Relatos Eroticos

1 Agosto 2009

Hosteleria.

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Cuándo me decidí a escribir sobre las múltiples agresiones sexuales que, desde la primavera del pasado año 2.007, se vienen produciendo y cada vez con mayor frecuencia, en torno a la hostelería, tanto en lo que se refiere a los hechos delictivos llevados a cabo en bares, cafeterías y pubs como a los sufridos por personas del sexo femenino que trabajan en este sector, no quería centrarme en la poca y bastante distorsionada información que la gente conoce a través de lo que se ha ido publicando en la prensa y preferí investigar lo que realmente había sucedido. Sabía que no iba a ser fácil obtener información de las personas que han sido objeto de estas agresiones, sobre todo porque no desean recordarlas, pero, a base de mucha perseverancia, he logrado conocer a través de sus protagonistas lo que realmente ocurrió en tres de estas situaciones.

Una de las primeras agresiones sexuales masivas se produjo a principios del mes de Mayo de 2.007, en la madrugada de un jueves a un viernes, cuándo un numeroso grupo entró en un pub situado en un barrio de las afueras de la capital en el que suelen reunirse jóvenes universitarios. Ese día el local, aunque no lleno, estaba bastante concurrido. Los integrantes del grupo iban encapuchados y era perceptible, por su físico y por su voz, que del mismo formaban parte dos mujeres que, al parecer, eran las cabecillas. Después de cerrar las dos puertas de acceso al local mostraron a los presentes que se encontraban bien provistos de bates, cadenas, navajas de grandes dimensiones y demás “instrumental” con el que atemorizar a cualquiera. Una de las mujeres, a la que llamaban Dona, se dirigió a la cabina de control y tras bajar el volumen de la música, cogió un micrófono y en un tono brasileño ó portugués, dijo: “Buenas noches a todos”. “Quiero que permanezcáis tranquilos ya que si hacéis correctamente todo lo que os diga nadie sufrirá el menor daño así que, por vuestro propio bien, espero contar con vuestra colaboración”. “Lo primero que deseo es que las zorritas amontonen sus bolsos; que todos os desprendáis de vuestros teléfonos móviles y que os desnudéis por completo para poder ver vuestros encantos físicos”. El personal, entre confundido y receloso, cumplió con lo concerniente a amontonar los bolsos y los móviles pero, tras ello, empezaron a mirarse sin que nadie se decidía a quitarse la ropa por lo que la mujer, en un tono enfadado, gritó: “¿Ya empezamos?”. “Os he dicho y os vuelvo a repetir que quiero que os desnudéis así que hacedlo y con mucha rapidez ó seremos nosotros los que nos ocupemos de ello”. Viendo que iba muy en serio todos los jóvenes que se encontraban en el local procedieron a quitarse la ropa mientras la otra mujer del grupo, a la que llamaban Rayna, se ocupaba de recoger y amontonar la ropa junto a los bolsos. Dona dijo: “¿Veis como así, completamente desnudos, estáis mucho más guapos?”. “Supongo que más de uno de los machotes estará con la idea de follar esta noche. Pues bien, os voy a dar la oportunidad de que todos disfrutéis de un rato agradable tirándoos a la zorrita que más os guste así que daros prisa en escoger a la que más os atraiga y poneros a su lado”. La mayoría de los chicos decidió permanecer junto a sus parejas pero otros optaron por aprovechar la ocasión y elegir a las féminas que más les agradaban incluidas las tres camareras, dos de ellas jóvenes y la tercera, ejerciendo funciones de encargada del local, de mediana edad. Al ser ligeramente superior el número de mujeres al de hombres, medía docena de hembras se quedaron sin pareja. Rayna las hizo agruparse y con un tono afrancesado, las dijo: “¿No os quiere joder ninguno de los hombres?”. “No os preocupéis que para vosotras también habrá sexo” y tras señalar y hablar en un idioma extraño con seis de los integrantes masculinos del grupo, estos procedieron a desnudarse y a situarse al lado de ellas. Dona continuó diciendo: “Quiero que los machotes permanezcáis de pie y con las piernas abiertas mientras la zorrita que cada uno ha elegido se arrodilla delante de él y se encarga de chuparle la polla porque, estaréis conmigo, en que lo primero es poner el miembro viril masculino en las debidas condiciones”. Mientras algunos miembros del grupo se ocupaban de vigilar que todo se desarrollara de acuerdo a los deseos de Dona, Rayna procedió a separar las prendas íntimas femeninas metiéndolas en una bolsa grande de basura al mismo tiempo que dos hombres revisaban el resto de la ropa y los bolsos en busca de dinero. Al cabo de un buen rato y tras ver que algunos hombres se habían llegado a correr en la boca de las féminas mientras estas les chupaban la polla mientras que otros continuaban con el rabo totalmente fofo, Dona, a través de un micrófono inalámbrico, dijo: “¿Qué tal lo estáis pasando?”. “Espero que muy bien aunque a partir de ahora lo vais a pasar mejor”. “Quiero que todas las zorritas se pongan a cuatro patas en el suelo con las piernas abiertas y que los machotes se sitúen de rodillas detrás de ellas”. En cuanto lo hicieron, les indicó: “Venga, machotes, acariciarlas la raja vaginal, apretarlas repetidamente el coño y si queréis, introducirlas un dedo en el culo para que se mojen” para continuar, un poco después, indicándoles: “¿A que esperáis?”. “Las tenéis deseosas e inquietas así que, sin demasiados miramientos, meterlas vuestras pollas y a disfrutar”. “Además de que va a ser todo un espectáculo, os aconsejo que os fijéis en como se las mueven las tetas con vuestros envites mientras os las cepilláis y vosotras, zorritas, colaborad si no queréis que esto siga durante muchas horas”. La mujer siguió dándoles más instrucciones al señalar: “Quiero ver sexo guarro por lo que ninguno debe de reprimirse”. “No quiero condones y sí corridas libres y abundantes en el interior de las zorritas y cuándo tengáis ganas de hacer pis os meais dentro ó encima del otro sin dejar de joder”. Dona recorrió despacio el local viendo follar a cada una de las parejas. Varios hombres reconocieron que aquella postura, con la hembra a cuatro patas, era la más excitante para realizar el acto sexual mientras unas cuantas mujeres se quejaban repetidamente de que los rabos de sus parejas no llegaban a adquirir unas dimensiones aceptables de grosor y largura. “No os preocupéis que si alguna no queda satisfechas mis amigos se ocuparan de daros mucho gusto” las dijo. A continuación, indicó: “Zorritas, os quiero ver más entregadas y a vosotros machotes, mucho más excitados ya que todas las mujeres son sumamente atractivas por donde mean”. Al acabar con su recorrido entre las parejas, Dona se entretuvo revisando la ropa amontonada e introduciendo en otra bolsa grande de basura algunos vestidos femeninos y los teléfonos móviles mientras en el ambiente empezaba a escucharse el grato sonido del flujo vaginal al mismo tiempo que los jadeos y gemidos de placer se iban haciendo frecuentes junto a ciertas exclamaciones groseras y soeces. Dona volvió a colocarse junto a dos parejas animando a los hombres a llenar de leche la almeja a las féminas. Cuándo ambos se corrieron, llamó a Rayna y a dos hombres del grupo y tras dirigirse a un rincón poco iluminado, permitió que estos últimos la desnudaran. Como no llevaba ropa interior se limitaron a abrirla la blusa y a bajarla su ceñido pantalón. Dona abrió bien sus piernas y Rayna, poniéndose de rodillas delante de ella, procedió a comerla el chocho mientras uno de los hombres se ocupaba de apretarla y mamarla las tetas y el otro, situado en cuclillas detrás de la mujer, se turnaba en lamerla el ano y en meterla bien profundos un par de dedos en el culo. La mujer estaba caliente por lo que, en pocos minutos, disfrutó de dos ó tres orgasmos; se meó abundantemente en la boca de Rayna e incluso, soltó un buen follete de mierda a cuenta de la actividad que desarrolló el hombre en el interior de su culo, sin perderse el menor detalle de lo que sucedía en el local pudiendo observar que, mientras unos seguían teniendo problemas y muy serios con la erección de su polla y otros con la eyaculación, había dos ó tres hombres que, aparte de mantener completamente tieso su rabo, disponían de una gran potencia sexual puesto que, en poco más de un cuarto de hora, las habían echado en dos ocasiones la leche dentro de la seta a sus parejas. Dona, dando por concluida su breve pero intensa sesión sexual, dejó que volvieran a vestirla y recuperando el micrófono inalámbrico, preguntó: “¿Qué tal machotes, vais vaciando a gusto vuestros huevos?. Cuando les dijo:“Si queréis podéis cambiar de posición”, la mayoría prefirió continuar como estaban pero otros optaron por hacer que la mujer se tumbara en el suelo para volver a penetrarla echado sobre ella mientras otras parejas decidieron que el hombre se acostara para que la fémina le cabalgara ó que se echara sobre él con las piernas cerradas. Varios minutos después, Dona dijo: “machotes, ¿os habéis fijado en los culos tan preciosos que tienen las zorritas?”. No fue necesario indicarles más ya que la mayoría de las féminas, en cuanto sus parejas las sacaban la polla del coño, se vieron obligadas a volver a ponerse a cuatro patas para no tardar en sentir como, con mayor ó menor dificultad, las penetraban analmente. Había rabos de unas dimensiones considerables que, al metérselos por el culo, las hicieron gritar de la misma forma que chillaron a medida que, tras atravesarlas el recto, la punta de la polla se las introducía en el intestino. A Dona la agradaba recrearse viéndoles mientras varios de los miembros masculinos de su grupo procedieron a sustituir a los hombres que daban un “gatillazo” tras otro para cepillarse, vaginal y analmente, a las hembras mientras obligaban a presenciarlo a los supuestos impotentes. Dona, cuándo consideró que los hombres habían tenido tiempo más que suficiente para correrse dentro del culo de las féminas y para encontrarse sumamente complacidos, se dirigió, una vez más, a la concurrencia diciendo: “Veo que una parte de las zorritas ha perdido hoy su virginidad anal pero creo que todas se han meado muy a gusto mientras los machotes las daban por el culo y se lo llenaban de leche”. Después de unos momentos de silencio dijo: “Ahora, zorritas, quiero vuestra colaboración ya que necesito hacerme con una gran cantidad de mierda femenina”. “¿Sabéis que hay hombres a los que les excita embadurnarse la polla con vuestra mierda y que están dispuestos a pagar mucho dinero por ella?”. “Pues confío en que os portéis bien y colaboréis conmigo y con ellos soltando unas buenas cagadas que mis compañeros se encargarán de ir recogiendo en recipientes según salen de vuestros culos”. “Quiero que todas apretéis con ganas”. “A las que os han dado por el culo no os será demasiado difícil expulsar vuestros excrementos y al resto pueden ayudaros vuestras parejas hurgándoos con los dedos en el culo pero no os olvidéis de avisarnos en cuanto sintáis que sale la caca”. Las cagadas, algunas monumentales, se fueron produciendo y hubo momentos en que no se daba a basto a recoger la mierda. En cuanto las féminas notaban que se estaban cagando los agresores se apresuraban a ponerlas una especie de sonda anal para que la caca saliera a través de ella y se depositara en unos recipientes preparados al efecto para recogerla. Pero entre un grupo amplio de mujeres siempre existen algunas estreñidas a las que las cuesta defecar y para ayudarlas, Dona y Rayna las pusieron, uno tras otro, supositorios de glicerina hasta el instante en que su mierda, mayormente líquida, hacía acto de presencia. Mientras acababa la recolección de caca, Dona se dedicó a mover con su mano la polla y a acariciar sus gordos huevos a los tres hombres que aún la mantenían erecta interesándose por conocer las veces que se habían llegado a correr y a mear dentro de la almeja de su pareja femenina verificando que estaban convenientemente adiestrados como para satisfacer, a cuenta de su potencia sexual, plenamente a sus parejas ya que, dos de ellos reconocieron que las habían echado tres veces la leche y una meada mientras que el otro comentó que, además de mearse en dos ocasiones, se había corrido cuatro veces, la primera en la boca; las dos siguientes dentro del chocho y la última en el interior del culo de la hembra. Cuándo el proceso de recogida de la mierda terminó y comprobaron que habían reunido una gran cantidad, Dona obligó a todas las mujeres a tumbarse boca arriba en el suelo de manera que dos de los agresores y exceptuando a las pocas que tenían su entrepierna depilada, pudieran cortarlas con unas tijeras los pelos púbicos que depositaron en unas cajas de cartón antes de dejar que, sin cambiar de posición, los miembros masculinos de su grupo ó los chicos que aún tenían ganas se las follaran permutando, incluso, de pareja. Dona esperó pacientemente más de medía hora antes de decir: “Por lo que me habéis ido comentando y he visto los machotes se lo han pasado de maravilla y me alegro por ellos”. “Ahora quiero que me hagáis un último favor y es que todos os tumbéis boca abajo en el suelo y permanezcáis así durante una hora”. En cuanto lo hicieron, los primeros miembros del grupo salieron al exterior llevando con ellos las bolsas de basura en las que habían depositado el dinero; las prendas íntimas femeninas; los móviles; los objetos de valor; los vestidos y los recipientes con la caca mientras Dona y Rayna, ayudadas por dos hombres de su grupo que les abrían el orificio con sus manos, se dedicaron a meter el fino y largo tacón de su bota derecha en el ano de la mayor parte de las mujeres y los hombres mientras les decían: “¿A que te gusta, cabronazo?”. “Restriega la polla contra el suelo a ver si sueltas más leche” ó “¿sigues cachonda, zorrita?”. Las encantaba ver que, con aquello, la mierda volvía a salir. Cuándo se cansaron hicieron que los dos hombres las limpiaran el tacón y acto seguido, se encaminaron hacía la salida donde esperaron a que los últimos integrantes del grupo abandonaran el local para que Rayna volviera a cerrar la puerta. Después de permanecer un buen rato tumbados en el suelo los agredidos empezaron a levantarse. Las mujeres corrieron en busca de su ropa. Muchas vieron que, además de sus prendas íntimas, se habían llevado sus vestidos por lo que no tenían nada que ponerse. Los hombres, sin pensar en vestirse, intentaron forzar, sin éxito, las puertas de acceso y las ventanas. Pensaron en ponerse en contacto con el exterior por medio del teléfono pero sus agresores habían tenido sumo cuidado en no olvidarse de ningún móvil y habían destrozado el fijo del local. Decidieron gritar con el propósito de hacerse oír hasta que se percataron de que el establecimiento estaba insonorizado. Cuándo empezaban a resignarse a permanecer allí encerrados durante mucho tiempo, se dieron cuenta de que el water de las mujeres disponía de una pequeña ventana que daba a un patio y desde allí pidieron auxilio. Medía hora más tarde llegó la policía con el propietario del pub. Cuándo abrieron la puerta se encontraron a los hombres y a buena parte de las féminas, completamente desnudos y en un estado, sobre todo nervioso, deplorable. El dueño, la encargada, las camareras y muchos de los clientes presentaron la correspondiente denuncia pero no sirvió de nada puesto que, mientras este tipo de hechos es cada día más frecuente, aún no se ha logrado detener a ninguno de los agresores. Lo más que se sabe es que existen varios grupos, todos ellos muy numerosos y casi siempre formados por hombres extranjeros que, para despistar aún más, hablan entre ellos en su idioma ó en raros dialectos.

Siguiendo en un orden cronológico los acontecimientos de los que he podido informarme, me tengo que centrar ahora en lo que la sucedió a Soraya, una joven alta, atractiva y delgada, que acaba de cumplir veintidós años. A la chica nunca la agradó estudiar por lo que, en cuanto acabó en el instituto, decidió ponerse a trabajar. El mejor y prácticamente único sector en el que pudo encontrar ocupación laboral fue la hostelería, en la que lleva casi cinco años y los tres últimos en la misma cafetería. Vive en una casa provista de dos habitaciones y salón que sus padres la compraron cuándo decidió terminar sus estudios colegiales en la capital, acompañada por su hermana Diana que, también, trabaja en el sector aunque esta última en un hotel en el que se encarga de adecentar y limpiar habitaciones. Soraya es una joven que no ha desarrollado mucha actividad sexual. Sus amigos dicen que es una estrecha y que siempre se ha sentido más atraída por el sexo lesbico, manteniendo relaciones esporádicas pero regulares con Diana, que por el hetero. Llevaba algo más de una semana sola ya que su hermana disfrutaba de unos días de vacaciones y como siempre, al gustarla mucho más que la ciudad, se había apresurado a pasar su periodo de descanso en el pueblo en donde contaba con un nutrido grupo de amigos.

Era más de la una de la madrugada de un domingo al lunes del inicio del pasado verano cuándo Soraya, por fin, abandonaba el local en el que trabajaba. No disponía de coche y siempre había pensado que el ir y volver andando de su ocupación laboral la venía muy bien para despejarse y relajarse. Ese día había comenzado a trabajar a las once de la mañana y la había pasado de todo. Por la mañana y cuándo más lleno estaba el local, se la descosió la, para su gusto, demasiado ceñida y corta falda de su vestuario laboral lo que la obligó a permanecer con la prenda rota, enseñando la pierna derecha, hasta que consiguió disponer de unos segundos para cambiarse en la cocina. A la hora de la comida tuvo que atender a tres ó cuatro mesas del restaurante sin olvidarse de la barra. Con las prisas se la cayó encima uno de los platos que iba a servir por lo que, de nuevo, necesitó cambiarse de ropa y esta vez de blusa y falda en el water de mujeres. Como no pudo comer hasta las cinco de la tarde, su periodo de descanso que debía de haber durado desde las cuatro a las siete, se limitó a menos de hora y medía. Por la tarde se averió el water de mujeres de la cafetería lo que hizo que el de hombres se convirtiera en unisex. Como siempre estaba ocupado tuvo que aguantarse durante bastante tiempo antes de que, apremiada por la necesidad, decidiera mear en un rincón del almacén dejando que su pis formara un buen charco en el suelo. A las diez se quedó sola ya que su compañera, que estaba con la regla, empezó a sentirse mal y se fue a casa y aunque pudo cerrar un poco antes de las doce, tuvo que hacer caja y limpiar el establecimiento lo que la obligó a permanecer en él una hora más.

Aunque la noche era muy agradable, las calles estaban desiertas y se cruzó con muy poca gente. Estaba muy cerca de su domicilio cuando vio que dos jóvenes altos, guapos y elegantes se acercaban a ella. Uno de ellos no dejaba de indicar al otro su presencia y cuándo llegaron a su altura, la dijo: “Perdón, señorita, pero es que después de cenar hemos salido a dar un paseo y nos hemos alejado tanto que ahora no encontramos el hotel en el que nos alojamos”. “Sabemos que está por aquí cerca pero por más vuelta que hemos dado no logramos dar con él”. “¿Sería tan amable de ayudarnos?”. Soraya pensó que en las inmediaciones existían dos hoteles y estaba a punto de preguntarles si, al menos, conocían el nombre del establecimiento cuándo sintió que, por detrás, alguien la agarraba con fuerza y la inmovilizaba mientras los dos hombres que tenía delante se apresuraban a llenarla la boca de algodón y a atarla las manos a la espalda mientras comentaban: “Otra que está en el bote”. Enseguida se acercó un vehículo en el que, a empujones, la obligaron a entrar. Soraya, que se dirigía a su residencia sintiendo una imperiosa necesidad de mear, intentó retener todo lo posible su salida sin dejar de mover sus piernas pero terminó por echar una abundante, larga y excepcional cantidad de pis dentro del coche mientras maldecía el ser tan meona. Uno de los dos hombres que iban sentados junto a ella, al verlo, exclamó: “Mira la muy guarra se está meando; menos más que lo hace con su braga puesta y no se desperdicia”. Al llegar a una zona de pinares en los extrarradios de la ciudad, la hicieron salir del vehículo con brusquedad y agarrándola con fuerza de los brazos y del pelo la obligaron a andar hasta un lugar en el que, a la luz de los potentes faros de una furgoneta, se encontraron con un nutrido grupo de hombres, la mayoría jóvenes, que, completamente desnudos, esperaban su llegada. Los otros cuatro hombres que la habían retenido contra su voluntad y viajado con ella en el coche, tras comentar que se había meado, se desnudaron con rapidez para unirse al grupo. Una vez que la liberaron las manos, los agresores procedieron a quitarla la ropa para apresurarse a separar del resto de las prendas su braga de color negro completamente empapada en pis y su falda ya que comentaron que, al estar mojada, también podrían venderla. A continuación, la hicieron tumbarse en el suelo. Mientras cuatro hombres la sujetaban para que no se moviera y permaneciera con las piernas abiertas, los demás la empezaron a tocar hasta que dos de ellos, tras acariciarla y apretarla la seta con sus manos, procedieron a meterla de golpe cuatro dedos, dos cada uno de los hombres, dentro del coño de manera que mientras uno de ellos hacía el movimiento de introducción el otro realizaba el de extracción. Soraya que, a pesar de ser muy fría sexualmente hasta el punto de que pocas veces había recurrido a hacerse unos dedos, se daba perfecta cuenta de que, si llegaba a “romper”, era una hembra de corrida fácil lo que iba a originar que sus agresores la masturbaran sin descanso hasta que, superando con creces su límite de orgasmos, se “vaciara”. Para intentar evitarlo comenzó a pensar en cosas muy desagradables mientras no dejaba de oír los comentarios de los integrantes del grupo sobre lo prietas que tenía las tetas; lo erectos que se la habían puesto los pezones con sólo acariciárselos; lo apetitoso que tenía el culo ó lo extremadamente húmeda que estaba. Los hombres se mantuvieron en silencio para poder escuchar el grato sonido de su flujo vaginal hasta que, uno de ellos, dijo: “Seguid que esta golfa está a punto de correrse” y efectivamente, no había pasado ni un minuto cuándo, entre gemidos, empezó a convulsionársela todo el cuerpo y levantando el culo, llegó al clímax. Como hacía varios días que no había tenido ninguna actividad sexual ya que Diana, que era con la que generalmente lo hacía, estaba en el pueblo y a pesar de que siguió intentando que aquel momento se retrasara lo más posible, el orgasmo resultó descomunal y sumamente largo. Los dos hombres, muy complacidos, aumentaron el ritmo de sus movimientos hasta que lograron que Soraya alcanzara el clímax, poco más ó menos, cada minuto y como cada vez era de más duración e intensidad, los dos últimos fueron prácticamente seguidos. Después de extraerla los dedos de la almeja y secárselos en sus pelos púbicos, la sacaron el algodón que mantenía en la boca para obligarla a mantener levantada la cabeza con la intención de que comenzara a chuparles la polla a algunos de sus agresores que, además de correrse en su boca, no tardaron en introducirla dos rabos al mismo tiempo mientras otros dos hombres se ocupaban de ponerla varios enemas vaginales seguidos. Soraya no tardó en sentir mucho gusto dentro de su zona genital y los hombres empezaron a apretarla desde el exterior la vejiga urinaria haciendo que, a su antojo, soltara largos chorros de pis con los que empaparon una buena cantidad de bragas y tangas antes de que la chica terminara meándose en todo regla y al más puro estilo fuente mojando con su pis un montón de prendas íntimas entre las que había varios sujetadores. En cuanto acabó de mear y los dos hombres a los que, en aquellos momentos, se la estaba chupando se corrieron en su boca, la hicieron ponerse a cuatro patas ya que según dijo uno de ellos, que resultó ser el cabecilla, era la posición más apropiada para humillar a una golfa como ella.

Soraya estaba segura de que la iban a empezar a penetrar pero lo que no se imaginaba es que, tras lamerla el culo y hurgarla con dos dedos en su interior hasta que lograron que echara un gordo y largo follete de mierda, el cabecilla se iba a colocar de rodillas detrás de ella y sin el menor miramiento, la iba a introducir por el culo su erecta, gorda y larga polla. A la joven nunca la habían penetrado analmente por lo que, sintiendo mucho dolor, empezó a gritar hasta que sus agresores ahogaron sus alaridos llenándola, de nuevo, la boca de algodón. Su sufrimiento se hizo aún mucho más doloroso e intenso cuándo el hombre consiguió meterla la punta del rabo en el intestino. Soraya, se retorció e intentó por todos los medios librarse de aquel suplicio pero lo único que consiguió fue liberar su esfínter. El hombre que la estaba enculando se mostró sumamente complacido al notar que la punta de la polla se impregnaba en la mierda de la joven y tras hacerles una indicación con su mano, otro hombre procedió a apretarla y a moverla las tetas como si la estuviera ordeñando al mismo tiempo que otros dos la mantenían muy abiertos los labios vaginales y un cuarto la pasaba tres ó cuatro dedos por la raja vaginal haciendo que volviera a sentir necesidad de mear. Mientras tanto, el hombre que la daba por el culo disfrutaba de su cometido e imponía un ritmo de penetración que cada vez era más rápido. Cada vez que notaba que la salida de su caca era abundante y masiva, la sacaba la polla y abriéndola bien el ano con sus dedos, contemplaba sus copiosas descargas, mayormente líquidas, mientras comentaba: “Esta es la mejor forma de humillar a las golfas: a cuatro patas, dándolas por el culo y viéndolas cagar” ó “Esta puta es una cagona”. En cuanto disminuía la cantidad de mierda que expulsaba, procedía a meterla, de nuevo, su gran polla en el interior del culo mientras Soraya, a pesar de que no dejaba de echar chorros de pis, seguía sintiendo mucho dolor. El hombre empleó tanto tiempo en echarla la leche que la joven consideró que estaba desperdiciando su descomunal rabo puesto que, sin en vez de penetrar a las mujeres por el culo, lo hiciera vaginalmente las daría un gusto enorme y alcanzarían un montón de orgasmos antes de que las llenara el chocho de semen. Había pasado más de medía hora desde que había empezado a encularla, con los breves descansos motivados por la salida de su mierda, cuándo el hombre la dijo que apretara con todas sus fuerzas las paredes réctales contra su polla. Soraya obedeció y enseguida, empezó a notar los esfuerzos del hombre por retener un poco más la salida de su leche. De repente, el individuo dio un grito de satisfacción y la chica sintió que un gran chorro la caía dentro del intestino y tras él, muchos más que hicieron que Soraya, además de mearse otra vez, notara que, después de habérselo vaciado de caca, se lo estaba llenando de leche. Fue tal la cantidad de semen que la echó que la joven quedó impresionada sobre todo al no haber llegado a pensar que pudieran existir individuos capaces de soltar tanto. El hombre continuó dándola por el culo, con movimientos mucho más lentos, durante varios minutos más hasta que la joven volvió a cagarse. Cuándo la sacó la polla, completamente tiesa y bien impregnada en su mierda, la extrajo el algodón de la boca y la obligó a chupársela para que se la limpiara mientras la decía: “¿A que te ha gustado golfa?”. Ella, con el rabo en la boca, no podía contestarle pero estaba escocida, molesta y llena de dolores anales que la aliviaba un poco el que su culo estuviera devolviendo una parte de la leche que la había echado dentro. Cuándo el hombre se cansó, la empujó bruscamente y la hizo caer al suelo boca abajo. Después de tocarla la masa glútea y la raja del culo, la obligó a volverse para apretarla con su pie derecho la zona genital hasta que la joven soltó un buen chorro de pis. “Eres una golfa muy cerda” la dijo antes de hacer que se volviera a poner a cuatro patas para que los demás miembros del grupo pudieran empezar a penetrarla vaginal y analmente. El cabecilla, poniéndose delante de ella, hizo que se acercara un joven integrante del grupo. Sonriéndola dijo: “Vas a tener el gran honor de presenciar la ceremonia de iniciación de este cabrón” tras lo cual empezó a tocarle el rabo, que el joven tenía completamente erecto, al mismo tiempo que le apretaba los huevos. En cuanto comenzó a hacerle una paja el chico se corrió echando, en espesos y largos chorros la mayoría de los cuales la cayeron a Soraya en el pelo, el cuello, la cara y las tetas, una impresionante cantidad de leche mientras el cabecilla le decía: “Así me gusta, que eches mucha”. Sin dejar de moverle la polla, le introdujo dos dedos en el culo y mientras le hurgaba con ganas le indicó: “Realmente estabas muy caliente; vaya rapidez en correrte”. “¿Eres tan veloz para cagarte?”. Un par de minutos más tarde, le sacó los dedos y tras olerlos, dejó de moverle el rabo y colocándose en cuclillas detrás de él, se deleitó viendo al joven echar dos folletes de mierda con los que, tras cogerlos con sus manos, frotó la polla al joven. Sin dejar que se limpiara, le obligó a ponerse a cuatro patas de manera que su cara, en posición opuesta, quedara cerca de la de Soraya. “Bésala todo lo que quieras” le dijo pero mientras el chico intentaba una y otra vez juntar sus labios con los de la fémina encontrándose con la oposición de Soraya, el cabecilla le penetró por el culo. El joven, mordiéndose los labios para no chillar de dolor, se meó enseguida. El hombre se ocupó de cogerle la polla con su mano para que su pis y una parte de la mierda depositada en su rabo cayeran en el pelo y la cara de la mujer. Cuatro hombres se habían corrido dentro de la seta de Soraya cuándo el joven no pudo evitar liberar su esfínter. El cabecilla, enfadado, dijo: “Vaya, hemos topado con otro cagón”. Le forzó con ganas unos segundos más diciéndole: “Puesto que te vuelves a cagar espero que, al menos, expulses mucha mierda”. De repente, le sacó de golpe la polla y abriéndole con sus dedos el orificio anal, contempló entusiasmado su descomunal cagada. Una vez más no le dejó limpiarse y haciendo que se levantara le obligó a acompañarle al interior de la furgoneta cuyos faros les iluminaban. Fue entonces cuándo Soraya se percató de que dentro de tal vehículo había dos personas una de las cuales sacaba fotografías mientras la otra, la pareció, que grababa lo que sucedía en el exterior. Mientras los distintos integrantes del grupo seguían cepillándosela por delante y por detrás, colocada a cuatro patas ó echados sobre ella, escuchó algunos comentarios en el sentido de que había empezado el suplicio para el joven al que el cabecilla había dado por el culo delante de ella ya que, al parecer, en la furgoneta disponía de un buen surtido de “juguetes” con los que iba a hacérselo pasar realmente mal antes de que pudiera formar parte más activa del grupo ya que, hasta entonces, lo único que había hecho era mirar y tener su boca, su polla y su culo a disposición de los demás. Acababa de correrse otro hombre en el interior de su coño cuándo Soraya se estremeció al oír los desgarradores gritos de dolor del joven mientras el cabecilla le insultaba y no dejaba de decirle: “Echa más leche, hijo de la gran puta, que te voy a obligar a vaciar tus huevazos”. Soraya se consolaba pensando en que su suplicio actual era mucho más llevadero que cuándo el cabecilla la había dado por el culo ya que los hombres no tardaban tanto tiempo en correrse. A medida que iban tirándosela, se meaban e incluso, se cagaban encima de ella y empezaba a tener orgasmos muy secos cuándo, tras tocarla de nuevo hasta la saciedad, decidieron penetrarla anal y vaginalmente al mismo tiempo lo que se convirtió en una nueva tortura para Soraya sobre todo porque quienes la penetraban, además de darla por el culo, se habían corrido dentro de su almeja y ahora iban a necesitar más tiempo para echarla la leche por segunda vez. Mientras llevaron a cabo este proceso se percató de que ya no se escuchaban los alaridos del joven que se encontraba con el cabecilla dentro de la furgoneta. Ninguno de sus agresores falló a la hora de echarla, de nuevo, su semen. Amanecía cuándo el procesó acabó y la mujer, agotada, dolorida, rota y padeciendo los efectos de una molesta incontinencia urinaria y una diarrea muy persistente, les pidió clemencia. Los hombres, que se entretenían meándose dentro de ella con su polla introducida tanto anal como vaginalmente, vieron que poco partido más iban a poder sacar de ella y después de hacer que les chupara la polla para que tres de ellos la echaran su pis en la boca, decidieron llenarla, una vez más, la boca de algodón y atarla a un árbol. El cabecilla volvió a presentarse, una vez más con el rabo completamente tieso, delante de ella comentando con algunos de los miembros del grupo que, aunque había perdido el conocimiento un par de veces y se había tenido que emplear a fondo, el joven había “vaciado” por completo los huevos y el intestino de acuerdo con la tradición y ahora se encontraba descansando. El cabecilla se dedicó a tocarla mientras restregaba su erecta polla por sus piernas mientras los demás se ocupaban de destrozarla por completo los zapatos y la única prenda que no se llevaron, la blusa, antes de volcar su bolso para quedarse con el dinero, el móvil, las llaves de su domicilio y todo aquello que consideraron que pudiera tener un mínimo valor. El cabecilla se corrió con mucha más rapidez que en el interior de su culo echándola una nueva y copiosa ración de leche en las piernas. A Soraya, que estaba harta de sentirse follada, aquella corrida la resultó sumamente repugnante hasta el punto de sentir asco y náuseas mientras notaba caer el semen en sus piernas. Después de realizarla los últimos tocamientos, escupirla e insultarla, el grupo de hombres abandonó el lugar dejándola atada al árbol. Soraya pasó allí más de cinco horas bajo los efectos de la incontinencia urinaria y la diarrea hasta que, al mediodía, una joven a la que un hombre mucho más mayor que ella estaba metiendo mano se percató de su presencia y la rescataron. Soraya, alegando que sólo iba a servir para que la gente se riera de ella y aunque tuvo que recibir asistencia médica a cuenta de los desgarros anales y vaginales que sufrió, no quiso denunciar a sus agresores que continúan desarrollando su actividad sexual nocturna con camareras dentro de la mayor impunidad y sin importarles follarse a una, dos ó tres féminas al mismo tiempo cada noche. La joven, temiendo que sus agresores sexuales volvieran a retenerla contra su voluntad para tirársela y esta vez en su propia casa, se apresuró a cambiar todas las cerraduras de su domicilio. Necesitó ayuda psicológica y psiquiatrica para poder reponerse del trauma que la obligó a permanecer durante cerca de tres meses de baja laboral. Al volver a su actividad laboral se encontró con la desagradable sorpresa de que su contrato había acabado dos semanas antes y que los propietarios del establecimiento, al no tener ninguna certeza del tiempo que iba a tardar en reincorporarse, habían optado por no renovárselo y sustituirla con Alicia, una chica joven y muy llamativa que había trabajado durante una corta temporada en la cafetería, con fama de ser un verdadero putón verbenero y que, según la comentó la cocinera del establecimiento, había conseguido aquel trabajo, para el que no servía, gracias a su atractivo físico y a sus caricias, prodigándose durante el día en hacerle mamadas en el almacén; en la cocina y en el water a uno de los dueños para pasar la noche juntos en el domicilio de la hembra que, por lo visto, quería ejercer como encargada a pesar de no tener ninguna antigüedad y que la dejara preñada con rapidez para asegurarse la continuidad del hombre a su lado. Soraya, indignada, denunció a los propietarios por despido improcedente pero, como no quería meterse en más jaleos y con Alicia sabía que los iba a tener, decidió retirarla al encontrar trabajo y con un contrato por dos años, en el hotel en el que trabaja su hermana Diana para, como ella, dedicarse a acondicionar y limpiar las habitaciones. De esta forma, ambas hermanas acuden juntas, a las siete de la mañana, a su actividad laboral y aunque terminan a distintas horas, los días en que Soraya acaba a las nueve ó las diez de la noche, siempre cuenta con su hermana ó con alguna amiga para acompañarla hasta su domicilio.

La tercera historia tiene como protagonista a Sara, una guapa y joven estudiante universitaria, a la que la gustaba trabajar durante el verano para poder disponer de un dinero extra con el que poder darse algún capricho y especialmente, aprovechar el periodo vacacional de Navidad ó de Semana Santa para viajar, que es una de sus aficiones favoritas. Su amiga Zoraida la suele acompañar en sus desplazamientos pero, a pesar de que sólo tiene veinte años, no la importa lo más mínimo viajar sola. El verano pasado, en vez de buscar una ocupación agrícola ó ganadera en el pueblo y residir con sus padres, decidió quedarse en la capital para trabajar como camarera en un bar. Había tenido suerte puesto que, además de poder disponer libremente de los domingos y días festivos ya que el local cerraba en esas fechas, Amalia, la propietaria del establecimiento que era viuda, la permitía entrar a las dos de la tarde, cuándo empezaba el jaleo de las comidas, por lo que hasta ese momento podía hacer otras cosas como ir a la piscina para bañarse y ponerse morena.

Aquella tarde hacía mucho calor. Amalia, que ejercía como camarera, cocinera y dueña, la dijo que se iba a pasar la tarde al campo con unos amigos. Como en aquella época solamente había movimiento y menos que durante el resto del año, a la hora de la comida ya que la mujer tenía fama de ser buena cocinera y además era de los sitios más económicos por lo que siempre estaban a rebosar las diez mesas de que disponía, la indicó que no esperara a las diez y media de la noche y cerrara en cuanto no tuviera gente.

En vista de que a lo largo de la tarde la clientela había sido mínima a las ocho y media empezó a limpiar el local. Estaba un poco molesta porque la acababa de bajar la regla y aunque siempre solía llevar alguno en el bolso, no lograba localizar un TAMPAX por lo que, aprovechando la ocasión, pretendía irse temprano a la vivienda compartida en la que residía para descansar. Se encontraba a punto de cerrar cuándo llegaron sus amigas Arancha y Zoraida. Sara mantenía sesiones sexuales lesbicas con ambas pero, mientras Zoraida era una lesbiana muy guarra, Arancha, que se consideraba bisexual, no tenía muy clara su tendencia sexual. Sentándose en una mesa, Zoraida se apresuró a informarla de que una compañera de Sara que estaba saliendo y relacionándose con un chico, a pesar de que todo el mundo la decía que no la convenía, le había pillado metiendo mano a una joven rubia, que era casi una cría, con la que había reconocido que se estaba acostando regularmente mientras que con la compañera de Sara, que se prodigaba en chuparle la polla, no había pasado de masturbarla y en ocasiones muy especiales, de comerla el chocho. Sara exclamó: “La que con chicos se acuesta, preñada se levanta” mientras Zoraida comentaba que a aquella joven había que hacerla comprender que lo más aconsejable era que, al igual que ellas, se centrara de una vez en el sexo lesbico sin descartar la posibilidad de que Arancha, Sara, que reconoció que la chica la gustaba y Zoraida se relacionaran regularmente con ella. En aquel momento entraron en el local ocho chicos muy jóvenes que, sofocados y sudorosos, las pareció que volvían de jugar un partido de fútbol. “Que mala suerte, precisamente ahora que iba a cerrar” pensó Sara mientras los chicos procedían a amontonar sus bolsas de deporte en un rincón antes de pedir unos refrescos. Sara se los sirvió y volvió a sentarse con sus amigas. Los chicos mantenían su conversación en un tono de voz alto por lo que ellas no tardaron en enterarse de que los dos más mayores eran Daniel (Dani) y Sergio y que los demás se llamaban Gonzalo, Javier, Oscar, Pablo, Rodrigo y Víctor. Al cabo de unos minutos su tono de voz se redujo considerablemente y las chicas se dieron cuenta de que estaban hablando de ellas, sin dejar de mirarlas y sonreírlas. Arancha y Zoraida empezaron a sentirse incomodas y más cuándo Dani se acercó a ellas y sentándose en la mesa las dijo: “¿Se puede saber de que están hablando estas preciosidades?” antes de esgrimir una navaja de considerables dimensiones. Aquello era la señal establecida para que los demás chicos se apresuraran a cerrar la puerta; a bajar las persianas y a apagar casi todas las luces del establecimiento. Dani, poniéndose en pie, las dijo: “quitaros la ropa que tenemos muchas ganas de veros desnudas”. Mientras Arancha y Sara se desnudaban, Zoraida intentó hacerle frente y el chico, tras arañarla la cara con sus uñas, la agarró con fuerza del cuello y la dijo: “Si no quieres que te deje marcada para el resto de tus días, quemándote los pezones y el clítoris, desnúdate”. Zoraida, al igual que habían hecho Arancha y Sara, se quitó la ropa y tras obedecer a Sergio que la indicó que abriera bien las piernas, dejó que la tocara hasta la saciedad. Javier, Oscar y Rodrigo viendo que Sara se encontraba con su ciclo menstrual empezaron a llamarla cerda e impura y bastante enfadados por la contrariedad, la empujaron hasta que cayó al suelo donde, centrándose en su seta, la propinaron varias patadas. La joven les dijo que no pondría oposición y que dejaría que la hicieran todo lo que quisieran pero que no la agredieran más. Cogiéndola del pelo, Dani la obligó a incorporarse y ponerse de rodillas delante de él antes de decirla: “Chúpamela y aparte de que espero que me lo hagas de maravilla, confío en correrme sintiendo mucho gusto y echándote en la boca una gran cantidad de leche”. Sara, temblando de miedo, le bajó el pantalón y el calzoncillo y después de verle y tocarle la polla comprobando que la tenía bien tiesa, dura y larga, se la metió entera en la boca. Dani, cogiéndola con fuerza de la cabeza, la apretó contra él y se meó en su boca obligándola a que, a pesar de la repugnancia que sintió, se tuviera que beber la gran cantidad de pis que la soltó. Mientras, los demás chicos hicieron que Arancha y Zoraida se tumbaran boca arriba sobre dos mesas y se turnaron para sujetarlas de manera que, tras tocarlas, se las fueran follando uno a uno. Se habían corrido los dos primeros dentro de su coño cuándo las piernas de Dani empezaron a temblar. Era evidente que se iba a correr. Agarrando a Sara con fuerza de la cabeza, la volvió a apretar contra él para que mantuviera el rabo totalmente introducido en su boca y unos instantes más tarde, entre las arcadas de la chica, la echó una impresionante cantidad de leche. Viendo que la chica dejaba de mamársela la gritó: “Sigue puta que me tienes que sacar más”. Mientras tanto las corridas en el interior de la almeja de Arancha y Zoraida eran tan abundantes como rápidas y como los chicos parecían estar muy seguros de que su potencia sexual les iba a permitir echarlas más leche, se dedicaron a masturbarlas mientras se recuperaban. No tardaron en encontrarse con una espectacular y larga meada, en pleno orgasmo, de Zoraida a la que desde aquel instante se dedicaron a comer el chocho mientras que a Arancha, que veía aquello con desagrado y se encontraba muy incomoda, lo más que lograron sacarla fue unos chorros de pis. “Metedla un par de consoladores” dijo Sergio y dos chicos se apresuraron a buscar los “juguetes”, gordos, largos y metálicos, en una de las bolsas de deporte. Después de ver como la introducían uno de ellos en el culo y el otro en la seta, Sergio se acomodó entre las abiertas piernas de Arancha y abriéndola aún más con sus dedos los labios vaginales la dijo: “Cierra los ojos y piensa que el cabrón de tu novio te está follando”. Arancha le dijo que era lesbiana y Sergio la contestó: “Eso hace que sea aún más excitante y morboso el cepillarte”. El utilizar los consoladores dio resultado ya que Arancha, además de que no tardó en “romper”, volvió a alcanzar el clímax con suma rapidez en otras dos ocasiones y acto seguido, se abalanzó sobre la polla completamente tiesa de Sergio para movérsela un poco con su mano antes de metérsela en la boca y chupársela con esmero. “Así me gusta, guarra” la dijo el chico mientras la obligaba a doblarse y ponerse a su lado. Cuándo a Arancha empezó a convulsionársela todo el cuerpo en el preludio de su cuarto orgasmo, Sergio, que la había introducido un dedo en el culo y la hurgaba con él, la echó su leche en la boca.

Sara, por su parte, estaba cada vez más revuelta a cuenta del pis y la leche que la había echado Dani y que había tenido que tragarse. Entre las nauseas que sentía y las molestias que, como siempre, la ocasionaba la menstruación no pudo evitar devolver. El chico la empujó para que no vomitara con su polla metida en la boca y la insultó llamándola cerda y golfa. En cuanto acabó de devolver en el suelo, la dijo que se tumbara boca arriba con las piernas abiertas. Sara lo hizo y Dani se echó sobre ella y sin importarle que estuviera con la regla, la metió la polla en el coño y comenzó a follársela. La joven notó que el rabo, con sus excepcionales dimensiones, la atravesaba el útero casi por completo. Sentía mucho placer pero las molestias que la producía la regla no la dejaban llegar al orgasmo. El agradable sonido del abundante flujo vaginal de Sara y el que se meara mientras se la tiraba excitó al chico que, un par de minutos más tarde, se corrió dentro de su almeja echándola aún más leche que en la boca. Dani se la sacó enseguida y cogiendose la polla con la mano procedió a mearla el exterior del chocho y la parte superior de las piernas. Sara, viendo que tenía intención de volver a metérsela vaginalmente, le señaló que echaba mucha sangre menstrual y que no la parecía aconsejable que siguiera penetrándola. Dani la contestó que tenía experiencia en el tema ya que llevaba bastante tiempo haciéndoselo a su hermana mayor, a la que la encantaba que se la follara uno de los perros que tenían, cuándo se encontraba con la regla pero que, en vista de que no era capaz de aguantar lo suficiente chupándosela y se oponía a que se la metiera en la seta, habría que probar a darla por el culo. Sara le pidió que no lo hiciera pero Dani, furioso, la obligó a ponerse a cuatro patas y a ofrecerle el trasero en pompa para, sin la menor contemplación, colocarla la punta de la polla en el ano y haciendo fuerza, introducírsela por completo. La chica gritó, pataleó y lo insultó pero lo único que logró es que Dani impusiera un ritmo de penetración muy rápido y que la dijera que no se la iba a sacar hasta que la llenara el culo de leche.

La situación de Arancha y Zoraida tampoco era mucho mejor ya que, aparte de verse obligadas a chupar la polla a los chicos y tragarse su leche cuándo se corrían, los jóvenes habían comenzado la segunda ronda de penetraciones vaginales. Sergio, que acababa de correrse y mearse dentro del depilado coño de Zoraida, la hizo colocar sus piernas sobre sus hombros y sin sacarla la polla de la almeja, comenzó a abrirla y cerrarla con sus dedos el ano. La joven no tardó en tirarse una amplia y sonora colección de pedos. Sergio la dijo: “Así me gusta, que seas muy guarra” y sacándola el rabo del chocho, bien empapado en el flujo de la chica, se lo metió por el culo. Zoraida, además de no dejar de gritar a cuenta del dolor, liberó con suma facilidad su esfínter y Sergio, en cuanto notaba que la mierda salía, la extraía la polla, la abría bien el ano y contemplaba la defecación mientras dos chicos recogían la caca con sus manos para untar con los excrementos las tetas de Arancha y Zoraida. En cuanto acababa de cagar, Sergio volvía a introducirla el rabo por el culo. A pesar de las interrupciones, fue el primero en descargar su leche dentro del bonito trasero de Zoraida. Un poco más tarde, Dani, echado sobre la espalda de Sara para mantenerla bien apretadas las tetas al mismo tiempo que tiraba de ellas como si la ordeñara y Rodrigo, que estaba penetrando vaginalmente a Arancha, hicieron lo propio. Sara notaba como la caía la leche en el intestino. “El muy cabrón cada vez me echa más” pensó antes de darse cuenta de que el semen había reblandecido su mierda y se estaba cagando. Dani la sacó de golpe la polla y Sara, sin poder moverse de su posición e inmersa en una sensación muy placentera, soltó una descomunal cagada líquida al mismo tiempo que se meaba abundantemente.

“Dios mío, no sé como me voy a poder sentar ya que me duele todo el culo pero te aseguro que nunca me había cagado así” le dijo Sara a Dani que volvió a penetrarla analmente hasta que las adversidades propias de este tipo de sexo no tardaron en hacer efecto y al dolor, escozor y molestias se unió, tanto en el caso de Sara como en el de Zoraida, una diarrea que provocó que, en cuanto Dani acabó de mearse en el interior de su trasero, Sara tuviera que ocupar el water de hombres mientras Zoraida se acomodaba en el de mujeres.

Como las dos permanecían sentadas en el “trono” y con mucho temor a moverse de allí, la única que quedó disponible fue Arancha con la que Gonzalo, Pablo y Víctor pretendían estrenarse en el sexo anal. Como no era cuestión de pasarse allí toda la noche, en cuanto Dani se la cepilló vaginalmente y Sergio hizo lo propio por el culo, decidieron que uno de los chicos la penetrara por delante mientras otro la introducía la polla por detrás. La idea no tuvo demasiado éxito ya que Arancha también había liberado su esfínter durante la penetración anal que la había efectuado Sergio y en cuanto la volvieron a meter el rabo por el culo sufrió los efectos de una persistente diarrea que obligó a los chicos a desistir de su propósito mientras Arancha se unía a sus amigas en el water.

Dani y Sergio aprovecharon para encerrarlas allí. Aunque las jóvenes, al darse cuenta de ello, les imploraron que las dejaran salir, los chicos decidieron no hacerlas caso y permanecer un rato más en el bar. Arancha, Sara y Zoraida escucharon que Oscar, Rodrigo y Víctor dieron por el culo a sus amigos y compañeros de fechorías Gonzalo, Javier y Pablo mientras Dani y Sergio les contaban con todo lujo de detalles la experiencia sexual que habían mantenido en un water con una joven embarazada que, mientras meaba y cagada, les hizo una soberbia paja.

Cuándo su actividad sexual de tipo homosexual terminó, las tres chicas oyeron muchos golpes, ruido de botellas rompiéndose y un poco después, un silencio absoluto. Gritaron durante varios minutos pidiendo ayuda hasta que, cuándo se cansaron, aceptaron que iban a tener que permanecer bastante tiempo encerradas.

Amalia, la propietaria, se dirigió al bar sobre las once de la noche, al volver de su merienda en el campo, para, como todas las noches, dejar preparadas algunas cosas para el día siguiente. Al llegar se sorprendió de que las persianas estuvieran bajadas y las luces apagadas mientras la puerta permanecía abierta. Al entrar en el establecimiento se encontró con un espectáculo dantesco con varias botellas rotas, la caja, la maquina de tabaco y las tragaperras forzadas y mierda, pis y vómitos en el suelo. Arancha, Sara y Zoraida, que permanecían encerradas completamente desnudas, volvieron a gritar al ver que alguien daba las luces y Amalia no tardó en rescatarlas. Las chicas, en cuanto salieron, comprobaron que se habían llevado toda su ropa, su dinero y sus móviles además de un buen número de botellas; la mínima recaudación que había en la caja registradora; todo el tabaco depositado en la maquina y el dinero de las tragaperras.

Junto a Amalia las tres chicas presentaron la oportuna denuncia aunque pensaban que lo que las había sucedido era ocasional al haberse dado una serie de circunstancias que facilitó que los chicos las ultrajaran por lo que no llegaron a pensar que se tratara de un grupo organizado de agresores sexuales hasta que, unos días más tarde, un cliente del bar comentó con Sara que un grupo de ocho ó nueve jóvenes habían entrado en el bar de su pueblo cuándo la mujer del dueño estaba sola en el local y aparte de hacerla de todo, la habían dejado preñada. Después, Arancha, Sara y Zoraida se enteraron de que dos ó tres grupos de jóvenes desarrollaban su actividad sexual, un par de veces cada semana, en establecimientos hosteleros de la capital y provincia en los que entraban cuándo la camarera ó las camareras se encontraban solas. Al igual que en las dos historias anteriores y a pesar de la vigilancia policial, estos grupos continúan inmersos en su agradable ocupación de agredir sexualmente a jóvenes empleadas de bares y cafeterías.

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