Relatos Eroticos

16 Mayo 2009

Ines.

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Inés es una mujer de estatura normal aunque tirando a baja con el pelo de claro platino, lo que la favorece mucho, que acaba de cumplir cincuenta años y aún se conserva muy potable. Hace algo más de dos años y a consecuencia de una penosa enfermedad, perdió a su marido. Después de año y medio de abstinencia sexual, en los últimos meses ha estado manteniendo relaciones, dos ó tres veces a la semana, con un hombre que no lograba satisfacerla. En uno de sus encuentros con mi amiga y vecina Pilar (Pili), con la que siempre se ha llevado bien hasta el punto de que entre ambas existe mucha confianza, esta última se interesó por conocer su actual situación sexual. Inés la contestó que llevaba varios meses acostándose regularmente con un amigo de su difunto marido pero que, aunque la relación no la disgustaba, tampoco la satisfacía. Inés, no obstante, la indicó que “mejor era aquello que el tener que aguantarse las ganas”. Pili la mencionó que, pocos meses después de separarse de su marido y un tanto asqueada del sexo hetero, decidió someterse a mí y que, aunque la costó aprender a obedecerme sin rechistar, se encontraba sumamente complacida con la práctica sexual lesbica. Aunque Inés se informó de que Pili, además de conmigo, también mantenía sesiones sexuales con otras mujeres que integraban mi grupo de amigas ajustándose a la frecuencia que ella deseaba, declinó entrar a formar parte de semejantes relaciones alegando que no se veía como sumisa y menos comiendo el coño a otra mujer. Pero no tardó en reconsiderar su opinión y pedir a Pili que me hablara de ella ya que “no iba a perder nada por probar”. Pili no tardó en proponerme añadirla al grupo pero no la hice mucho caso ya que estaba muy liada con el sexo y Sara también se encontraba bastante ocupada ajustando la actividad sexual de las distintas integrantes del grupo. Pero la insistencia de Pili, recordándome una y otra vez que en el edificio en que vivimos y en la misma escalera teníamos a Inés, que vive tres pisos por encima del mío, que estaba deseando convertirse en una nueva “bollera” y formar parte de nuestro grupo de amigas en el que, según Pili, podía desempeñar un gran papel, hizo que me decidiera a prestarla un poco más de atención cuándo coincidía con ella en el ascensor cosa que, por otro lado, era bastante frecuente.

La impresión que, hasta entonces, tenía de Inés es que, además de ser una mujer muy activa, en la cama tenía que ser muy dócil y que su marido habría sabido sacar buen provecho de ello. Me percaté de que cada vez que utilizábamos juntas en el ascensor su respiración se volvía más agitada y que, aunque hablábamos de temas sin la menor trascendencia, la notaba nerviosa e incluso alguna vez llegó a tartamudear. A pesar de que siempre que Inés se encontraba con Pili no dejaba de mostrar interés por iniciarse en la práctica sexual lesbica me pareció que nunca iba a decidirse a dar semejante paso. Un sábado por la noche, al volver a casa a altas horas de la madrugada tras haber llevado a cabo una de mis sesiones sexuales, coincidí con ella en el portal. Estaba muy elegante con un traje de chaqueta con pantalón de color verde y una blusa bordada blanca. Me saludó sonriente, me dijo que estaba helada y sin darse cuenta de que no me importaba, me explicó que regresaba de casa de unos amigos en donde había cenado y que la sobremesa se había alargado más de lo debido. Después de entrar en el portal me di cuenta de que, aunque no estaba borracha, había bebido más de la cuenta. Al coger el ascensor su respiración se hizo sumamente agitada por lo que me decidí a tomar la iniciativa y tras bloquear la puerta del elevador en mi piso, me acerqué a ella y cogiéndola de la cintura la apreté contra mi cuerpo y la besé. Inés respondió de maravilla por lo que, sin decirnos palabra, me ocupé de que su pantalón se deslizara por sus piernas hasta llegar a sus tobillos y de que su braga, de color blanco, bajara hasta sus rodillas. Inés, instintivamente, abrió sus piernas y volviéndonos a besar, la acaricié la raja durante unos instantes antes de apretarla la almeja con mi mano e introducirla dos dedos para masturbarla. Reconozco que se lo hice con ganas y con movimientos rápidos pero me sorprendió que, pocos segundos después, se corriera con una intensidad increíble y que, a continuación, se meara echando a chorros una abundante cantidad de pis con la que, además de empapar su braga y su pantalón, mojó sus piernas y formó un buen charco en el suelo. Seguí masturbándola ya que era evidente que Inés tenía necesidad de más mientras, avergonzada, me decía que, aunque siempre llegaba con facilidad al orgasmo, no recordaba haberse corrido nunca con tanta rapidez cosa que, por otro lado, entendía como normal ya que ardía en deseos de que se produjera nuestro primer contacto. Noté que se volvía a “poner a tono” mientras me explicaba que cuándo llegaba al clímax con intensidad e inmersa en gusto, la resultaba imposible contener la salida de su pis y más, si como aquella noche, la hacían beber en mayor cantidad a la que estaba acostumbraba. La contesté que no se preocupara por mearse ya que, además de excitarme y gustarme, estaba más que habituada al pis femenino. Inés se calló y me pareció que hacía verdaderos esfuerzos por evitar volver a correrse con el propósito de poder disfrutar durante más tiempo del gusto previo al orgasmo pero, a pesar de su empeño por alargarlo, un minuto más tarde y con una salida masiva de flujo vaginal, llegó por segunda vez al clímax en medio de unos espasmos impresionantes mientras me decía “por favor, quiero convertirme en una ramera más a tu servicio”. Aún se encontraba en pleno orgasmo cuándo empecé a pasarla dos dedos por la raja del culo. El meterla analmente y hasta el fondo uno de ellos fue más que suficiente para que, una vez más con gran rapidez y casi juntando esta a su corrida anterior, alcanzara un nuevo, largo e intensísimo orgasmo. De nuevo, su flujo hizo acto de presencia de manera copiosa y espesa al mismo tiempo que unos cortos pero abundantes chorros de pis humedecieron aún más su braga y su pantalón. Un instante después noté como el dedo que la mantenía introducido en el culo entraba en contacto con su mierda. Cuándo ya tenía el dedo bien impregnado en su mierda Inés exclamó “Dios mío, me estoy cagando, se me sale la mierda”. Lógicamente, no era cuestión de que echara su caca en el ascensor por lo que, tras sacarla mis dos dedos del chocho y limpiármelos en su abundante y frondoso bosque de pelos púbicos, la quité el pantalón y la braga y la dije que lo mejor era que entráramos en mi casa para que pudiera vaciar su intestino. Inés me contestó que, por lo que pudiera ser, prefería hacerlo en su casa donde, me aseguró, estaríamos solas puesto que sus hijos estaban en el pueblo pasando el fin de semana junto a su abuela. Manteniendo mi dedo dentro de su culo, liberé la puerta del ascensor y subimos a su piso donde salimos con rapidez del elevador e Inés, desnuda de cintura para abajo, abrió con diligencia la puerta de acceso a su vivienda. La volví a hurgar con mi dedo en el culo y mientras Inés me decía “por favor, no sigas que se me sale”, nos encaminamos al primer water existente en el piso donde, haciendo que permaneciera de pie y tras depositar en el lavabo la braga y el pantalón empapados en su pis, me coloqué detrás de ella, la hurgué un poco más hasta que noté que la mierda llegaba al ano, la extraje el dedo de golpe y la abrí el “ojete” con mis manos para que, de inmediato y entre una sonora colección de pedos, echara una buena cantidad de caca, en forma de pequeñas bolas, al mismo tiempo que volvía a expulsar unos abundantes chorros de pis. En cuanto terminó, la hice darse la vuelta y doblarse con sus manos bien apoyadas en el water para poder colocarme en cuclillas detrás de ella. La pasé dos dedos de mi mano derecha por su húmeda raja vaginal al mismo tiempo que, manteniéndoselo bien abierto con los dedos de la izquierda, la lamí el ano para limpiárselo y después, la metí mi lengua dentro. Aquello la encantó y estoy segura de que si continúo unos segundos más Inés se hubiera vuelto a correr. Pero preferí dejarla muy caliente y tras vaciar la cisterna, nos dirigimos a su habitación donde nos desnudamos por completo. La dije a Inés que se tumbara en la cama boca arriba para permitir que, tras abrirla las piernas, empleara varios minutos en tocarla, mamarla y apretarla sus gordas y prietas tetas y la pusiera los pezones bien erectos, a punto de estallar. Inés me pidió que volviera a apretarla las tetas con fuerza y que tirara de ellas como si la estuviera ordeñando. Después de complacerla procedí a tumbarme boca abajo entre sus abiertas piernas para efectuarla una completísima explotación visual y táctil del exterior y del interior de su culo y de su seta; más tarde y con el mismo propósito, hice que Inés se acostara boca abajo y finalmente, que se pusiera a cuatro patas. Aquello hizo que llegara al clímax en otras cuatro ocasiones y que me convenciera de que, además de ser sumamente meona y rápida en alcanzar los orgasmos, estos siempre se producían acompañados de espasmos vaginales, jadeos y una salida masiva de flujo. Como deseaba que su flujo y su pis acabaran en mi boca y en mi garganta hice que Inés siguiera a cuatro patas y tras volverla a meter un dedo en el ano, me ocupé de comerla el coño con ganas. Necesité poco más de cinco minutos para que, a pesar de sus esfuerzos por contenerse, me deleitara corriéndose otras tres veces echándome unas buenas cantidades de flujo y pis en la boca mientras, sin enterarse, volvió a cagarse mientras la hurgaba con mi dedo en el culo. En esta ocasión su caca resultó mayormente líquida y fue saliendo al exterior para caer en sus piernas y en la sabana sin que dejara de hurgarla con el dedo. Cuándo Inés, tras su último orgasmo, me comentó que estaba agotada y que necesitaba descansar se asombró de haberse cagado sin darse cuenta de ello y de la gran cantidad de mierda líquida que había echado. Cuándo la saqué el dedo del culo, lo olí y lo chupé, la limpié el ano con mi lengua y la permití acostarse boca arriba. Aunque su almeja estaba enrojecida y su entrepierna escocida, Inés me dijo que se encontraba en la gloría y que no la importaba que la forzara más. Después de limpiar un poco la sabana me acosté sobre ella juntando su chocho al mío y tras cogerla con fuerza del culo, empecé a moverme consiguiendo que, con el roce de nuestras tetas, los pezones se nos pusieran totalmente erectos. Inés también me agarró del culo unos momentos antes de que, según me estaba meando encima de ella, alcanzara un nuevo orgasmo con el que me excitó de tal manera que, en cuanto acabé de echarla mi pis, no pude evitar correrme intensamente y dos veces consecutivas con lo que ambas acabamos muy satisfechas.

Me acosté a su lado y mientras la acariciaba la raja con dos dedos y los pelos púbicos con otro, Inés me comentó que la resultaba gracioso que hubiera ido a la cena con sus amigos pensando en acabar la velada en la cama con alguno de los hombres que iban a acudir a ella y que, tras la desilusión que se llevó al ver que el único que asistió sin compañía femenina era gay y que se pasó la mayor parte de la velada pendiente de su teléfono móvil concertando una sesión sexual con un amigo para la tarde del domingo, hubiera acabado practicando el sexo lesbico con la mujer a la que deseaba desde hacía tiempo. Como era evidente que Inés estaba muy cansada la propuse que descansara y que al día siguiente, que era domingo, subiría un rato a su casa por la tarde y hablaríamos con más calma. Inés me sonrió y se dio la vuelta para ponerse boca abajo. Permanecí a su lado, acariciándola la espalda y la masa glútea y pasándola dos dedos por la raja del culo, hasta que se durmió. La tapé, me vestí, salí de su domicilio y bajando por las escaleras llegué al mío donde me fui directa a la cama. Como a cuenta de la excitación no lograba conciliar el sueño, decidí masturbarme hasta que, después de correrme varias veces y a punto de mearme, me tuve que levantar para ir con rapidez al water donde expulsé una gran cantidad de pis. Acto seguido me volví a acostar y tras comprobar que estaba amaneciendo, me quedé dormida.

Me desperté pasadas las tres de la tarde por lo que, tras ducharme, hacer la cama, calentar la comida, comer, fregar y vestirme, subí a la vivienda de Inés alrededor de las cinco. Me abrió la puerta vestida con una bata muy corta de color rosa debajo de la cual, como no tardé en comprobar, únicamente llevaba la braga, una vez más blanca. Me dio la impresión de que se acababa de levantar de la cama. Muy sonriente me hizo pasar al salón donde me senté en una silla haciendo que Inés permaneciera de pie delante de mí completamente desnuda y con las piernas sumamente abiertas. Después de comprobar que seguía con la entrepierna bastante escocida lo que, según me explicó, la ocurría cada vez que usaba bragas sintéticas, la acaricié la raja lentamente desde el clítoris al ano y del ano al clítoris y entre orgasmo y orgasmo, la dije que me hablara de su vida sexual. Me contestó que su primera experiencia no fue nada agradable ya que surgió cuándo junto a sus amigas acudió a una verbena de fiestas en la que coincidió con un grupo de chicos con los que se lo pasaron muy bien. Los jóvenes no perdieron la ocasión para, aunque fuera vestidos, poder revolcarse con ellas en la hierba del parque en el que se celebraba la verbena. Cuándo acabó el espectáculo uno de ellos se ofreció a acompañar a Inés hasta el portal y ella aceptó complacida. Al llegar, el chico entró con ella y sin dejar que Inés diera la luz, la besó. Después la dijo que estaba empalmado y con muchas ganas de echar un buen polvo y ella se ofreció a hacerle a oscuras una paja muy lenta que le aliviara el “calentón”. El chico se apresuró a bajarse el pantalón y el calzoncillo para permitir que Inés le moviera despacio el rabo con su mano derecha mientras que con la izquierda le acariciaba los huevos. El chico, tras dejárselas al descubierto, se dedicó a apretarla las tetas. En cuanto tuvo el “instrumento” completamente erecto el chico agarró con fuerza a Inés y apretándola con fuerza contra él, la dijo que iba a echarla la leche dentro de la seta. Ella se resistió y el chico, muy furioso, la puso una de sus manos en el cuello haciendo intención de estrangularla mientras la decía “te voy a echar la leche dentro por las buenas ó por las malas”. Dándola un empujón hizo que Inés perdiera el equilibrio con tal mala suerte que, al caer al suelo, se golpeó en la cabeza con una escalera y perdió el conocimiento. Cuándo lo recobró el chico se estaba corriendo de forma abundante en el interior de su coño. Cuándo acabó, la sacó el rabo, se lo limpió en los pelos púbicos de la chica y tras ver como la salía por la raja parte de la leche que la acababa de echar deslizándose hasta su ano, se meó intentando que la mayor parte de su pis cayera en el exterior de la almeja de la chica. Después se vistió, cogió la braga que Inés había llevado puesta, que olió y se guardó en uno de los bolsos del pantalón y tras llamarla zorra, se marchó dejando a Inés, aún conmocionada, con el chocho y las tetas al aire, la falda subida y las piernas empapadas en el pis del chico, inmersa en un trance nervioso. Después de aquello, que la marcó durante el resto de su adolescencia, se negó a mantener ningún tipo de relación sexual hasta el día en que se casó. Sus sesiones con su marido empezaron siendo prácticamente diarias en los primeros años de su matrimonio para ir disminuyendo al llegar sus dos hijos, chica y chico. Su marido era de corrida única pero, aunque estuviera muy excitado, lograba retener la salida de su leche de manera que, cuándo se la echaba, Inés ya iba por su quinto ó sexto orgasmo y siempre acababa complacida y satisfecha. En los últimos años y aunque su contactos sexuales se acrecentaban durante los periodos de vacaciones veraniegos e invernales ya que les gustaba disfrutar de un par de semanas en cada época para poder ir a la playa y a la nieve, lo normal fue hacerlo semanalmente una ó a lo sumo, dos veces. Recordó con mucho agrado que su marido la enseñó a disfrutar mientras él la lamía el ano sin importarle que se tirara algunos pedos ó que, al final, se cagara. La había penetrado por el culo varias veces pero dejó de hacerlo al ver que, incluso tras haber vaciado su intestino pocos minutos antes de metérsela analmente, Inés, además de ser muy rápida llegando al clímax, liberaba con suma facilidad su esfínter y no le agradaba encontrarse durante el proceso con la salida de la mierda de su mujer, la mayoría de las ocasiones sin que ella se diera cuenta. Cuándo a su marido le diagnosticaron el cáncer que terminó con su vida, su actividad sexual se redujo hasta que se hizo nula al no haber forma humana de que el rabo se le pusiera duro y tieso. Varios meses después de fallecer su marido Inés, con una imperiosa necesidad sexual, decidió satisfacerse masturbándose mientras veía películas de alto contenido sexual teniendo la precaución de tener siempre cerca un orinal. Precisamente el hecho de que, al correrse, fuera incapaz de retener la salida de su pis hizo que no recurriera con mucha frecuencia a hacerse unos dedos en la cama ya que el día en que lo hizo empapó la sabana y el colchón con su meada. Cuándo decidió volver a la práctica sexual de tipo hetero pensó que la persona más adecuada para ello era un buen amigo de su difunto marido que, también, se había quedado viudo unos meses antes y estaba demostrando un interés muy especial por ella. Ambos acordaron mantener una discreta pero frecuente relación sexual en casa del hombre. El primer día Inés se quedó maravillada al ver que su amigo estaba completamente empalmado cuándo se desnudó por lo que se limitó a echarse encima de ella para meterla el rabo vaginalmente y correrse aún más rápido que Inés que, desconcertada, pensó que aquello había sido consecuencia de la excitación y el deseo propio de la primera vez pero en sus siguientes encuentros volvió a ocurrir lo mismo y el hombre eyaculaba tan precozmente que la mayoría de los días a Inés no la daba tiempo de llegar al orgasmo. La fastidiaba que, cuándo lograba que el hombre la dejara chupársela antes de metérsela, se corriera en su boca con la misma facilidad que lo hacía en el interior de su seta y que, después de echarla la leche, perdiera la mayor parte de su erección para que, mostrándose más que satisfecho, lo único que le preocupara fuera fumarse un cigarro. Inés tuvo que aprender a llegar al clímax en el momento en que sentía caer dentro de su coño los espesos y largos chorros de leche que la echaba su amigo. Varios días, tras correrse y con el rabo empapado en su flujo vaginal, se lo chupó durante muchos minutos y cuándo parecía que recobraba la erección la volvía a perder enseguida para mantener, eso sí, unos huevos bien gordos que Inés solía lamerle, como consuelo tras sus mamadas, mientras se masturbaba. Según me fue relatando lo anterior y con sólo acariciarla la raja lentamente, aparte de que se había meado abundantemente en dos ocasiones, noté que Inés alcanzó cuatro orgasmos aunque, según ella, fueron seis. Mi intención cuándo subí a su domicilio era lograr que Inés se pusiera en contacto con Sara, mi mano derecha, para que se integrara lo antes posible en mi grupo de obedientes amigas pero, viéndola preocupada por eliminar el gran charco de pis que había formado en el suelo con sus meadas y limpiarse las piernas por las que aún descendía su flujo, opté por dejar para mejor ocasión mi propuesta y permitir que su ocupara de limpiar el suelo y sus piernas tras lo cual Inés me preguntó que si había subido alguna de mis bragas-pene. La contesté que, entre otras cosas, siempre solía llevar una en el bolso por lo que me pidió que la diera por el culo. Para complacerla tuve la feliz idea de encularla en el water ya que en cuanto la penetré empezó a cagarse. Aunque parte de su caca me caía en las piernas la vi tan ansiosa, entregada y salida que continué dándola por el culo con movimientos muy rápidos. Al cabo de unos minutos y después de un buen surtido de pedos, volvió a echar otra gran cantidad de mierda líquida. Cuándo acabó, la extraje el pene del culo y la lamí el ano para limpiárselo. Inés, que casi no se había dado cuenta de su segunda cagada, se encargó de limpiar el suelo del water mientras me duché. Después la permití darse una ducha rápida, ponerse la bata para que no se quedara fría y preparar unos cafés con leche acompañados de unas galletas con los que, hablando de temas sin mayor trascendencia, pasamos el resto de la tarde hasta que me percaté de que se acercaba la hora en que tenía que mantener mi habitual sesión sexual de la tarde de los domingos con Elena, la hija mayor de Pili. Al despedirme de Inés besándonos en la boca mientras, con mi braga ligeramente bajada, la hice masturbarme con tres dedos hasta que alcancé el orgasmo, esta me confirmó que, como me suponía, se acababa de levantar de la cama pocos minutos antes de que llamara a su timbre y que, por ello, lo único que había llegado a su estomago era el café con leche y las galletas que nos habíamos tomado unos minutos antes.

En mis siguientes contactos sexuales con Inés ratifiqué lo que, hasta entonces, había tenido ocasión de comprobar ya que se corría y se cagaba con suma facilidad y en cuanto su orgasmo era intenso su pis, en cantidad más ó menos copiosa pero siempre a chorros, hacia acto de presencia. Además y a pesar de su edad, era capaz de alcanzar más de diez orgasmos en cada sesión y recuperarse con una relativa facilidad lo que me permitió mantener relaciones con ella dos veces a la semana. Un día que la encontré especialmente motivada me decidí a hacerla un fisting vaginal. Para Inés aquello fue una experiencia completamente nueva y aunque no duró más de diez minutos sirvió para que, al terminar, estuviera pletórica tras tener varios orgasmos prácticamente consecutivos, mearse tres veces y casi al final, cagarse abundantemente. Para rematar la función y con Inés exhausta, la busqué la vejiga urinaria y aunque la quedaba poco pis dentro, se la apreté para que la vaciara por completo. Inés, entre espasmos, jadeos y sin dejar de levantar su culo, se incorporó para ver como la sacaba el pis y muy excitada me dijo “soy una autentica puta a tu servicio, haz todo lo que quieras conmigo”.

Dos semanas después y aprovechando, una vez más, la tarde del domingo mantuvimos una nueva conversación en la que la indiqué que tenía que decidirse a entrar ó no en mi grupo puesto que, aparte de conmigo, tenía que mantener relaciones sexuales con el resto de mis amigas. Inés me comentó que se había hecho con mucha más facilidad de lo que pensaba a mí ya que soy una máquina dándola placer pero que, durante los primeros meses, la gustaría “quitarse la braga” exclusivamente para mantener relaciones con las cuatro mujeres que residimos en el mismo edificio y hacerlo en lo que denominamos “intercambio”, es decir dando y recibiendo gusto, con Pili y su hija Elena mientras que con María José y conmigo la agradaría llevarlo a cabo recibiendo placer sin límite. Me comentó que, aunque no la importaba que alguna vez la pegara ó que la pusiera el culo como un tomate ya que en su difunto marido también lo hacía, no toleraba la violencia extrema ni la presencia de sangre y que tampoco la gustaba que la marcaran el cuerpo. La contesté que no soy partidaria de la violencia aunque tengo muy mal genio y que, cuándo no se hacen las cosas a mi gusto, puedo llegar a ser terrible sobre todo cuándo decido precintar con cera bien caliente la almeja y el culo de mis amigas para hacérselo pasar realmente mal cuándo ven que, aunque se revienten de ganas, son incapaces de echar su pis y su caca. Al mencionarla que tenía que hacer una aportación económica como muestra de su lealtad me indicó que su economía no andaba muy boyante como para permitirse un desembolso de dinero pero que podía demostrarme su lealtad aportando al grupo a una chica muy joven y guapa que, con veintiún años recién cumplidos y fama de golfa, tenía una hija de pocos meses y cuya pareja masculina se había matado, al poco tiempo de comenzar a vivir juntos, en un accidente cuándo, al circular a una velocidad excesiva, se salió de la carretera y el coche dio varias vueltas de campana dejándola preñada de siete meses. Me hizo mención a que la chica, que se llama Sandra, tenía una gran cantidad de leche en las tetas esperando que alguien se la sacara puesto que alimentaba a su hija con biberones. Inés me aseguró que se convertiría en una buena “yegua” y que la sería fácil convencerla para integrarse. La propuse que, además de Sandra, su hija Noemí también formara parte del grupo ya que es una chica que siempre me ha gustado y más tras haber tenido la ocasión de examinarla pocos meses antes al sufrir algunos problemas con sus reglas causados por una excesiva ovulación que la ha provocado el que, en su día, la administraran hormonas cuándo a una edad bastante temprana y sin percatarse de que se trataba de pubertad precoz, la empezó a salir el vello púbico. A pesar de que son innumerables los chochos que he visto a lo largo de mi vida, me quedé gratamente sorprendida de la longitud de la raja vaginal de Noemí, más propia de una mujer en pleno proceso de dilatación y de lo sumamente abierta que la tiene. Inés me contestó que la gustaría mucho que su hija se sintiera atraída por el sexo lesbico y que, por ella, no habría el menor inconveniente pero que tenía que hablarlo con Noemí y de momento, no sabía como afrontar la conversación para proponerla el someterse sexualmente en plan lesbico. La dije que la daba dos semanas, en las que lógicamente no tendríamos sexo, para que se integrara en el grupo junto a Noemí y Sandra e Inés me hizo prometerla que si lograba que su hija se convirtiera en una de mis sumisas, además de asegurarla que solamente mantendría relaciones sexuales durante los primeros meses con Elena, María José, Pili y conmigo, en las sesiones que llevara a cabo con ella me mostraría especialmente pródiga en lamerla a conciencia el ano y en “masculinizarme” de manera que la introdujera, tanto anal como vaginalmente, buena parte de mi surtida colección de “juguetes” sin que faltara el uso regular de los consoladores de rosca que, según la van atravesando el útero, la producen un gusto indescriptible y unos orgasmos impresionantes y de algunas de mis bragas-pene, con el “instrumento” gordo y largo, para que la meterla entero el pene echándome sobre ella y con Inés cabalgándome y a cuatro patas. A cambio me prometía olvidarse de usar pantalones y ajustar su vestuario a mis intereses para darla un aire mucho más juvenil con vestidos cortos, faldas abiertas lateralmente y con poca tela que la permitan lucir las piernas y ropa interior más sugerente y a ser posible, con transparencias.

A Inés la sobró más de la mitad del plazo que la di puesto que el viernes siguiente y de acuerdo con mis indicaciones, llamó a Sara a primera hora de la mañana para quedar con ella por la tarde con el propósito de que su hija Noemí, Sandra y ella quedaran agregadas al grupo. Como Inés continúo demostrando un especial interés por relacionarse sexualmente con Pili cuánto antes, Sara la indicó que su amiga se encontraba en aquellos momentos follando conmigo puesto que me relaciono con ella los viernes a última hora de la tarde y que como a Pili la gusta disponer de cuarenta y ocho horas para recuperarse, el domingo por la tarde podían llevar a cabo su primera sesión sexual. Como desde el primer día están quedando a las ocho de la tarde en casa de Inés, me han permitido volver a llevar a cabo el contacto semanal que mantengo los domingos, entre las ocho y medía y las diez y cuarto de la tarde, con Elena, la hija mayor de Pili, en la vivienda de esta última ya que, hasta hace pocas semanas, nuestras sesiones sexuales las estábamos manteniendo en mi domicilio puesto que a Elena nunca la ha gustado que su madre, aunque no tomara parte activa en su desarrollo, estuviera en su casa mientras me la follo.

Sara se dio prisa para, el sábado al mediodía, entrevistarse con Sandra que es una chica guapa que llegó a la cita con un vestido tan sumamente corto que, en dos ocasiones, la permitió a Sara ver que debajo de él llevaba una braga de color rosa. Como Inés no la había dado muchas explicaciones, Sandra, que intentó mostrarse como una chica altiva y moderna, la dijo que, aunque la gustara el sexo y fuera morbosa y viciosa, era muy decente y no estaba dispuesta a permitir que la pervirtiéramos tomando drogas ú obligándola a prostituirse puesto que, como la “dueña” de aquel grupo era ginecóloga, daba por hecho que la iba a poner el DIU contra su voluntad ó que la iba a practicar el aborto si alguno de los hombres con los que se viera obligada a acostarse la dejaba preñada. Sara la tranquilizó diciéndola que se trataba exclusivamente de mujeres y de sexo lésbico y Sandra la contestó que, aunque estaba dispuesta a intentarlo, no estaba demasiado segura de que su carácter, bastante inconformista y rebelde, la permitiera ejercer como sumisa ni que el sexo lesbico fuera lo que necesitara para satisfacerse. Sandra la explicó que era hija de madre soltera y que su progenitora, al ver que la limitaba en sus relaciones con los hombres y que su continuidad en su ocupación laboral peligraba al verse obligada a ausentarse con mucha frecuencia, decidió que lo mejor era quitársela de encima y con tres años y medio la metió en un centro de acogida. Al principio la visitaba con frecuencia llevándola golosinas y tebeos pero dos años más tarde decidió convivir con un hombre y la última vez que la visitó, su madre tenía un gran “bombo”, apenas podía moverse y la dijo que iba a tener dos hermanos a la vez. A los diez años la asignaron una tutora que se encaprichó de ella y que quería tenerla a cualquier hora en su despacho, completamente desnuda, para efectuarla todo tipo de tocamientos, hacer que aguantara sus meadas, sobre todo la primera de la mañana, hasta que ella pudiera recoger su pis en unos vasos y bebérselo a continuación y estar muy pendiente de la evolución de su seta, de sus pelos púbicos y de sus tetas. El día en que cumplió catorce años la asignaron una nueva tutora, agradable, simpática y sin la menor inclinación sexual lesbica y la trasladaron a otra zona donde las vigilantes abusaban continuamente de las chicas que tenían a su cargo. En unos casos las obligaban a comerlas el coño varias veces al día hasta que lograban usarlas como un water personal y en otros las facilitaban anticonceptivos para, por la noche, elegir de manera aleatoria a medía docena de ellas y llevarlas a la zona donde residían los chicos para que estos se las cepillaran a su conveniencia mientras ellas lo presenciaban metiendo a más de una y de uno la porra por el culo. Si alguna chica se resistía a sus deseos la levantaban de madrugada de la cama, la desnudaban, la llevaban a una celda de incomunicación donde, sin que nadie pudiera oírlas, la pegaban y la daban una ducha fría usando mangueras y sin permitir que se secara, la hacían pasar la noche en uno de los patios avisando de su presencia a los chicos para que pudieran hacerse una paja mientras la veían desnuda y muerta de frío desde sus habitaciones que Sandra siempre llamó celdas. La directora no se enteraba de nada y a la responsable de las vigilantes lo único que la preocupaba es que ninguna de las chicas quedara preñada por lo que, a pesar de que los anticonceptivos orales y el uso del PREDICTOR, era normal que, al menos dos veces a la semana, las obligaran a visitar la enfermería donde las realizaban el oportuno fisting vaginal. Cuándo, al cumplir los dieciocho años, acabó sus estudios y salió del centro de acogida comprobó que la habían convertido en una autentica puta con tal adicción al sexo que tardó menos de tres horas en permitir que un chico al que acababa de conocer se la follara en el water de un bar. Se desplazó a Burgos donde, además de prostituirse, encontró trabajo y conoció a su pareja que decidió retirarla de la calle para vivir con ella. Parecía que su situación mejoraba pero el chico no tardó en empezar a pegarla y cuándo le apetecía, dejaba que sus amigos se la cepillaran. En cuanto dejó de tomar anticonceptivos quedó embarazada. Al chico le contrarió pero, riéndose de ella, la dijo que tenía que seguir adelante pues quería verla y metérsela con un buen “bombo”. No estaba muy segura de que su pareja deseara al hijo que estaba engendrando pero decidió hacer lo que la había dicho hasta que cuándo ocurrió el accidente se sintió liberada.

Sara la mandó desnudarse para hacerla unas fotografías viendo que tenía tatuajes debajo de sus tetas, en la parte superior de sus piernas, encima de la almeja que mantenía perfectamente depilada y del culo y en su masa glútea. Cuándo Sara la habló de que tenía que hacer una aportación económica ó de objetos de valor, Sandra la contestó que no pretendía someterse de por vida ya que, a su edad y con una hija, tenía que volver a plantearse la vida y que, en cuanto se presentara la ocasión propicia, tenía la intención de rehacerla junto a otro hombre. Además no tenía dinero ni disponía de otro bien que no fuera su hija ya que trabaja y a tiempo parcial por las mañanas, en una fabrica de confección textil de bañadores y ropa interior para mujer donde, sin antigüedad, cobra la parte proporcional del sueldo base con lo que tiene que cubrir los gastos que la ocasiona la casa; pagar a la chica que atiende a su hija durante sus ausencias; comprar pañales para la cría y alimentarse las dos. Según la explicó a Sara vivía en una casa, antigua y de reducidas dimensiones, que era propiedad de los padres de su difunta pareja que se estaban portando de maravilla ya que, además de ocuparse de la ropa de la niña, la pagaban los gastos de comunidad de la vivienda aunque, con ello, la obligaban a abstenerse de mantener relaciones sexuales con otros hombres puesto que, aunque existiera mucha discreción en los contactos, estaba advertida de que si se enteraban de la más mínima la echarían y su precaria situación actual se agravaría más.

En mi primera sesión sexual con Sandra me pareció muy moderna, bastante pija y sumamente recelosa pero, además de disponer de un chocho de lo más apetitoso, me gustó mucho su bonito culo por lo que lo me ocupé, en primer lugar, de vaciarla las tetas de leche al mismo tiempo que, tras introducírselos bien profundos, la hurgaba con dos dedos en el ano. Como acerté y la gustó que iniciara mi actividad ocupándome de su trasero, acto seguido pude comerla la seta con ganas pero, aunque era evidente que la agradaba, la tensión propia del momento hizo que la costara llegar al clímax. Una vez que logró correrse por primera vez, alcanzó sus orgasmos muy seguidos y a pesar de que se reventaba de ganas de mear, aguantó perfectamente la salida de su pis hasta que, abriéndola y cerrándola los labios vaginales al mismo tiempo que la hacía presión en la vejiga urinaria, la obligué a echar una gran meada con unos impresionantes chorros al más puro estilo fuente. Cuando decidí introducirla una braga-pene por el culo estaba totalmente entregada y aunque me recreé enculándola aguantó sin cagarse hasta el momento en que, tras sacarla la braga-pene, la hice tumbarse boca abajo y la metí hasta el fondo dos dedos. La dije que apretara e inmediatamente noté la presencia de un gordo follete de mierda sólida que, haciendo mucha presión en mis dedos, buscaba por donde salir. La saqué los dedos, la abrí con mis manos el ano y no me perdí detalle de la salida de aquel gordo y largo follete que dejé que cayera al suelo antes de poner mi boca en su orificio anal para comerme, según salía, el resto de su caca. Sandra se mostró muy sorprendida al ver que me comía su mierda y aunque consideró que era algo realmente asqueroso, comprendió que aquello formaba parte del llamado “sexo sucio” lesbico y que tenía que irse acostumbrando por lo que aceptó besarme en la boca cuándo aún mantenía en ella parte de su caca. Lo que sí que me comentó fue que la parecía algo prematuro que en nuestro primer contacto sexual me hubiera decidido a comer su mierda para, muy sonriente, continuar diciéndome “pero me gusta que seas tan cerda, directa y rápida”. Asimismo la agradó que la lamiera el ano durante un buen rato lo que, a su vez, me facilitó que, cuándo la hice un fisting vaginal, se comportara como una autentica zorrita que, sin dejar de gemir y de levantar su culo, se vació por completo antes de que, aún con mi puño dentro de su coño, acabara completamente exhausta. En cuanto la saqué el puño y pudo beber una buena cantidad de agua con la que reponer líquidos me dijo “Madre mía, que gustazo me has dado y la cantidad de veces que me he corrido. Estoy completamente empapada y fíjate como sale aún mi flujo. No me imaginaba que, estando motivada, fuera tan agradable dejártelo hacer por otra tía”.

Si ya quedó complacida tras su primera sesión sexual conmigo, a medida que fue conociendo a las demás integrantes de mi grupo de amigas se encontró mucho más a gusto. En contra de lo que ella pensaba nadie la habló de tomar drogas ni la obligó a prostituirse para obtener dinero ni actuó con violencia y por el contrario, se encontró con un grupo de mujeres que, aunque sometidas, en lo único que pensaban era en disfrutar de su cuerpo y del sexo sin límites con otras féminas y que enseguida se volcaron en facilitarla juguetes, pañales y ropa para la niña y comida y prendas textiles para ella. Sandra, al cabo de un mes, terminó llorando en mis brazos cuándo una de mis amigas la entregó delante de mí dos cajas llenas de ropa, la mayor parte sin estrenar y al darla Sandra las gracias mi amiga la contestó que, en todo caso, debería ser ella quien se lo agradeciera ya que la había permitido hacer espacio en los armarios para poder comprarse más modelitos. Concepción (Conchi) realizó la reglamentaria aportación económica por Sandra y se está encargando de pagar a la chica que cuida a su hija durante sus ausencias a cambio que de lunes a viernes, de 6 a 8 de la tarde y la mañana de los sábados, de 10 a 2, trabaje en el comercio de lencería fina que tiene abierto con una cuñada y de que, llevando con ella a su hija, pase en su casa la noche de los sábados y el día entero los domingos. Ana María (Ana), además de reglarla un completo estuche de maquillaje, la ha enseñado a vestirse, para las ocasiones especiales, en plan elegante y sexy y a maquillarse para que pueda sacar más partido a su belleza y Adela, viendo que disponía de poca ropa interior y en no muy buen estado, cada vez que va a algún mercadillo ó se entera de alguna oferta en los comercios de lencería ó en las mercerías aprovecha para comprarla prendas íntimas y poco a poco, Sandra se está haciendo con un buen surtido de bragas, sujetadores y tangas. La compró un bikini que se puso un día que mantuvimos uno de nuestros contactos y con el que, contando con la aprobación de Sandra, me quedé después de que me resultara de lo más sugerente por lo poco que escondía y de que se meara empapando con su pis la braga mientras me hurgaba con sus dedos en el culo con la intención de provocarme la cagada para poder comerse un buen trozo de mi mierda.

Sandra necesitó poco más de un mes para integrarse en el grupo y encontrarse tan gusto en el sexo lesbico que ya no piensa para nada en el hetero haciéndose tan satisfactoriamente a nuestra actividad y al llamado “sexo sucio” que el beberse el pis ó comerse la mierda de cualquier de mis amigas se ha convertido en algo tan normal como que mis amigas hagan lo propio con sus meadas y cagadas.

En cuanto a Noemí, la hija de Inés, es el prototipo de mujer. Alta, bien proporcionada, con un pelo rizado que llama la atención y un cuerpo de lo más interesante. En la primera conversación que mantuve con ella reconoció haber mantenido contactos sexuales tanto lesbicos como heteros y que, como ambos la gustaban, no se decantaba por ninguno de ellos y sencillamente, se consideraba bisexual. Me indicó que no la importaba someterse siempre que no se viera obligada a llevar a cabo sus relaciones sexuales delante de su madre ó que ella tuviera que presenciar las de Inés. En nuestro primer contacto sexual comprobé que Noemí, al igual que su madre, se corre con una facilidad increíble; que repite con intensidad y rapidez; que se mea y en mucha cantidad en cuanto alcanza un orgasmo intenso y que libera con suma facilidad su esfínter puesto que es suficiente hurgarla durante poco más de un minuto con un dedo dentro del ano para que comience a decir que siente mucho gusto en el culo mientras noto como mi dedo se impregna en su caca. Noemí, al ser más joven y tener una mejor capacidad de recuperación, está demostrando ser aún más viciosa que su madre y la encantó que, después de lamerla durante un buen rato el ano, la hiciera perder su virginidad anal metiéndola el pene de una braga por el culo durante un montón de minutos sin importarme de que, durante el proceso, se cagara en dos ocasiones.

Cuándo empezó a relacionarse con mis amigas, Noemí se sintió especialmente atraída por María José (Marijo) que es una guapa procuradora con dos hijos que se ha integrado perfectamente en el sexo lesbico y en el grupo tras ver que su marido, que es un alto cargo en el gobierno autonómico, demostraba mucho más interés por la política que por ella. A Marijo, que es una excelente sumisa, la agrada ser extremadamente cerda en el sexo y agradablemente sorprendida por la longitud de la raja vaginal de Noemí, además de lograr que la chica se meara todos los días encima de ella, no tardó en conseguir que ambas se convirtieran en una especie de water personal de la otra siempre que estuvieran solas en casa de Marijo ó de Noemí y en dar con la posición idónea para realizarse al mismo tiempo un fisting tanto anal como vaginal. Noemí, a cuenta de ello, se ha convertido en muy poco tiempo en una de mis sumisas más guarras. En vista de que por mis ocupaciones laborales y sexuales no podía atenderlas, como ellas pretendían, semanalmente se pusieron de acuerdo para, cada siete días, llevarlo a cabo en casa de Marijo con las dos al mismo tiempo haciendo que cada sesión se centre en una actividad sexual de manera que los días en que, por ejemplo, los dedicamos al fisting vaginal introduzco mi puño derecho en la almeja de una de ellas y el izquierdo en el de la otra y las fuerzo al mismo tiempo. Al cabo de un buen rato intercambian sus posiciones para su flujo se junte a través de mi puños. Otros días las pongo unos enemas anales para provocarlas unas aparatosas cagadas que casi siempre son líquidas y acto seguido poder hacerlas un fisting anal aunque en otras ocasiones opto por turnarme metiéndolas por el culo durante un buen rato una braga-pene, con un “instrumento” de dimensiones considerables y provisto de estrías para que las limpie bien. Algunas veces nuestra actividad se centra en el uso de consoladores de rosca y vibradores y en una ocasión las inyecté en el clítoris uno de los enemas vaginales que usamos para los casos en que no podemos realizar las citologías al no existir flujo suficiente para ello y que, tras excitarlas debidamente, las permitió correrse sin parar durante algo más de cinco minutos inmersas en un gusto increíble al mismo tiempo que vaciaban por completo su vejiga urinaria y su intestino sin dejar de levantar el culo hasta terminar exhaustas. A pesar de que las costó recuperarse, Marijo y Noemí están deseando repetir la experiencia pero, aunque este tipo de enemas no tienen otra contraindicación que no sea que la paciente necesita ingerir mucho agua y disfrutar de un periodo de reposo largo para restablecerse de sus efectos, no me gusta emplearlos con frecuencia ya que otros compañeros han detectado que su uso continuado puede ocasionar desde escozores e irritaciones vaginales hasta embarazos múltiples pasando por una incontinencia urinaria irreversible y algunos tipos de cistitis.

La incorporación de Inés, Noemí y Sandra al grupo ha traído consigo algunas innovaciones en nuestras sesiones ya que Sandra es bastante fetichista; a Noemí la agrada el sado e Inés está consiguiendo que me “masculinice” para que, provista de una braga-pene, la penetre por delante y por detrás. Desde que decidí aceptar sus propuestas voy observando que a algunas de mis amigas las excita coleccionar la ropa interior de sus parejas sexuales y a ser posible con la braga ó el tanga impregnado en pis y con caca en las copas de los sujetadores aunque pocas las clasifican y las conservan en bolsas transparentes con auto sellado que las mantienen en las más idóneas condiciones de humedad y olor. Otras encuentran sumamente excitante que las trate como autenticas perritas y que, atadas y amordazadas, las haga de todo sin importarme superar su límite sexual. Pero lo que más adeptas está teniendo es esa especie de “masculinización” propuesta por Inés que a algunas las “pone a tope” a pesar de que más de una se ve ahogar ó acaba devolviendo cuándo, antes de que las penetre, se dedican a chupar el pene de la braga de turno y se lo meten entero en la boca de una manera reiterada. Lo cierto es que, a cuenta de ello, en las últimas semanas me he visto obligada a ampliar mi repertorio de “juguetes” contando, para ello, con la colaboración de la mayor parte de mis amigas y he hecho más espacio en el armario en el que, en bolsas transparentes debidamente etiquetadas, colecciono las prendas íntimas de la mayoría de las mujeres con las que he llevado a cabo relaciones sexuales.

Pero mientras unas se inclinan por una ú otra variante sexual, hay tres mujeres que se han integrado con rapidez en todas ellas. Son Luna, Marisol y Francisca (Paqui). La primera de ellas, Luna, es una chica japonesa joven realmente preciosa. Es alta, muy delgada, tiene una sonrisa y unos ojos cautivadores y un cuerpo de lo más deseable. Lleva unos ocho años en España, cinco de los cuales en Burgos, habla perfectamente el castellano y trabaja en un restaurante y en un comercio de todo a cien cuyos propietarios son chinos al mismo tiempo que se ocupa de la mayor parte de las labores domesticas de la casa en la que convive con otras tres jóvenes orientales que, además de estudiar, trabajan en el restaurante. Aunque para Luna no existen los días de fiesta sabe encontrar tiempo para disfrutar de su excepcional cuerpo y al igual que mi amiga Astrid, danesa de nacimiento pero que lleva varios años viviendo en Vitoria y desplazándose a Burgos con fines sexuales en cuanto dispone de tiempo, Luna está asombrada de que el sexo en este país continúe siendo tabú. Según nos ha comentado, en Japón es bastante normal encontrarse con parejas follando en cualquier lugar y ver al hombre con el rabo completamente tieso y a la mujer con la braga en las rodillas y el culo y las tetas al descubierto. Si viajas en metro nadie se inmuta si a una ó varias jóvenes las “meten mano” que, por lo visto, es algo así como decirlas que “están muy buenas”; si al entrar en el vagón se encuentran a una mujer en cuclillas chupándole el rabo a un hombre ó realizándole una cabalgada e incluso no es raro que a las chicas más sexys las pongan entre varios hombres enemas tanto anales como vaginales para que, delante de los demás viajeros, se caguen ó se meen abundantemente. Astrid, por su parte, nos ha hablado de que en Dinamarca existe plena libertad sexual lo que hace que las chicas empiecen a relacionarse sexualmente desde muy jóvenes y que sea normal encontrarse en las calles y en los parques a parejas en plena acción sin importarles que la gente pase por su lado y les vea siendo, asimismo, normal lo que los daneses llaman el “refresco” que no es otra cosa que mantener relaciones sexuales de cualquier tipo con los hombres y mujeres que visitan el país en un water unisex de los centros comerciales ó de las cafeterías a los pocos minutos de conocerse y en muchos casos, al hablar distintos idiomas, sin llegar a entenderse. Además tanto en Dinamarca como en China y Japón la mayor parte de la población es bisexual por lo que la actividad sexual entre personas del mismo sexo es habitual y por ejemplo, dos lesbianas pueden besarse, tocarse y comerse el chocho en el interior de una cabina telefónica a la vista de todo el mundo y sin que nadie se escandalice por ello.

Aunque casi siempre que lo he hecho con ella me he quedado con su ropa interior y en más de una ocasión bien impregnada en su flujo y en su pis, a Luna la “pone” que, una vez al mes, nuestra relación sea sado para que, atada y amordazada, la haga de todo mientras alcanzo unos orgasmos impresionantes y me meo en varias ocasiones. Lo que más la gusta es que, tras ponerla el culo como un tomate, la coloque pinzas en los pezones y me harte de apretarla las tetas, de masturbarla y de hurgarla analmente con mis dedos. Se excita mucho cuándo la hago correrse pasándola un plumero por la raja vaginal y cuándo la pongo algún enema anal ó vaginal para que, tras obligarla a retener todo lo posible su salida, cuándo expulsa la caca ó el pis lo haga a chorros e inmersa en un placer muy intenso que aprovecho para introducirla mi puño y realizarla un fisting. La gusta que me corra y me mee cuándo juntamos nuestras setas; que con la ayuda de un embudo la meta toda mi meada dentro del culo para provocarla unas espectaculares y monumentales cagadas; que me introduzca sus tetas vaginalmente y que la continúe forzando hasta vaciarla por completo aunque sus jadeos me indiquen que sus fuerzas son escasas ó nulas. Aunque siempre se ha considerado lesbiana y ha mantenido relaciones sexuales con todas las chicas con las que ha vivido, reconoce que en Japón los hombres la han “metido mano” muchas veces; que ha chupado más de un rabo hasta echarla la leche en la boca; que la han puesto en público varios enemas y que se la han follado incluso en grupo y grabándola en vídeo. Por lo visto para la mayor parte de las orientales, aparte de no importarlas que las hagan fotografías y las graben en vídeo durante el desarrollo de su actividad sexual, es un gran honor que se hagan públicas las imágenes de sus relaciones lo que explica que en occidente sea tan sumamente fácil hacerse con material pornográfico con chicas asiáticas como protagonistas aunque, según Luna, las autoridades aconsejan, sobre todo cuándo participan menores de edad, que se diluya la imagen de los órganos sexuales. Pero si el sado la gusta, el que me convierta en lo que mis amigas llaman “hembra masculina” excita en demasía a Luna hasta el punto de haberme conseguido una braga-pene con un “instrumento” y unos huevos descomunales. En el pene, si lo considero oportuno, puedo poner unas estrías y a través de una sonda conectada a mi vejiga urinaria puedo echar integras mis meadas dentro del coño ó del culo de la chica con la que lo esté haciendo en ese momento además de disponer de una especie de cápsulas interiores, que están situadas debajo del capullo, que pueden llenarse de agua, leche natural ó lo que se desee, que puedo echar, a mi conveniencia, en el interior de mi pareja. Dispone, asimismo, de otra cápsula en la que puedo depositar una buena cantidad de líquido que expulsa si, cuándo extraes el pene, lo mueves durante unos segundos con tu mano como si hicieras una paja. A Luna, como a todas, las gusta dedicar un buen rato a chupar el rabo y a lamer los huevos y que la obligue a metérselo entero en la boca antes de que, bien abierta de piernas, la penetre vaginalmente por su excepcional almeja siempre perfectamente depilada. Las orientales son unas verdaderas máquinas alcanzando el clímax y echando flujo y además lo hacen de una manera realmente excitante como deseando que, siempre que es posible, no me pierda detalle de cómo llegan al orgasmo y de su intensidad con espasmos en sus labios vaginales y en el clítoris que se las pone sumamente abultado. Como dispone de un buen aguante me gusta penetrarla en todas las posiciones imaginables hasta que, más tarde, la introduzco el pene en su bonito y redondo culo en el que también empleo bastante tiempo. Luna, aunque algunas veces no puede evitar cagarse durante el proceso, intenta aguantar lo más posible la salida de su mierda. Suele correrse y mearse mientras la enculo y cuándo la saco el rabo del ano, la gusta que recoja su siempre abundante cagada para que, antes de que se enfríe, nos la comamos y que, después, la haga un fisting anal para acabar de vaciarla haciendo que mi puño, en cuanto sale de su culo, entre hasta el fondo de su útero por vía vaginal y la fuerce hasta que me plazca.

Otra buena “yegua” y además sumamente guarra es Marisol. Se trata de una chica morena de ojos marrones, muy guapa, que anda próxima a los cuarenta años. Aunque se considera bisexual, está soltera y a pesar de que ha mantenido varias relaciones sexuales con hombres siempre la ha agradado más hacerlo con mujeres puesto que, según dice, el hombre se centra en su placer personal al realizar el acto sexual sin importarle mucho que la mujer llegue a correrse ó no mientras que las féminas conocemos mejor nuestro cuerpo y la manera de sacar buen partido de él. Marisol, desde que hace ocho años se metió en política, es una mujer sumamente ocupada que siempre está inmersa en comisiones, reuniones y viajes. No suele mantener muchos contactos sexuales con el resto de las integrantes de mi grupo de amigas ya que, aunque mi calendario sexual no suele sufrir modificaciones, Sara planifica con una semana de anticipación los contactos sexuales que, día a día, mantienen el resto de mis amigas por lo que Marisol, cuándo puede, avisa a Sara y esta aprovecha para asignarla algún contacto con María Consolación (Sole) ó para suplir a alguna mujer que se encuentra con la regla y prefiere prescindir del sexo durante su ciclo menstrual. Pero de lo que está muy pendiente es de mantener, cada diez ó doce días y generalmente la noche de algún día laborable, una intensísima relación sexual conmigo ya que, según me dice, siempre está llena de deseos y bien dispuesta a dejar que la fuerce y la vacíe para lo cual cambia por completo su vestuario habitual y adquiere un aire mucho más joven. Con Marisol siempre ha sido normal el intercambiar nuestra ropa interior sobre todo porque la gusta usar unas prendas íntimas que, aunque resultan caras, son realmente bonitas y sugerentes que se ocupa de que queden debidamente “perfumadas” y con manchas, al no limpiarse después de mear ó cagar en las horas previas a nuestro encuentro. La agrada que periódicamente me ocupe de depilarla sus pelos púbicos, que conservo desde el primer día en varias bolsas transparentes. Demuestra ser una buena sumisa deseosa de disfrutar de su cuerpo y de darme un gran placer puesto que no necesito atarla ni amordazarla y aunque alguna veces ha gritado de dolor nunca ha salido de su boca el menor reproche. La encanta que la examine, de forma visual y táctil, todo el cuerpo con una atención muy especial a sus tetas, su chocho y su soberbio culo y que me recree abriéndola y cerrándolas los labios vaginales mientras la aprieto el clítoris hasta que se corre. Al igual que Luna, siente especial predilección por llegar al orgasmo a base de cepillarla la seta con un plumero ó pasándola por la raja vaginal una y otra vez un buen palo que la mantenga bien abiertos los labios vaginales y que, con las tetas duras y gordas al apretárselas con cuerdas, la coloque boca abajo sobre mis piernas para ponerla completamente roja la masa glútea antes de pasarla varias veces los dedos por la raja de su culo hasta que la introduzco un par de dedos con los que la hurgo hasta que, siendo otra mujer de cagada fácil, la provoco unas cagadas muy copiosas. La caca, según sale de su culo, se la suelo restregar por la espalda ó por la cara antes de hacer que la ingiera y algunas veces, tras mirarla y olerla, me como un buen follete. Cuándo está completamente entregada la gusta que me la folle vaginalmente durante un buen rato y que lo haga con movimientos rápidos usando la braga-pene que Luna me ha conseguido con sus cápsulas bien llenas de leche natural para echarla el líquido dentro cuándo llega al clímax y Marisol es de las mujeres que supera con creces la docena de orgasmos en cada una de nuestras sesiones. Aunque lo tolera, lo que menos la agrada es la penetración anal y no precisamente porque la disguste, pero la molesta perder por completo el control de su esfínter y no llegar a enterarse de la salida de su mierda. Eso sí, la resulta sumamente grato que, una vez que la penetro analmente, me mantenga dentro de su culo durante muchos minutos y que, en cuanto la saco el pene, la meta el puño en el ano y la fuerce para, entre las lógicas molestias y dolores, sentir un intensísimo placer mientras nota como la froto el recto y llego a entrar en su intestino. Marisol me ha dicho que el fisting anal, además de permitirla vaciarse por completo de su caca, la libera de los gases ya que durante el proceso la obligo a apretar en varias ocasiones y nunca faltan unos buenos pedos. A ella la gusta que, cuándo tengo ganas, me los tire en su cara mientras me lame el ano.

La última, Paqui, es una chica morena con melena, guapa, de estatura más bien baja, delgada y con buen cuerpo que tiene cuarenta y dos años. Ella dice que, como no ha encontrado ningún hombre a su gusto ni su físico ha sido suficiente para que los hombres mostraran interés, más allá del puramente sexual, por ella, está en su derecho de disfrutar de sus dos “hobbys” que son el viajar y la práctica sexual lesbica ya que, según comenta, con ningún hombre se ha llegado a correr tantas veces y con tanta intensidad como con una mujer y eso que Paqui es de esas féminas que, deseosa de sexo y sin pensárselo dos veces, se fue a Cuba. De la isla reconoce que apenas vio nada puesto que sólo salió de la habitación para las comidas y los traslados. Los primeros días los pasó con un cubano, por lo visto famoso en los suburbios de La Habana por su enorme rabo y su gran potencia sexual, cuya única actividad conocida es complacer sexualmente, a cambio de dinero, a las extranjeras que solicitan sus servicios pero Paqui terminó un tanto asqueada del sexo hetero y de que el cubano se la follara una y otra vez echándola unas impresionantes raciones de leche y unas largas meadas dentro de ella, por lo que al llegar a Santiago se decidió por “echarse a la calle y hacerse con los servicios sexuales” de dos mulatas bien dispuestas a satisfacerla durante su estancia a cambio de que las diera la mayor parte de su ropa con especial interés en la interior lo que hizo que regresara prácticamente con lo puesto. Paqui es una mujer muy desenvuelta que no se corta ante nada ni ante nadie pero, al mismo tiempo, es una excelente sumisa. Como en los casos de Luna, Montse, Sara ó más recientemente, Paloma está tan sujeta a mi que no la importa tener que pasarse un fin de semana limpiando mi casa ó acudir a mi lado a cualquier hora del día ó de la noche sencillamente porque tengo ganas de mear y me apetece echarla el pis en la boca. La encanta dejarse hacer puesto que, aunque su excitación la impide enterarse de muchos de mis orgasmos, sabe que me corro y muchas veces en cada una de nuestras sesiones sexuales mientras la veo retorcerse, correrse, mearse y hasta cagarse de gusto. Siempre me ha dado, para agregarla a mi amplísima colección de prendas íntimas femeninas, la ropa interior con la que llega a cada una de nuestras citas y la agrada que me muestre especialmente dura con ella atándola y obligándola a lamerme hasta la extenuación el ano y el coño.

Desde la inclusión de Inés, Noemí y Sandra en el grupo los acontecimientos se suceden sin parar y hace quince días Sandra me comentó que conocía a varios chicos dispuestos a pagar y muy generosamente por permitir que una mujer les domine por lo que me propuso ampliar nuestra actividad en plan sado con ellos para “ordeñarles” el rabo hasta vaciarles de leche sus huevos mientras se les daba repetidamente por el culo. La idea no me desagradó puesto que era una posibilidad sexual más que podía ofrecer a mis amigas y con los ingresos que obtuviéramos podríamos disponer de un remanente para hacer frente a determinados gastos que nuestra actividad origina como la adquisición de salva colchones plásticos, que ahora venimos cubriendo con aportaciones mensuales de cinco ó diez Euros, pero hubo que descartar la idea en cuanto la mayoría de mis amigas, con Montse y Sara a la cabeza, se mostraron en contra alegando que algunas de ellas estaban hartas ó saturadas de los hombres y que en el grupo nunca se había pensado en otra cosa que no fuera el sexo lesbico.

Noemí, por su parte, me habló de que llevaba varios meses manteniendo relaciones semanales con una mujer mayor que la mamaba las tetas al mismo tiempo que la metía su mano entre la braga ó el tanga para, tras tocarla la almeja durante varios minutos, masturbarla. La mujer, que se llama Caridad, aunque se conserva muy bien y no los aparenta, anda en torno a los sesenta y cinco años, está casada y tiene dos hijas gemelas, Bárbara y Carolina, ambas casadas que, a su vez, también han tenido hijas gemelas y en relaciones sexuales anteriores a sus matrimonios. Mientras Bárbara siempre se ha mostrado partidaria del sexo hetero, su hermana Carolina, una chica realmente guapa y con un cuerpo excepcional y más que gratificante, estuvo durante varios algo más de tres años sometida a mí pero como nunca dejó de ser bisexual y siempre tuvo sus miras muy altas, no dudó un momento a la hora de compaginar su actividad sexual lesbica con acostarse regularmente con un alto cargo político local, casado y con hijos, que la obligó a abortar la primera vez que la dejó preñada mientras que, en la segunda ocasión, Carolina decidió eximirle de toda responsabilidad y seguir adelante con el embarazo dando a luz a dos niñas a las que dio sus propios apellidos. Desde entonces Carolina, que no tardó en casarse con el director de una entidad bancaria con el que tuvo otras dos niñas, subió como la espuma hasta llegar, como agradecimiento “por los servicios prestados con su boca, su culo y su raja vaginal” a ocupar una dirección general en nuestro gobierno autónomo.

Desde que el marido de Caridad dejó de mostrar interés por “hacer el amor” con ella y después de ponerse de acuerdo con las tres jóvenes universitarias a las que acababa de alquilar un piso de su propiedad, esta mujer decidió instalar un completo sistema de grabación en una de las habitaciones de esa vivienda para facilitarla a un precio ridículo a las parejas que desearan practicar el sexo y no tenían donde hacerlo sin que las personas que la usaban supieran que Caridad podía ver desde su domicilio, tanto en directo como por medio de una grabación, la actividad sexual que llevaban a cabo. Al principio fueron hombres bisexuales los más asiduos a alquilar la habitación por lo que se hartó de verles dando por el culo a otros hombres, la mayoría de ellos chicos jóvenes, al mismo tiempo que les movían el rabo con sus manos para hacerles una paja. Después y con el propósito de que el espectáculo mejorara y resultara mucho más morboso logró que, a cambio de perdonarlas el alquiler mensual, las universitarias que residían en el piso se turnaran para entrar completamente desnudas en la habitación en cuanto los dos hombres echaban su leche para que probaran su aguante sexual siendo lo más normal que los dos hombres la penetraran, provistos de condón, al mismo tiempo por delante y por detrás. Poco a poco y con la inestimable ayuda de una amiga de su hija Bárbara, la demanda se centró en chicos y chicas muy jóvenes, la mayor parte estudiantes, dispuestos a disfrutar del sexo hetero de manera cómoda, discreta y muy económica lo que completó al empezar a ir a buscar a sus nietas al colegio poniendo la habitación a disposición de algunas madres deseosas de mantener unas discretas relaciones sexuales con determinados padres. El que las mujeres se corrieran varias veces durante estos contactos hizo que empezara a sentirse atraída por las féminas y que no tardara en lograr que, sobre todo las más jóvenes, se pusieran a su disposición para poder apretarlas y mamarlas las tetas mientras las masturbaba. Más tarde amplió su “radio de acción” a mujeres de una edad intermedia, entre los dieciocho y los cuarenta años y aunque continúa alquilando la habitación con fines sexuales e incluso, al tener actualmente el piso desocupado, está con la idea de hacer lo mismo con las demás habitaciones, se ha ido juntando con un grupo de adeptas con las que mantiene relaciones sexuales aunque lo que más la agrada es que la mujer se desnude pero que se quede con la braga ó el tanga puesto para que cuándo la prenda íntima, tras la oportuna masturbación, queda bien impregnada en flujo ó pis y aprovechándose de que su situación económica es desahogada, ofrecerlas una generosa gratificación a cambio de quedarse con la braga ó el tanga. Según Noemí, a pesar de su edad, puede dar bastante juego en nuestra actividad sexual. Después de hacer la propuesta a mis amigas como si fuera mía para que Inés no se enterara del tipo de relaciones que estaba manteniendo su hija, una abrumadora mayoría de mis amigas se mostró a favor de incluirla en el grupo. Aunque la he visto en algunas fotografías todavía no la conozco pero tengo la impresión de que, aunque aún pueda sacarse partido de su cuerpo, no estará para correrse mucho y que su aguante sexual y su poder de recuperación tampoco van a ser muy satisfactorios por lo que, después de haber realizado la semana pasada la correspondiente aportación económica como muestra de su lealtad a mi persona, en la presente se encuentra en rodaje y entre Paloma y Sara la están adiestrando para dar gusto a mis amigas con vistas a que, una vez que se integre en el grupo, nos ayude a María José, a Sara y a mí en esta labor.

Para acabar, el pasado fin de semana Araceli, una de las mujeres que utilizo como gancho y que suele buscarme adeptas al sexo lesbico en los corros que las féminas forman en el patio de los colegios mientras esperan la salida de sus hijos, me dijo que había dado con una verdadera puta sedienta de chochos, culos y tetas. Se trata de una mujer morena, llamada Lourdes, que anda en torno a los cuarenta años, con mucho pelo que suele llevar en forma de moño, bajita de estatura, dotada de unas soberbias tetas y que siempre lleva pantalones muy ceñidos. Araceli la oyó comentar, con todo lujo de detalles y de una manera bastante gráfica sobre todo al explicar como le cabalgaba ó le hacía la paja final, con un amplio grupo de mujeres que su marido necesitaba de veinte a treinta minutos para correrse por lo que solía comenzar sus relaciones sexuales chupándole el rabo durante varios minutos antes de que se la metiera vaginalmente echada boca arriba. Más tarde y colocándose a cuatro patas, se la introducía por la seta y después por el culo, proceso durante el cual ella solía mearse. Cuándo, al cabo de un buen rato, empezaba a cagarse su marido se la sacaba y la permitía ir al water para que vaciara el intestino. Aunque se limpia al acabar, cuándo regresa a la habitación su marido la lame el ano antes de volver a metérsela vaginalmente, en esta ocasión acostada boca arriba y con las piernas dobladas sobre ella para, acto seguido, dejar que Lourdes le cabalgue intensamente hasta que, al notar que su marido está a punto de correrse, se incorpora rápidamente y le “ordeña” el rabo hasta que suelte la leche. Algunas de las mujeres del corrillo alabaron la gran suerte que tenía ya que, a cuenta de que su marido tardaba en correrse, en cada una de sus sesiones tenía un variado repertorio sexual pero ella las contestó que muchas veces había deseado que tuviera el rabo más gordo, que necesitara menos tiempo para soltarla la leche y que la echara una cantidad más abundante. Araceli, al ver que con aquella conversación había puesto “calientes” a más de una de las integrantes de aquel corrillo y que, incluso, había levantado algunas envidias, decidió estar muy pendiente de ella. Al día siguiente el tema central de su conversación fue un amplio reportaje aparecido en la prensa local relacionado con el importante incremento que ha sufrido en los últimos quince meses la prostitución femenina, de manera especial entre las chicas jóvenes que encontraban en ello la única posibilidad de obtener ingresos. Después de que el comentario general fuera que los hombres sólo piensan en el sexo y que les gusta cambiar de mujer para tener nuevas experiencias, Lourdes señaló que, asimismo, había aumentado el número de lesbianas puesto que hasta hace poco era muy raro ver a dos mujeres agarradas por la calle y ahora, aparte de “acariciarse” públicamente, no resultaba difícil encontrarse, sobre todo por la noche, con algunas en “plena acción” y hasta haciendo tríos en determinados paseos y parques. Varias de las féminas del corrillo comentaron que habían tenido algunas experiencias en el sexo lesbico y que no las había desagradado mientras que otras dijeron que no las importaría probar. Lourdes animó a estas últimas a decidirse y las dijo que, si no tenían con quien hacerlo, contaran con ella ya que estaba a su disposición. Pocos minutos después Araceli observó que, aparte de facilitar su número de teléfono móvil a dos de ellas, quedaba con otra de pelo rubio y que, como ella, llevaba un pantalón muy ajustado, la tarde siguiente en la puerta de acceso al colegio medía hora antes de la salida de los críos. Araceli presenció, a poca distancia de ellas, su encuentro viendo que, cogidas de la mano, se dirigieron al water existente en el patio del colegio. Las siguió y se ubicó en el compartimiento anterior al que entraron las dos mujeres donde escuchó que, tras mamarla las tetas e insultarla mientras la acariciaba la raja, Lourdes se encargó de comer el coño a la mujer rubia hasta que esta, tras alcanzar varios orgasmos, acabó meándose en su boca. Aquello fue suficiente para que Araceli se interesara en relacionarse sexualmente con ella encontrándose con la sorpresa de que Lourdes tenía “plan” para los diez días siguientes. Por fin, en las “catas” que la ha efectuó, comprobó que es sumamente guarra y viciosa y que, aunque está casada y tiene tres hijas, la gustan a rabiar las mujeres y el sexo lesbico. A pesar de que tampoco la conozco y de que ni tan siquiera la he visto en fotografías, todo parece indicar que, si se integra en el grupo, va a convertirse en otra mujer a la que habrá que asignar la misión de apoyarnos puesto que, según me ha dicho Araceli, se corre con facilidad y frecuencia mientras está dando gusto a otra mujer. De momento Montse y Paloma han hablado con ella. La mujer parece dispuesta a todo siempre que se trate de sexo lesbico y aparte de que el sábado Conchi la realizará un amplio reportaje fotográfico, pidió una semana para poder reunir el dinero con la que hacer la correspondiente aportación económica por lo que, tras ello, lo que queda es comprobar que resulta una buena “tortillera” y su disponibilidad que, al tener que atender a su marido y a sus tres hijas, me temo no será mucha.

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