copiosas corridas, era casi un sacrilegio que la leche se desperdiciara cayendo al suelo ó en los azulejos.

Medía hora después Pedro y Susana estaban cómodamente sentados en otra cafetería tomando un combinado. Susana le dijo que la gustaría poder chuparle el rabo con frecuencia y Pedro la propuso que su relación fuera más allá a lo que la chica le contestó que en el terreno sexual la gustaba ir poco a poco y que era sumamente legal en lo referente a la penetración vaginal puesto que no quería que otro “cabrón” la volviera a hacer otro hijo antes de enterarse de que estaba casado. Después de facilitarse sus números de teléfono móvil la chica le explicó que vivía en casa de su hermana Estrella y que podían mantener sus contactos sexuales en la habitación que ocupaba ya que aquel era su territorio. Susana le llamó dos días más tarde para quedar con Pedro por la tarde. Encerrándose en su cómoda pero reducida habitación volvió a chuparle el rabo hasta que, una vez más, el chico la echó su leche en la boca. Susana se la tragó y se lo siguió chupando durante un buen rato antes de desnudarse, acostarse en la cama boca arriba y abriendo bien sus piernas, incitar a Pedro a que la masturbara. El chico no tardó en comprobar que, además de ser una máquina corriéndose, la gustaba que la hurgara en el culo con sus dedos ya que, con ello, lograba que sus orgasmos fueran aún más rápidos y expulsara un flujo muy fino. Susana, sin dejar de subir su culo, le pidió que siguiera hasta que, tras su quinto orgasmo, se meó cosa que cortó bastante a la chica pero que complació a Pedro que no tardó en sacarla todos los dedos para hacer que se colocara a cuatro patas con intención de lamerla el ano al mismo tiempo que la presionaba la vejiga urinaria para que, echando unos pequeños chorros, la vaciara meándose casi de continuo. A la chica la encantó a pesar de que puso la cama perdida con su pis por lo que le dijo que, siempre que quisiera, se colocaría en aquella posición para que lo repitiera. Durante varias semanas se mantuvo esta actividad sexual hasta que Susana permitió que Pedro se encargara con regularidad de sus tetas, apretándoselas y chupándoselas y de sus siempre erectos pezones y que la diera por el culo después de lamerla el ano y hurgarla con sus dedos. Susana tenía un culo precioso, colaboraba de maravilla y además aguantaba perfectamente la penetración anal por lo que Pedro la echó unas grandes cantidades de leche dentro de su trasero. Pero lo que Pedro quería era poder follársela vaginalmente y Susana seguía negándose a ello aunque le prometió que le dejaría hacerlo en cuanto encontrara trabajo. El chico se ofreció a ayudarla económicamente ya que a Estrella la habían echado del trabajo que tenía como “friega retretes”, según expresión textual de Susana y con la intención de poder subsistir ambas y la niña, no encontró otra solución que prostituirse pero Susana nunca quiso aceptar nada y lo único que le pidió es que la comprara algo de ropa a la cría. Pero la situación se solucionó en muy pocas semanas. Estrella encontró trabajo, aunque temporal, en una empresa de mantenimiento de parques y jardines y quince días más tarde, llamaron a Susana ofreciéndola, a partir del mes siguiente, un trabajo fijo en un motel de carretera que la chica aceptó. La fémina no tardó en darle la grata noticia a Pedro y en cumplir su palabra permitiéndole que se la “cepillara” vaginalmente echándola cada vez dos ó tres espléndidas raciones de leche dentro del chocho mientras que cuándo el chico se meaba la gustaba que la sacara el “instrumento” para que, viéndole, repartiera su pis por sus tetas, sus piernas y el exterior de su seta. Pero lo que Susana no quiso decirle hasta el último momento es que el motel estaba situado lejos y que debía de residir en él puesto que, además de trabajar como camarera, tenía que ocuparse de la limpieza de las habitaciones. Le ofreció la posibilidad de seguir “tirándose” siempre que quisiera a su hermana Estrella que, además, deseaba que Pedro la hiciera un buen “bombo” y convertirse, como Susana, en madre soltera. Cuándo Susana se fue, el chico se folló a Estrella durante casi un año, tanto en la habitación de Susana como en la de la propia hermana, hasta que se enteró de que, como la chica quería, la había dejado preñada. Con el logro de Estrella conseguido, decidió romper la relación ya que, a pesar de que esta era mucho más guapa de cara y al igual que su hermana tenía un cuerpo muy apetecible y sugerente, no era lo mismo que hacerlo con Susana por la que se sentía sumamente atraído y al haber aceptado seguir haciéndolo con Estrella lo único que había logrado era deprimirle puesto que, al estar rodeado de todo tipo de recuerdos cada vez que acudía a la vivienda en la que había vivido, no conseguía olvidarla.

Mari, mientras tanto, había comenzado con su menopausia en un proceso largo y tedioso con el que todavía no ha acabado. Aunque a medida que reducía la medicación que tomaba para su depresión recuperaba una parte de su deseo sexual lo que posibilitó el volver a reconocer que Pedro “estaba muy bueno” y que, de nuevo, la gustara hacerle pajas e incluso cabalgarle vaginalmente ó le dejara penetrarla vaginalmente con la condición de que, para que no la echara la leche dentro, la sacara el rabo en cuanto sintiera el gusto previo a la corrida pero era con tan poca frecuencia, cada diez días las pajas y una vez al mes el penetrarla, que aquello era insuficiente como para que, un hombre tan activo como Pedro, se mostrara satisfecho y más cuándo el chico se motivaba cada vez menos al ver que no dejaba de engordar. Bastante harto de tener que satisfacerse sexualmente a través de los contactos esporádicos que mantenía con otras mujeres y de recurrir a prostitutas, supo ponerse en su lugar y la dio diez días para que le encontrara una mujer a la que follarse de manera regular de forma que ella pudiera saber a quien se estaba “tirando” ó que pasado ese plazo sería él quien se encargara de buscar a la fémina ó féminas más apropiadas sin que ella llegara a saber quien ó quienes eran. Mari sabía que la amenaza de Pedro iba muy en serio y tras reconocer que le estaba haciendo pasar mucho “hambre” sexual, se decidió a buscarle una mujer que pudiera complacerle entre sus amigas y conocidas teniendo una suerte bárbara ya que con la primera que habló del tema aceptó su propuesta. Se trataba de María del Pilar (Pili) una mujer casada y con dos hijos que regentaba junto a su marido un bar al que Mari solía ir por la tarde para, con la disculpa de tomar un café, mantener unas muy largas conversaciones con ella. Pili la explicó que, desde hacía varios años, su relación sexual con su marido era mínima y que casi se centraba en ciertos días puntuales del año como cumpleaños ó aniversarios y que, aunque no fueran muy intensos puesto que solía “hacerse unos dedos” una ó dos veces al día, tenía deseos de volver a disfrutar del sexo de forma regular. Pili era una mujer morena que acababa de cumplir cincuenta y dos años, tenía buen cuerpo y contó con el beneplácito de Pedro que encontró en ella una buena “yegua” a la que podía penetrar anal y vaginalmente ya que la mujer nunca se opuso a nada y además la agradaba el sexo sucio. Pero el problema es que descartando desde el primer momento el quedar por la noche, entre pasar la tarde detrás de la barra del bar y atender las labores domésticas por la mañana, no era fácil que encontraran el momento propicio para quedar y sus encuentros no eran demasiado frecuentes. Para colmo, la hija mayor de Pili, con dieciocho años, dio a luz a una niña que la engendró un hombre de raza negra tras el clásico “botellón” en una noche de fiesta con lo que la mujer, aún reconociendo que se encontraba muy a gusto cuándo lo hacían, tuvo que decir a Pedro que no podía con todo y que tenían que olvidarse de sus encuentros sexuales para volver a satisfacerse “haciéndose unos dedos”. Pedro se lo comunicó a Mari a la que volvió a dar un nuevo plazo de diez días para encontrarle otra fémina dispuesta a que se la “cepillara”. Esta vez la costó bastante más y varias de las mujeres con las que habló se escandalizaron de su propuesta. Con el tiempo a punto de agotarse, Alicia, la propietaria de un comercio de electrodomésticos, rubia, próxima a los cuarenta años, de estatura normal aunque tirando a baja y delgada, que también era asidua al bar de Pili, se mostró interesada y decidió quedar con Mari en que mantendría su primer encuentro sexual con Pedro esa misma tarde alrededor de las nueve, una vez que el chico saliera de trabajar y ella, que cerraba sobre las ocho y medía, tuviera tiempo de limpiar y poner en orden el comercio. Pedro llegó puntualmente. Alicia le abrió la puerta y tras acompañarla al water, donde la pudo ver mear colocada en cuclillas encima de la taza del inodoro, se fueron al almacén donde se abrazaron, se besaron y restregaron sus cuerpos. Alicia se puso caliente al notar que el rabo del chico adquiría unas dimensiones descomunales con el contacto pero decidió dejarle llevar la iniciativa. Pedro, viendo que Alicia se dejaba hacer, la volvió a besar mientras la tocaba las tetas por encima de su vestido antes de que, levantándola la falda y separando la parte textil del minúsculo tanga que llevaba puesto de su órgano genital, procediera a pasarla dos dedos por la raja vaginal viendo que estaba muy húmeda. Era evidente que la mujer, que no dejaba de gemir, estaba deseando que la masturbara por lo que Pedro la metió los dos dedos en el coño y procedió a hacerlo. Alicia llegó al clímax con suma rapidez y aún estaba echando una ingente cantidad de flujo cuándo sonó el teléfono. Pedro la sacó los dedos y Alicia, colocándose bien su prenda íntima y la falda, se apresuró a cogerlo. La llamaba un vecino para decirla que su madre se había caído en el portal del edificio en que vivía y que, como no dejaba de quejarse de que la dolía una pierna, la habían llevado a urgencias. Aquello hizo que su sesión sexual acabara y que Alicia se mostrara bastante contrariada por el hecho de tener que dejarlo sin tener la posibilidad de ver y catar el excepcional rabo de Pedro. Quedaron una semana más tarde y esta vez, pudieron mantener su sesión sexual sin el menor problema. Pedro, que se quedó con el tanga que Alicia había llevado puesto durante el resto del día para añadirlo a su amplia colección de ropa interior femenina, se la “cepilló” vaginal y analmente y la echó en tres ocasiones la leche dentro de la almeja, una vez en el interior del culo y se meó dos veces, ambas dentro de su chocho para acabar la sesión dejando que la mujer, plenamente satisfecha a pesar del proceso diarreico que empezó a padecer desde que la había dado por el culo, le mamara el rabo durante unos minutos. Alicia, a la que la encantó su primera experiencia con Pedro y el sexo sucio, estaba agotada pero muy complacida por la potencia sexual de Pedro al que dijo que no pensaba que hubiera hombres dotados de un rabo tan grande y gordo como el suyo y que, además, fueran capaces de correrse tantas veces y echando tales cantidades de leche. Reconoció, además, que la había dado una autentica paliza sexual y que iba a tardar varios días en recuperarse. Pedro, por su parte, estaba sumamente encantado de que aguantara casi a la perfección la penetración anal y que, aunque le había llenado el rabo de caca, hubiera retenido la salida masiva de su mierda hasta varios minutos después de haberse corrido dentro de su trasero. Sus sesiones sexuales siguieron produciéndose una vez a la semana y al cabo de dos meses, decidieron mantenerlos en la vivienda y en la habitación de Alicia. Pero su madre, involuntariamente, entró en una especie de crisis y se ocupó de que su hija no pudiera llevar a cabo la mayoría de los encuentros sexuales programados ya que, a cuenta de su edad y de los múltiples problemas de salud que sufría, era raro el día en que Alicia no tenía que llevarla a urgencias y en muchas ocasiones, la terminaban ingresando. Viendo que entre la tienda y la atención a su madre cada vez disponía de menos tiempo libre, decidió romper aquella relación sexual ya que, según le dijo a Pedro, prefería continuar llena de deseos sexuales antes de ver, como un día tras otro, se ponía caliente para nada. El chico la dio a Mari un nuevo plazo, esta vez de dos semanas, para que le buscara sustituta. Con el tiempo a punto de agotarse decidió hablarlo con su hija mayor, Noelia, que tras pensárselo unas horas ya que no disponía de tiempo para más, decidió aceptar diciendo que era mejor convertirse en una fulana con Pedro, su padre adoptivo, que con otro hombre. Pero para aquel momento, el chico había conseguido hacer amistad con Paula una mujer morena, joven y muy atractiva, con la carrera recién acabada, que trabajaba en el centro escolar en el que estudia su hija Mercedes compaginando su actividad en la guardería con las suplencias a las profesoras de educación infantil y que estaba sustituyendo a la profesora titular, que estaba de baja por maternidad. Paula mantuvo su primera conversación con Pedro para informarle del positivo avance escolar de Mercedes y después de aquel encuentro, quedaron para tomar, de vez en cuándo, un refresco y hablar. Aunque aún no habían mantenido ningún contacto sexual, Paula le hizo varias confidencias como que, aunque consideraba que no era el momento más apropiado, no la importaría que la hiciera un “bombo” para engendrarla una niña tan guapa y robusta como Mercedes; que padecía una leve incontinencia urinaria que ocasionaba que sufriera pequeñas pérdidas de orina por lo que usaba salva slip para evitar que sus bragas estuvieran siempre mojadas ó que siempre se había sentido más atraída por el sexo lesbico, en el que se relacionaba con cierta frecuencia, que por el hetero, en el que se consideraba como una chica bastante estrecha. Sus amigos, sobre todo los masculinos, decían que era muy seca puesto que no mostraba el menor interés por el sexo. Por su parte, Noelia, que actualmente tiene veintiocho años y dos hijos, lo que menos deseaba era quedar preñada a cuenta su relación sexual con Pedro y mientras controlaba debidamente sus reglas, aunque finalmente se decidió a tomar anticonceptivos, el chico aceptó tener paciencia con ella. La chica se olvidó rápidamente de sus habituales pantalones para ir con falda y la mayoría de las veces sumamente corta y ceñida, a sus citas con Pedro que comenzaron produciéndose por la mañana y en su oficina dos veces a la semana. En cuanto Noelia entra en su despacho Pedro cierra la puerta con llave. Como la gusta que la trate como una autentica puta, como una cerda sumisa a su servicio para satisfacerle, lo primero que hace es subirse la falda, quitarse el tanga, con el que en múltiples ocasiones se ha quedado Pedro y ponerse delante de él, ligeramente inclinada sobre la mesa, para que el chico, sentado entre sus piernas, la acaricie la raja vaginal con dos dedos ó la seta con su mano extendida, mientras con los dedos de la otra la abre y la cierra el ano repetidamente para obligarla a tirarse unos cuantos pedos antes de que se lo lama y la meta dos dedos para hurgarla con ganas y energía hasta que consigue acabar con sus frecuentes periodos de estreñimiento crónico, provocándola una buena cagada momento en los que, tras colocarla debajo la papelera, la fuerza más mientras ella hace todo lo posible por retener la salida de su caca hasta que, tras impregnarle los dedos, Pedro lo considera oportuno, se los extrae muy despacio y la deja cagar para, tras no perderse detalle de ello, darla repetidamente por el culo echada boca abajo en el suelo, colocada a cuatro patas ó lo más habitual, cabalgándole analmente. Noelia la ha comentado a su madre que ningún hombre había sido capaz de darla tanto gusto ocupándose de sus tetas, de su coño y sobre todo de su culo ya que nunca se había cagado sintiendo tal placer mientras sale su caca como cuándo Pedro la provoca la salida masiva de su mierda. La chica ha llegado a reconocer que Pedro, además de estar mucho mejor dotado y tener una mayor potencia sexual, se la folla mejor, tanto por el orificio anal como por vía vaginal, que su marido. Lo que más la agrada es que el día que Pedro decide ocuparse de su almeja se dedica sólo a ella comiéndosela, masturbándola, follándosela vaginalmente y echándola la leche y el pis en el interior del chocho. La encanta cabalgarle vaginalmente pues la presión que la hace su gran rabo en la vejiga urinaria la ayuda a mearse encima de él con mucho más gusto e intensidad mientras se la “cepilla”. El día en que se dedica a su culo, la agrada que la abra y cierre el ano con sus dedos, se lo lama, la hurgue hasta que logra provocarla una descomunal y placentera cagada y la penetre por detrás para echarla dentro su leche y su pis. Cuándo le cabalga analmente, además de mearse una ó dos veces, se suele cagar encima de Pedro con su rabo totalmente metido en su culo y cuándo está con la regla lo que más la gusta es que la toque, la apriete y la mame las tetas antes de que ella se encargue de hacerle una paja muy lenta mientras Pedro, abierto de piernas, permanece acostado sobre la mesa de su despacho y tras echar por primera vez su leche, realizarle una buena mamada hasta que la suelta en la boca la segunda corrida y su meada. En la actualidad está acudiendo al despacho de Pedro los lunes, miércoles y viernes en cuanto deja a sus dos hijos en el colegio. Durante el verano suele ir a media mañana después de dejarlos al cuidado de su cuñada que vive cerca de ella al igual que su cuñada la deja los suyos cuándo tiene algo urgente que hacer.

Con Paula la relación fue mucho más lenta. Pedro se había concienciado que tenía que ir, poco a poco y comenzó masturbándola en el water de varias cafeterías y en determinados lugares públicos haciéndose con un buen número de prendas íntimas de la chica a la que, a pesar de que siempre tiene la seta bien abierta y húmeda, la costaba “romper” aunque Pedro la ayudaba hurgándola con un dedo en el culo al mismo tiempo que la masturbaba pero, en cuanto llegaba por primera vez al clímax, tenía unas corridas impresionantes y era muy constantes y rápida con sus siguientes orgasmos que siempre se producían entre convulsiones bastante violentas de su cuerpo y jadeos. Pasaron varios meses antes de que la chica comenzara a prodigarse en hacerle pajas y en chuparle el rabo. No la gustaba, al principio, que la echara la leche en la boca y prefería que se la soltara en las tetas para que el chico se la extendiera diciéndola que con “aquello” se la iban a poner aún más suaves y tersas pero se fue haciendo a sus abundantes corridas y al sabor de su leche y en la actualidad, la agrada tragarse su líquido cada vez que se lo echa en la boca. No fue, tampoco, demasiado rápido el llegar a penetrarla ya que la chica quiso esperar un tiempo para que hicieran efecto los anticonceptivos orales que había comenzado a tomar. Pero como no acababa de decidirse a dejar que Pedro se la follara vaginalmente, el chico optó por penetrarla un día cuándo, tras alcanzar dos orgasmos casi consecutivos y mearse de gusto, la vio completamente entregada. Paula, al ver que Pedro se echaba sobre ella con intención de meterla el rabo en el coño, intentó impedirlo pero, en cuanto sintió el miembro en su interior y notó como la atravesaba el útero, lo único que pudo hacer fue decirle que, asimismo, la metiera dentro sus gordos huevos y que la jodiera todo lo que quisiera puesto que la estaba dando muchísimo gusto y no dejaba de correrse y de mearse de gusto mojando con su pis a Pedro que actuó de la misma manera, es decir aprovechando el momento en que Paula estaba entregada, para desvirgarla el culo. Para lograrlo hizo que Paula, después de haberle cabalgado vaginalmente, se colocara a cuatro patas. Después de meterla el rabo en la almeja no tardó en echarla una de sus abundantes raciones de leche y en mearse dentro de ella con lo que Paula alcanzó uno de sus orgasmos lo que Pedro aprovechó para sacarla el rabo del chocho e introducírselo por completo y de golpe en el culo. Paula chilló, gritó y le llamó de todo al mismo tiempo que le decía que la hacía muchísimo daño y que la iba a romper el trasero. Pedro, por su parte, sintiendo que, tras atravesarla las paredes anales, la punta de su rabo se había introducido en su intestino y la había provocada la cagada, la dijo que aguantara todo lo que pudiera la salida de su mierda y que no dejara de apretar las paredes anales contra su rabo para incrementar su mutuo placer. Cuándo Paula siguió sus consejos, los dolores quedaron cubiertos por una sensación de sumo gusto que la hizo mearse mientras Pedro la echaba una de sus grandes cantidades de leche dentro del culo. Cuándo Pedro, varios minutos más tarde, la sacó el rabo estaba completamente impregnado en la mierda de Paula que, de inmediato, soltó una excepcional cagada líquida. La chica, durante varios días, se quejó de molestias anales, que Pedro intentó aliviarla dándola unas generosas cantidades de crema, de diarreas persistentes y de problemas para sentarse pero, poco a poco, los ha ido superando y hoy en día, su más que apetecible culo es sumamente tragón y aparte de aguantar perfectamente la penetración anal es capaz de retener la salida de su mierda hasta que el chico decide sacarla el rabo momento en el que, sin posibilidad de moverse, expulsa unas gran cantidad de mierda lo que hace que Pedro siempre tenga a mano un orinal ó la papelera. Aunque Paula tiene un poder de recuperación bastante lento para su edad y durante una buena temporada sólo lo hicieron una vez a la semana, en la actualidad suelen mantener sus encuentros sexuales los miércoles por la tarde, una vez que Paula acaba con su actividad en el colegio, en el despacho de Pedro, los domingos, asimismo por la tarde y algún viernes, cuándo Pedro acaba su jornada laboral, en el domicilio de Paula.

A cuenta de su relación con Paula, Pedro tuvo la oportunidad de conocer e intimar con Sara, otra profesora, aunque esta titular, de educación infantil que trabaja en el mismo colegio que Paula. Es una chica excepcionalmente guapa, alta y delgada, ojos verdes, pelo rubio y un cuerpo “para mojar pan” con una seta deliciosa. Lo malo es que la chica siempre ha tenido una clara tendencia sexual lesbica y aparte de ser asidua a hacerlo con Paula, nunca se había planteado el mantener relaciones sexuales de tipo hetero. A cuenta de ello, a Pedro le costó conseguir, sobre todo por la enérgica oposición de Sara, que le permitieran estar presente en sus sesiones sexuales con Paula con la única intención de “verlas en acción” pero aquello resultó determinante para que Sara, además de permitirle quedarse con su ropa interior siempre que quiere, decidiera un día permitir que Pedro se ocupara de sus tetas, la masturbara repetidamente, la comiera el coño y se encargara de su culo. A pesar de que, al principio, se encontraba bastante incomoda, no tardó en hacerse. En cuanto “rompe” y al igual que Paula, es una maquina llegando al clímax con constancia, intensidad y rapidez. La gustó que Pedro siguiera masturbándola hasta que no pudo evitar mearse de gusto lo que para ella fue una experiencia nueva ya que nunca lo había hecho delante de un hombre. Al cabo de varios meses y una vez que Paula la enseñó, empezó a prodigarse en hacerle pajas lentas y más tarde, en chuparle el rabo. A pesar de que ha participado en algunas de las sesiones sexuales que Pedro mantiene con Paula y la gusta acariciarle los huevos y lamerle el ano mientras se “cepilla” a su amiga, el chico no ha conseguido todavía penetrarla aunque está completamente seguro de que, con paciencia, logrará su propósito consiguiendo que Sara disfrute plenamente de su cuerpo y se convierta en una “yegua” excepcional. De momento su relación masturbatoria la llevan a cabo los lunes por la tarde en la oficina de Pedro y los jueves, asimismo por la tarde, en el domicilio de Sara, cuándo el chico termina de trabajar.

Pedro conoció hace unos seis meses a una mujer viuda llamada María del Mar (Mari Mar) que es alta, delgada, morena y tiene cincuenta y cuatro años. La fémina es abogado, aunque nunca ha ejercido como tal y se casó muy joven. Durante varios años su marido se la folló diariamente e incluso, los fines de semana, lo hacían dos y tres veces al día. Pero, a pesar de su empeño, Mari Mar no conseguía quedar preñada y su marido, desesperado, la obligó a ponerse en manos de un ginecólogo al que conocía que descubrió que tenía menos actividad de la debida en sus ovarios. Después de muchos meses de tratamiento y revisiones, la situación mejoró y pocos días después de que su marido la dejara en estado, murió de un ataque cardiaco sin llegar a saber que la había preñado ni a conocer a su hijo. Mari Mar siempre ha sido una mujer muy activa y viciosa que, actuando con mucha discreción, ha sabido sacar buen partido de su cuerpo. Hace cosa de año y medio su hijo la hizo abuela y con ello, tras varios meses en que su actividad y deseo sexual había decrecido por un problema urinario muy similar al que sufre Paula, volvió a sentir muchos impulsos. Conoció casualmente a Pedro a través de Sara, con la que había mantenido alguna relación sexual lesbica y después de quedar unos cuantos días para tomar juntos un café, un día decidieron tomarlo en el domicilio de la mujer y acabaron en la cama. Mari Mar se quedó sorprendida por el gran tamaño del miembro de Pedro y su relación comenzó con la masturbación mutua. Le hacía pajas lentas a cambio de que Pedro la mamara las tetas, la lamiera el ano y la masturbara con dos y tres dedos. Pero Mari Mar no tardó en animarse y no tardaron en llegar las mamadas y la penetración vaginal. Lo que más se hizo esperar fue la penetración anal puesto que Mari Mar, a la que nadie había dado por el culo, se oponía. Pero Pedro no se desanimó y buscó la oportunidad que se presentó cuándo, con Mari Mar a cuatro patas, la echó una de sus enormes cantidades de leche en el interior de la almeja. La fémina alcanzó el orgasmo y mientras se retorcía de placer, la sacó el rabo del chocho y procedió a colocárselo en el ano de manera que, cuándo la mujer intentó impedirlo, le ayudó a penetrarla y se encontró con el miembro de Pedro dentro de su culo, atravesándola las paredes anales y con la punta introducida en su intestino. Aunque Mari Mar no acaba de hacerse al sexo anal, el que Pedro la de por el culo se ha convertido en bastante habitual ya que la mujer sabe retener perfectamente la salida de su caca hasta el momento en que el chico se corre dentro de su trasero y la saca el rabo momento en el que, como le ocurre con Paula, siempre tiene que tener preparado algún recipiente con el que recoger la salida masiva de su caca que suele ser líquida. Actualmente, la relación de Pedro con Mari Mar se lleva a cabo los martes por la tarde y los jueves por la mañana en el despacho del chico mientras que el sábado ó el domingo, dependiendo de la disponibilidad de Pedro, llevan a cabo una sesión sexual en el domicilio de Mari Mar a primera hora de la mañana que es cuándo la libido de la fémina está más excitada.

Al encontrarse muy satisfecho de su relación con Paula y Sara, Pedro está empezado a pensar en hacerse con la patria potestad de su hija Mercedes para, en cuanto logre penetrar a Sara, dejar de ser pareja de Mari y comenzar a vivir con Paula, a la que la niña quiere con locura y Sara. Ello le supondría tener que romper su relación actual con Noelia, a la que ha convertido en una autentica puta a su servicio y Mari Mar, que es su última conquista sexual, pretende que Mercedes, Pedro, Paula y Sara residan de continuo en su domicilio.

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